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Siempre juntas, nonagésima historia.

A primeras horas de la mañana, el teléfono no paraba de sonar en la casa de Mao. Y era tan insoportable que éste, tras haber sido despertado, no pudo más, ya que intentó ignorarlo, y se levantó para bajar al primer piso para responder a la persona que les estaban llamando.

― ¿Quién es? ― Eso preguntó Mao, muy molesto al coger el teléfono.

― ¡Llama a mi hija Josefina, ahora mismo! ― Y lo primero que oyó fue un grito que casi le iba a destrozar los oídos.

― ¿Eres su mamá? ― Añadió, mientras se recuperaba del aturdimiento que le causó eso.

― Sí, ¡y dile que responda rápido o voy a tu casa para darle unos tortazos al culo! ― Era bien obvio que era su madre. Entonces, Mao recordó que el día anterior Josefa y las gemelas habían aparecido en su casa y se quedaron a dormir. Sintió que esas chiquillas habían hecho algo malo y su madre lo había descubierto.

― ¿¡Y ahora qué hago!? ― Eso dijo Josefina con mucho espanto, cuando oyó de Mao, que la despertó, que su madre la estaba llamando.

― Solo contesta el teléfono. ― Eso le soltó Mao secamente.

Josefina no se atrevía a hacerlo, porque tenía miedo, y Mao se preguntaba qué tontería había hecho para temblar así. A lo primero, Josefa se negaba a contestar, pidiendo a los demás que hablaran por ella. Luego, cuando los demás se negaron a hacerlo, con valentía pudo coger el teléfono y decirle que quería, aunque fuera tartamudeando. Estuvo un buen rato en silencio.

Al rato, Mao tuvo que llevar a Josefina a su casita, que estaba bastante aliviada, porque su madre no le iba castigar ni regañar. Estaba contenta, casi silbando y dando unos saltitos de felicidad tan enérgicos que no se daba cuenta de que había dejado atrás a los demás.

― ¿Qué le pasa a esa? Hace unos minutos, estaba llorando. ― Aunque, por su parte, Mao no podría asimilar lo brusco que fue ese cambio para él.

Se lo preguntó a las gemelas Alex y Sanae, quienes estuvieron con Josefina desde que vinieron el día anterior y les estaban acompañando. Las chicas observando a la feliz chica por unos momentos para luego concluir esto:

― Nosotras no lo sabemos. ― Eso dijeron las dos a la vez.

Mao se quedó un poco sorprendido, no por la respuesta, sino por la forma en cómo respondieron ellas. A pesar de que ya estaba acostumbrado a que ellas a veces se coordinaran y soltaran lo mismo a la vez, tenía curiosidad por saber por qué éstas lo hacían, que, aunque era tierno, podría llegar a ser algo perturbador.

― ¿Por qué casi siempre responden a la vez? ― Entonces, decidió que era hora de preguntarles esto.

― ¿Nosotras? ― Las dos chicas, quienes se señalaron a la vez, se quedaron algo sorprendidas por esa pregunta, a pesar de que no era la primera vez que le hacía una pregunta de este estilo, es más, eran cientos de veces.

― Sí, vosotras. ― Se dijo a sí mismo que eso era bastante obvio.

― ¡Es que nuestra sincronización es perfecta! ― Entonces, llenas de orgullo, se jactaron de eso, mientras ponían una pose extraña y ridícula, intentando quedar bien molonas. Mao solo se quedó mirándolas durante unos segundos, asimilando la vergüenza ajena que le dio ver eso.

― ¿¡A qué parece impresionante!? ― Al ver que no contestaba, creyendo con mucho orgullo que le habían impresionado, tanto que lo dejaron sin habla, le obligaron a soltar su opinión.

― Tal vez, supongo. ― Y lo que recibieron fue una respuesta muy desanimada y decepcionante.

― ¡No digas eso! ― Protestaron. No hicieron aquella payasada para recibir una respuesta como esa, incluso se hubieran conformado con comentarios hirientes o quejas antes que eso.

Mao, incapaz de entender por qué se molestaron con eso, decidió cambiar de tema para que no le molestaran con eso. Se arrepintió de hacerlo:

― ¿Por cierto, alguna vez no han sentido ganas de estar un rato la una alejada de la otra? ― Al oír eso, las gemelas se pusieron moradas, como si él hubiera tomado un tema prohibido. Se maldijo a sí mismo, cuando vio que lo que provocó aquellas palabras.

― ¿Pero, qué dices? ― Eso le gritó Sanae con muchísimo terror.

― Jamás en la vida, jamás. ― Añadía Alex con nerviosismo. ― Nosotras fuimos un mismo embrión y, sin la una con la otra, no somos nada. ―

― Por supuesto, si yo me separase de Alex…― Ella se quedó mirando al suelo, como si estuviera a punto de desmayarse. ― Yo…― Casi le entraron ganas de llorar con solo imaginarse eso. ― Yo…―

― ¡No te preocupes, yo estoy aquí! ― Eso le gritó Alex, al verla así, con gran dramatismo. Le cogió de las manos y la miraba en la cara, mientras le decía muchas cosas, para que no se sintiera mal.

― ¡Perdón, perdón, no sabía que eso les ponía tan mal! ― Exclamó Mao, al ver que se pusieron muy dramáticas y alteradas. A pesar de que aquello era muy exagerado y parecía incluso cómico, el estrés que mostraron las chicas y lo serias que estaban provocaron que se sintiera fatal e intentará arreglar lo que provocó.

Recordando aquel día en que se quedaron encerrados en un colegio, cuando esas dos tuvieron que separarse, se insultaba por no haber tenido tacto con esos temas, que debería haberse callado. Y al oír aquellas palabras, vieron que preocuparon a Mao y se recuperaron de golpe:

― ¡No pasa nada, no pasa nada! ― Hablaron de forma sincronizada, para dejarle bien claro a éste de que estaban bien.

Entonces, Josefina intervino, dándole fin a aquella conversación. La oyeron gritar, desde muy lejos, diciéndoles que no se quedaran atrás. Los demás asintieron y la alcanzaron. Y mientras lo hacían, Sanae empezó a pensar en aquella conversación, poniéndose un poco triste.

¿Y si su hermana se iba a cansar de ella algún día? Eso se preguntaba la chica, pensando que tal vez podría darse el hecho que, en un futuro lejano o cercano, dejarían de estar tan unidas, algo que no deseaba, quería con todas sus fuerzas estar junto a su querida gemela toda la vida.

Era incapaz de imaginarse estar separada de Alex, ni solo unos simples cincos minutos. Pero también quería hacer algunas cosas que no deseaba que le viera, para que no pensara mal de ella. Tal vez, su gemela también.

Y también, con temor, se preguntaba qué harían si alguna vez una de ellas se enamorara de otra persona. Sería una cosa muy complicada e incluso podría poner en jaque su relación como hermanas. Con solo pensarlo, un pánico horrible la invadía, le aterraba tener que enfrentarse a situaciones como esa. Al final, intentó quitarte todas esas cosas de la cabeza, pero no podría, era incapaz de vaciar su mente y olvidarse de eso.

Mientras tanto, dejaron a Josefina en su casa, quién descubrió que su madre le tendió una horrible trampa. Cuando Mao y las gemelas, después de oír a la mujer pidiéndole disculpas, porque su hija se hubiera ido a su casa sin avisar, con toda normalidad; se dieron la vuelta y se alejaban, ella vio sus verdaderas intenciones y les intentaba pedir auxilio a sus amigas, que no lo oyeron. Al haberse alejado un poco más del hogar de la mexicana, él les preguntó esto a las gemelas: ― ¿Y ahora que van a hacer ustedes? ¡Estoy cansada de ser una niñera, así que me haríais un favor si no os quedáis un día más en mi casa!―

― Pues, tal vez, ir a nuestra casa. Espero que nuestro padre esté mejor de humor. ― Eso le contestó Alex y su hermana, distraída aún por aquellos tristes pensamientos, vio que estaban hablando y, para que no se notara que no estaba atenta, le daba la razón, diciéndole sí, mientras movía la cabeza de forma afirmativa.

― ¡¿Vuestro padre también tiene un mal genio, como la madre de Josefa?! ¡Espero que no hayáis hecho lo mismo que la mexicana, irse a mi casa sin decir a los papás! Aunque, bueno, vuestro caso sería peor, porque lleváis varios días fuera de casa. No creo que esté de muy buen humor. ―

― Nuestro caso es diferente, Mao. Llevamos varios días sin volver a casa, porque él está muy, muy…― Alex se calló, como si no sabía si era buena idea decirlo. Aún así, él le insistió a hablar y ella añadió: ― Bueno, a veces le da un yuyu y actúa muy raro. Es mejor tenerlo alejado. Sobre todo, desde que entró en la secta. ― Mao intentó creer que eso fuera una invención de las gemelas, pero se le veía en la cara de la niña que no era un asunto de risa, sino además algo aterrado.

Alex observó a su hermana Sanae, como si le preguntaba si estaba bien haberle dicho eso a malo. Pero se dio cuenta de que ella estaba distraída en sus propios pensamientos y se había entristecido. Iba a preguntarse si esto fue obra de la conversación de antes, pero una voz le interrumpió:

― ¿Secta, qué? ― Y lo que más le preocupaba y aterraba a Mao era oír sobre el hecho de que ellas habían pronunciado eso, ¿¡en qué se había metido su padre!?

― Uno que se llama la “Doncella de la buena fortuna”, o algo así. Una empanada mental. El quiere que nos metamos, pero nunca lo hacemos. ―

― Eso suena muy grave, ¿no deberían llamar a la policía? ― Aquella preocupación ya rebosaba límites, estaba a punto de llamarlos él mismo.

― Estaremos bien, ¡no te preocupes, Mao!― Le contestó Alex, intentando tranquilizarlo y no dar tanta importancia al asunto. Sanae solo le siguió la corriente. Por eso, no querían haberlo dicho, no deseaban preocuparlo de más ni de que intentara hacer algo. Intentaron minimizar la situación, intentando hacerse las graciosas y haciendo payasadas de forma muy forzada; pero solo conseguían lo contrario.

― Si quieren, pueden quedarse en mi casa unos días más. ― Mao ya no se sentía seguro de dejarlas ir a su casa después de haber escuchado eso. Aún cuando la situación sonaba bastante grave, solo se atrevió a decirles eso, porque se dio cuenta de que ellas se negarían a que él supiera más sobre su situación y que hiciera algo. A pesar de que pensaba que hacer eso no era lo correcto, decidió respetar la voluntad de las chicas.

Y las dos, al oír que Mao les iba a dejar a dormir un día más en su casa, gritaron de alegría y lo abrazaron con mucha fuerza, mientras les daban las gracias. Alexandra observó a su hermana con una leve sonrisa, feliz de que a ella, que sonreirá de forma muy alegre, se le hubiera quitado aquella tristeza que noto antes.

Aquella buena noticia hizo que Sanae pudiera dejar aquella preocupación, volviendo a ser la misma de siempre, junto con su hermana Alex. Las dos jugaron con Diana, molestaron a Mao, comieron un montón,  se quejaron e hicieron miles de payasadas. Como siempre, se divirtieron de lo lindo.

Pero, entonces, la inconsciencia de Sanae decidió que aquellos terribles pensamientos volvieran a atormentarla, en forma de pesadilla.

Ella abrió los ojos en un mundo de color blanco y negro, como una vieja película, pero mucho más deformado y extraño. Parecía que estaba en un parque, porque veía que estaba rodeada de lo que parecían ser árboles y se dio cuenta de que estaba sentada en un banco, que parecía ser de piedra, y otras veces de madera; muy grande. Miró a su lado y se encontró con su gemela Alex. Y no solo a ella, sino a alguien más. Apenas se distinguía si era un chico o una chica, solo era una fea silueta más o menos con forma humana que reconocía, en el sueño, como un ser humano. Estaba en un extremo del asiento y Sanae en el otro. Su hermana estaba conversando con aquello, ignorando totalmente la presencia de la otra.

― Alex, alex…― Sanae le intentaba hablar, pero ésta le ignoraba, seguía hablando con la otra persona. Le dijo su nombre varias veces, pero era en vano, no le hacía caso.

Aún así, insistió sin parar que su propia gemela se hartó y le lanzó un grito lleno de enfado y de odio: ― ¡Déjanos en paz, pesada! ―

― Pero, Alex…― Intentó replicar Sanae. Ésta la ignoró de nuevo y se levantó del banco, junto con la otra persona. Se cogieron de la mano, parecía que eran novios, y empezaron a alejarse de ella.

― ¡No me dejes sola, Alex, no me abandones! ― Ella gritó mientras alzaba su mano hacia su gemela, mientras desaparecía de la escena.

Y siguió gritando esto, mientras se levantaba y corría hacia ellos a toda velocidad. Aún cuando estos solo estaban andando tranquilamente, se alejaban de ella a la velocidad de la luz, mientras toda la escena se diluía por el blanco igual de rápido. Así lo único visible era Sanae corriendo en medio de ninguna parte, mientras seguía gritando esto:

― ¡No me dejes sola, Alex, no me abandones! ―

Entonces, el blanco se volvió negro y Sanae despertó, levantándose de golpe. Respiraba e inspiraba sin parar, como si hubiera salido a correr, mientras miraba a su alrededor y comprobaba que solo era un horrible sueño. Seguía en el cuarto de invitado de la casa de Mao, tapada por las sabanas del futón. A su lado, estaba su hermana Alex:

― ¡¿Estás bien!? ¡¿Te ha pasado algo!? ―

Y estaba despierta, mostrando una cara llena de preocupación por la forma en cómo su hermana se había despertado.

― ¡¿Estás despiertas, Alex!? ― Sanae se sorprendió.

― ¡Me despertaste tú! ¡Has tenido una pesadilla tan horrible que hasta has gritado! ― Le contestó Alex, mientras se frotaba sus ojos, que estaban medio abiertos. Su hermana se sintió muy mal por haberla despertado de esa manera. Luego, al ver ésta no le contestaba, añadió: ― ¡¿Qué has soñado para haberte puesto así!? ―

Dudó por unos momentos, pero decidió contarle con todo lujo de detalles,  lo que pudiera recordar sobre aquel terrible sueño. Cuando finalizo, Alex empezó a reír:

― ¿Por qué te ríes? Ha sido muy feo. ― Eso le dijo Sanae muy molesta, porque ese sueño fue demasiado horrible para ella.

― Porque no tiene sentido, porque yo jamás te haría eso. ― Le contestó su hermana.

― ¿¡En serio!? ― Sanae se sintió muy feliz al oír eso.

― Por supuesto, las palabras de la jefa te han comido el coco. ― Alex actuaba confiable.

― Bueno, es que tiene algo de sentido, tal vez. ― Le dijo Sanae, un poco insegura, recordando las palabras de Mao.

― ¡No te preocupes! ¡Ni siquiera un novio nos va a separar! ― Puso sus manos sobre los hombros de su hermana gemela y la observó con la cara más seria y confiable posible, dejándole claro que ella lo decía de verdad.

― El problema es que si una de nosotras se enamora de alguien, ¿qué haríamos? ― Aún así, Sanae, seguía dudando, recordando al hecho de que ella deseaba tener un novio.

Alex se quedó muy pensativa y estuvo en silencio durante varios segundos, buscarle una respuesta al enigma que le había propuesto su gemela Sanae, quién también intentó responder la misma pregunta que había formulado. Sus mentes se quedaron en blanco durante un buen rato.

― ¿Compartirlo, tal vez?…― Al final, a Alex se le escapó la primera cosa que se ocurrió, aunque lo dijo de forma muy dudosa. Tras pronunciarlo, se dio cuenta de que dijo algo muy estúpido e incómodo.

― ¿¡Eso no es demasiado fuerte!? ― Gritó Sanae, quién se puso muy roja. Su cabeza calenturienta se lleno de escenas muy picantes que una niña de su edad no debía pensar. Se tapo la cara de la vergüenza, a la vez que se preguntaba cómo sería montar un trío e intentaba quitárselo de la cabeza.

― Bueno, ¡no importa! Dejemos este tema hasta que nos pase, seguro que lo solucionaremos. ― Alex cambió de tema, igual de roja que su hermana y muy nerviosa. Incluso ella se puso a imaginar cosas parecidas a la de su gemela, al adivinar lo que estaba pensando ésta: ― De todos modos, te haré una promesa. ―

Sanae se quedó callada, mientras veía como Alex le cogía las manos y le decía esto, con su mejor cara: ― Estaremos juntas, toda la vida, hasta que la muerte nos separe. ― Lo dijo con tal sinceridad que dejó a Sanae con la boca abierta.

― Para siempre…― Y luego, añadió esto, mientras daba una gran sonrisa. Entonces, las dos se dieron cuenta de una cosa que las dejó calladas, unos segundos.

― Esto suena…― Eso decía, por un lado, Alex.

―…como si fuera un matrimonio. ― Y Sanae terminó la frase.

Se pusieron otra vez rojas, para luego estallar a carcajadas, haciendo despertar a todos los que estaban durmiendo en la casa de Mao, a altas horas de la madrugada.

FIN

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