Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Sexta parte, nonagésima octava historia.

— ¿Y ahora qué podemos hacer? — Le grité a Mao histéricamente, mientras pensaba que éste iba nuestro final y daba vueltas por el salón como loca.

— ¡Deja de chillar, lo primero es tranquilizarse! —Exclamó Mao  a gritos, mientras me detenía. Más que sus palabras, su mirada fue la que me hizo callar, una de preocupación, pero que no estaba dominado por el pánico.

— Perdón, no era mi intención. — Le dije a continuación.

— Lo que pasa es que me pones nervioso y ya no puedo pensar. — Añadió, mientras se sentaba en el sofá y miraba fijamente a aquella carta.

Entonces, alguien pegó en la puerta y nos asustó muchísimo, haciendo que diéramos un bote y que yo abrazara a Mao.

— ¿Qué haremos, qué haremos? — Le preguntaba a Mao, mientras cerraba los ojos y temblaba sin parar. Él solo me dijo que guardará silencio.

Pegaron unas cuantas veces sin parar, mientras yo y Mao manteníamos la boca cerrada. A continuación, cuando dejó de pegar, nos empezó a hablar:

— Sé que estáis ahí, así que abrid la puerta. — Eso nos dijo y Mao, al ver que no tenía sentido mantener el silencio, le empezó a hablar.

— ¿Crees que te vamos a abrir la puerta, así como así? — Le gritó.

— Soy un aliado, no un enemigo. — Eso le respondió a continuación, pero ninguno de los dos podríamos creer eso.

— ¡No te creo! ¿Tienes alguna prueba para demostrarlo? — Le replicó Mao.

— Soy de la FBI, y tengo mi placa y ayudo en la protección de testigos, en la protección de Stephanie Stratus. He dicho esto en plena calle, algo que no debería hacer, ¿no es suficiente? — Para mí no lo era en absoluto, pero Mao estaba dudando si dejarlo entrar o no. Entonces, soltó esto:

— ¡De acuerdo, pero muestra tu placa, mientras abra la puerta! — Le gritó Mao. Y entonces se levantó y yo le dije esto en voz baja:

— ¡No lo hagas, puede ser una trampa! — No quería que fuera a abrirle la puerta.

— Escóndete en el mejor sitio, por si acaso. — Eso añadió Mao, mientras se acercaba con cautela a la puerta. Yo me quedé ahí, observándolo, en vez de hacerle caso, deseando que no pasara nada.

Cuando lo abrió, detrás de la puerta había un hombre que estaba fumando un puro, mientras mostraba una placa, con las manos hacia arriba. Era un viejo, ya que tenía muchas canas y una cara arrugada; con una enorme y fea gabardina, que le quedaba muy grande, ya que era un canijo.

— ¿Lo ves? ¡Soy un aliado, así que no pasa nada! — Nos decía, mientras soltaba risas.

A continuación, entró en la casa y se sentó en el sofá, mientras ponía los brazos cruzados. Nos preguntó si había té para tomar y le decíamos que no lo sabíamos, ya que ésta no era nuestra casa.

— ¿Y qué quiere de nosotras, señor? — Le preguntó Mao.

— Agente Smith, ese es mi nombre, por ahora. — Aquel hombre respondió con estas palabras. — Ustedes han quedado atrapadas en una situación muy, pero muy peligrosa. —

— Eso ya lo sabemos, ¿y lo nuevo es? — Eso replicaba Mao, mientras se sentaba.

— Perdonen que las hayamos metido en esto, esa maldita Stephanie no deja de fastidiar su propia protección. La mafia que la persigue no la hubiera descubierto si hubiera estado quietecita. — Aquel hombre seguía hablando, mientras apagaba el puro.

— En eso estamos de acuerdo. — Le dijo Mao.

— Y ahora, ustedes están en peligro. — Y volvía a decir lo mismo, cómo si no lo supiéramos.

A continuación, hubo un silencio en el lugar durante unos segundos, entre nosotros, hasta que a Mao le dio por preguntar algo:

— ¿Qué ha hecho ella, exactamente? — Así era la pregunta.

— Esa mujer tiene un amplio historial delictivo, relacionado con el fraude y el blanqueo de capitales, pero eso es secreto. — Y el viejo soltó lo que decía que era secreto. No servía para agente de la FBI.

Mao le iba a decir algo, pero aquel hombre le interrumpió:

— No importa. Ustedes deben de ir a comisaria, ahora mismo. Allí se hará las medidas necesarias para protegerles de aquella banda de malhechores. Así que deben acompañarme. — Al decir eso, se levantó.

— ¿Y qué les va a pasar a nuestros amigos? — Eso le gritó Mao de repente, muy preocupado, hablando seguramente sobre Alsancia y los canadienses, quienes seguían en el parque de atracciones.

— Ya hablaremos de los detalles, cuando lleguemos a la comisaria. — Fue lo único que nos dijo. Nosotros decidimos acompañarlo, aunque yo no estaba muy segura de eso.

A continuación, salimos de la casa y luego del barrio, para montarnos en un coche, que de policía tenía poco, además de que era parecía bastante viejo pero elegante. Nos montamos en los asientos traseros, porque así nos lo indicó el viejo y el automóvil empezó a arrancar. A los cincos minutos, Mao le preguntó algo:

— Por cierto, según Stephanie había un infiltrado de la banda entre la policía, ¿eso es verdad? — Eso le dijo.

— Tienes razón. — Entonces, tocó un botón, y un cristal empezó a separar los asientos traseros de los delanteros.- En cierta parte, porque aquella persona no es un infiltrado de la policía, sino de la FBI. Bueno, no es que lo sea, más bien, sería un corrupto que ha decidido a ayudarles. — Empezó a sonar muy sospechoso.

— ¿Qué intenta decir? — Le preguntó Mao muy preocupado. Ya nos estábamos dando cuenta.

— Lo siento niñas, os he tenido que mentir. No vamos a la comisaría. — El muy capullo era un enemigo, después de todo. Yo, intenté abrir la puerta de coche desesperantemente, pero no se podría abrir de ninguna manera.

— ¿Adónde vamos? — Le gritó Mao como loco, mientras le daba patadas a la puerta para romperlo, pero estaba muy bien hecho el condenable coche.

— A visitar a unos amigos. — Eso nos dijo con una sonrisa, que nos pareció maléfica.

— ¡Serás cabrón, tú eres el infiltrado! — Mao le gritó con estas palabras, mientras golpeaba la ventana que le separaba del conductor.

— ¿Y ya te das cuenta? — Y eso nos dijo entre risas, antes de soltar esto: — En realidad, la perra de Stephanie no había sido secuestrada, ha sido una vil estratagema para atraparlas, señoritas. — No lo podríamos creer.

— ¿Y dónde está ella, dónde? — Le gritaba Mao, histérico.

— Está reuniéndose con un policía. Fui muy ingenioso de mi parte, ya que por casualidad lo escuché por los escuchas que pusimos en la casa y mentalmente se formó un plan mejor del que íbamos a hacer. — Añadió, mientras seguía sonriendo.

Nosotros, seguimos dándoles patadas y golpes a las puertas y a las ventanas con la esperanza de romperlos y salir corriendo, pero no podríamos. Luego, empezamos a gritar lo más fuerte que podríamos, mientras pegábamos en el cristal, para que alguien se diera cuenta de estábamos en un mal asunto, pero nadie lo hizo. Y cuando nos dimos ya habíamos salido de la ciudad, introduciéndonos por un enorme bosque que parecía no tener fin. Al final, salimos de la carretera para introducirnos en un camino sin asfaltar, lleno de barro y nieve; y tras un buen rato, llegamos ante una casa en mitad de la nada.

— ¡Ya hemos llegado, señoritas! — Eso nos dijo a continuación, tras parar el coche y apagar el motor. Mientras él salía del auto, yo observé un poco el lugar. Estábamos en un claro de un bosque, delante de una pequeña casa de madera, que parecía estar abandonada, y le acompañaban dos casetas, que tal vez servían para guardar cosas o para servir de granjas.

Mientras aquel maldito agente de la FBI salía del coche y se encendía un puro, salían de la casa unos cuantos individuos que llevaban máscaras de animalitos del bosque, dándoles un aspecto muy aterrador.

— ¡Buenas gente, he traído a las chicas! — Eso les decía el viejo mientras los saludaban, y uno de ellos le devolvió el saludo con un disparo en la sien. Fue una muerte instantánea, ni le dejaron terminar su saludo.

Nosotros nos quedamos de piedras, al ver lo que le hicieron. Luego yo grité del horror, mientras abrazada a Mao y cerraba los ojos. Él se puso a protegerme, observándolos perplejamente.

— ¡Mao, lo han matado, lo han matado! — Le gritaba sin parar.

— ¡Tranquila, tranquila! — Y eso me decía Mao. Mientras tanto, la persona que disparó al agente se acercó a él y lo pisoteó.

— ¡Muchas gracias, nos has ayudado mucho, ahora tu familia estará a salvo, supongo! — Le decía esto, entre risas, aquella persona, a quién reconocí por la simple acción de oír su voz.

A continuación, ella se quitó la máscara, que tenía una forma rara de conejo antropomórfico, mostrándonos su identidad y no era nada más ni nada menos que mi madastra, por desgracia.

— ¡Esto no puede ser verdad, esto no puede ser verdad! — Eso repetía, gritando sin parar, incapaz de esquivar  la realidad, de asimilar el hecho de que ella estuviera delante de nosotros. Y mientras Mao me decía que me tranquilizara, ya que supo, por mi reacción, de quién era aquella persona; mi madrastra habló:

— ¿Cómo estás, mi querida Jovanka? ¡Me alegra mucho de que me hayas visitado, y de que me hayas traído a una amiguita!— Nos dijo, soltando una mirada tan siniestra que me produjo escalofríos.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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