Nonagésima_séptima_historia

Una madre problemática: Última parte, nonagésima séptima historia.

— ¿Pero qué le pasa a este mono, por qué nos persigue? — Gritaba mi madre, mientras estábamos corriendo a toda velocidad.

— Le tiraste un trozo alargado de metal en la cabeza, es normal que nos quiera matar. — Le replicaba Mao, por su parte.

—Los orangutanes son unos de los simios menos agresivos del mundo, es raro que se enfaden de esta manera. — Añadía yo, muy maravillada y sorprendida por el comportamiento inusual de aquel animal.

No teníamos tiempo para llamar a los trabajadores, porque estábamos más ocupados en huir del orangután y fuimos de una punta del zoo al otro, en línea recta, sin pensar en girar hacia otro lado. Las personas que nos veían salían corriendo asustadas, dando chillidos tan fuertes como las nuestras. La distancia que recorrimos fue casi medio kilómetro, pero no lo noté muy agotador. Al ver que habíamos llegado a un camino sin salida, decidimos escondernos detrás de una pequeña caseta, la cual no sabíamos qué era su función exactamente.

— ¿Y ahora qué haremos? — Preguntó Mao, tras recuperarse de la carrera.

— Y yo qué sé. —  Eso le respondió mi madre, atacada de los nervios. —Pero no voy a dejar que toqué a mi niña. — Entonces, me abrazó, con la intención de ser un escudo para mí. — Te protegeré, pase lo que pase. —Añadió, intentando mostrar una gran determinación, mientras cerraba los ojos para no ver lo que nos podría ocurrir a continuación. Era exagerado su reacción, aunque entendible y adorable y agradable al mismo tiempo.

— En verdad, eres una buena madre. — Le dijo Mao a mi madre.

— Es lógico, la parí yo, ¿qué te esperabas? Y ahora se está alejando de mí, por tu culpa. — Parecía más a una niña pequeña que a una madre, pero eso la hacía bastante tierna.

— Eso no es verdad, mamá. — Yo no sería capaz de dejarla sola. — Nada me está alejando de ti, ni Mao. — Después de todo, mi padre solo no se puede ocupar de la cabeza hueca de mi madre.

— ¿En serio? ¿De verdad de la buena? — Ella se puso muy feliz de haber escuchado, se le notaba muy ilusionada, sus ojos y su boca se abrieron de la emoción.

— Eso supongo. — Creí que esa respuesta estaba bien, pero la desilusionó.

— ¿Supones? — Me preguntó con los ánimos caídos. Toda la ilusión que mostraba su rostro se borró y puso mala cara.

— Por favor, créela. Lo habría hecho, si hubiera querido. — Entonces, Mao le respondió esto por mí, mientras observaba sí había camino libre.

No veíamos a ese increíble animal por ningún lado, parecía como si se hubiera evaporado o hubiera vuelto a su celda, cansado de perseguirnos.

— ¿Qué insinúas? — Eso le gritó, molesta, mi madre.

— Nada. — Y Mao se quedó callado.

Lo que no sabíamos es que aquel orangután estaba detrás de nosotros, sin producir ningún tipo de ruido. Ni yo misma me había dado, su sigilo era sorprendente. No sé cuánto tiempo paso ahí, pero debió pasar unos cuantos segundos. Entonces, después de que el silencio reinó en nosotros, decidió dar un chillido. En un acto reflejo, giramos nuestras cabezas y le vimos, delante de nuestras narices, con una cara que daba pavor y que las sombras solo conseguían mostrarlo más terrorífico de lo que era. Al momento, mi madre y Mao gritaron:

— ¡Oh, no, el maldito mono! — Gritó él, quién se quedó paralizado del susto.

— ¡No le hagas nada a mi hija! ¡Yo soy la única culpable, castígame a mí, maldito bicho! —Eso gritaba mi madre, con lágrimas en los ojos, mientras me protegía con gran determinación. Sus instintos maternales consiguieron que fuera capaz de sobrepasar su miedo y enfrentarse a él.

El orangután de Borneo nos miró durante unos segundos más y alzó su potente brazo. Y no solo eso, llevaba aquel trozo de barandilla. Ver aquella imagen incluso me asustó a mí. Mao miraba impotente y mi madre cerró los ojos. Nadie se atrevió a detenerlo ni a escapar de él, creíamos que íbamos a estar perdidos. Pero lo que ocurrió a continuación nos dejó más boquiabiertos, todavía.

El orangután de Borneo, a pesar de dar un fuerte chillido, no nos atacó, nos dejó el trozo de la barandilla. Yo y Mao vimos asombrados como nos daba aquel objeto con una expresión tranquila, que incluso parecía amable. Mi madre, incapaz de decir algo, al ver que no había pasado nada, abrió los ojos y se quedó tan sorprendida como nosotros. Lo aceptamos y él se fue con normalidad, volviendo a su celda y dejándonos con la boca abierta.

— ¿En serio, hizo todo este espectáculo para entregarnos esto? — Dijo Mao, incrédulo, mientras cogía el trozo de la barandilla.

— ¡Oh, Dios mío, menos mal que ese maldito mono no estaba enfadado! — Gritó mi madre, sin soltarme, después de suspirar fuertemente de alivio y de felicidad. Le faltaba poco para que se pusiera a llorar de nuevo.

— Ese orangután tiene unos comportamientos dignos de estudiarlos. — Añadí yo, feliz de haber visto esa forma tan peculiar de actuar. Sí, fue un gran susto, pero había vivido una experiencia increíble y única. Estaba tan emocionada que sentía que mis ojos brillaban, ante la sorpresa de Mao y de mi madre, que no entendían por qué debía estar así. No dejé de explicarles cómo de genial fue aquello, mientras lo mezclaba sobre temas relacionados con los estudios de comportamiento de los simios y las observaciones y suposiciones que se formaba ante mi cabeza. Ojala pueda volver a repetirlo, mientras acabé salva y sana, claro.

A continuación, vinieron los trabajadores del zoo para pedirnos disculpas por el susto. Mi madre y Mao se unieron para regañarles fuertemente y ellos fueron muy honrados de escuchar las quejas de aquellos visitantes del zoológico.

Al final, terminamos nuestra visita al zoo, saliendo del recinto y yendo al restaurante en dónde estuvo Mao. Allí todo estaba más barato que dentro del parque zoológico, así que no había quejas por parte de ninguno. Entonces, mi madre, mientras terminaba de comer, le dijo esto:

—Por cierto…— Mao le preguntó qué quería.

— Solo quiero decir esto: ¡T-te aceptaré como amiga de mi hija, desde ahora! — Le costó algo decirlo, ya que su orgullo no se lo permitía. Ella lo sentía muy vergonzoso de su parte, viéndose eso con claridad en su cara, que estaba muy roja.

— No lo necesito para serlo, ya lo soy. — Eso le respondió Mao, pero mi madre ignoró aquel comentario.

— Pero si le haces algo malo y horrible, te juro que te voy a dar una buena. — Añadió mi madre muy seria, señalándole con el tenedor.

— ¡Te lo prometo! — Le soltó Mao, de una forma muy poco entusiasta.

— Dilo de una forma más entusiasta, que parece muy falso. — Esto le dijo a continuación, mi madre.

— Estoy bastante cansando. — Mao le replicó con estas palabras.

A continuación, mi madre empezó a pelearse con Mao, diciéndole que era mala influencia para mí, mientras decía mil maravillas sobre mi persona. Mao, a veces, la ignoraba; otras, la replicaba, intentando salirse de aquella discusión lo más rápido posible. Al final, terminó sin provocar nada grave, y ella nos dijo que nos quédesenos esperando en las puertas del restaurante, que ella iba a traer el coche. Así pude estar a solas con él.

—Hoy ha sido un día muy divertido. ¿A qué sí, Mao? — Eso le dije, muy contenta. Estaba muy feliz de haber ido al zoológico con él.

Fue entretenido: Tuvimos emociones de todo tipo, mi madre empezó a aceptarle, vimos a un montón de animales, incluso a un orangután  que se comportó de forma inusual de lo normal. Había sido muy gratificante.

— ¿De qué hablas? Ha sido horrible, un mono nos ha perseguido y he tenido que aguantar a tu madre. Solo deseo volver a casa de una vez. —

Este comentario suyo, mas los gestos de molestia y cansancio que puso su rostro, me provocó gracia, haciendo que me riera.

— ¿Por qué te ríes? —Me preguntó Mao muy extrañado.

— Nada, por nada. — Eso le respondí, antes de añadir esto: — Solo estaba pensando en una cosa. —

Solo desea que este momento durase para siempre. O por lo menos, estar junto a él por mucho tiempo. Y es que, por algún motivo ilógico, o pasional, pensaba que esta espera era “mágica”. Todo nuestro alrededor se tiñó de una atmósfera extraña y hermosa al mismo tiempo.

En verdad no había nada en especial en la zona que podría dar lugar a que sintiera aquel sentimiento, pero lo sentía, y con mucha fuerza. Era un misterio que no podría entender, de esos que echan para abajo cualquier teoría sobre la realidad y nuestro ser.

Me hacía entrar ganas de decirle mis sentimientos y lo mucho que estaba enamorada de Mao, pero tenía miedo, a la vez, de que provocase, con tal declaración, consecuencias nefastas para nuestra amistad. Por esa razón, desechaba esa idea, ya que, solo deseaba que estuviésemos juntos, ya sea como amigos, o “amigas”. Está bien estar así con mi Ojou-sama, en aquel momento sentía que eso era lo único que necesitaba.

— Yo en lo único que pienso, ahora mismo, es que no quiero subirme al auto con tu madre conduciendo. — Mientras tanto, Mao me decía esto, preocupado de volver a vivir aquel infierno. Yo también, pero ya estaba concienciada. Entonces, ocurrió un milagro.

Paso alrededor de una hora y no había pasado a recogernos, y eso que el aparcamiento del zoo estaba al lado. Tanto periodo de tiempo nos estaba preocupando.

— ¿Qué le habrá pasado ahora a tu madre? — Me preguntaba Mao.

— Espero que nada grave. — Eso le respondí yo. Entonces, los dos decidimos acércanos hacia al lugar en dónde estaba aparcado el coche.

Y nos la encontramos allí, con el capó levantado, mirando el motor. Estaba muy enfadada, ya que no paraba de decir tacos al coche, preguntándole qué le pasaba, mientras lo toqueteaba sin parar.

— ¿Y ahora qué has hecho? — Le preguntó Mao.

— El coche hacía ruidos extraños, así que intenté arreglarlo y no lo he conseguido. Es más, ya ni enciende. — Gritó mi madre, desesperada.

Esas palabras nos llenaron de alegría, al ver que no íbamos a sufrir otro viaje con ella como conductora. Chillamos de pura felicidad.

— ¡Gracias, Buda! — Eso decía Mao, mientras nos abrazábamos eufóricamente.

— ¡Qué bien! — Y yo añadía esto. Todo esto dejo a mi madre, con la boca abierta y la ceja fruncida, preguntándonos por qué nos pusimos tan alegres al saber que el coche se rompió.

FIN

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