Nonagésima_octava_historia

Una vieja venganza: Última parte, nonagésima octava historia.

La hora acordada eran las cinco de la tarde del día siguiente, pero los acontecimientos se adelantaron muchos más, cuando el sol empezaba a salir y una ráfaga de disparos nos despertó a todos.

— ¿Qué mierda ocurre? — Eso decían los compinches, que se levantaron sobresaltados.

— ¡Nos están atacando! — Y gritó uno, el que estaba vigilando, mientras entraba en el lugar, para buscar armas.

— ¿Es la policía? — Le preguntaron.

— No lo sé. — Y eso les respondió muy nervioso.

Yo y Mao, que estábamos aún atados en las sillas; nos preguntábamos también qué estaba ocurriendo, muy consternados por aquella sorpresa. Aún así, una gran alegría entró en nosotros, nos estaban rescatando. El desánimo, ya que sentíamos que apenas había esperanzas para nosotros, pensábamos que la muerte estaba cerca; que mostrábamos desapareció en un santiamén. A pesar de eso, intentábamos ocultar nuestras sonrisas, para que nuestros secuestradores no se dieran cuenta de ello.

A continuación, mi madrastra salió de dónde dormía muy alterada y empezó a desatar las cuerdas que me mantenía unida a la silla.

— ¡Esa maldita perra ha traído compañía y nos están atacando! — Les gritaba.

No me lo podría creer, aquella estafadora había aparecido en escena, era la primera vez que hacía algo bueno por su vida.

— ¿Y qué haremos? —  Preguntaban sus compinches, mientras se preparaban para el contraataque.

—  Pues maten a la amiguita. Yo me llevaré a esta niñata conmigo, me servirá de escudo. — Eso les gritó.

Se me pusieron los ojos como platos, llenos de horror, cuando oía aquellas palabras. No podría asimilar, de ningún modo, que le iban a matar. Mao se quedó boquiabierto, estaba paralizado, incapaz de reaccionar antes eso.

Yo me puse a gritar sin parar que no lo hiciesen, que le dejarán en paz; ponía todas mis fuerzas en hacerlo, como si eso fuera suficiente para que cambiasen de opinión tan rápido.

Mi madrastra, ignorando mis suplicas, me cogió del brazo, tan fuerte que me dolía, y me daba tortazos en la cara para callarme. Y no lo hice, solo decidí gritar más fuerte, siendo golpeada de nuevo con una fuerza mayor.

Ella no paraba de gritarme que me callará, pero no lo iba a hacer, no podría hacerlo. Entre mis cachetes rojos de tanto dolor, con sangre saliendo de mi nariz, con la cara empapada de lágrimas, seguía suplicándoles que no le hicieran nada. Y lo único que recibí fue golpes mucho más violentos.

Entonces, al ver cómo me estaba destrozando, Mao decidió decirme esto:

— ¡No te preocupes por mí, seguro que saldré de ésta! — Me gritaba él, con palabras llenas de fuerzas, intentando mostrar una cara tranquilizadora para mí. Se veía que era muy forzado, porque ponía unas muecas que me decían que también sentía que iba a morir de un momento para otro. Aún así, intentó consolarme.

Eso solo me puso más alterada, ¿¡qué podría hacer yo sin Mao!? ¡Era la única persona con la cual podría sentirme segura y a salvo, que me pudo comprender y me defendió en todo momento! ¡No quería perderle, ni menos de esta forma! ¡Me sentiría tan mal, por mi culpa se sacrificaría y los demás me odiarían por siempre!

Por eso, yo intentaba liberarme de mi madrastra e intentar salvar a Mao. Intentaba liberar escurrirme de sus brazos, hacer fuerza e incluso le mordía como si fuera un perro rabioso. Mi madrastra, bastante sorprendida ante mi comportamiento desesperado, para controlarme, decidió poner su pistola en mi cabeza.

— ¡Deja de resistirte, o te mando al otro lado! —Me gritaba.

Me puse a temblar cuando sentí el frio acero de la pistola sobre mi cabeza, preparada para volarme la cabeza, como hizo con el agente del FBI. Mis ojos parecían salirse de sus orbitas, recordando aquella horrible escena, mientras soltaba sollozos. El miedo me volvió a dominar y cerré los ojos y dejé de moverme. Luego, me arrastró sin que opusiera resistencia y salimos por la puerta trasera, hacia al interior de bosque.

Yo estaba llorando, más de lo que hice en toda mi existencia. En mi mente, no paraba de pedirle perdón a Mao, había dejado que le mataran. Creía que nunca volvería a verle, que jamás le oiría protestar sobre cualquier cosa y eso me hundió la vida, estaba desolada y perdí todas las ganas de vivir. Ya no tenía perdón, por culpa de este estúpido miedo, había perdido la persona más importante de mi vida. Los disparos se siguieron escuchando, cada vez más seguidos, atormentándome. Me imaginaba con muchísimo horror que algunos de ellos le hubiesen matado.

Tras recorrer unos pocos pasos, nos escondimos detrás de un enorme árbol. Yo quería liberarme de ella y salir corriendo, pero aquella pistola seguía apuntando sobre mi cabeza.

— ¡Maldita sea, tuve que haberme imaginado esto! — Eso se decía muy fastidiada, mientras miraba hacia atrás. — Tengo que pensar en algo, rápido. —

Yo estaba callada, muy nerviosa, incapaz de tener alguna buena idea para salvarme de ella. Por desgracia, en mi cabeza solo rondaba aquel temor de que pronto o temprano me iba a volar los sesos. Entonces, escuchamos un grito y ella se levantó rápidamente:

— ¡Tengo a Jovanka en mis manos y si se acercan, le tiró un disparo en el cerebro! — Eso gritaba, mientras me hacía levantar en el suelo. Me tenía cogida del cuello, así que ese movimiento casi me iba a ahogar.

Mi madrastra no sabía muy bien por dónde vino el grito, así que miraba muy nerviosa por todas partes. Yo tampoco, pero estaba más ocupada en poder recuperar aire. Entonces, ella gritó de dolor, se oyó un fuerte ruido y sentí cómo los brazos que me ahorcaban liberaron mi cuello y me caía al suelo, junto con ese monstruo.

Al darme cuenta, vi que algo había chocado contra ella y su arma había salido volando. Y luego oí esto: — ¡Vamos, Jovaka, huye! —

Casi iba a soltar un gran grito de alegría al oír aquella voz. Mao seguía vivo. Pero no había tiempo para alegrarse, corrí hacia él todo lo que pude, tenía que alejarme de mi madrastra.

En mi carrera, me di cuenta de que a Mao le faltaba uno de sus zapatos. Lo lanzó hacia mi madrastra, con una puntería asombrosa.

Al alcanzarle, grité de alegría, mientras le abrazaba: — ¡Mao! —

— ¿Ya te lo dije, no? ¡Iba salir de ésta! — Me decía, mientras le abrazaba y me acariciaba la cabeza.

Me arrepentí tanto de pensar que él ya no iba a estar vivo, no era ese tipo de personas que se dejaban matar tan fácilmente. Agradecí muchísimo que aquellos pensamientos estuvieran tan equivocados.

— ¡Estás bien, gracias a Dios, estás bien! — Eso gritaba yo.

Por unos momentos, nos olvidamos de la existencia de mi madrastra. Ella se estaba levantando, mientras su mano sostenía la otra, que parece ser que fue la que recibió el golpe del zapato. Parecía que le habían dejado manca o algo así Ella intentó coger la pistola, pero otra persona le gritó esto:

— ¡Ni se te ocurre coger eso! —

Aquellas palabras nos hicieron recordar que aún estábamos en peligro y miramos hacia dónde estaba mi madrastra.

Ella, quién estaba a espaldas de nosotros, estaba observando a mi madre, la estafadora. Sostenía una pistola hacia ese monstruo y ésta empezó a reír:

— No sabía que llegarías tan pronto, pensaba que ibas a huir como siempre. — Le dijo mi madrastra.

— Tanto huir cansa, ¿sabes? — Y esto le replicó la estafadora.

— Y perseguir, también. Pero, por fin, ha llegado este día. —

Entonces, salió corriendo hacia la estafadora, mientras sacaba de su ropa, cuchillos muy afiliados, ¡hay que estar muy loca para hacer eso!

A pesar de los cuchillos

— ¡No, este no es mi hora! — A pesar de los cuchillos, mi madre le gritó esto a mi madrastra, con una sonrisa de victoria.

Se creía que era la ganadora solo porque tenía una pistola, que no dudó en usarlo. Gritó con todas sus fuerzas que se preparará e hizo un disparo, con mucha frialdad. El ruido que soltó eso, casi destrozó nuestros oídos.

Yo y Mao nos quedamos paralizados, preguntándonos si aquel disparo había servido de algo. Ellas también, ninguna de las dos movió ni un mísero músculo, más aturdidas por el ruido que por el disparo en sí.

Entonces, la estafadora miró la silueta de mi madrastra de arriba para abajo, comprobando con horror que no había caído al suelo. Ella también, empezó a buscar por todo su cuerpo en busca de la bala, porque se dio cuenta de que no había sido herida.

Al ver que no había hecho nada, la que disparo empezó a mirar la pistola y comprobar si había tenido algún problema, preguntándose con nerviosismo qué había pasado.

— ¡Oh, mierda…! — Gritó con una mueca de terror. — ¡La bala ha salido disparada por otro lado y no tengo más! —

Era el momento perfecto para salvarnos y ella tuvo que joderlo todo. Nos quedamos boquiabiertas, diciéndonos la una a la otra que, con mi madre, estábamos perdidas. Me volví a arrepentir tanto de haber salido de su vagina.

Mi madrastra empezó a llorar de la risa, burlándose de mi madre, casi iba a caer al suelo por las risas. Podríamos haber aprovechado para escapar, pero la decepción solo provocó que no tuviéramos ni ganas de correr.

La estafadora, quién se había puesto tan valiente y creída, nerviosamente rió, poniendo un rostro muy aterrado. Entonces soltó esto:

— ¡Por ahora, me voy! — Y la muy perra salió corriendo, gritando de terror.

Y por un momento, me creí que iba a hacer algo genial, que alta fueron mis expectativas.

Al ver que empezó a huir, mi madrastra gritó esto, llena de furia: — ¡Serás hija de puta! — Y salió corriendo a por ella, actuando como un león que se quería comer a una jirafa.

Lo que ella no se dio cuenta es que alguien la detuvo en su persecución. La patada de otra persona casi la tiró al suelo, sin que pudiera proveerle. Era Mao, que fue tan raudo y veloz que la alcanzó en cuestión de milisegundos.

— ¡No vas a pasar de aquí! — Eso le decía Mao.

Quedé alucinada, él se lanzó sin ningún tipo de temor hacia aquel monstruo que tanto me torturó, dispuesto a enfrentarse a ella cara a cara, con una gran valentía que me deslumbró.

Mi madrastra dio unos cuantos pasos para atrás, mientras comprobaba que de su nariz estaba saliendo sangre. Empezó a gritar como una bestia y fue hacia a Mao. Así empezó una pelea muy violenta entre ellos.

A lo primero, mi madrastra intentó darle un puñetazo en la cara, pero Mao la esquivó. Intentó darle una patada a su estomago, pero ella lo detuvo con sus brazos la pierna con la cual iba a atacar, y lo tiró al suelo. Después, saltó sobre él, para romperle algo, pero éste giró por el suelo, evitándolo.

— ¡Maldita niñata, es imposible que seas tan buena! — Eso le gritaba a Mao, al ver cómo peleaba y mientras los dos se levantaban del suelo.

Los dos se miraron por unos segundos, con una mirada aterradora, y volvieron a la carga. Mao intentó darle un puñetazo en toda la cara, pero ella que iba con la misma intención, lo esquivó y le atacó por detrás.

— ¡Ya te tengo! — Eso le dijo, al verlo caer al suelo, con una sonrisa de puro psicópata. Mao intentó defenderse, pero no pudo. Ella cayó sobre él y le cogió del cuello, mientras inmovilizaba al suelo. Lo estaba ahogando.

— ¡Muere, maldita china, muere! — Le gritaba ella, con esa horrible sonrisa.

Yo veía la pelea, paralizada del miedo, incapaz de hacer algo hasta aquel momento, cuando vi que estaban matando a Mao. Él me miraba a mí, veía en sus ojos que pedía que yo huyera. Pero no podría hacer tal cosa, no podría huir, tenía que salvarle.

Mao es una persona muy querida para mí. No, es más, estoy enamorada de él. Me había salvado. Fue la única persona que me sacó de la cárcel que me había creado, por culpa de aquel miedo y odio hacia a las mujeres.

Mi madrastra, aquella que estaba intentando a matar a Mao, fue la que hizo que naciera mi miedo a las chicas. Como estaba en un colegio femenino, me contaba lo terribles que eran ellas, para conseguir que yo no tuviera amigas.

Y como era tan rara a los ojos de mis compañeros, me miraban feo y hablaban de mi mal, o eso sentía. Acabé por querer alejarme lo más posible hasta terminar en no desear estar en el mismo lugar que otras personas de mi sexo. No quería que me hicieran más daño, no deseaba sufrir lo que me hizo ella.

Lo único que tenía yo era mi padre, pero éste solo dejó que me encerrara, poquito a poco, más interesado a capturar al amor de su vida, que a ayudar a su propia hija. Es más, a veces ayudaba con cada fracaso amoroso que tenía, se ponía a gritar lo malas y horribles que eran las mujeres. Al final, me sentía incapaz de salir de mi habitación, de mi casa; a la calle, por aquel miedo, para no ser herida ni atacada supuestamente por una chica.

Pero a la vez que intentaba protegerme de las mujeres, quería estar con ellas. Quería hablar, reír, llorar y todo tipo de cosas con personas de mi mismo sexo. Después de todo, yo soy una chica y lo normal es poder relacionarme bien con otras. También me sentía incapaz de acercarme a otros chicos que no fueran mi padre, ya que eso implicaba salir a la calle y no quería.

El internet fue solo un respiro para mí, aunque solo fuera por leer lo que decían los demás; ya que apenas podría ser capaz de hacer comentarios u otra cosa. Pero quería hablar con otra persona y cada día que pasaba, mis ganas de vivir disminuían, hasta pensar en el mismo suicidio.

Entonces fue cuando Mao rompió aquel muro y me dio la mano. Gracias a él, mi triste vida se volvió mucho más entretenida e interesante que antes y le estoy muy agradecida por todo. Por eso, debía devolverle el favor y no quería perderlo. Esta vez no iba a dejar que el miedo me inmovilizará.

Miré la pistola que mi madrastra había tirado en el suelo y decidí cogerlo. Sin pensar en nada más, corría hacia él y lo cogí. Luego, apunté a su cabeza, sin que ella se diera cuenta.

— ¡Deja a Mao en paz! — Eso grité con todas mis fuerzas, antes de disparar. Casi salí volando hacia atrás por el retroceso.

Ella solo fue tuvo tiempo para mirarme, antes de que la bala atravesará su cabeza, matándola instantáneamente. Su cuerpo inerte cayó sobre Mao.

Mao, casi a punto de desmayarse, pudo notar como las manos de mi madrastra ya no le ahogaban. Y mientras recuperaba el aliento, yo me acerqué a él corriendo, tirando la pistola al suelo para ayudarle.

Yo, sin darme cuenta de lo que había hecho, le liberé y le abracé, llorando como una magdalena. No paraba de gritar su nombre. Mao se quedó muy aterrado al ver lo que hice, incapaz de creer que hubiera matado a alguien.

Pero si no la hubiera matado, él estaría muerto, hubiera desaparecido para siempre. No tenía otra elección. Ni en esos momentos, había pensado en devolverle todo el daño que me hizo, quitándole la vida, solo deseaba salvar a Mao. Nada más. Aún así, no dijo nada, solo me pedía que me tranquilizara, que todo ya había terminado.

Entonces, la cobarde de mi madre apareció:

— ¡Eres genial, Jovanka! ¡Has matado a esa perra! ¡Jamás he estado tan orgullosa de ti! — Eso nos gritaba muy feliz, con la intención de abrazarnos.

Le miré con mucha mala leche, no quería que esa desgraciada nos tocara.

— ¿Qué te pasa? — Nos preguntó nerviosa.

— ¡Hace un momento saliste corriendo! — Le grité enfadada.

— Si no fuera por ella y sus amigos, que me desataron en el último momento, no estaría aquí. — Eso dijo Mao de repente.

— ¿En serio? — Yo dije eso algo incrédula, a pesar de que eso tenía mucho sentido.

— Pues claro. — Añadió ella, mientras reía nerviosamente por el cumplido.

— Por lo menos has hecho algo bueno. — Esas palabras de Mao, molestaron un poco a la estafadora, que protestó, pero él los ignoró.

Mao se quedó mirando hacia al cuerpo inerte de mi madrastra por unos cuantos segundos. Seguía perplejo y yo no sabía qué decir, tenía miedo de que él me mirara con miedo, por haber matado a alguien. Entonces, se dirigió hacia mi madre: — Quiero que nos hagas un favor. — Yo y ella nos quedamos preguntando de qué se trataba.

Aquel favor, era nada más ni nada menos que mi madre, se hiciera pasar por la asesina de mi madrastra. Ella increíblemente aceptó eso, mientras cogía y se guardaba la pistola en sus bolsillos. No entendía cuales razones le motivaba a hacer eso, pero no me atrevía a preguntarle.

A continuación, ella llamó a la gente que le habían acompañado, y que eran delincuentes que contrató para liberarnos. Les pagó con dinero verdadero, algo que nos sorprendió mucho y estos se fueron de ahí. La policía vino después.

Al montarse en el coche de policía, tras confesar el crimen, ella pidió a los policías que le dejaran hablar conmigo.

— ¿De qué quieres hablarme? — Eso le pregunté, cuando me llamaron.

— Lo siento mucho, de verdad, Jovanka. — Nunca esperé oír esas palabras de su boca. — En verdad, me hubiera gustado haber sido una buena madre para ti. Reconozco que soy una persona horrible, pero, aún así…— Ya no dudaba de que me decía una mentira, sentía que eso era verdad.

— Lo eres, pero, aún así… — Le interrumpí y le intentaba decir algo. -Eres mi madre, por desgracia. P-puede que algún día te perdoné todas tus maldades, pero hoy no. — Me costó decirlo, me parecía muy vergonzoso.

— Oye, podrías decir algo más bonito que eso…— Y ella además protestó.

— Te visitaré en la cárcel, si eso quieres. — Dije a continuación, y ella empezó a reírse. Le pregunté el porqué.

—Por nada, por nada. — Y luego se me quedó mirando por unos segundos, y después hacia al otro lado. Parecía que estaba arrepentida de algo, pero no sé el que exactamente.

Yo por mi parte, me quedé mirando al cielo, mientras el coche de policía la estaba llevando. Sentía un gran sentimiento de alivio, como si me había quitado un peso de encima. Era como si me había liberado de algún miedo que me había apresado hace mucho tiempo, como si aquel disparo hubiera roto en mil pedazos todo ese sufrimiento, aunque mis manos estuvieran llenas de sangre.

FIN

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s