Nonagésima_novena_historia

La Familia de Alsancia: Primera parte, nonagésima novena historia.

Esta es la historia de una chica débil, incapaz de trabajar o estudiar, de ayudar a alguien, casi siempre dependiente de los demás y que ni siquiera podría hablar; de cómo no pudo salvar a dos personas muy importantes para ella. Esa era yo, quién abrió los ojos demasiado tarde y solo pudo observar cómo sus padres acabaron mal. ¡¿Por qué no los pude salvar!? ¿¡Por qué no me di cuenta!? No paro de repetirme estas palabras, una y otra vez. Pero una no puede cambiar el pasado, ya no hay remedio. Los perdí y no los volveré a ver. Aún así, a pesar de todo, puedo ser capaz de mirar hacia al futuro con esperanza. Podría haberme derrumbado, les hubiera seguido, pero tengo a personas que me apoyan, que me animan, que me hacen ver que el mundo no es tan horrible. Especialmente uno.

Y todo esto empezó al intentar animarlo, a consolar a Mao. Llevaba desde la Nochevieja bastante desanimado, aunque intentaba que los demás no se diesen cuenta. No soportaba ver la tele y la apagaba y se volvía a su cuarto, apenas tenía hambre y todos nos preguntábamos qué le estaba ocurriendo, sobre todo yo. Realmente estaba preocupadísima.

— ¿Mao está bien? — Nos preguntó Malan, en la tarde del dos de enero, acompañada de Alex y Sanae, quienes llegando a la casa. Todas estaban muy preocupadas al darse cuenta de su comportamiento.

— Pues, la verdad es que no y lleva dos días de esa forma. Y eso me preocupa. — Contestó Clemetina, con un rostro muy entristecido por la preocupación que tenía por Mao. No había nadie en la casa que no podría evitar sentirse así.

— ¿Qué vamos a hacer? — Decía Alex, por un lado. — Si sigue así, nuestros rivales nos atacarán. — Y añadió Sanae por otro. Nadie entendió que querían decir con eso.

— ¿De qué están hablando? — Jovaka dijo lo que todos pensábamos y luego miró hacia al segundo piso, tan intranquila como el resto. Nadie sabía qué hacer. Queríamos ayudar a Mao, pero no sabíamos cómo.

— ¡Ah, por cierto, Alex, Sanae! ¿No dijeron que necesitaban ropa? — Entones, Malan les preguntó de repente esto.

— Pues claro que sí, casi no tenemos bragas. — Eso le respondieron, las dos a la vez, coordinadas. Es algo sorprendente, pero da un poco de miedo a veces. Por otra partes, todos nos preguntaba por qué nos decía eso Malan.

— Mira, ¡qué coincidencia, yo también! — A continuación, con una sonrisa les dijo eso, luego me preguntó, para mi sorpresa:

— ¿Tú también, Alsancia? — Yo no supe qué decir, a lo primero. Bueno, si pudiera ser capaz de hablar. Al pensarlo un poco, no sentí que me fuera necesario. Así que le respondí, utilizando el lenguaje de los signos, que no, con un nerviosismo innecesario. En serio, no debería haberme puesto algo nerviosa, era una inocente pregunta.

— De todos modos, compremos algunas, ¡iremos con Mao! — Entonces, yo me di cuenta de lo que quería llegar ella.

— ¡Pero si ella…! — Clementina iba a soltar eso, aún sin entender lo que pretendía Malan; antes de ser interrumpida.

— Es una idea estupenda, lo que más les gusta a las chicas es comprar. —Dijo Sanae y añadió Alex: — Olvidará todas sus preocupaciones si compra. —

Me pareció una gran idea para animar a Mao y me apunté a eso. Bueno, no creía que comprar en sí le ayudará mucho, pero el pasar el rato con nosotras podría ser suficiente. A mí me funciona.

Después de que Malan subió hacia su cuarto para convencerle y sacarlo de ahí, vi a Jovaka mirándonos, con una cara que decía cómo si quería ir con nosotras, pero era incapaz de hacerlo, o eso sentí yo. No tengo mucha idea de lo que piensa ella, pero creo que con el tiempo se ha vuelto mucho más agradable e incluso parecía que deseaba ser más cercanas con nosotras. Al final, se resistió, así que podría ser que no quería de verdad, pero tuvo que venir con nosotras, obligada.

— ¡Qué miedo, qué miedo! — Decía ella, mientras sujetaba con fuerza el brazo de Mao. — ¿¡Por qué tengo que hacer algo así!? —, Sus ojos de un momento para otro iban a soltar lágrimas y estaba temblando de miedo. Daba pena haberla sacado. Ya habíamos salido de la casa, hace unos cuantos minutos.

Yo los miraba de reojo una y otra vez y, por alguna razón, me molestaba que ella estuviera tan pegada a Mao. No entendía el porqué, pero era lo que sentía y era algo feo. Aún así, no era un sentimiento que me perturbaba en gran medida, no sentía odio hacia Jovaka, solo quería estar en su lugar, nada más. Aún así, al darme cuenta de esto, provocó que pensara y me diera cuenta de algo. Una cosa rara me estaba pasando desde hacia tiempo. Mi interior empezó a florecer unos sentimientos hacia aquella persona que no podría comprender, por mucho que lo pensara. Me amargaba mucho no poder entenderles, aún así intenté no darle mucha importancia e ignorar la situación. Además, sería muy raro cogerle del brazo, me daría muchísima vergüenza.

— Si se te notaba que quería ir con nosotras. — De todas maneras, gracias a Jovaka, Mao ya se estaba comportando como el de siempre.

— No es verdad. — Su cara se puso roja. — Son imaginaciones tuyas. — Y se notaba que Jovaka mentía.

— Da igual, tampoco quería ir y me han obligado. — Eso le replicó Mao.

— ¡Va a ser muy divertido! ¡Y mucho!- Gritaban eufóricas Alex y Sanae, cuya vitalidad, demasiada para el resto, ya me daban hasta celos. Me hacían recordar cuando era pequeña, tenía una salud de hierro y siempre iba de un lado para otro. Ojalá tener un cuerpo como el de aquella época, ahora solo estoy muy acomplejada por lo débil que soy.

— ¿Ir a comprar? — Añadió de forma sarcástica. Al parecer a Mao no le gustaba mucho eso de comprar.

— No eres una verdadera chica si no compras. — Le replicaron Alex y Sanae, mientras ponían una extraña postura, sin razón alguna. Malan se rió, Mao y Jovaka las miraron con mala cara y yo estaba sonriendo de ternura al verlas, sin darme cuenta de que iba a chocar contra una señal de tráfico. Me dolió muchísimo y me morí de vergüenza, a la vez que maldecía mi horrible torpeza mentalmente.

Al final, llegamos al centro comercial y nos fuimos hacía una tienda especializada en ropa interior para mujer.

— ¿Y este lugar vende solo ropa interior? — Preguntaba Mao con mucha sorpresa, mientras observaba las primeras estanterías de bragas del recinto. Ya habíamos entrado en el local y era muy impresionante. Todo se veía muy demasiado provocativo, provocando que me encontrara algo roja, no me sentía muy adulta para poder estar ahí. Bueno, lo soy, pero la imagen que tengo hasta provoca que yo me sienta muy infantil, por desgracia.

— ¿Y por qué hay tantas mujeres? — Jovaka, por su parte, ya pudo soltarse de Mao, pero no se alejaba de él ni cinco metros. Estaba aterrada, mirando con nerviosismo toda la tienda, observando el hecho de que solo había mujeres. Cómo no se entero de que solo es para chicas, Malan se lo tuvo que explicar.

Al escuchar las risas de Alex y Sanae, dirigí mi mirada hacia ellas y vi que se estaban alejando de nosotras. En un arrebato de responsabilidad, sentía que decía seguirlas, por si ellas se perdían. Así que las seguí, sin darme cuenta de que su intención era encontrarse con el puesto de la lencería.

— ¡Así que también hay de esta clase! ¡Qué pervertidas! — Eso decía Alex, mientras cogía unas cuantas bragas de esa sección. Más que braguitas, eran otra clase de ropa interior muy obscena. Ella las observaba, ponía cara de asco y luego las estiraba sin parar, mientras comentaba lo desvergonzada que eran esas prendas. Sus palabras asustaban a las mujeres que querían mirar o comprarlas, no se atrevían a hacerlo. Al ver que molestando al resto de cliente, me acerqué. O eso quería hacer.

— Pero si son bonitas, nada pervertidas. ¡Las mujeres necesitamos ropa linda, hasta la interior! — Y su hermana la replicó, mientras observaba aquello. Yo mentalmente le daba la razón, a la vez que intentaba llenarme de valentía, porque me daba mucha vergüenza, acercarme. Solo era para avisar a las chicas de que estaban molestando, pero estar al lado de la lencería me provocaba sentimientos encontrados. ¿¡La gente no me miraría mal si yo, una chica que aparenta doce años, empezará a prendarme de las cosas bonitas que estaban en ese lugar!?

— ¡Pero si nadie los va a ver! ¡Además, se nota que estas cosas son para noches de pasión! No entiendo a los adultos, ¿en serio, le encantan esas cosas? —

Mientras tanto, las gemelas seguían hablando. Alex le decía esto, mientras su hermana Sanae le replicaba que aún era una niña. Y no solo lo aceptó, sino que además, se jactó, con orgullo, de serlo.

Al final, pude  acercarme y les tuve que tocar el hombro, porque estaba tan nerviosa que apenas podrá soltar una mísera palabra. Dieron un grito del susto que le dio eso. Y me lo dieron a mí.

— ¡Qué susto nos has dado, Alsancia! — Me dijeron y yo les repliqué, en el lenguaje de los signos, que no era mi intención. Parecía que, por un momento, no lo entendieron. Se quedaron con la boca abierta, como si no pudieron traducirlo. Al ver eso, yo intenté explicarlo mejor, pero ellas me interrumpieron:

— ¡No te preocupes!— Dijeron, mientras empezaban a coger varias pechas con lencería.

Aparte de que parecían ser las caras del lugar, eran las más provocativas. Habían de todo, de todas las formas, tamaños y colores, incluso algunas no cubrían realmente las partes íntimas y otras eran semi-transparentes. Luego, me lo ofrecieron:

— ¿Quieres comprar algunos de estos? — Yo me rehusé muy roja, como un tomate. Aunque algunos eran muy bonitos, yo no me veía bien para usar tales ropas ni mucho menos tenía el atrevimiento de usarlos. Se rieron, estaban disfrutando de cómo me avergonzaban.

— ¿Lo que quieres es un bikini, no? — Gritaron a continuación, y salieron corriendo, aún con la ropa interior que cogieron entre sus manos. Yo les intenté decir algo, tenía que detenerlas, pero solo me salió un grito ahogado.

— ¡Vamos a buscar un bikini para Alsancia! — Eso gritaban en público, mientras se dirigían al puesto de los bikinis. Estaba muerta de vergüenza y les perseguía, pero incapaz de gritarles algo. Si fueron por la lencería, no me podría imaginar con los trajes de baños, me darían las que mostraban más, o directamente se veía todo. Y eso estaban haciendo, las vi en el puesto, eligiendo lo más vergonzoso.

Y cuando las alcancé, al momento en que ellas me iban a mostrar una especie de tanga. Se empezó a escuchar un gran jaleo, procedente de la entrada de la tienda, que hizo dirigir nuestras miradas hacia allí.

— ¡Déjenme en paz, yo no he robado nada! — Aquellos gritos me eran demasiado familiares y me dejaron blanca. Al divisar su figura a lo lejos, me di cuenta de quién era y me dirigí hacia allí, para comprobar si era aquella persona que yo estaba imaginando. Las gemelas, tirándolo todo lo que tenían en el suelo, me siguieron hasta la puerta.

En el camino nos encontramos con Mao y Jovaka, que miraban con gestos de molestia aquella escena. Al alcanzarlas, Alex y Sanae preguntaron: — ¿Qué está ocurriendo, jefa? —

— Una mujer está robando. — Les contestó Mao.

Yo no dije nada. No pude decirlo. Confirmé con horror quién era aquella persona y me quedé en shock. No podría creérmelo, era imposible.

En la entrada, había una mujer que estaba intentando librarse de dos guardias de seguridad que la habían pillado in fraganti, sacando unas prendas que se escondió en los bolsillos de una enorme chaqueta que le llevaba a los pies. Lo peor de todo, es que aquella persona de mediana edad, casi esquelética, que ya tenía un montón de canas en su pelo negro y unas arrugas que le invadían toda su cara; era alguien que yo conocía bien.

— ¿M-ma-mamá? — Dije a continuación, aún incapaz de salir del shock.

Dejé a los demás boquiabiertas, que me miraron sorprendidos. Sobre todo a Mao, quién me miró de reojo y luego a mi madre, como si se preguntaba si era ella. La verdad es que no recuerdo si la pudo conocer o no en persona, pero sí habló con ella por teléfono, así que debía estar sorprendido o algo molesto por no haber reconocerla, por lo menos por la voz. Y ella se dio cuenta de mi presencia. Dirigió su vista hacia mí, a la vez que dejaba de forcejear.

— Alsancia… — Me miró con unos ojos que daban miedo. — ¿aún sigues viva? — Y la forma en que me dijo estas palabras me hizo mucho daño.

Aquella frase se repitió en mi cerebro varias veces, incapaz de entender por qué lo dijo, y de esa tan fría y cruel.

— ¿P-por qué? — Solo pude decir aquellas palabras. Había pasado meses desde que no nos veíamos, desde que ella y mi padre se habían separado y yo me fui a casa de Mao. Ni pude contactarla, y ahora me la encontraba en un centro comercial, robando ropa interior. No solo eso, sino ella estaba físicamente peor desde que la última vez que la vi. ¿Qué le había ocurrido para llegar a este punto?

— A ti no te interesa. — Esas palabras de desprecio fueron demasiados dolorosos para mí. Aunque no era la primera vez que me lo decía de esa forma, seguía siendo horrible que tu propia madre te dijera eso. No era mucho peor que lo anterior, era como si veía en mí la fuente de toda la maldad, en el anticristo o algo parecido. Fue demasiado desagradable, mi estomago empezó a doler por la conmoción.

— ¿Es su hija pequeña? — Preguntaron los guardias de seguridad.

— ¡No lo es! — Y ellas les repitió eso, tres o cuatros veces, con gritos. Lo decía de una forma muy violenta, tan cruel que hasta todos los que estaban a mí alrededor se sintieran muy mal, llenos de compasión hacia mí.

Me sentí repudiada, mis ojos estaban preparados para llorar, me entraron arcadas y ganas de vomitar o de gritar. Parecía que de un momento para otro momento, yo no iba a soportar aquellos sentimientos y me iba a caer al suelo o a desmayarme. Entonces, Mao, me cogió del hombro y soltó esto:

— Mejor vámonos, Alsancia. — Yo le hice caso, moviéndole la cabeza de forma afirmativa, mientras me salían las lágrimas.

Con rapidez, nos fuimos de allí, mientras los guardias se la llevaron hacia otra parte, con algo de pena hacia mí en sus rostros.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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