Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Segunda parte, nonagésima séptima historia.

La cena fue algo incómodo para Mao, eso me dijo más tarde; pero yo no noté esa incomodidad, aunque supongo cuál era la razón que provocaba que él sintiera incomodidad.

— ¡¿Así que estuviste en Harvard!? — Eso dijo Mao muy sorprendido, mientras estaba escuchando a mi padre, Johan Malan.

Le estaba explicando, como siempre hace cada vez que habla con otras personas, lo que se dedicaba, las cosas que estaba estudiando como biólogo y como científico. Al fin y al cabo, es un hombre de ciencia, que disfruta de hablar sobre su trabajo y sus ideas sobre la naturaleza, tanto para mantener una buena discusión como para entretener a sus invitados.

Físicamente, su altura rondaba cerca de un metro y ochenta centímetros y setenta y cinco kilos de peso, aproximadamente. Su tonalidad de piel es clara y tiene pelo rubio, aunque con algunas canas y muy corto. Mantenía un gran bigote, el cual lo estaba acariciando cuándo le contaba a Mao cómo era su estancia en Harvard.

— Lo visité después de graduarme en la universidad de Johannesburgo, para dar una charla sobre la extinción del Pinguinus impennis. Creo que fue tan buena que algunos empezaron a llorar por el pobre animal. —  Eso le soltaba, mientras ponía una cara nostálgica. Mao le iba a preguntar sobre qué animal estaba hablando, pero no le dio tiempo porque mi madre habló antes.

— Así es la vida, después de todo. — Lo decía con una cara y un tono de hablar que indicaban que estaba bastante molesta, llevaba así desde que vino Mao. Jugaba con su pelo, igual de rubio que el mío y el de mi padre; el cual estaba recogido con una coleta. Usaba ese peinado, ya que cree que le da apariencia de ser más joven de lo que es, aunque no lo necesita en mi opinión, porque lo parece. De todos modos, no entiendo muy bien aquella necesidad de sentirse así, ya que está bastante bien para su edad. Incluso su cuerpo daba la apariencia de ser atlético a pesar de que no hace deporte.

— La historia del Pinguinus impennis es bastante interesante, Mao. Si quieres te la cuento. — Añadí yo, mientras tanto. Entonces, mi madre volvió a hablar:

— ¿Podemos dejar de hablar sobre animales? ¡Cuenten otra cosa! — Eso nos sorprendió, tanto a mi padre como a mí.

— Ah, ¡qué extraño, siempre ignoras nuestras charlas! — Le soltó mi padre, a continuación.

— Cómo si os pudiera entender, con esa jerga tan rara que usáis. — Dijo en voz baja, mientras miraba al otro lado. Mi padre le preguntó si había dicho algo y  le respondió que nada. Entonces, con una mirada algo desafiante, le pidió esto a Mao.

— ¿Por qué no nos cuenta más cosas sobre ti? — Estas palabras dejaron un poco sorprendido a Mao.

— ¿Sobre mí? — Puso mala cara al oír eso, tal vez debido a lo incómodo que se sentía con ella.

— Sobre cómo conociste a Malan, por qué os habéis hecho amigas, qué tienes tú para que ella hable sin parar de ti,…— Estaba algo alterada, porque hablaba con un ritmo demasiado rápido y mi padre tuvo que tranquilizarla dándole un toquecito en la cabeza.

— ¡Eso duele!— Le gritó a mi padre, mientras éste lanzaba un gran suspiro.

— ¡No molestes a nuestra invitada de esa forma! — Así comenzó la regañina de mi padre, quién la hizo sentarse un rato en el sofá y le decía que no debería hacer eso más, algo que le pareció a Mao gracioso, ya que parecía como si estuviera regañando a una niña pequeña. Ella se quedó callada, asintiendo todo lo que su marido decía. Mientras tanto, nosotros habíamos terminado de comer y decidimos a subir a mi cuarto.

— Para ser una adulta, tu madre parece una niña pequeña, la verdad. — Eso me decía, mientras subíamos las escaleras y, bueno, le di la razón.

Al entrar a mi cuarto se sorprendió de lo rosa que era, algo exagerado a su parecer, ya que tanto la cama como las paredes y hasta la alfombra era del mismo color, aunque con diferentes tonalidades. Yo por mi parte, no me quejaba, a pesar de que mi madre fue quién lo hizo así. Por lo menos, me deja poner mi granja de hormigas y otros elementos para observar a todo tipo de bichos, aunque le disgusta mucho que los tenga en mi habitación. Dejando eso de lado, a continuación, le pregunté algo:

— ¿Por cierto, Ojou-sama, qué quiere hacer ahora? — Ya que era la primera vez que iba a dormir en mi habitación, pensaba si él deseaba hacer algo.

— Pues me pondré el pijama y luego me quedaré vigilando. — Eso me decía, mientras cogía un pijama de la bolsa que traía. Después, me preguntó dónde estaba el cuarto de baño, para ponérselo ahí, y se lo dije. Al irse y volver, aproveché para ponerme mi propio pijama y soltarme el pelo.

— ¡Oh, vaya pijama tan bonito que tienes! — Me dijo Mao cuando volvió y le pregunté cómo me quedaba, mientras daba alguna que otra vuelta sobre mí misma. Elegí uno de los más bonitos que tenía, un vestido muy simple y de color blanco, con mangas largas y volantes en los filos.

— El tuyo también es lindo. — Comenté, al mirar el suyo. Era un pijama de dos piezas y a rayas, con un azul marino y con otro más oscuro. Me sorprendió un poco que no fuera una vestimenta de origen asiático. Luego, se sentó en la silla a hacer vigilancia, cómo me dijo.

— ¿Te traigo un saco de dormir? ¡Tenemos mucho! — Eso le pregunté, antes de acostarme en mi cama.

— No lo necesito. — Me dijo, mientras se ponía a actuar como mi guardia. Entonces, mientras el silencio se apoderó de mi habitación, empezamos a escuchar las voces de la que estaba al lado. Eran mis padres, que ya se estaban preparando para dormir.

— ¿Qué te pasa? Llevas bastante irritada desde que esa chica ha llegado a nuestra casa. — Le preguntó mi padre.

— Esa chica nos está robando a nuestra hija. ¡Martha, pasa más tiempo más tiempo con ella que nosotros! ¡Y no solo eso, siempre habla de esa y se ha convertido en su mejor amiga! ¡Y yo lo era antes! — Mi madre estaba protestando y al parecer, por sus palabras, sentía envidia de Mao.

— Martha ya está en esa etapa en que desea salir del nido y alejarse de sus padres. Es parte de la naturaleza. — Aunque yo no me sentía aquella que expresaba mi padre, no quería de alejarme de ellos, la verdad.

— ¡No digas esas cosas! ¡Si se aleja mucho de nosotros, perderemos el contacto, y ella sufrirá cosas y no podrá aguantar, sin nuestra ayuda! —

En realidad, mi madre estaba sintiendo eso que muchos padres tenían cuando se iban sus hijos, un sentimiento de soledad, a pesar de que yo ni me había independizado. Así que pensé que debería prestarle más atención. Después de todo, ella estuvo cuidándome durante toda mi infancia y debería devolverle el favor.

— ¡No puedo permitir eso, tengo que hacer algo! Yo demostraré que soy más divertida, más buena gente, que esa china. Y tengo un plan. — Dijo mi madre. Y mientras mi padre le decía que dejará el tema y se durmiera, Mao, quién los escuchaba, dio un gran suspiro.

— Parece que mañana me va a esperar un día muy largo. — Eso me soltó.

— Perdona a mi madre, ella me ama mucho. — Esto le dije a continuación, y Mao, con una sonrisa incomoda, me lo confirmaba:

— Eso ya me dado cuenta. — Y tras decir esas palabras, ya había silencio, tanto en la habitación de mis padres como en el mío.

Aún así, había algo que no me impedía dormir. Miraba a Mao fijamente, que se quedó profundamente dormido sobre la silla. No había pasado ni diez minutos. Decidí, entonces, hacer algo que llevaba pendiente desde hacía largo tiempo, quería comprobar mis sospechas. Por eso, me levanté y me puse delante de él. Lo que iba a hacer era algo vergonzoso, así que estaba roja.

— Lo siento mucho, pero lo necesito saber. — Le dije a Mao en voz baja, antes de hacerlo. Con mucha delicadeza y cuidado, con mi mano izquierda, toqué su entrepierna y mis sospechas eran ciertas. A pesar de que examiné con mucha rapidez, apenas duró unos segundos, no había ninguna duda.

Mi Ojou-sama no era una verdadera chica, sino un chico. Me di cuenta, al primer mes de conocernos, cuando vi que su dedo angular era bastante más largo que su dedo índice, algo que solo tienen las manos de los hombres, ya que en las mujeres es al revés. Reconozco que me dejo muy sorprendida, su aparente feminidad superaba al de muchas mujeres que conocí, y tardé días en poder aceptar aquella posibilidad. Lo increíble no es que tardara mucho en notarlo, sino su aspecto, apenas se le notaba los rasgos masculinos, era un individuo sorprendentemente muy andrógino. Mi interés en él creció mucho más entonces, y siempre buscaba momentos para ver más indicios de su pertenencia al otro sexo. Y encontré algunas más con el tiempo.

Aún así, yo no podría estar segura hasta que pudiera comprobar si sus genitales correspondían con lo que pensaba. Así que debía aprovechar este momento. Me alivié mucho, al saber que lo que pensaba era verdad.

— ¡No pasa nada, tu secreto estará bien conmigo! — Eso le dije en voz baja, mientras le levantaba y lo llevaba a mi cama, Durmiendo sobre una silla podría hacer que le iba a doler la espalda. Fue algo complicado, pero lo pude meter, sin que lo despertara. Y aunque la cama no era tan grande como debería, pudimos caber.

— Pues, ¡buenas noches, Mao! — Le dije esto con una gran sonrisa, al final, mientras le abrazaba con todas mis fuerzas, antes de quedarme dormida.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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