Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Quinta parte, nonagésima octava historia.

Eso fue demasiado para mí, yo aún no podría asimilar lo que habían contado en el día anterior. No me entraba en la cabeza que la vecina de enfrente, aquella desgraciada, fuera mi madre, me daba asco con solo de pensarlo.

Después de que Mao aceptará trabajar codo con codo con ella, empezaron a pensar qué haría mi madrastra para ir a por la fea esa y a por mí, para idear un plan. Al final, no llegaron a una conclusión. Al día siguiente, a las siete de la mañana, él levantó a los canadienses y a Alsancia y les dio una gran sorpresa.

— ¡¿En serio, así de repente quieres que vayamos al parque zoológico!? — Eso decía Clementina, sorprendida.

Mao con el temor de que podrían involucrarse en la venganza de mi madrastra, quiso alejarlos de nosotros por un tiempo. Le contó toda la verdad a Leonardo y le pidió que las cuidase y que, si viera algo extraño, llamará a la policía de inmediato. Aún así, dudaba si lo que hizo estaba bien.

Yo no pude dormir, tampoco Mao, por el miedo. Grandes ojeras invadían nuestras caras, pero éramos incapaces de dormir, ni podríamos hacerlo. Y estaba en el salón, mirando a las musarañas, muy pensativa. Me preguntaba qué iba a pasarnos a continuación, llena de temores. Él intentaba llamar a mi madre una y otra vez, quién no respondía:

— ¡Maldita seas, contesta de una vez! — Eso gritaba Mao cada dos por tres, mientras daba vueltas por la habitación, muy nervioso. Yo le miraba de vez en cuando, con ganas de decirle que eso nos pasaba por confiar en aquella estafadora. Ni siquiera estaba atenta al teléfono. Aunque, por otro lado, empecé a sentir un mal presentimiento.

— ¿Y sí le ha pasado algo? — Eso le pregunté a Mao, temerosa de que mi madrastra haya actuado.

Con lo idiota y subnormal que se veía esa mujer, seguro que esa horrible arpía le había encontrado y la hubiera reducido a cenizas, después de una tortura larga y horrible.

Después de ver lo que me hizo, sabía que era capaz de hacer cualquier cosa

— Espero que no, o estaremos metidas en un buen lio. — Decía Mao, mientras se levantaba y se dirigía a la calle, harto de esperar.

— ¡No lo hagas Mao! — Le grité, intenté detenerlo. Tenía el miedo de que le pasara algo, aquellas calles no eran seguras. Mi madrasta podría estar escondida en algún lado y matarle de un golpe. No podría permitirlo. Pero éste no me hizo caso, movió la mano en señal de que todo estaba bien.

Aún así, no podría hacerlo, no quería dejarle solo ante el peligro, aunque yo no pudiera hacer nada contra mi madrastra. Yo tenía que seguirlo, pero no quería salir. Aquel reencuentro horrible del día anterior aparecía en mi cabeza y me paralizaba, salir afuera podría ser una sentencia de muerto.

Pero, al sentirme alejada de él y sola en la casa, me entraron escalofríos, el temor de que mi madrastra estuviera en la oscuridad del hogar, esperando el momento en que Mao se quitara del medio para atacarme, me provocó un inmenso terror. Al final, tuve que acompañarlo. Era mejor estar a su lado que indefensa.

— Entiendo que tengas miedo, pero no me agarres tan fuerte. — Me decía Mao, al ver que lo alcancé y le cogí del brazo. El gran terror que sentía yo provocaba que le hiciera daño, apretando de más mis brazos.

Empecé a mirar por todas partes, por si había peligros, desde nuestro alrededor, la calle en dónde estábamos, hasta el mismo cielo, muy nublado por cierto; y no la vi, no hubo nada sospechoso. Mostré un pequeño gesto de alivio, pero no había que bajar la guardia, así que estaba alerta. Mao ya estaba golpeando la puerta de mi antigua casa.

Mao pegó unas cuantas veces, pero no había respuesta alguna, nada; y nosotros estábamos pensando en lo peor. Él siguió pegando, pero más fuerte, mientras le gritaba, preguntando si estaba ahí. Y cuando decidió abrir la puerta a patadas, apareció:

— ¡¿Pero qué haces, chalada!? — Gritaba como loca, mientras se acercaba a nosotros corriendo. — ¡Deja mi puerta en paz! —

Mao dio un suspiro de alivio, al verla. Eso significaba que mi madrastra aún no había actuado.

Yo hubiera hecho lo mismo, pero tenerla muy cerca de mí me alteraba mucho. Me puse detrás de Mao, mientras miraba a aquella persona con muy mala leche y desconfianza. Recordaba el hecho de que era mi madre y eso me ponía peor, era algo que aún me costaba asimilar y aceptar.

— Habíamos pensado que te habían secuestrado o matado o algo peor. —Le dijo Mao a continuación.

— ¡Solo he salido de compras! — Eso exclamaba, pero no veíamos que había comprado algo, solo que estaba exhausta y había corrido, al parecer, mucho. Mao y yo sospechamos.

— ¿Y por qué has corrido?- Le preguntó Mao muy serio. ¿Las ofertas se iban a terminar o qué? — Entonces, se empezó a oír gritos de personas.

Y no parecía un griterío agradable, se notaba que querían sangre o que estaban muy enfadados. Se llegaba a escuchar amenazas e insultos. Y venían hacia aquí con una gran rapidez.

—Yo siempre compro lo más caro, así que no busco ofertas, ¡por el amor de Dios! — Le decía ella, poniendo una mueca de asco, mientras abría la puerta rápidamente y nos metió dentro de la casa.

— ¿Qué está pasando? —Preguntó Mao muy preocupado, tras habernos introducido en mi antigua casa.

— Solo unos pobres desgraciados a los que he engañado. — Eso le dijo la estafadora con voz burlona, antes de darse cuenta de que le había dicho a Mao la verdad. Nosotros nos pusimos a observarla con una mirada de pura sospecha.

— ¡Es una broma! — Estaba muy nerviosa. — ¡Solo fui a comprar, nada más! — Se notaba que nos estaba mintiendo y había hecho alguna de las suyas. Por eso, Mao le dio un golpe en toda la cara.

— ¡Deja de engañar a la gente, maldita desgraciada! — Le gritaba Mao, mientras ella le decía que no pudo evitarlo. A continuación, decidió preguntarle algo:

— ¿Tienes alguna idea de qué podemos hacer por ahora? — El día anterior nos explicó que al siguiente iba a recolectar información, para que nos ayudase a preparar algún plan.

— ¡Mierda, se me había olvidado! — Gritó, dejándonos claro que no podríamos confiar en ella. Aunque eso ya lo sabíamos desde el principio. Nosotros nos quedamos mirándola con ganas de matarla.

— ¡No es mi culpa, ustedes no me lo recordaron! — Tuvo la caradura de echarnos en cara su fallo.

— Entonces, ¿qué podemos hacer? — Le preguntó Mao, intentando pasar por alto aquella estúpida acusación.

A lo primero, ella se quedó blanca, como si su cerebro hubiera tenido un cortocircuito. Después de quedarse callado unos segundos, mientras ponía una cara de boba, nos dijo que no tenía ni idea y de que estábamos perdidos. Lo hizo a gritos, de forma desesperada e histérica, añadiendo además, una y otra vez, que no había nada que hacer. Luego, se puso a llorar en el sofá. Ni yo ni Mao pudimos entender aquella reacción tan estúpido que hizo. Nos sorprendió e incluso nos hizo dudar sobre su condición mental, o si estaba montando otro espectáculo suyo, porque parecía muy falso. Al mirarla, él me dijo en el oído:

— Me arrepiento mucho de haberme aliado con esta estúpida. — Y yo estaba de acuerdo con él.

A continuación, Mao tranquilizó a aquella estafadora, o intentó que entrara en razón o dejara de hacerse la estúpida. Tras eso, preguntó algo que ni yo misma me había planteado:

—Esto me lo llevo planteando desde hace días. ¿Cómo sabes que ella te persigue? — Era verdad, ¿por qué no me di cuenta antes?

— No solo ella, sino todos sus secuaces. Pertenece a una banda peligrosa de albano-kosovares, que se dedica a muchas cosas. Me dieron una carta de amenaza, hablando de mí y de mi hija. — Le respondió, cabizbaja.

— ¡Eso lo tenías que haber dicho antes! — Gritó Mao, porque ese detalle lo desconocíamos y empeoraba aún más el asunto. No era ella sola, sino un montón de gente, igual de monstruosos que mi madrastra.

Casi me daba algo escuchar aquel detalle que se le olvido decirnos, mi cara puso una muesca de horror, ¿¡cómo podríamos hacer algo, cuando estaba en nuestra contra una banda criminal!? ¡Sentía que estábamos pérdidas!

— Y no solo eso… Hay alguien de la banda camuflada entre la policía, o un poli corrupto les ha vendido información, algo así. El problema es que han descubierto mi paradero. Y deben ser los primeros y únicos, porque cientos de bandas me persiguen para matarme. — Después de decir eso, se rió como si fuera algo gracioso, pero eso a nosotros dos nos dejó helado.

No me pareció sorprendente que todo el mundo la quiera matar, ella se lo merecía. Por desgracia, nos tuvo que arrastrar con nosotros. Me siento muy mal por haber salido de su vagina, solo nos estaba trayendo desgracias.

— Pero, por suerte, tengo a un aliado entre la policía y que nos puede ayudar. — Entonces, ella nos dijo eso.

— ¿Y por qué lo dices ahora? — Le gritó Mao, enfadado porque nos estaba soltando cosas que debíamos haber sabido el día anterior.

— Se me olvidó. — Y lo decía, mientras intentaba hacerse la inocente; pero solo quedó a nuestros ojos muy mal. ¡Qué ganas teníamos de que ella fuera linchada por aquella muchedumbre que había engañado!

A continuación, tanto Mao como yo suspiramos, mientras ella cogía su teléfono:

— Ahora mismo le voy a dar un mensaje para que nos ayude. — Nos decía. Tras mandarlo, estuvo unos minutos esperando, hasta que le llegó. Le decía que ella tenía que reunirse con aquella persona en el parque más cercano de forma urgente.

— ¿Está bien eso? Dices que hay un infiltrado en la policía, no deberías tener mucha más discreción. — Eso le preguntaba Mao, mientras ella salía a la calle. Sospechaba que había algo raro, pero aquella insolente señora le replicaba que no tenía nada de qué preocuparse.

— Por lo menos, deberías camuflarte o algo. — Sus consejos fueron ignorados por aquella mujer, que salió corriendo como loca a la calle. Al pasar unos minutos, le pregunté a Mao:

— ¿Y ahora, qué haremos, Mao? — No quería quedarme a esperarla, la verdad.

— Habrá que esperar. — Me respondió Mao, antes de dar un suspiro y decirme esto: — ¡Qué desperdicio de madre tienes! — Me molestó que me recordará que aquella persona fuera la que me parió en este mundo.

— ¡Jamás la aceptaré como madre! ¡Para mí es solo una señora horrible, como todas las demás mujeres! — Me quedé callada unos segundos, antes de añadir esto en voz baja: — O casi todas…—

Por increíble que me pareciera, tenía que reconocer que poquito a poco dejaba de sentir odio y miedo a aquellas chicas que frecuentaban a Mao. Algunas siguen siendo horribles o molestas para mí, pero otras incluso les he tomado algo de cariño. Supongo que convivir con ellas, me hacían ver que no todas las mujeres eran tan horribles cómo yo creía.

— ¿Casi todas…? — Dijo Mao muy extrañado, quién me escuchó.

— No importa. — Me dio muchísima vergüenza. — ¡Ya sabes! No creo, por ahora, que todas las mujeres sean tan malas como parecen. Bueno, algunas. — Fueron las palabras más vergonzosas que había tenido en vida hasta ahora. A continuación, Mao puso una sonrisa.

— ¿Por qué me miras así? — Pensaba que se iba a reír de mí o algo así.

— La Jovaka de hace un año no diría eso. — Así me respondió, antes de reírse.

— ¿Y qué? —Le grité molesta, arrepintiéndome mucho de decir aquellas palabras. Solo me respondió, con gran alegría, que no pasaba nada.

Luego nosotros nos quedamos callados, esperando la vuelta de aquella maldita estafadora, pero no llegaba. Pasó un buen rato y seguíamos sin noticias de ella.

— ¿Pero, dónde está? — Se preguntaba Mao, mientras no paraba de moverse de un lado para otro por el salón, muy nervioso. Yo, igual de alterada, también me lo preguntaba. Ya estaba sospechando que le habían pasado algo.

A continuación, alguien pegó en la puerta y Mao fue rápidamente para abrirlo. No había nada, él miró por todas partes y entonces se dio cuenta de que había una carta en el suelo. La miró y tras leerla, se quedó perplejo, con una mueca de terror en su cara.

— ¿Qué pasa Mao? — Le pregunté, muy preocupada.

— Tu madre ha sido secuestrada. — Eso dijo y yo caí de rodillas, incapaz de creérmelo. Mi madrastra ya había movido su ficha y aquella estafadora cayó como una mosca. Sentía que estábamos perdidos, de nuevo.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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