Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Cuarta parte, nonagésima octava historia.

No sé cuánto tiempo estuve en la habitación, pero tuvo que pasar mucho, ya que mi estomago empezaba a rugir y tenías ganas de ir al servicio. Pero ni loca quería salir de allí, tenía miedo de volver a ver a mi madrastra. Entonces, alguien pegó en la puerta y temí que fuera ella. Por suerte, no lo era.

— ¿Jovaka, Jovaka? ¿Estás ahí? — Era la voz de Mao y me alegre mucho de poder haberle oído. Sentía que estaba a salvo. Rápidamente, salí de la cama con mucha felicidad y le abrí la puerta.

— ¡Gracias a Dios que estés aquí! — Eso le dije, mientras le daba un gran abrazo.

A continuación, tras ir al cuarto de baño, porque lo necesitaba con mucha urgencia; Mao preguntó qué me había pasado muy preocupado, ya que Clementina y Leonardo le dijeron que cuando oí que él se fue, salí a la calle y volví como loca a encerrarme en la habitación. A lo primero, creía que se trataba de la pelea que tuve que con ella, pero esto nunca fue mencionado, por extraño que me parezca. En fin, pasemos eso por alto.

— En verdad, yo…— No sabía si decirle lo que vi, porque estaba dudando si esa persona que vi en la calle fuera de verdad mi madrastra o no. Aunque la verdad es que me obligaba a mí misma negarlo, porque quería que fuera una ilusión, una cruel broma que mis ojos me hicieron. Al final, me callé.

— ¿Te ha pasado algo, verdad? — Mao insistió. — ¡No es normal que estés tan cortada! — Él tenía una cara de muchísima preocupación y eso me dio algo de coraje para asimilarlo.

—Y-yo…— Intentaba decir.- ¡L-la he visto! — No era incapaz de decir nada más, salvo esto:

— ¡Tengo miedo, Mao! — Eso le gritaba desconsoladamente, con una cara llena de terror y de lágrimas. — ¡Tengo miedo, de verdad! — Entonces, él me empezó a acariciar la cabeza y eso me tranquilizó.

— Entiendo…— Me decía de forma comprensiva. — ¿Has visto a aquella mujer, a tu madrastra, verdad? — Yo le dije que sí, moviendo la cabeza.

Ni tenía las ganas de pensar en cómo él llegó a esa conclusión, solo quería seguir aferrándome a él, como si esto fuera lo único que me protegería.

— Entonces, lo que decía ella era verdad…— Y él dijo algo en voz baja, que me dejo algo confundida e intrigada.

— ¿Q-quién? ¿De quién estás hablando? — Eso le preguntaba, aunque sentía quién era aquella persona: La misma que le dijo que era mi madre.

Entonces, Mao empezó a caminar. Yo le seguí sin preguntarle a dónde iba, porque ya lo sabía. A pesar del miedo, me atreví a salir afuera, con Mao no me sentía en peligro, después de todo. Lo que si le pregunte fue esto:

— ¿Qué es lo que te dijo esta vez? —

Al salir a la calle, llenas de preocupación, Mao pudo responderme, después de tocar el timbre de la puerta de mi antigua casa, la que estaba siendo habitada por esa estafadora de Stephanie Stratus:

— ¡Qué te lo diga ella! — Fue lo único que me dijo.

— ¡Esperen, un momento! ¡Qué ya les voy a abrir! — Eso decía una voz que provenía dentro de la casa y la cual era de esa mujer que ni quería ver. Mao siguió tocando la puerta, mucho más seguido que antes.

— ¡Ya voy, ya voy! ¡Por favor, no sean impacientes! — Volvía a hablar, esta vez con un tono de enfado. A continuación, Stratus abrió la puerta.

— ¡Así que, al final, me haces caso! ¿Eh, Mao? — Entonces, ella cambió de actitud al vernos y se puso a sonreír, añadiendo esto:

— ¿Y quién está ahí, detrás de ti? — Se estaba refiriendo a mí, que me estaba escondiendo de ella, mientras la miraba con muy mala leche.

— Lo sé todo, sé que estás confundiendo a Mao con tus mentiras, diciéndole que eres mi madre solo para salvar tu culo gordo. — Le gritaba eso, mientras le señalaba con mi dedo acusador. Y esa maldita mujer empezó a reírse de mí, enfadándome aún más. Yo le iba a preguntar la razón, pero Mao me detuvo y le piso el pie para que callase. Se lo tenía merecido, por bruja.

— ¿Por qué haces eso? — Le gritaba ella, mientras brincaba del dolor.

— No es nada gracioso. Eso es todo. — Le decía Mao muy serio.

— Sí, lo es, porque es verdad. — Le replicaba la estafadora, con una mueca de burla insoportable.

— Es mentira, absolutamente mentira. — No iba a tolerar que dijera esas cosas. Una persona tan horrible como ella no podría ser mi madre, jamás de los jamases.

— ¡Vamos adentro, a resolverlo, no podemos estar en la calle! — Entonces, Mao dijo esto, mientras entraba en la casa y empujaba a la estafadora hacia dentro.

A continuación, nos fuimos al salón de mi antigua casa y vi lo cambiado que estaba, con un mal gusto que superaba lo nauseabundo. Tenía el salón lleno de estatuas de cosas que parecían de menos humanos, y de todos los colores más feos posibles. El papel pintado que las paredes era de un rosa chillón, lleno de bocas de todo tamaño, que uniendo al hecho de que tenían cuadros con estrellas de pop que eran muy horribles, lo hacía aterrador. Los armarios tampoco se salvaban, porque parecían la impresión de ser unos monstruos que podrían devorarte fácilmente. Lo único bonito eran los sofás. Nosotros nos sentamos en uno de ellos, mientras la estafadora se sentaba en el otro para hablar.

— ¿Entonces, me crees? — A continuación, ella comenzó a hablar con un tono muy molesto, como si estuviera regodeándose de que tenía razón.

— Es lo que quiero comprobar. — Eso le respondió Mao, manteniendo una extraña seriedad que daba un poco de miedo.

¡De verdad, es raro verle de esa manera! ¡Parecía como una especie de ogro que, de un momento para otro, podría lanzarse a esa estafadora y dejarla en el hospital! ¡Ojala lo hubiera hecho!

— ¿Mao, qué estás diciendo? ¿La vas a creer? — Le pregunté, incapaz de imaginar que él pensará que ella decía algo de verdad, porque solo le estaba calentando la cabeza con tonterías.

— Cuando me llamo esta mañana, ella dijo algo parecido sobre tu madrastra. — Me dejó muy perpleja esas palabras y añadí: — ¡¿Qué intentas decir?! —

— ¡Te lo explicaré, hija mía…! — Entonces, esa maldita estafadora dijo eso, llamándome “hija mía” en mi cara. Me molestó, me irritó, me llenó de ira, tanto que le grité con todas mis fuerzas, con el puño en alto para darle su merecida: — ¡No soy tu hija, ni nada parecido! ¡A ver si te enteras! —

Mao me detuvo en mi intención de romperla la cara, mientras esa mujer sacaba algo de su enorme cartera, que estaba en los pies del sillón en dónde estaba sentada. Nos lo señaló: — ¿Qué es eso? — Pregunté.

— Mi nombre verdadero es Jovanka Milošević, cuando me casé adopte el apellido de mi pareja. Y por supuesto, el nombre que le puse a mi hija fue el mismo que mío. — No los decía con una fea sonrisa en la cara, mientras nos mostraba un certificado de nacimiento.

— E-eso es imposible, no puede ser. — Dije perpleja, al observarlo detenidamente.

Era mi propio certificado de nacimiento, estaba escrito en serbio, decía que era de allí, y mencionaba mi antigua identificación. Ahí aparecía el nombre de mi padre y el de mi madre, que era el mismo que el mío. Estaba bastante algo estropeado por el tiempo y no parecía nada falso en absoluto.

— ¿J-jovaka, estás bien? — Eso me dijo Mao preocupado, al ver mi cara de pura trauma. Casi me iba a desplomar, gritando esto:

— Es mentira, es falso. Seguro que se lo has robado a alguien, porque no puede ser cierto. ¡Tú no puedes ser mi madre! —

No quería aceptarlo por nada del mundo, que aquella mujer horrible lo fuera. En un intento desesperado, me tape los oídos, cerré los ojos y me agaché, para no escucharla, mientras me decía a mí misma una y otra vez que no era verdad. ¡De todas las personas posibles en este mundo, me tuvo que tocar la más malnacida de todas como madre! ¡La misma que engañó a Mao para que le secuestraran por dinero! ¡La que intentó engañar a Malan y a Josefina solo por comprar un ordenador! ¡Ni una mierda iba a aceptar que yo hubiera salido de la vagina de esa!

— ¿¡Tan mal te sienta que yo soy tu madre!? ¡Deberías feliz de conocerme en esto momentos, abrazarme y todo eso! — Ella protestaba, mientras tanto, viendo mi reacción.

Entonces, algo la hizo caer al suelo, de una forma muy violenta. Yo abrí los ojos y vi a Mao con una cara furiosa, mientras apretaba uno de sus puños muy fuerte, observando a la estafadora.

— ¿¡Por qué has hecho eso!? ¡Eso ha dolido, y mucho! — Le gritó mi madre, mientras se tocaba la cara. Mao le dio un buen puñetazo en la cara que la hizo volar. Fue muy exagerado, ella se estrechó contra la misma la pared y le salía sangre por la boca. Me alegré un poco por eso.

— Tú la abandonaste así como así y, mientras su puñetero padre se dedicaba a ligar, tú estuviste jugando al ladrón, sin que te acordarás de ella. Dejaste que aquella perra maltratará a tu hija, aún sabiendo lo que le ocurría. Y ahora que tu culo está en peligro, vienes suplicando ayuda, utilizando a Jovaka. —

Le gritaba, mientras iba a por esa. Daba tanto miedo que le tuve que agarrar, para que no le destrozase aún más la cara. Uno no era suficiente para mí, que conste, pero no quería que la matase, le mandarían a la cárcel. Jamás lo vi así, era como si hubiera sido poseído por un demonio o por esas cosas mitológicas de Japón que llaman “oni”. Si lo dejaba suelto, seguro que dejaría toda la sala llena de la sangre y viseras por todo el suelo. Sí, exageró, pero se veía capaz de hacer cosas brutales.

— ¡Es normal que le sienta mal tener como madre a una desgraciada como tú! — Mao seguía gritando como loco, tanto que parecía estar echando rabia por la boca.

Por otra parte, la estafadora se estaba levantando del suelo y añadió, mientras se quejaba del dolor: — Tenía mis razones. —

Me entraron ganas de soltarle y que fuera a por ella, pero decidí no hacerlo. Entonces, me di cuenta de que algo fallaba aquí y de que había algo que yo aún no me había enterado. Como no entendía nada, se lo pregunté a Mao, a pesar de lo alterado que estaba: — Mao, ¿qué pasa? —

— Me dijo que sabía todo el daño que hizo tu madrasta, es más sabía toda la verdad sobre ella. — Me respondió Mao, mientras la miraba con mucho odio.

— ¿Qué verdad? — Eso le grité, aún incapaz de entender algo, pero con el miedo de escuchar otra horrible verdad.

— ¿Almira Kunarac? Ese es uno de sus muchos nombres falsos, el que utilizó para buscarme en Londres. Lo único que encontró fue a tu padre y a ti, y pues ella decidió descargar todo el odio que tenía a ti, Jovaka. —

Entonces, mi madre me lo explicó y todo empezó a tener sentido, demasiado para creerlo.

Por eso, mi madrastra me veía con odio desde el primer minuto, porque era la hija de ella, y me maltrataba y me humillada de todas formas para dar riendas a su rencor. Y había venido aquí a Shelijonia para terminar con su venganza, y la vi, es más, se dejo ver. Fue como una revelación, una verdad tan terrible que me dejó en shock. Caí de rodillas, mientras miraba al vacio, intentando asimilar todo lo que había escuchando.

Mao, al verme así, pudo controlar su ira demoniaca y me preguntó si estaba bien. Yo me pude recuperar un poco y decirle que sí. Insensible ante mi shock, ella siguió hablando como si nada:

— Entonces, ¿se quieren unir conmigo? Esa perra no solo va contra mí, también contra mi hija. Juntas podemos evitar que esa loca nos maté. —

Alargó la mano para que Mao se lo estrechará y esté se dirigió hacia mi madre para dejarle esto muy claro:

— Después de lo que me hiciste, a mí y a tu hija, no te daría la mano ni loca. Ni te ayudaría a salvar el culo,… — Se quedó callado, mirándome fijamente. No sabía el porqué me veía así, como si sabía que iba a hacer algo que yo aceptaría. No, era que iba a hacer, una completa locura.

A pesar de que le negó la mano que le ofreció esa mujer, él continuó y dijo esto, dejándome boquiabierta: —…pero tendré que hacerlo, por Jovaka. —

Lo dijo a regañadientes, sabía de antemano que no era seguro aliarse con ella, aún así lo hizo. Yo no lo podría creer. Le iba a gritar que no lo hiciera, que esto era una locura; pero Mao se adelantó y dijo:

— No voy a dejar que esa mujer nunca te vuelva a poner una mano encima, ¡lo prometo! — Me decía, con una seriedad que nunca vi en él, mientras me acariciaba la cabeza de forma muy dulce y amable. Me dejaba claro que iba a proteger fuera como fuera, aunque eso significaría matar o morir en el intento.

Con esto, fue suficiente hacerme callar. Sabía que él haría algo así, haría lo que fuera por salvarme; porque así era Mao, pero eso fue demasiado para mi corazón, que se puso a mil. En esos momentos, me puse tan roja que me quedé callada, mirando al suelo, sin saber qué hacer o qué decir.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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