Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Séptima parte, nonagésima octava historia.

Mao y yo terminamos en el salón de aquella casa, atados en unas sillas, de pies a manos; mientras mi madrastra y sus compinches estaban celebrando nuestra captura con cerveza y comida. Aquella gente estaba charlando en serbio, burlándose de aquel agente de la FBI que les habían ayudado y cuyo cuerpo tiraron al pozo.

Después de matarlo, ella a punta de pistola nos sacó del coche. Uno de su banda le preguntó esto, en serbio:

— ¿Y qué haremos con la china, también la matamos? —Yo al oír eso, me puse pálida y les dije que no lo hicieran. Mao, muy aterrado, me miraba, preguntándose qué cosa terrible habían dicho.

— No, la dejaremos viva, por ahora. También es amiguita de esa perra y quiero divertirme un poco con ella. — Eso les dijo, mientras miraba a Mao con muy malas intenciones.

A continuación, nos llevó dentro de la casa y nos ataron, y empezaron a molestarnos. Nos preguntaban si queríamos cerveza, con la intención de echárnosla encima de nosotros. También, ellos nos decían si queríamos la comida solo para tirárnoslo a la cara. Por lo menos, solo era eso, porque yo sabía que mi madrastra era capaz de hacer cosas mucho peores. Lo estaba reservando para más tarde. Tras hartarse de devorar platos como cerdos y de humillarnos, decidieron llamar a la estafadora, para darle la noticia de que nos habían secuestrado.

— ¡Buenos días, Jovanka! — Así comenzó la llamada. — ¡Cuánto tiempo, soy yo, Zorica! — Mientras encendía una extraña maquina que estaba en la mesa y que parece que servía para escuchar la llamada.

— ¿Cómo has sabido que estaba usando este móvil? ¿Cómo es posible? — Gritó la estafadora, que estaba muy sorprendida por eso.

— Olvida ese detalle. Solo quiero decirte una cosa, tengo a tu querida hija y a su amiguita con nosotros. — Le decía, mientras ponía voz de burla.

— ¿Espera, qué? — Otra vez gritaba, pero esta vez de terror.

— ¡Qué te lo digan ellas! — Eso le gritó y acercó el móvil hacia mi boca. — ¡Vamos, cariño, di algo! — Yo solo dudé por un mísero segundo, pero eso suficiente para que me cogiera del cuello, y me dijera estas cosas:

— ¡Di algo o te arranco la lengua y te la meto en el coño! — Me gritaba con mucha histérica. Mao, aterrado, le gritó que lo haría él, pero ella le iba a dar un puñetazo y tuve que soltar algo.

— ¡Hemos sido secuestradas! — Esto fue lo que grité al móvil.

Eso solo sirvió para que me diera un puñetazo en el estomago que me dolió mucho. Fue tan fuerte, que sentí que se me iba a expulsar mis entrañas.

— ¡Jovaka! — Gritó Mao que intentaba moverse, a pesar de estar atado. Y eso solo consiguió que tirara la silla en dónde él al suelo.

— ¡Qué niñas tan molestas! — Le gritaba a la estafadora. — ¡Tener que decir que están secuestradas, cuando solo están de visita! —Al terminar la frase, empezó a reírse de una forma muy macabra.

— ¿Qué quieres? Dilo de una vez. — Le dijo esto, a continuación, a mi madrastra.

— Pues quiero que vengas a por ellas, para recogerlas, y ajustas cuentas de una vez por todas. — Rió por unos segundos y luego, gritó: -¡Pagarás por lo que le hiciste a mi hermano!— Nosotros nos quedamos confundidos.

— ¿Hermano? ¿No era un perro? — Preguntó Mao muy sorprendido, y mi madrastra lo miró con una cara de psicópata y se lanzó hacia él, cogiéndole del cuello.

— ¿Cómo te atreves a insultar a mi hermano, maldita china de mierda? —Estaba ahogando a Mao, no le dejaba respirar. — ¿O quieres que haga contigo una película snuff? — Mi madrastra estaba totalmente ida.

— ¡No le hagas daño a Mao! — Le supliqué a mi madrastra, con lágrimas en los ojos. Lo iba a matar de un momento para otro.

— ¡Cállate! — Me gritó, mientras me tiraba una lata de cerveza vacía hacia mi cabeza y soltaba a Mao, quién pudo volver a respirar.

— E-ella me dijo eso, solo eso…— Eso le decía con una cara de puro miedo, mientras recuperaba el aire.

Mi madrastra se quedó callada, para luego, gritar de una forma muy enferma, a la vez que tiraba una silla al suelo, rompiéndola en mil pedazos con una fuerza muy violenta. Hasta sus compinches estaban asustados y le pedían que se calmara.

— ¿Tú qué mierdas les ha dicho? — A continuación, cuando recuperó un poco la cordura, le gritó al móvil.

—  Bueno, yo, solo c-cambié la historia un p-poquito…— Eso le respondió, temblando como un flan.

— Cómo la mentirosa que eres, no te atreviste a contarles la verdad. — Le replicó. — Es tan típico de ti. — Y empezó a reírse. Al terminar, se dirigió a nosotras:

— Hey, niñas, ¿quieren saber que ocurrió de verdad? — Nos preguntó y nosotros no nos atrevíamos a decir algo. Ella, al ver eso, nos amenazó otra vez:

— ¿Lo quieren o no? ¡Respondan o mis muchachos se divertirán con ustedes! — Nos gritaba esto, mientras le daba un golpe a la pared.

— Sí, sí. — Y nosotros acobardados, le tuvimos que responder rápidamente. Y ella se nos puso a contar su historia, empezándolo como si lo que nos iba a decir era un cuento de hadas.

Empezó diciendo que hacía mucho, pero muchísimo tiempo, en su más tierna infancia; ella y mi madre eran amigas y estaban siempre juntas, acompañadas del hermano pequeño de mi madrastra. Pero un buen día, todo cambió.

Se fueron a jugar a un bosque, bastante lejos de dónde vivían y que estaba sobre la ladera de una montaña, por iniciativa de mi madre y a pesar de que le dijeron que no se dirigieran a un sitio tan alejado. Mientras intentaban subirse a los árboles, mi madrastra cayó de uno y se torció la rodilla. Les gritaba a la estafadora y a su hermano pequeño que fueran a buscar ayuda y ellos lo hicieron, pero nunca volvieron.

Se iba a morir de hambre y de sed, ya que no podría caminar, si no hubiera sido salvada por unos montañeros que pasaban por ahí y buscaban a un oso. Al volver a casa, sus padres recibieron su aparición con mucha felicidad y, entonces, descubrió lo que hizo mi madre.

Ella volvió sola al pueblo y les dijo a todos que mi madrastra y su hermano pequeño habían sido atacados por un oso. Les gritó a sus padres que eso era mentira y les preguntaba dónde estaba su hermanito.

Nadie sabía dónde estaba, salvo mi madre, y fueron a su casa. Ella puso una mala cara, cuando vio que seguía viva y que su mentira había sido desmoronada. Les preguntaron dónde estaba una y otra vez, pero no les decía nada.

Al final, lo encontraron muerto en un barranco, a causa de una caída mortal, pero mi madre no se atrevía a contar lo sucedido, siempre decía mentiras una y otra vez, hasta que nadie la creía.

La familia de mi madrastra intentó vengar a su hijo, a través de la justicia, pero como mi madre era hija de funcionarios, tuvieron capacidad para evitarlo. Mientras tanto, de la estafadora nunca hubo un perdón, siempre les echaba la culpa a otros y se sentía invulnerable, haciéndole burlas sobre eso.

Así creó en mi madrastra un odio inimaginable, quién empezó a desear una venganza, y llegó su momento cuando llegó la guerra de Bosnia. Utilizó el momento para matar a los padres de mi madre y a ella, pero ésta huyó del lugar y su rastro desapareció. Después mi madrastra, se dedicó a buscarla por toda Europa para encontrarla y matarla.

Nosotros nos quedamos boquiabiertos, aquella desgraciada de mi madre, solo nos dijo una parte de la verdad, el resto fue pura mentira.

— ¿Es eso verdad, Stephanie? — Gritaba Mao enfurecido al móvil, que le acercó mi madrastra, quién se estaba muriendo de la risa. La estafadora intentaba decir algo, pero no se le ocurría nada.

— ¡Qué graciosa es la niña! ¡Creer que una hija de puta como tú puede decir verdades! — Dijo mi madrastra a continuación, entre risas, al móvil.

Antes de pronunciarle las últimas palabras de la conversación que estaba teniendo ella con mi madrastra, me miró por unos segundos, poniendo una sonrisa tan siniestra que casi me iba a hacer pis del susto. Yo sabía que pronto me iba a hacer cosas terribles, como en el pasado.

— Bueno, esto es lo último que te diré. Si quieres la vida de tu querida hija y su amiga, entonces, ven y ofrécete, como sacrificio. Si te importan un comino y no apareces puntualmente, las mató y luego iremos a por ti. —  A continuación, le dijo la dirección y la hora a que tenía que estar aquí.

— ¡Oye, oye, si voy, me matan! ¡Si no, también! ¿No hay forma de que yo conservé mi vida o qué? — Ella protestó y mi madrastra se quedó callada. Luego, cortó la llamada, mandando el móvil con mucha violencia contra la pared. Éste quedó destrozado en mil pedazos.

— ¿Por qué esa perra es tan subnormal? — Eso gritó como loca. Luego, miró a Mao y a mí, con una cara de enfado que daba mucho miedo.

— ¿Y qué haremos con esas niñas, jefa? — Sus compinches les preguntó que iban a hacer.

— Las dejaremos vivas, hasta que llegué ella, quiero que vea en persona, como vamos a jugar con su hijita. — Y esto respondió, dejando claro que yo no iba a salir de ésta. Ni Mao tampoco. Cerré los ojos, empecé a suplicar mentalmente que hubiera un milagro.

— ¿Por qué, por qué, no dejas a Jovaka, en paz? ¡Ella no te ha hecho nada! — Entonces, Mao le gritó enfurecido a mi madrastra, y ésta le dio otro puñetazo.

— ¡Mao, Mao! — Yo grité otra vez. Tenía muchas ganas de llorar, porque no dejaban de hacerle daño. Mi madrastra, después de hacer eso, le respondió:

— Mientras la buscaba por Europa, llegué a Londres y me encontré con su supuesto marido, pero descubrí que lo había abandonado. Entonces, conocí a su hija, a tu amiga, y pensé darle toda la rabia que tenía acumulado en mi interior. Por eso me casé con aquel desgraciado, para tener a Jovaka bajo mi control y hacerle todo lo que quería hacerle a su madre. —

Y con esto dicho, se fue afuera muy mosqueada, mientras les pedía a sus compinches que nos vigilasen. Ellos le dijeron que sí y se pusieron a jugar con juegos de cartas, ignorando nuestras palabras.

— ¡Lo siento, lo siento, Mao! — Yo no pude aguantar más y me puse a llorar, pidiéndole perdón, sin parar. Me sentía tan culpable de que él estuviera en una situación tan horrible.

— ¡No pasa nada, no es tu culpa…! — Él me intentaba consolar, mientras tanto, con estas palabras.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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