Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Segunda parte, nonagésima octava historia.

A continuación, Mao me contó con todo detalle, cómo le fue en su charla con aquella mujer, que le dijo sin ningún pudor que yo era su hija.

— ¿Qué quieres? — Eso le preguntó Mao, después de pegar en la puerta de su casa y ella lo abriera.

— ¡Buenos días, vecina! ¿Cómo estás? — Le soltó esas palabras, actuando como si fuera buena gente, mostrándose muy amistosa con él, con una sonrisa obviamente muy falsa. Algo que enfureció aún más a Mao, quién dio un puñetazo a la puerta.

— No actúes así después de todo lo que me has hecho, o te mando a la mierda y al hospital. — Le gritó con tal enfado que puso a temblar a la vieja del miedo.

— ¡Tranquilízate, eso son solo cosas del pasado, olvida y deja vivir! — Lo decía con mucho nerviosismo, mientras le empujaba hacía al interior de la casa.

— ¿Y bueno, qué quieres? ¡Dilo sin rodeos! — Eso le decía Mao, tras llegar al salón, el de mi antigua casa.

Entonces, ella sorprendió a Mao, hizo algo que no esperaba. Se agachó como los japoneses para pedir pleitesía y le dijo con una voz llena de desesperación: — ¡Necesito tu ayuda, alguien me quiere matar y tú solo eres la única que me puede salvar! —

— ¿Q-qué? — Gritó él, al oírlo.

— ¡Lo que has escuchado, mi buena amiga Mao! — Puso una cara de completo asco al ver que ella le llamó así. — ¿Puedes ayudar a esta pobre chica? — Me dijo además que intentó mostrar una cara de pena para que tuviera compasión de ella, pero eso solo conseguía que sintiera deseos de mandarla a la porra. Además, la maldita arpía le quería meter en una situación peligrosa.

— En vez de pedir ayuda a una adolescente, ¿por qué no le pides ayuda a la policía? ¡Son gente experimentada, nada que ver conmigo! —

Y con esto dicho, Mao se dirigía hacia su casa, pero, entonces, la vieja le cogió de las piernas, haciéndolo caer mientras gritaba esto:

— ¡No puedo, no puedo! ¡El problema es que en la poli hay un infiltrado y nadie me cree! — Lo decía como si estuviera majareta.

— ¿Pero, en qué clase de lio te has metido? ¿Y por qué tienes la jeta de meterme en este asunto? — Y eso le preguntó Mao con toda la seriedad del mundo, que decidió escucharla para que le dejase tranquilo. Solo eso, ya que después se quitaría del medio lo más rápido posible.

— Entonces,…— Intentó simular un suspiro que le salió mal. —…te tendré que contar mi historia. — Mao gritaba mentalmente que no una y otra vez, mientras la vieja esa se sentaba en su sofá y le pedía que hiciera lo mismo. Sentía que le quería calentar la cabeza.

— Primero, antes de nada, tengo que decirte un pequeño secreto, así que no se lo digas a nadie. — Le dijo que sí por inercia, ya que no tenía ninguna intención de esconderlo.

— Stephanie Stratus es un nombre falso, creado por la FBI, porque soy parte del programa de protección a testigos. — Eso primero dejó boquiabierto a Mao.

— ¿Qué? — Gritaba esto, muy incrédulo. — ¿De dónde sacas estas tonterías? —

— Es verdad, verdad, mujer, pero no puedo decir mi verdadero nombre, por el momento. Aunque puedo contar mi historia. — Y con esto, empezó a narrar.

—  ¡Vamos a ver! Yo nací a finales de los setentas, aunque me veas muy joven. — Mao quería decirle lo contrario. — En un pueblo situado en la actual Croacia, cerca tanto de la frontera serbia y con la de Bosnia. En fin, en mi juventud, todo eso era Yugoslavia. Ya saben, teníamos a un tal Tito gobernándonos y estábamos en la órbita comunista. La Guerra Fría y eso. De todos modos, mi infancia y adolescencia eran normales y corrientes, salvo por un incidente…— Y paró de repente.

— ¿Y? — Le preguntó Mao.

— Tengo ganas de ir al servicio. — Y dijo esto, mientras se levantaba del sofá y se dirigía al cuarto de baño. Mao pensaba huir, pero no le dio tiempo porque ella volvió rápido y le siguió contando la historia.

— ¿Por dónde iba diciendo? Ah, sí…Pues bueno, era amiga de una chica que tenía un perro, muy lindo además, y siempre íbamos de paseo a las montañas. Un buen día, sin querer, empujé al perrito y se cayó por el barranco. Se murió. Nunca fue mi intención, ni nada parecido pero esa chica me empezó a odiar, más de lo que esperaba. —

Mao no se creía nada, porque parecían puras y estúpidas mentiras, ya que se notaba demasiado. Aún así, siguió escuchando su historia, porque no tenía más remedio. Aunque interrumpió el relato, preguntando.

— ¿Quería vengarse del perrito y te intentó matar y te fuiste de Yugoslavia o cómo se diga? — Le preguntó eso Mao, con un tono muy escéptico.

— En verdad, no me hizo nada muy grave, solo que se alejó de mí y le pedía a su padre, que era algún funcionario, que hiciera algo contra mí y mi familia, aunque nunca paso nada, salvo cuando mis padres aparecieron muertos en un rio cercano. — Y Mao se quedó preguntándose, tras oír eso, qué tipo de infancia había tenido, aún a pesar de creer que eran trolas. —Pero su odio crecía cada día. No dejaba de decir mentiras de mí, de hacer que los demás se alejasen, un montón de cosas, pero yo siempre le ganaba y era superior a ella. —

— ¿Y esto que tiene que ver, entonces? — Le preguntó Mao, qué quería que terminará la historia de una vez.

— Ella es la persona que me quiere matar, pero antes,… ¡déjame terminar la historia! Después de eso llego los noventas y por tanto, la disolución de Yugoslavia, convirtiéndose en una guerra y yo tuve que huir de la zona, dirigiéndome hacia Zagreb, pero no pude conseguirlo. — Y empezó a sobreactuar, demasiado para Mao, que lo describía como si un idiota intentará imitar a un buen actor de ópera, o algo así. No entendí bien.

— Para sobrevivir, yo tuve que unirme a bandas mafiosas y pues bueno, entonces, ¡lo descubrí! Mi talento para cometer fraudes. — Lo decía mirando al cielo, como si se estuviera confesando. Poniendo unas caras sobreactuadas tan ridículas y absurdas que a Mao casi le dio la risa.

Ella siguió hablando: — Disfruté engañando a todos, a cada uno de ellos. Yo viaje por toda Europa, de sur al norte, de oeste a este, y viceversa, tomándoles el pelo a pobres desgraciados para quedarme con sus dineros, pero, al final, me sentí capaz de todo, tanto que traicioné a mi gente y tuve que huir. — Mao se preguntaba si aquella mujer estaba bien de la cabeza.

— Entonces, decidí tener una vida normal y corriente, lejos de esas cosas, pero antes de que me diera cuenta, me volví a las alcantarillas y a hacer fraudes por doquier, y volví a traicionar a mis compañeros. Así es como me gané enemigos, poco a poco. — Mao le entraba ganas de decirle que se lo merecía, a pesar de que estaba dudando de que si era verdad o una falsedad.  — Y por supuesto, ella decidió perseguirme y buscarme para eliminarme. Entonces, llegamos al año 1998. — Y se calló de repente, otra vez.

— ¿Y ahora qué? — Le preguntó Mao, a continuación, quién no deseaba más interrupciones.

— Conocí a un buen hombre y el cuál se enamoró de mí locamente, parecía un caballero, era normal que yo aceptará ser su novia y casarme con él. —

Lo decía con una mirada tan nostálgica, que hizo pensar a Mao que incluso una mujer tan nefasta como esa podría enamorarse, antes de que ella misma demostrara lo contrario con sonoras y desagradables carcajadas.

— En verdad, era un completo necio, un subnormal de primer orden, fue muy fácil engañarlo para que pensara que yo estuviera enamorada de él. —Mao se dijo a sí mismo que retiraba lo dijo, entrándole ganas de darle una buena patada en la cara. — Quería hacerme con todos sus dineros y huir de Serbia, pero cuando me di cuenta me dejó embarazada. —

— ¿Espera, tú tuviste un niño? — Le preguntó sin darle mucha importancia. Solo me dijo que tuvo muchísima lastima por aquella persona que tenía una madre como ella. Lo que no se esperaba era escuchar la respuesta que le iba a decir:

— Niña, para ser más exactos y la conoces muy bien. — Esas palabras le dejaron otra vez con la boca abierta. Se dio cuenta de que adónde quería llegar, pero aún no lo podría comprender bien. Me dijo que ya le dolía la cabeza de escuchar tantas estupideces y que creía que solo estaba delirando, que solo le iba a soltar una trola más.

— ¿Qué intentas decirme? — Aún así, Mao ya estaba confundido.

— A él y a la niña los abandoné a los dos años, mientras huía de las mafias que me perseguían, acabando en Rusia. Luego, me metí con las de ese país y empeoré las cosas, acabando en la cárcel incluso. Ellos por el contrario, estuvieron un tiempo en Belgrado, para irse después a Londres, y se fueron a América, terminando finalmente en Shelijonia. Yo al final pude llegar a los Estados Unidos, pidiendo ayuda al gobierno, a cambio de información sobre varias mafias. Pude participar en el programa y me dejaron elegir, el lugar en dónde yo quería esconderme, y por casualidad pude saber que estuvieron en esta casa, y me dejaron habitarla. — Entonces, Mao cayó en la cuenta de que estaba hablando de nada más ni nada menos que de mí y de mi padre, y se alteró muchísimo.

— ¡Ya estoy bien harta de tus mentiras, solo dices más que payasadas! — Gritó enfurecido, levantándose del sofá. No podría creer lo que le estaban contando.

— Jovanka es mi hija, es la verdad. — Eso le dijo la vieja y cuando se dio cuenta, Mao le dio un puñetazo en toda la cara que la hizo volar.

¿Te crees que eso es gracioso? Pues nada de nada. ¡Si intentas utilizar a Jovaka otra vez para enredarme en tus estupideces, te voy a partir la boca en mil pedazos! ¡Lo oyes! — Mao me decía que estaba muy encolerizado, tanto que parecía un demonio, y decidió irse de allí, con ganas de romper todo el mobiliario.

— Aún no he terminado. — Le decía esa mujer, mientras se levantaba y comprobaba que de su nariz salía sangre.

— ¡Déjame en paz! — Mao solo le soltó esto, antes de dar una patada al suelo.

— Jovanka está en peligro, porque esa mujer no solo ha venido a por mí, sino por ella. — Estás palabras solo provocaban que estuvieran más enfadado.

— ¡Cierra tu maldita boca! — Eso le gritó antes de cerrar la puerta de la casa lo más fuerte posible.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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