Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Tercera parte, nonagésima octava historia.

— ¡No lo entiendo, no lo entiendo, no lo entiendo…! — Gritaba incrédula. — ¡Todo eso debe ser mentira! — Estaba muy confusa, incapaz de pensar en algo que tenía sentido.

— Yo también pienso lo mismo. — Me respondió Mao, antes de decirme que deberíamos dormir.

Nos acostamos, pero yo no podría hacerlo. Estaba preocupada por lo que me contó, y preguntándome si esa mujer decía la verdad o no. No debería creerme en algo que dijo esa desgraciada, pero esa maldita duda no me dejaba en paz. Y cuando me entró el sueño, sufrí una horrible pesadilla, más bien, era un recuerdo de mi pasado, de cuando tenía seis o siete años, tal vez.

Al principio, todo estaba oscuro y yo estaba agachada en un sitio estrecho, temblando de miedo. Me estaba escondiendo, rezaba una y otra vez que no me encontrará alguien que me buscaba y que no quería que diese conmigo. A lo primero, solo había un inquietante silencio, no se escuchaba nada. Entonces, se escuchó cómo se caían cosas al suelo y luego esto:

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Me tapaba los oídos para no escucharla.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Y lo volvía a repetir, después de cada ruido violento que provocaba.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — Y no paró, no dejaba de decir aquellas palabras, de golpear y romper cosas. A cada minuto que pasaba se volvía muchísimo más violento todo, su tono de voz se volvía más aterrador. Era bien obvio que me pasaría si me encontraba.

Al final, la búsqueda la hartó y ya dejó de preguntarme dónde estaba. Dejó de jugar con mi miedo y empezó a gritarme con una aterradora ira:

— ¡Sal de una vez, pequeña perra! — Y esa persona no paró de insultarme, de ordenarme a salir y de decirme lo que me iba a hacer si no le hacía caso.

De todas maneras, sabía que sí o sí iba a hacerme muchas cosas malas y por nada del mundo desearía salir de mi escondite.

Yo solo pedía que se olvidara de mí y que se fuera, que me dejara en paz, que no me hiciera más daño. Era todo lo que deseaba, mientras lloraba con gran desesperación, esperando que algo o alguien viniera en mi auxilio, que me salvasen. Aquel aterrador concierto se siguió escuchando, parecía que no iba a quedar nada en pie.

Entonces, pude ver una mísera luz, que no me dio esperanzas, sino pavor. Salía de unas rejillas de una puerta y ahí me di cuenta de que yo estaba escondida en una especie de armario, oculta entre la ropa colgada. También  supe que ya estaba en el cuarto, cerca de mí, a punto de encontrarme. Con cara de profundo horror, yo me tapé la cabeza e intenté no hacer ningún ruido, llegando a aguantar la respiración para que no me escuchara respirar. Esperaba con todas mis fuerzas que no me encontrara, que se fuera.

— ¿Dónde estás, Jovanka? — A continuación, empezó a gritar de forma muy histérica. No, monstruosa. — ¿Dónde estás? ¡Dímelo de una vez! —

Oía como empezó a romper a cualquier cosa que veía de la habitación, a hacerlo de una forma tan brutal e imparable que creía que estaba perdida, que yo acabaría igual si ella me encontrará.

— ¡Jovanka, Jovanka, Jovanka,…! — Y no paró de gritar mi nombre como una posesa. — ¡Jovanka, Jovanka, Jovanka…! — Era horrible escuchar tu nombre una y otra vez, en boca de alguien que destrozó toda la habitación.

Al final, ya no pude más: — ¡Por favor, por favor, vete de aquí! — Dije en voz baja, sin darme cuenta.

Y se calló y se detuvo, el ruido cesó. Pero eso solo significaba una cosa: ¡Qué ya sabía dónde estaba! ¡Estaba perdida!

Entonces, ella empezó a reír de repente, unas perturbadas carcajadas se escucharon por toda la habitación: Exclamó, tras finalizar: — ¡Ya sé dónde estás! —

Oí como se acercaba poco a poco y empecé a rezar para que fuera una pesadilla, que todo lo que estaba viviendo no fuera real. Empecé a pedir ayuda o que algo la detuviese, pero no hubo piedad. Tras una angustiosa esperar, las puertas se abrieron y ante mí, estaba la persona que menos deseaba volver a ver. Me observó con una sonrisa muy perversa al verme, que casi provocó que me meara del terror.

— ¡Aquí estás! — Eso me decía, mientras me cogía de los pelos, con una asombrosa brutalidad. Sentía que me los iba a arrancar de cuajo, el dolor era inmenso.

Entre lágrimas, con una expresión de desesperación y terror, le grité con todas mis fuerzas, con la esperanza de que tuviera piedad de mí: — ¡No me hagas daño! — Menos mal que la pesadilla finalizó ahí. Pude despertarme.

Desperté gritando esas mismas palabras, levantándome de golpe del futón e inspirando y respirando de forma muy fuerte, como si me faltará el aire. El corazón me iba a mil, estaba sudando como un cerdo, temblaba como un flan y mostraba un rostro propio de alguien traumatizado.

Como es normal, desperté a Mao y a Alsancia. Creo que les di un susto de muerte.

— ¿Qué ha ocurrido? — Me dijo Mao muy preocupado y yo le miré a los ojos durante unos segundos, aún incapaz de salir del shock. Luego, me puse a llorar de forma desconsolada, mientras le abrazaba con todas mis fuerzas.

— ¡Ha sido horrible! — Le gritaba eso. — ¡Ha sido muy horrible! — Una y otra vez.

Después de eso, Mao decidió irse a la cocina a coger un poco de agua para que me tranquilizara, pero yo no quería que se alejara de mí, así que nos fuimos los dos juntos.

— ¿Ya has podido tranquilizarte? — Me preguntó Mao, mientras yo me tragaba el agua del vaso que me llenó.

— Lo siento mucho, solo tuve una pesadilla. — Eso le respondía, mientras me secaba las lágrimas.

— Y debió ser una horrible. — Soltó un suspiro.  — Espero que no haya sido relacionado con lo que te conté. — Mientras se sentaba en una de las sillas de la cocina.

— No, no es eso… — Se lo negué con la cabeza, quedándome mirando al suelo con tristeza. Solo quería olvidarlo.

— ¿Entonces? —Esa pregunta que me hizo Mao me dejó pensando. Me entraron ganas de contarle algo, pero no me atrevía. No me sentía capaz de volver a recordar ni de contarle a alguien aquel infierno que sufrí.

Yo miré a Mao, preguntándome si debería decírselo o no. No debería tener miedo, él siempre me ayudó y me protegió todo este tiempo, a pesar de sus quejas y de mi pesadez. Nunca me abandonó como mi padre, ni me hizo daño, salvo cuando me volvía majara y tenía que detenerme. Bueno, es la única persona con la cual tenía confianza y me sentía segura. Aún así, una parte de mí no quería desvelarle mi pasado, no deseaba mostrarle lo feo y horrible que fue aquello. Así que tuve un conflicto conmigo misma, que duró unos segundos.

Al final, yo decidí que lo mejor era sincerarme, contarle lo que me ocurrió. Así que empecé a llenarme de valentía, a prepararme para lo que iba a decir. Durante todo ese rato, la cocina estuvo muy silenciosa, Mao esperó con mucha paciencia mis palabras.

— Quiero decirte algo…— Respiré e inspiré. —…pero me gustaría que fuese un secreto entre nosotros. — Entonces, Mao cerró la puerta y me dijo esto:

— Por mí, adelante. — Estaba muy serio, dispuesto a escucharme.

Entonces, le conté unos cuatros años de mi vida que fueron una completa pesadilla, las que sufrí bajo el mismo techo con la tercera esposa de mi padre: Almira Kunarac. Tras el abandono de mi primera madre biológica, mi padre decidió buscar la mujer especial que tanto deseaba encontrar. Y tras el fracaso de varios amoríos, por diversas razones, decidió marcharse de Belgrado e irse a Londres.

No sé cuáles eran sus razones, pero debían ser estúpidas, ya que al poco tiempo se decepcionó, y mucho. Pero conoció a una mujer, serbia, y se enamoró de ella. Al principio, cuando iba a mi casa, me veía con una mirada que daba miedo, pero no me hacía nada malo. Yo tampoco la molesté, aunque me daba un poco de cosa que mi papá tuviera novia. A los cuatro meses, se casaron y se convirtió en mi madrastra. Entonces, es cuando se volvió una pesadilla.

Me empezó a pegar con cualquier tontería que hacía, e incluso sin motivo alguno, y siempre en lugares de mi cuerpo con los que se podrían tapar con la ropa, los cuales están llenos de cardenales. Ni siquiera le podría decir algo, porque iba a darme palos, pero ella, luego, siempre se burlaba de mí. Me hacía de todo con la sola intención de hacerme sentir fatal.

— ¡Maldita perra, deja de molestar! — Esto era lo más suave que me decía.

— Tú eres más que puro vomito. — Era horrible.

— Solo sirves para ser comida para perros. — Y la ignoraba.

— Eres un incordio, ¿por qué no te mueres? — Pero si hacía eso, me daba un puñetazo, por la excusa de que no la estaba escuchando.

No sabía por qué me odiaba, pero siempre intentaba hacerme daño, de cualquiera forma. Me preguntaba la razón de que estuviera obsesionada conmigo de ese modo y deseaba que solo se muriese o se alejara de mí de una vez para siempre.

Y esto solo empeoró con el tiempo, mientras ella me tenía controlada, gracias al miedo. Me obligaba a que no hablara con nadie, ni a que hiciera amigos, y no solo me amenazaba, sino que me decía que los demás me tratarían igual, sobre todo las mujeres. Hablaba de que eran los seres más terribles y peligrosos del mundo. Tal vez, ahí es dónde empecé a temerlas y a odiarlas. Al final, vejarme se volvió en su pasatiempo favorito, disfrutaba con eso. Me trataba como una sirvienta. No, peor, como una simple esclava, ordenándome cosas absurdas y trabajo muy excesivo, solo para verme caer y sufrir, y luego obligarme a levantarme. Siempre me hacia quedar mal delante de los demás, sin que ellos supieran realmente que yo estaba siendo abusada. Y llegó al extremo de desvestirme y hacerme fotos desnuda o semidesnuda para usarlas en su provecho. Entre lágrimas, me obligaba a poner en posturas humillantes, mientras no paraba de llamarme puta e insultos parecidos. No sabía para que los iba a usar, pero no deseo saberlo y solo con pensarlo, tengo ganas de vomitar. Ahora me arrepiento de haberlo dicho. Bueno, ya no importa ahora, sigamos. Y esto solo era una parte de todo aquel sufrimiento. No sé cómo pude seguir viva, cómo no acabé en el hospital, cómo no pillaron a esa asquerosa mujer y la encerraran de por vida.

¿Y mi padre? Pues él sintió que mi madrastra no era el amor de su vida y desde los primeros meses de su matrimonio, empezó a liarse con otras mujeres, mientras me dejaba sola con ese monstruo. Al parecer, parecía que ella no le daba importancia que le fuera infiel, hasta que un buen día intentó apuñalarlo mientras dormía, y él, aterrado, me despertó y nos fuimos de allí, huyendo de Londres hacia Estados Unidos.

Así es como esta pesadilla terminó, mi padre nunca se dio cuenta de todo el calvario que sufrí, aunque yo no me atrevía a decir nada. Solo esperé a que se diera cuenta, dominada por aquel miedo, pero nunca lo hizo. Y yo no sé cuánto duró, debió ser muy poco tiempo, pero lo sentí una eternidad, como si hubiera terminado en el mismo infierno.

Me costó mucho contarle todo esto a Mao, mientras intentaba no llorar. Sentía mucho miedo, no sé de qué. Al terminar, cerré los ojos, incapaz de ver su reacción.

—Yo, en verdad,…— Le intenté decir algo, pero no sabía el qué, mientras temblaba de miedo. Entonces, sentí un cálido abrazo. Abrí los ojos, era Mao, que me dijo estas cosas:

— Lo siento mucho, perdón por haber sacado este tema tan doloroso. —

Me dijo estas palabras, conmocionado y desolado. En su rostro se le veía muy enfadado, con ganas de querer ir al pasado a salvarme. Me hizo tan feliz, me di cuenta de que no tenía sentido haber tenido miedo. Después de todo, a quién se lo decía era nada más ni nada menos que Mao, la única persona que le importo de verdad.

Después de eso, no me pude dormir, por miedo a tener otra pesadilla, y Mao decidió que viéramos la televisión en voz baja, hasta que saliera el sol. Mientras él veía como zombi un programa sobre osos pardos, yo me sentía segura y protegida, recordando todo lo que vivimos juntos. Quería decirle las gracias por haber aparecido en mi vida, aunque no me atrevía. Eso era demasiado vergonzoso y con solo pensarlo me ponía roja.

Aunque, al final de todo, me quedé dormida, siendo despertada por los gritos de Diana, quién estaba encendió la televisión feliz, ya que La chica y el reino de los conejos estaban a punto a comenzar.

— ¡Nalditos Anunsios, quiero ver a Dorotea! ¡A Dorotea! — Gritaba ella molesta, una y otra vez, después de hacerse dueña del mando de televisión.

— ¡Deja de gritar, por favor! — Eso le pedía yo, mientras abrías los ojos, molesta de que me hubieran despertado de esa forma.

— No puedo, Dorotea y los conegos, van a empesal y los anuncios esos no se quitan. — Me replicaba ella. Entonces, es cuando me di cuenta de que estaba sentada delante de mí. Di un bote para atrás, chillando.

— ¿¡Por qué has estado tan cerca de mí!? — Y a continuación, le grité esto con el corazón a mil. Solo me dijo que me callará, que ya había comenzado los dibujos animados. Eso solo me enfado mucho más y le iba a gritar unas cuantas cosas. Entonces, apareció Clementina, quién me detuvo y volvió de la cocina para saber por qué grité:

— ¡Solo es una niña, no entiende tu extraña fobia! — Me dijo Clementina. — ¡Déjala tranquila! —

— ¡Ella debería saberlo más que nadie, sabe que no puedo! — Le grité. Ya había perdido los estribos.

— ¡¿Y qué!? ¡No es razón para que vayas a gritarla de esa manera! — E hice que ella también. Me empezó a gritar con fuerza, con un enorme enfado.

— ¡No era mi intención! — Le repliqué, intentando gritar más fuerte que ella. — ¡No lo puedo controlar, me asusta, me altera, es lo normal! —

Ojalá pudiera controlar esos sentimientos, poder ser capaz de controlar mis nervios y no ponerme a actuar como un animal desesperado.

— ¡Pues aprende a controlarlo! ¡Ya llevas meses conviviendo con nosotras, ya deberías controlarte! ¡Qué no mordemos ni nada parecido! ¡Siempre, siempre igual! ¡¿Por qué no superas ese estúpido miedo de una puta vez!? ¡No debe ser muy difícil! —

Aquellas palabras me sintieron fatal, ¡¿cómo podría decirme eso!? ¿¡Qué se creía ella que era esto que yo sufría!? Me llené de rabia y no me contuve.

— ¡Tú no lo entiendes! ¡Yo no tengo esto por gusto! ¡No me gusta, yo no lo decidí tenerlo! ¡¿Eres idiota o qué!? —

Y las dos nos olvidamos de que había alguien más en el salón, que solo intentaba ver sus dibujos animados. Se nos quedó observando cómo nos peleábamos de una forma tan desagradable que le afectó mucho. Ella empezó a llorar, interrumpiendo a Clementina, quién me iba a decir alguna burrada más; mientras nos gritaba esto:

— ¡Palen de peleal! ¡Yo kielo vel Dorotea en pas! ¡Palen, palen! —

Al ver a su hija en ese estado, Clementina se dio cuenta de lo que habíamos provocado con nuestra pelea y se fue a abrazar a Diana, mientras le hablaba para consolarla y tranquilizarla, de una forma tan maternal que daba mucha envidia. Yo me callé. Me sentía muy mal por el hecho de hacerla llorar. No era mi intención provocar esto. Quería decirles que lo sentía, pero no me atrevía. Tal vez, aún estaba muy alterada con todo lo que estaba pasando y sin querer me desahogué con ellas. Entonces, me habló, muy arrepentida, mientras conseguía que su pequeña ya se sintiera mejor:

— Lo siento, creo que perdí los estribos. Yo no soy la más indicada para decir eso, soy una cobarde, el miedo me domina. No debería haberte dicho esas cosas, sé que es difícil. No, imposible, para mí. Deber ser lo mismo para ti…—

De todas formas, la que debería decir eso era yo, fue quién empezó la pelea. E iba a decirlo: — Bueno, yo…— Pero no me atreví y cambié de tema, al notar que ahí faltaba alguien. — Da igual, ¿dónde está Mao? —

— Pues, alguien la llamó por teléfono y Mao tuvo una discusión muy fuerte. Después, salió corriendo de aquí como loca. Fue hace como una hora. —

Al escuchar eso, sentí un mal presentimiento y sin pensarlo, me eché a correr muy preocupada. Sentía que la perra de la vecina iba a hacer alguna de las suyas y no podría quedarme tranquila, después de lo que dijo de mí. Yo crucé el pasillo y la tienda a toda pastilla, ante la mirada atónita de Leonardo, quién parecía que quería preguntarme, tal vez para saber si lo que se oyó dentro de la casa fue una pelea. Y al salir a la calle, vi algo que me estremeció por completo, alguien que pensaba que nunca iba a volver a ver, pero que estaba ahí, delante de mis ojos.

Estaba delante de la tienda, mirándome con unos ojos aterrados, mientras se quitaba las gafas de sol que llevaba y sonreía macabramente. Tenía un vestido largo de color púrpura bajo un abrigo de piel enorme y bajo su cabeza, estaba un enorme sombrero. A pesar de las arrugas y de las canas, la pude reconocer, mientras intentaba pensar que era una ilusión o que veía mal. De todas las personas posibles, tenía que ser la que menos deseaba volver a ver en aquel y en ese mismo momento. Y no me quedó dudas, cuando abrió la boca y dijo estas palabras:

— ¡Nos volvemos a encontrar, Jovanka! — Aquella misma voz de loca, aunque ensombrecida por la vejez; era de ella, de mi madrastra Almira Kunarac.

A lo primero, me quedé incapacitada de mover algún músculo por unos segundos, mientras empezaba a temblar de miedo, y después empecé a gritar, mientras corría hacia dentro de la casa de Mao y me introducía en su habitación. Cerré el pestillo, bajé las persianas y me escondí bajo las sabanas.

— ¡No puede ser, no puede ser! — Me decía una y otra vez, alterada por los nervios.

Intenté pensar en cosas bonitas para hacerme olvidar su rostro o me daba pellicos en la cara con la esperanza de que estaba en otra pesadilla.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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