Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Primera parte, nonagésima séptima historia.

Hacía tiempo que deje de obsesionarme tanto con ir a la universidad y empecé a intentar a adquirir el máximo conocimiento posible antes de llegar a ser adulta y escribir cualquier ensayo de gran calidad. Decidí centrarme en el conocimiento de la historia y a la biología, mientras estudiaría lo básico de los demás temas. Por eso, al enterarme que había una traducción al inglés de un libro sobre los indios de Shelijonia, escrita a finales del s.XIX; tenía que ir a por él.

— ¿Aquí es? — Esto es lo que me preguntó Mao, a quién le pedí que me ayudará a buscar, al llegar a las puertas de la biblioteca en dónde decían que estaba ese libro. Yo le respondí que sí.

— Pues es mucho mejor que la del barrio, eso parecía sacado de la mente de un retorcido. — Eso lo decía observando su exterior. Era un edificio de cuatro pisos, lleno totalmente de ventanales y gris, con un estilo que me hacía recordar mucho al de la Escuela de Chicago. Al entrar, el interior estaba lleno de grandes enormes estanterías, lleno de todo tipo de libros, que lo hacían parecer como si fuera un laberinto.

— ¡Es impresionante! — Me dije en voz baja, al ver esa enorme cantidad de información. Podría decir que me brillaban los ojos de lo emocionada que estaba. Mao, al ver todo eso, tuvo una impresión diferente.

— ¡Oh, no! ¡Buscar ese maldito libro será horrible! — Eso soltó, poniendo una cara que decía lo muy desilusionado que estaba.

— No te preocupes, Mao. — Le decía. — Sé el nombre y su argumento, así que será mucho más fácil. — No le pude convencer. Mi plan era preguntar a la bibliotecaria dónde estaba la sección de historia y luego de llegar a ahí, buscamos alfabéticamente, por nombre del autor, aquel libro.

En verdad, lo encontré muy rápido, a los cinco minutos. Entonces, cuando lo iba a coger, otra persona estaba haciendo lo mismo que yo y, al ver cruzar nuestras manos, nos miramos a la cara. Me quedé sorprendida.

— Tú eres la amiga de Josefina…— Dije al verla detenidamente. Era Elizabeth von Schaffhausen, una amiga de Josefina, o eso ella nos ha dicho. La misma persona que la sobrina de Ojou-sama intentó matar, utilizando a la tonta simpática, engañándola, como transporte para una bomba.

Me aparte rápidamente al verla, ya que, a pesar de ser una niña, mayor que yo en edad, pero que no me superaba en altura; tenía una mirada que me dio muchos escalofríos. Tal vez, podría ser por aquel parche que tenía en el ojo derecho y en el cual estaba dibujado un escudo, que tenía por imagen el de una cabra saliendo de un castillo. De todos modos, a Mao tampoco le fue muy agradable verla.

— ¿Elizabeth? ¿Qué haces aquí? — Gritó en una mezcla de sorpresa y horror, después de escucharme y girar su cabeza hacia nosotras, ya que estaba ocupado mirando otras estanterías. Con mucha rapidez me cogió y nos alejamos de ella.

— Lo mismo me preguntó yo. — Le replicó, mientras se tocaba su largo pelo rubio. Me fije que el cabello le llegaba hasta la cadera.

— ¡Vaya, qué coincidencia, estábamos buscando el mismo libro! — Dije yo, a continuación, mostrándome amable con ella.

— ¡Ah, ya veo! — Fue lo único que me dijo, mientras empezó a observar algunas páginas del libro, que había cogido y que yo quería leer. Al cerrarlo, nos soltó esto:

— ¿No os importará que me llevé esto, no? — Nos preguntó, girando hacia la dirección contraria a nosotras, para alejarse.

— Pues claro que no. — Eso le contesté, con algo de pena por no poder leer el libro.

— Llévate el puto libro de una vez y aléjate de nosotras. — La respuesta de Mao fue muy brusca, estaba muy alterado. Me di cuenta, por esa reacción, de que en el pasado pasó algo entre ellos muy grave y que me hacía deducir que había algo aterrador en aquella niña. Ella solo se alejó unos pasos más, para detenerse y preguntarme esto:

— ¿Por cierto, tu nombre es Martha Malan, no? — Me preguntó.

— Pues sí. — Yo le respondí, algo sorprendida de que supiera mi nombre.

— ¿Recuerdas un ensayo, cuyo nombre era “La reacción y situación de los pueblos nativos de Shelijonia tras la admisión de ésta en los Estados Unidos” o algo así? — Me dejó sin palabras. Mencionó una tesis, que muchos confundieron con un ensayo; que hice para entregárselos a la universidad para que me aceptaran a pesar de mi corta edad.

Al final, el rector se lo quedó y lo pasó por suyo, provocando un gran revuelo en el ámbito intelectual, e incluso me secuestro. No había dicho en público que eso era mío y era raro y sospechoso que me mencionarme tal cosa de repente, ¿¡cómo lo sabía!?

— ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué pasa, eh? — Gritó Mao, quién también estaba sospechando de aquella pregunta y estaba más alterado que nunca.

— Nada, en absoluto, nada. — Nos decía, a continuación. — Solo quería decir que si intenta seguir metiendo sus narices en asuntos que nada le importa podría sufrir algo malo. Solo eso. — Sonó como una verdadera y peligrosa amenaza, dejando claro que sabía que yo había hecho esa tesis y que me había interferido en sus intereses.

— ¿Es esa una amenaza? — Mao le gritó otra vez, quién me estaba agarrando con más fuerza que nunca. Su miraba mezclaba, a mi parecer, furia, miedo y nerviosismo. Yo no estaba tan alterada como Ojou-sama, pero aquellas palabras me pusieron algo preocupada.

— No, una advertencia. — Y con esto terminó nuestra conversación, mientras ella desaparecía entre las estanterías de la biblioteca.

Tal vez debía haber sospechado de eso al ver su apellido, ya que su familia, por lo que he averiguado, es una de las más poderosas y peligrosas de toda Shelijonia, pero creía que era una niña que no le importara esas cosas, que no se iba a comportar como si fuera un mafioso. En todo caso, eso dejó a Mao bastante preocupado por mí, aterrada de que algo malo me podría pasar.

— Ojou-sama, creo que es un poco precipitado hacer eso. — Comenté, después de lo que ocurrió.

Mao decidió, ante tal amenaza, que no era incapaz de dejarme sola y decidió, no solo acompañarme a casa, sino pasar la noche, vigilando por si algo o alguien fueran a por mí. Me parecía exagerado su comportamiento.

— Ninguna preocupación es poca cuando esa loca te ha amenazado. — Me dijo, mientras miraba por todas partes con nerviosismo, buscando algún indicio de peligro, para evitarlo. A pesar de que, en mi opinión, debería tranquilizarse un poco; me hacía muy feliz que estuviera muy preocupado por mí y visitara mi casa. Estuve sonriendo todo el rato.

— Pues vaya linda casa tienes. No es absurdamente grande ni tampoco es muy pequeño, tiene un tamaño perfecto. — Mao, estuvo elogiando mi casa, cuando habíamos llegado a la puerta. Para mí, aquella casa de dos pisos me parecía muy decente, no perfecta. Estaba construida con muros de piedras y con otro, para delimitar la propiedad, y tenía una cubierta a cuatro aguas, hecha con tejas de pizarra, al gusto de mi padre, pero no con el mío. De todas maneras, me alegraba que fuera de su gusto.

— ¿Y tienen patio? — Me preguntó a continuación, mientras yo tocaba el timbre para que nos hubieran la puerta.

— Pues sí, está detrás de la casa. — No me dio tiempo explicarle que ahí tenía un pequeño invernadero y un huerto, más otras instalaciones para pequeños animales. Todo hecho por mi padre, para no perder la pequeña costumbre de observar animales y plantas, aunque sea en mitad de la cuidad.

Y se lo iba a explicar, pero hubo una razón que me impidió hacerlo, mi madre.

— ¡Bienvenida a casa, Martha! — Con un grito muy energético, abrió la puerta con una gran felicidad y con ganas de darme un abrazo. Pero, al ver a Mao, se detuvo, con una mueca de extrañeza. A continuación, se quedó mirándolo durante unos segundos, de pies a cabeza.

— ¿Quién es esa? — Entonces, me preguntó esto.

-Es mi amiga Mao, mi Ojou-sama.- Le respondí.

— ¡Buenas tardes, madre de Martha! — Y Mao le saludó, muy cortado.

Entonces ella cambió de carácter, empezó a mirarla de muy malas maneras y toda la alegría que mostró al abrirnos se esfumó como el humo. Mi Ojou-sama, se quedó muy extrañada, preguntándose tal vez por qué le estaba observando de esa manera.

— ¿Mamá, puede quedarse ella a dormir? — Le pregunté, por si la incomodidad que estábamos sintiendo en el ambiente podría desaparecer.

Se quedó callada por unos segundos, con una expresión de molestia, antes de responder con mala gana: — Sí. — Respondió de mala gana, tras

Luego se fue al patio rápidamente para decírselo a mi padre, quién, al parecer, estaba allí. Al marcharme, Mao pudo atreverse a preguntar, mientras cerraba la puerta de la calle: — ¿Le caigo mal a tu madre? —

— Tal vez, debe estar muy envidiosa de ti, porque cree que les estás quitando a su hija querida. — Esa era mi conclusión que llegué.

Ella siempre ha sido muy amable y cariñosa conmigo, también muy sobre-protectora y, en cierta forma, muy celosa con mis demás relaciones. No quiere sentirse apartada de mí y cuando empecé a hablar de mi Ojou-sama y de lo increíble e interesante que es, le da algo de envidia e intenta sacar cosas o temas sobre nosotras, para demostrarnos que seguía siendo mi “mejor amiga”, volviendo la situación muy vergonzante a veces. Esto fue lo que concluí tras meses de observación.

— ¿En serio? ¡No le he hecho nada, es más, hasta ahora no nos hemos conocido! — Mao dio un suspiro, tal vez, porque pensaba que mi madre le iba a causar problemas.

— ¡No te preocupes, a pesar de que pueda a ser algo infantil, impulsiva, lenta de comprender y orgullosa, es una buena chica! — Le dije un resumen de algunas de sus cosas negativas, aunque tal vez debería haber dicho las positivas también.

— Me sorprende que tengas una opinión así de ella y decirlo con una sonrisa. — Añadió, sin que ninguna de las dos nos diésemos cuenta de que estaba mi madre detrás de la puerta de la cocina, escuchando nuestra conversación, triste y preguntándose si esa era la idea que tenía yo sobre ella.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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