Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Primera parte, nonagésima octava historia.

Siempre les he tenido odio y miedo hacia las mujeres y nunca me expliqué el porqué hasta hace poco. Jamás me atreví a redescubrir todas aquellas cosas que sufrí y que me hicieron así. El simple hecho de recordarlo era suficiente para que mi cabeza lo bloqueara, para evitar volver a la angustia y el dolor. Pero, al final, fue mi propio pasado, terrible y horrible, el que volvió. La reaparición de aquella persona, más bien, monstruo, un ser terrible que me torturó hace tantos años; volvió a mi vida.

Aún así, me pude enfrentar contra aquello que deseé no volver a ver más y lo superé, de alguna forma u otra lo conseguí. Me ha cambiado, no sé ni para mal ni para bien, pero lo hizo. Y tengo que contarlo, necesito hacerlo. En fin, esto es mi historia, el de mi reencuentro con mi madrastra y mi encuentro con mi verdadera madre. Ya empiezo.

Empezó a principios de diciembre, en un sábado, mientras estábamos todos los de la casa viendo la tele. Algo que en el pasado me sería imposible de pensar, ya que yo no podría soportar estar en una misma habitación con chicas. Y sin embargo, ahora era diferente y no me di cuenta hasta hace poco. Alsancia estaba a pocos centímetros de mí, sin que yo me sintiera en peligro y sin que ella se diera cuenta de eso. Y tengo que reconocerlo, a pesar de haber sufrido algunos contratiempos, me empezó a caer muy bien, aunque no se lo digan. Clementina y Diana, por otra parte, mantenían aún una distancia de seguridad para que no me sintiera acorralada, pero a veces pasaban por mi lado sin que yo protestara. O más bien, sin que me diera cuenta. Mao también estaba ahí, a mi lado, mirando la televisión muerto de aburrimiento, pero sin ganas de cambiar de canal; además de Leonardo, quién se quedó dormido al lado de su prima y sobrina.

Entonces, tras terminar ese documental, se oyó cómo tocaban la puerta de la casa. Clementina se levantó del suelo y se fue a ver quién era, entonces le llamó a Mao, para decirle que esa persona quería hablar de algo con él.

— ¿Quién es? — Le preguntó Mao a Clementina.

— La vecina de al lado, la que vive en casa de Jovaka.- Eso le respondió y yo miré hacia al lugar en dónde estaba el agujero, ya tapado, que unía mi vieja habitación con el salón y me trajo recuerdos, cuando yo y Mao nos conocimos por primera vez.

¿Cuándo fue? No lo recuerdo muy bien, pero creo que fue hace tres años, poco después de mudarme a esta ciudad. Mi padre, que aún sigue en la cárcel, tras haber sido estafado por una prostituta; decidió irse de Colorado, adónde vivíamos, después de irnos de Serbia y pasar una temporada en Gran Bretaña. Al llegar, lo primero que hice fue ir a mi futura habitación y quedarme encerrada allí todo el día, como siempre había hecho, después de que las mudanzas hicieran su trabajo. Mi vida en aquel entonces, no era muy diferente del año que pasé en el continente. Siempre en mi cuarto sola con un ordenador, como la única ventana al mundo, mientras mi papá se pasaba el día en busca de la mujer de su vida. Mentiría si dijera que estaba bien, ya que deseaba morir y no dejaba de escupir odio a las chicas, diciendo que ellas eran las culpables de todo.

En una tarde, mientras estaba viendo el ordenador, siendo la única luz que iluminaba mi oscura habitación; en el otro lado de la pared, Mao empezó a clavar un tornillo para poner algo. Y con cada golpe que hacía, el muro que nos separaba se agrietaba sin parar y yo lo intentaba ignorar con todas mis fuerzas. La situación llegó al punto de que empecé a escuchar las voces de mis vecinos.

— Gerente, no creo que esto sea una buena idea. — Al escuchar esto, yo reconocí que era la voz de una chica y empecé a ponerme muy nerviosa. De todos modos, lo seguí ignorando.

— ¿Por qué, no? ¡Este lugar será magnifico para ese cuadro! — Al oír eso, ya me aterré. La otra voz, a pesar de que lo sentí un poco masculinizada, la reconocí como el de una chica y veía que quería seguir destruyendo la pared.

Y empecé a observar el lugar de dónde provenían aquellas voces y vi cómo la pared no paraba de agrietarse con cada golpe que daba el martillo. Yo no sabía qué hacer, estaba pensando en que esas chicas iban a por mí y que rompiendo el muro por esa razón. Me imaginaba que, al oír mi respiración o alguna tontería así, sintieron mi temor y decidieron ir a por mí, a hacerme daño. Yo las veía como monstruos sedientos de maldad, que soltaban una monstruosa sonrisa de satisfacción, mientras abrían un agujero para ir a por mí.

Al final, una parte de pared cayó al suelo, provocando un gran agujero, ante las miradas atónitas de Mao y Clementina, y la mía. La nube de polvo que se levantó al producirse eso, impidió que no me pusiera a chillar tan de repente. No pude ver nada durante unos segundos, además de toser por lo molesto que era aquella polvareda. Ahora así, al disiparse y verlas, ya empecé a chillar, sin parar.

— ¡Aléjense, aléjense, déjenme en paz, yo no os he hecho nada! — Eso les gritaba, mientras me escondía entre las sabanas de mi cama.

— Ya se lo dije, Gerente. — Le recriminó Clementina.

— ¡Oh Dios mío, mi pared! — Gritó de conmoción, al principio. — ¡Oye tú, yo no te he hecho nada! — Y luego añadió esto muy nervioso, cuando vio que yo estaba gritando de miedo.

— ¡No, déjame en paz! ¡Aléjate de mí! — Le seguía gritando muy alterada.

— ¡No ha sido mi intención de romper esta pared! — Me decía, para luego, preguntarle a Clementina esto: — ¿A qué sí? — Pero ella se había quitado del medio, no quería saber nada del asunto.

— ¡Maldición! — Exclamó y entró a mi habitación. — Oye, deja de gritar y llorar, no ha sido para tanto. — Intentaba calmarme, pero no servía de nada y empezó a acercarse a mí, sin saber que era lo peor que podría hacer.

— ¡No lo hagas, no te acerques a mí! ¡Aléjate! —Le gritaba al borde de la locura, mientras veía como no se detenía. — ¡Qué no soy un ogro! — Me exclamaba, mientras se ponía delante de la cama, enfrente de mí, cara a cara conmigo. Y yo, al verle ahí, me sentí tan acorralada que decidí defenderme.

— ¡Aléjate de mí, perra! — Grité entre lágrimas de desesperación, al lanzarle un puñetazo, que le dio directamente en su entrepierna. Sí, fue directo ahí. No tenía ni puta idea de dónde mandarle el golpe, solo lo hice y ya está.

Se aguantó con todas las fuerzas el grito, solo su cara puso una expresión de enorme dolor. Su cara se quedó blanca, mientras caía al suelo. No sé si se desmayó o no, pero parecía que estaba a punto de hacerlo.

Yo podría aprovechar el momento para huir de ella, pero algo me dejo muy intranquila. Note algo anormal cuando le golpeé en sus partes. Como, si en vez de tener vagina, tuviera otra cosa. Bueno, nunca le he golpeado a una chica en sus partes íntimas, así que no debería saber diferenciar. Pero supe que eso no era lo mismo que tenía yo, y el resto de arpías, que ahí había un bulto. Traje saliva y le observé.

— ¿Tiene huevos? ¿Picha? ¿Es un hombre, no una mujer? ¡¿Cómo e-es posible,…!?— Me preguntaba, incapaz de creer que no era una chica. Le miré de forma más detallada. Su aspecto daba entender que parecía alguien de mi mismo sexo, pero su entrepierna daba entender otra cosa.

Mi cabeza empezó a dar vueltas, no comprendía nada de lo que pensaba y apenas podría deducir si era hombre o mejor. Al final, yo lo comprobé por mí misma, le toqué la entrepierna.

No me miren mal, solo era una comprobación, solo quería saber si eso que pensaba era verdad. No soy una pervertida ni nada parecido.

— Esto es…— Me decía mientras lo tocaba sin parar, era blandito y se podría espachurrar. —…sin duda…— Me estaba poniendo roja. — Así son las cosas que llevan los hombres…— Concluí. No había ninguna duda, lo que estaba ante mí era un hombre con apariencia de mujer.

Entonces, él se dio cuenta de lo que estaba haciendo y me empujó con mucha fuerza. Luego, se levantó del suelo con mucha rapidez.

— ¿Qué estás haciendo, enferma? — Me gritaba, totalmente colorado, mientras se protegía sus partes y me señalaba con ira.

— ¡Eres un hombre! — Yo grité yo, incapaz de recuperarme del shock que me provocó al saber que esa supuesta chica era un chico.

Y Mao, al ver que iba a descubrir su verdadera identidad, me tapó la boca con muchísima rapidez. Luego, me explicó que aquello que yo descubrí debía ser un secreto entre nosotros.

Así es cómo nos conocimos.

Terminado el flashback, mientras yo estaba perdida entre mis recuerdos, Mao gritó esto, provocando que volviera al presente: — ¡Esa tipa! ¿En serio? — Se veía bastante enfadado, era normal. — ¡Después de lo que me ha hecho quiere que yo hable con ella, tiene cara, la desgraciada! — Se levantó y se dirigió hacia la tienda, para salir. — ¡Le voy a dejar las cosas claras! — Eso gritaba.

Todos nos preguntábamos, preocupados, qué quería esa mujer. Después de lo que le hizo, ya que ésta ayudó a que Mao fuera secuestrado, algo que todos sabíamos; tuvo la osadía de pedirle ayuda. Sobre todo yo, que le pedí que no le hiciera caso, que debía ignorarla. Sospechaba de qué le haría algo igual o peor que aquella vez. Yo temía que le pasará algo parecido y deseaba ir, pero mi miedo no me lo permitía.

Al final volvió, pero estaba muy cabreado y no paraba de decir que ella estaba como una puta cabra y decía demasiadas tonterías. Esto hizo que todos le preguntábamos qué había hecho ella esta vez y nos respondía que eso no importaba, ya que eran puras estupideces.

A continuación, todo pareció volver a la normalidad. Yo conseguí el permiso de Mao para jugar a la consola, Clementina se fue a la cocina a hacer la comida, y fue acompañada por Alsancia y Diana, para aprender de ella. Mientras tanto, Leonardo solo veía cómo jugaba, para luego, unirse él para combatir contra mí. Tras eso, llegó la cena, y después la hora de dormir.

— ¿No te vas a dormir, Mao? — Le pregunté, cuando lo vi observando la ventana, muy pensativo, mientras Alsancia ya se había metido entre sus mantas y se había quedado dormida. Tardó en contestar y lo que dijo fue esto: — ¿Por cierto, Jovaka, tú conociste a tu verdadera madre? — Esa pregunta fue tan repentina que no sabía qué decir.

— Pues, la verdad…— Quería responderle, pero no deseaba buscar entre mis recuerdos, no quería recordar cosas de mi pasado, sobre todo sobre mi otra madre, mi madrasta. Al final, no podría decirle nada.

— Lo siento, no lo puedo decir. — Le dije, mientras intentaba no recordar eso. Entonces, me tocó la cabeza.

— No te preocupes, solo era una simple estupidez. — Me soltó esto, mientras dejaba de mirar la ventana y se levantaba.

— Vayámonos a dormir. — Añadió.

Ahí me di cuenta de que estaba, tenía una cara de preocupación y de duda que me intranquilizaba.

— ¿Qué te ocurre? Estás raro. — Eso le pregunté muy preocupada. Algo muy raro le había pasado desde que volvió de la charla con aquella bruja. Él se quedó muy pensativo, dudando si decírmelo o no. Al final, fue capaz de soltármelo:

— Hay algo que necesito decirte, Jovaka. Stephanie Stratus, esa bruja me soltó una enorme estupidez…— Dio un gran suspiro antes de continuar. —…que tú eres su hija. — El silencio dominó por unos cuantos segundos nuestra habitación.

Por un momento, sentí como mi vista se nublará, como mi cerebro sufría una especie de cortocircuito, e incluso que iba a perder el equilibrio. Esas palabras me dejaron muda por unos segundos, mientras intentaba con mucha desesperación comprender aquello que oí. Al final, con una cara de incomprensión, sin saber si tenía que llorar, reír o sentir algo, le pude decir esto:

— ¿Q-q-qué, e-en serio? — No me lo podría creer, parecía un mal chiste, una broma horrible; y me entraron ganas de partirle la cara a aquella señora por decir tal estupidez sobre mí.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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