Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Tercera parte, nonagésima séptima historia.

El despertador sonó, como siempre, a las ocho de la mañana y yo empecé a abrir los ojos y a bostezar, mientras me levantaba. Mao también hacía lo mismo y cuando se dio cuenta de que estaba en mi cama, se quedó muy sorprendido:

— ¿Pero qué hago yo aquí? — Eso decía mientras se levantaba. — ¡Oh mierda, me he quedado dormido! —

— ¡Y no ha pasado nada! — Exclamé a continuación, en referencia a las amenazas de esa Elizabeth, porque, al final, no vino nadie a por mí.

Mao me iba a decir algo, pero, entonces, alguien abrió la puerta de una forma un poco brusca. Era mi madre y parecía que estaba bastante animada.

— ¡Mira Malan, hoy te voy a llevar al zoo! — Así que esa era básicamente el plan que nos tenía preparado.

— ¡Y tú también estás invitado, Moa! — Le gritó a Mao, mientras lo señalaba con una sonrisa desafiante. Supongo que deseaba mostrar que yo le tengo más afecto que a él e intentaría conseguirlo, haciendo lo que me gustaba. Era demasiado predecible y eso era bastante lindo.

— Me llamo Mao. — Le replicó, antes de dar un fuerte suspiro. Se le notaba en la cara que pensaba que iba a tener un día muy largo y agotador. Y mi madre, entonces, se dio cuenta de algo que no dimos importancia.

— Espera, un momento…— Estaba muy pálida. — ¿Qué hacéis las dos durmiendo en la misma cama? — Ella lo gritaba de forma exagerada. — ¿Desde cuándo son tan cercanas? — Mientras nos señalaba con el dedo. Nosotros dos nos quedamos mirándola, sin entender la razón de su reacción.

— Da igual. — Eso nos dijo a continuación. — Bajen al salón, coman y todo eso. — Y salió muy consternada de mi habitación.

— ¿Ahora qué le pasa a tu madre? — Me preguntó Mao, un poco consternado.

— Tal vez es porque le parece raro que dos chicas duerman en la misma cama. — Le respondí, mientras salía de la cama.

— Espero que no haya pensando nada raro. — Sentenció Mao, mientras hacía lo mismo.

Después de eso, Mao se fue al cuarto de baño para vestirse, mientras yo me ponía la ropa que iba a usar, en mi habitación. Luego, bajamos a comer. Nos sorprendió la cantidad de comida. Un plato con dos huevos fritos, con una tostada con mantequilla de cacahuete y con un pequeño dulce como postre, mientras nos servía leche.

— ¡Oh, cuánto comida! — Mi padre exclamó de la sorpresa, al ver todo eso. Mi madre jamás había hecho tanto, ya que le daba pereza hacer eso.

— No creo que pueda comerlo todo. — Le decía Mao. — Soy alguien que come poco. — Miraba la comida con pocas ganas de comer.

-Haz lo que quieras.- Eso le dijo mamá, después de preguntarme esto:

— ¿Qué te parece la comida? ¡Yo siempre me esfuerzo para que crezca sana y fuerte! ¿A qué tu madre es genial? — Ya entendí las razones, y es que quería impresionar a Mao para decirle que ella era mi favorita.

— ¡Muchas gracias, mamá, de verdad! — Eso le exclamaba, aplaudiéndola y adulándola, que era lo que ella realmente deseaba. Estaba muy linda mientras se sonrojaba por cada cosa que le decía. Pero eso, no duró ni cinco minutos, cuando se entero que mi padre no iba a acompañarnos.

— ¿Cómo que no nos vas a acompañar al zoo? — Le gritó.

— Tengo que hacerle el favor un amigo, te lo dije. De todos modos, si me iba, me provocarías dolores de cabeza. — Mi padre es la persona lógica de la pareja, que siempre intenta poner un alto a las locuras de mi madre, pero, a pesar de estar acostumbrado, le superaban. Aún así, la quiere mucho.

— ¿Qué clase de excusa es esa? — Preguntó mi madre, algo enfadada.

— Si el viernes te lo dije, que iba ayudar a un amigo a arreglar las tuberías. — Nos preguntó si nosotras queríamos ir con él, mi madre le dijo que no y yo le dije que no me interesaba.

— Tú eres un biólogo, no un fontanero. — Eso le replicó mi madre.

— Pero él sí es un fontanero, y necesita mi ayuda. De todos modos, me diste permiso ir. — Y entonces, mi madre gritó, sorprendida, recordando esos hechos.

— ¡Ah, es verdad! — Y tras decir eso, empezó a reír. Después, nos despedimos de mi padre, quién iba a salir de la casa hacia la de su amigo.

-¡Cuida de tu madre, evita que haga locuras!- Me dijo esas palabras en voz baja, para que no lo escuchará; y después de darme un beso. Yo le decía que sí, mientras mi madre se sentía algo molesta.

— ¡Te he oído! — Al ver que mi madre agudizó el oído cuando me lo dijo, solo añadió que ella no tenía remedio. Después se despidió de Mao y le dio a mi madre las llaves del coche.

— ¿Por cierto, estás segura de que puedes coger el coche tú sola? — Le preguntaba a mi madre. Por mi parte, diré que yo no deseaba que ella lo cogiera.

— Tengo el permiso de conducir y soy toda una experta. — Tanto mi padre como yo nos quedamos mirándola con mucha duda, porque ella era de temer cuando estaba en la carretera, y aquel día no era una excepción.

— ¡Por favor, ve más despacito, que nos vamos a matar! — Eso gritaba Mao, mientras ella estaba conduciendo hacia al zoo. Nunca le vi tan aterrado como en aquellos momentos, mientras mi madre derrapada en cada curva que daba, dando la impresión de que el coche se iba a volcar.

— ¡Estamos superando la velocidad permitida, nos va a multar, mamá! — Y no era el único, yo también estaba muy asustada de lo rápida que iba.

Al contrario de lo que se pensaba ella, no sabía cómo controlarse en la carretera, apenas se moderaba. Siempre yendo al máximo permitido o aún más. Por eso, mi padre siempre intentaba evitar que ella cogiera lo menos que pudiera el automóvil, porque estaríamos agobiados con tantas multas. Lo curioso del asunto es que, a pesar de esto, ella nunca ha tenido uno.

— ¡Si voy lo más tranquila que puedo! — Nos soltó, antes de parar en seco el coche, al ver que el semáforo se había puesto en rojo.

 

Fue tan brusco que casi podríamos haber salido volando del asiento, sino fuera por el cinturón de seguridad. A Mao le dio un susto de muerte, su cara estaba blanca del terror, mirando a la ventana con muchas ganas de salir corriendo. Con toda seguridad, afirmaría que jamás deseará volver a montarse en un automóvil conducido por mi madre. Yo aún no he podido acostumbrarme a estos tortuosos viajes, siempre recibo unos cuantos sustos. Ir con ella da mucha más adrenalina que cualquier montaña rusa. Y nos quedaba mucho, porque había que salir de la ciudad, entrar en la autopista y llegar a Bogolyubov.

Fue un viaje horrible y peligroso, pero pudimos llegar sanos y salvos al parque zoológico, sin ningún daño.

— ¡Hacía tiempo que no cogía el coche, no estaba tan oxidada, después de todo! — Eso decía, al final, mientras se estirazaba en el aparcamiento. Y cuando nos observó, se dio cuenta de que yo y Mao estábamos exhaustos, recuperándonos después de sufrir aquellas emociones fuertes que nos dio su paseo en coche.

— ¿Qué os pasa, chicas? — Nos preguntó.

— ¡Mamá, nunca vuelvas a coger el coche, por favor! — Le dije yo, sorprendida de que hubiéramos sobrevivido.

— ¡Para el regreso, yo y Martha iremos juntas en el bus o algo así! — Y añadió Mao, quién pensaba lo mismo que yo.

— Bueno, no importa, ¡lo importante es que llegamos al zoo! — Eso nos dijo ella, después de poner una mueca de incomprensión por las palabras que le dijimos, mientras nos señalaba hacia al parque zoológico.

Este zoológico está situado en las afueras de Bogolyubov, siendo el único en toda Shelijonia, y unos de los más modernos y grandes de todo Estados Unidos. También de los visitados, algo que notamos cuando vimos que el enorme aparcamiento estaba muy lleno.

— ¡¿Espera, un momento!? ¡¿En serio, queréis entrar allí!? ¡Miren, la cola enorme que se ha formado! — Gritó Mao, cuando vio la cantidad de gente que estaba esperando para conseguir sus entradas al zoo, casi le dio un ataque al corazón.

— Pues claro que sí. — Esto le replicaba mi madre. — ¡Si no quieres esperar, pues no entres! — Lo decía con algo de burla hacia a Mao. — Pero nosotras, yo y mi hija, somos buenas ciudadanas y vamos a esperar. — Soltaba esto mientras ponía un brazo sobre mis hombros.

Al final, nos quedamos en la cola esperando, mientras Mao se fue a un restaurante que estaba al lado para tomar algo. Me preguntó si quería ir, pero mi madre me obligó a quedarme y tuve que negarme. A mí no me importaba esperar, la verdad, aunque preferiría estar con él. Aún así, quién se harto de estar esperando para tener entradas era mi madre, y bastante más rápido de lo que esperaba.

— ¡Maldita sea, llevamos una puta hora en la cola y aún no hemos llegado!  — Se la pasaba quejándose y estaba muy enfadada, no sé podría creer que la espera fuera tan fastidiosa para ella. Yo, por mi parte, me era divertido observar a los demás que estaban sufriendo lo mismo que ella. Veía niños decirles a sus padres que cuándo iban a entrar en el zoo entre lágrimas o entre mosqueos. Adultos cansados de aguantar la espera, que se la pasaban preguntándose, entre ellos, cuándo podrían meterse en aquel sitio.

— ¡¿Aún no habéis conseguido las entradas!? — Decía Mao, boquiabierto, cuando volvió del restaurante. E incluso, después de haber pasado un buen rato ahí, perdiendo el tiempo jugando con una máquina recreativa de un videojuego realmente muy difícil, según me dijo él más tarde; no vio que la cola hubiera avanzando mucho, tenía los ojos abiertos como platos.

— ¡Pues claro que no, esta puta cola nunca llega al mostrador! — Y eso le gritó mi madre, muy enfadada. Al final, pudimos llegar y conseguir las entradas.

Al final, la espera fue aproximadamente dos horas y treinta y cuatro minutos. A mí se me hizo más o menos amena, así que la espera no fue muy desesperante para mí. Estaba deseosa de poder entrar en aquel lugar.

— ¡Por fin, la espera ha valido la pena! — Decía mi madre, muy feliz de haber conseguido las entradas al parque zoológico. Todo aquel enfado que tenía se esfumó como el humo.

— Espero que este zoo valga la pena. — Añadió Mao, tras dar un suspiro de alivio. En general, las tres estábamos muy contestas de haber terminado la espera.

Entonces, cuando íbamos a entrar en el zoo, toda nuestra alegría se esfumó:

— No puede ser… — Dijo mi madre, cuando lo vio, con una mueca de terror, con los ojos muy bien abiertos, mientras temblaba. Parecía que, de un momento para otro, se iba a caer al suelo y gritar de desesperación.

— Por favor, más no… — Y esto añadió Mao, quién se tapó con la mano media cara por la desilusión.

Por mi parte, mis sentimientos no eran tan drásticos como el de ellas, solo solté un pequeño suspiro de molestia. También estaba cansado de esperar, pero podría soportarlo, aún me quedaba paciencia de sobre.

El caso es que, para entrar al parque zoológico, después de conseguir las entradas; tenías que aguantar otra cola que parecía igual de larga que la anterior.

FIN DE LA TERCERA PARTE

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s