Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Cuarta parte, nonagésima séptima historia.

Tras horas de esperar, al final, a las una de la tarde, pudimos entrar al parque zoológico y lo primero que hicimos fue sentarnos en las mesas de un restaurante que estaba en la entrada.

— ¡Ha sido horrible! — Eso decía mi Ojou-sama, tras suspirar de alivio, por encontrar un lugar para sentarse.

— ¡Ni que lo digas! — Lo mismo pasaba con mi madre, quién soltó, a continuación, esto: — ¡N-no te creas que te estoy dando la razón, es la pura verdad! —

— Di lo que quieras. — Le dijo Mao, ignorándola, sin darse cuenta aún de que, para mi madre, se había vuelto una rival. Yo, mientras me preguntaba cómo conseguir convencerla de que él no iba a quedarse con todo mi afecto, les dije esto:

— ¡¿Por qué no vamos a pedir algo!? — Aunque no tenía mucha hambre, la verdad.

— Por mi parte, está bien. — Mao apoyó mi propuesta y, no sé por qué, a mi madre le molestó, se le notó un poco en su cara. No entendía el motivo para que se pusiera así. De todos modos, se levantó con ganas de mostrarse lo buena madre qué es, para quedar bien ante nuestros ojos, especialmente los míos; y soltó esto:

— ¡Yo como adulta y madre que soy, os voy a invitar lo más caro! —

Mostraba mucho entusiasmo, mientras nosotras le replicábamos que vale con toda normalidad. Eso la molestó, aún más. De todos modos, después de ir al mostrador, volvió hacia nosotros bastante nerviosa, parecía que quería decirnos algo que podría disgustarnos.

— ¿Qué ocurre? — Le pregunté.

— Pues… — Ella pudo atreverse a decírnoslo, después de darnos la carta del restaurante. — Perdón, las cosas están muy caras y las entradas se han comido la mitad del dinero. — Le dije que no pasaba nada, pero se tapaba la cara de la vergüenza, diciendo, en voz baja, que se había humillado ante su propia hija. Su orgullo fue herido.

— ¿Pero qué mierda? — Mientras tanto, Mao gritaba de indignación, después de mirar la carta. — ¡Esto es una puta estafa! —

Al final, salimos del restaurante, después de evitar que Mao se pelease con la gente del restaurante por poner unos precios abusivos. Realmente, estaba muy enfadado, no dejaba de gritar y decir en voz alta que aquello era un robo, que este sitio no merecía ser visitado y otras parecidas.

— ¿Y entonces, qué vamos a hacer señora? — Le preguntó Mao, después de sentarse a un banco que estaba al lado de una gran fuente. Aunque mi madre se lo tomo algo mal y reacciono así:

— ¡¿Estás dudando de mi autoridad o qué!? ¡Qué soy mayor que tú! — Le decía bastante molesta, mientras le señalaba con el dedo. Seguramente creía que Mao le decía eso para erosionar su supuesta imagen de referente para mí. Nada

— Solo era más que una pregunta. — Le replicó, al ver la hostilidad que le mostró las palabras de mi madre.

— Mamá, ¿y sabes qué vamos a hacer ahora? — Le pregunté casi lo mismo que Mao y recibí una respuesta nada hostil.

— Pues lo que quieras, cariño. — Me lo dijo con mucha amabilidad.

— ¿Podemos ir a dónde están los osos pandas? — Entonces, Mao volvió a preguntar a mi madre y ésta solo le ignoró, haciendo que él se sintiera algo enfadado.

— ¿A ti qué te gustaría ir, primero? — Luego, se dirigió hacia mí, pero me costaba decidirme y no sabía que elegir, así que le respondí que me costaba poder hacer una elección.

— Entonces, ¿podemos ir a ver a los pandas? — Añadió él, pero su propuesta fue desechada rápidamente con mi madre.

— Esas cosas ya están bien vistas. — Le respondió ella, con una excusa para decirle que no. Mao siguió hablándome:

— Pues bueno, Malan, ¿por qué no elegimos primero a visitar tu animal favorito? —

— Ah, buena idea. —Mi madre, a continuación, soltó esas palabras de forma inconsciente, para mostrar luego un gesto de enfado hacia ella misma, como si ella hubiera metido la pata. Añadió: — Espera, espera… ¡Y-yo también tenía esa idea en mente! — Solo quería demostrar que no quería darle la razón. Y empezó a reír tras terminar la frase. En realidad, estaba mintiendo, era bien obvio, pero no quería quedar mal ante su hija.

— ¿Entonces, cuál es tu animal favorito? — Aún así, tuvo que preguntarme esto mi madre, a continuación.

— Se supone que deberías saberlo. Por lo menos, mi padre lo sabe. — No pude evitar la tentación de decir eso. No era mi intención dejarla mal ni estaba enfadada ni molesta por eso, lo dije con buenas intenciones. Solo quería divertirme un poco con ella.

— P-pues claro que sí, yo lo sé, muy bien. Soy tu madre, ¡por Dios! — Y se puso muy nerviosa, teniendo una reacción que me parecía graciosa y linda. Así que continúe.

— ¿Entonces, cuál es? — Al soltar esta pregunta, su cara decía obviamente que sentía que estaba perdida y que iba a destruir mi supuesta admiración hacia ella, si respondía mal. Se quedó en silencio, intentando averiguar, en su mente, cuál era la respuesta. Y no lo encontraba.

— ¡Por favor, es obvio que no lo sabes! — Entonces, Mao le dijo esto y sus palabras, que no tenían la intención de hacerla daño, fueron como cuchillos que le atravesaron el corazón, y el orgullo, a mi madre. Luego, se dirigió hacia mí, para preguntármelo:

— Y bueno, tengo curiosidad. ¿Cuál es tu animal favorito? — Eso me dijo y yo le respondí:

— ¡Las cucarachas! — Al decir esto, los dejé helados. No era mi intención, pero era la verdad. Aquellos insectos son impresionantes e increíbles.

Podría estar todo el día enumerando las razones por las cuales, para mí, son admirables. Pueden que no sean bonitas y hayan sido grandes trasmisoras de enfermedades, pero su resistencia y su capacidad para sobrevivir son cosas que me deslumbran.

— ¿En serio? — Dijeron con una cara de asco y de enorme incomprensión.

Entiendo que estén así, es una reacción normal si les dice a otras personas que te gustan las cucarachas.

— Pues, sí. — Pero tampoco voy a mentirles.

— Mejor haré caso a tu propuesta. — A continuación, mi madre le dije eso a Mao.

— Vale. — Y tras decir Mao eso, nos fuimos a ver a los osos pandas.

Desde aquí, voy a resumir, en lo que pueda ser posible, nuestro recorrido por el zoológico. Primero, por el camino hacia a dónde estaban los osos pandas, nos encontramos con el acuario y yo decidí meterme para ver qué animales marinos se encontraban en él.

Mientras yo le explicaba a Mao diversas cosas sobre los miles de peces que encontrábamos durante nuestro encuentro, mi madre intentó atraer mi atención, señalándome cosas, pero sus intentos siempre acababan hiriendo su orgullo.

No solo ahí, también cuando visitamos a la sección sobre osos, y después sobre los felinos; en las secciones en que emulaban los habitas tropicales, tanto el centroamericano como el del sudeste asiático; en las exhibiciones de aves y otros animales, etc. Se estaba desesperando porque sentía que estaba avergonzando a su propia hija, aunque eso no era verdad, ya estoy acostumbrada a que haga el ridículo.

Al final, se hartó de su situación, cuando llegamos a la sección del zoológico en dónde se encontraban los simios. Yo empecé a explicarle a Mao varias cosas de varias especies que veíamos, mientras mi madre, sin que me diese cuenta, intentaba decirme algo. Entonces, triste, se agachó y empezó a decir cosas en voz baja.

— ¿Te pasa algo? — Le pregunté esto, cuando me di cuenta de que estaba desanimada. Me sentí culpable de haberla ignorado. Entonces, al oír mis palabras, recuperó todos sus ánimos y me soltó esto, a continuación:

— Pues… — Me lo decía, mientras señalaba al lugar en dónde estaban los orangutanes. — Yo también quiero que me expliques lo qué son esos monos. —

Apoyaba todo su peso sobre la barandilla, la que tenía cómo función la de evitar que alguien cayera sobre el lugar en dónde estaban los orangutanes.

Si alguien se caía sobre aquel lugar que simulaba un hábitat rocoso para los gorilas, los orangutanes y otros tipos de simios, podría sufrir un aparatoso accidente y ser atacado por esos animales. Por desgracia, sin que ninguna de las tres nos diéramos cuenta, la barandilla iba a fallar en su trabajo.

— No son monos, son Pongo pygmaeus, unos…— Me acerqué a ella, y Mao conmigo, mientras le estaba explicando esto.

Y de repente, algo detuvo mi explicación, se oyó como las barras de la barandilla se desplomaron hacia al fondo, y mi madre con ellos. Dio un gran grito:

— ¡Ay, Dios! — Cerró los ojos y empezó a agitar los brazos, como si eso pudiera detener la caída. — ¡Socorro, socorro, me voy a estampar contra el suelo! — Y seguía gritando, sin saber que alguien la había salvado. Mao la sostuvo por la cintura a tiempo y ponerla a salvo.

— ¡Por Buda, no haces más que causar problemas! — Le gritaba Mao, mientras la soltaba y ella abría los ojos, comprobando que no se iba a estelar. Nos dio un buen susto de muerto.

— ¡No digas esas cosas! ¡El problema es del zoo, no mía! — Y eso le replicaba mi madre, tras recuperarse del susto que le dio.

— Mamá, ¿estás bien? ¿No te has hecho nada? — Con toda la rapidez que podría ofrecer, yo empecé a observar detalladamente por todo su cuerpo, empezando por las manos, si ella había sufrido algún daño.

— ¡Oye, Malan, es suficiente! ¡No me he hecho daño! — Me dijo con mucho nerviosismo, al ver que incluso quería las zonas protegidas por las ropas. Yo intenté insistir, sin darme cuenta de que no era el lugar más óptimo para poder revisar su cuerpo en busca de herida, y Mao añadió:

— No le ha pasado nada, no te preocupes. — Y le hice caso, dejando tranquila a mi madre.

Tenía razón Mao, solo fue un susto y la cosa podría haber terminado ahí, pero, entonces, algo inesperado ocurrió.

Un Pongo pygmaeus, en otras palabras, un orangután de Borneo, escaló por la pared y subió por dónde la barandilla se rompió y cayó. Al ver asomar su cabeza, mi madre nos gritó:

— ¿Qué mierda es eso? — Boquiabierta, levantó la mano poquito y poco y nos lo señaló, mientras temblaba como un flan.

— ¡Es un Pongo pygamaeus! — Le respondí, maravillada ante el hecho de que un orangután de Borneo hubiera subido una pared. Era increíble, ver como ese animal hubiera aparecido ante nosotras de esa forma. Fue un gran regalo de la naturaleza.

— ¡Por Buda! ¿Cómo ha subido hasta aquí? — Mao también estaba sorprendido al verlo, no de forma tan positivo como yo.

— Son grandes escaladores, aunque jamás pensé que podría escalar una pared. Es increíble. — Eso le respondí.

— Y parece enfadado. — Añadió mi madre, y parecía que tenía razón. El orangután gritaba descontroladamente, mientras atizaba contra el suelo, varias veces, una parte de la barandilla. Parecía hostil y se lanzó hacia nosotros para agredirnos, o esa fue nuestra impresión.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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