Nonagésima_novena_historia

La Familia de Alsancia: Segunda parte, nonagésima novena historia.

Al despertar, seguía deprimida y eso me afectaba mucho a mi estomago, que me dolía. No quería creer que mi madre me hubiese tratado de esa manera y me preguntaba qué había hecho mal para que me odiase tanto, y no encontraba respuesta alguna en mí. Aparte de eso, ella me tenía bastante preocupada. Estaba hecho polvo físicamente y robando ropa interior, ¿qué le había ocurrido? Necesitaba saberlo y decidí ir a la casa de mis padres por la tarde y le pedí a Mao que me acompañará, porque no podría ir sola.

— ¿Estás segura de que quieras visitarla? — Me preguntaba Mao con gran preocupación, mientras nos dirigíamos hacia allí. Yo le dije que sí con la cabeza. La verdad es que no me sentía preparada y sentía que me iba a derrumbar a la mínima palabra, pero era mi deber hacerlo.

— No es que fue muy agradable contigo ayer. No creo que hoy sea distinto. — Eso que dijo Mao ya lo sabía, pero tenía que averiguarlo.

Pero al llegar a mi casa, no me esperaba lo que nos íbamos a encontrar. La casa era la misma: una casita de dos pisos, de madera blanca, situado en el centro de un pequeño jardín; pero tenía unos inquilinos diferentes. No eran mis padres, sino unas personas que no conocíamos para nada.

— Buenas tardes, chiquitas, ¿qué quieren? — Nos preguntaron unos de los hombres que nos habían abierto.

— ¿Ustedes son los parientes de ella? — Y esto les preguntó a su vez Mao, mientras me señalaba. Yo le intenté decir que no, que nunca los había visto en mi vida; pero mi nerviosismo me impidió evitar aquel malentendido.

Ellos lo negaron y él me miró y yo se lo afirmé, moviendo mi cabeza afirmativamente. A continuación, Mao les explicó nuestra situación:

— Ya veo, hace dos meses que nos vendieron la casa, era una mujer. Nos decía que no podría pagar la hipoteca, así que decidió venderla al mejor postor. — Y eso nos explicó el hombre, dejándome muy sorprendida y algo molesta.

Era normal que no lo llegará a saber, ya que no me habíamos hablando con mi madre desde hace meses; pero aún así era feo ver que nadie me hubiera avisado de esto.

— ¿Y ahora qué harás? — Eso me preguntó Mao, mientras volvíamos a casa. Aquellos hombres no sabían nada y tuvimos que despedirnos de ellos, y pedirle perdón por las molestias. Eran buena gente, me dieron gritos de ánimos, aunque apenas sabían lo que ocurría.

— N-no lo sé. — Fue lo único que pude decirle, mientras me comía la cabeza, preguntándome qué había pasado desde que yo me fui de casa.

— ¿Por qué no probamos a visitar a la tienda de ayer, por si, de nuevo, nos la encontramos allí? — Me dijo Mao, quién intentaba animarme, pero yo le dijo que no. No deseaba volver a verla de esa forma, robando ropa interior. Después de pasar aquel mal rato, lo último que haría era volver allí, creo que jamás volveré a pisar ese local. Entonces, le dije, usando el lenguaje de los signos que solo quería volver a casa y olvidar de momento lo que había pasado con mis padres.

— ¿Han podido descubrir algo? — Así nos recibió Leonardo, cuando entramos en la tienda, mientras estaba liado poniendo precios a objetos que Mao compró.

— ¡Qué su mamá ha vendido su casa! — Mao le respondió en mi lugar.

Entonces, Leonardo nos decía que deberíamos entrar en el salón de una vez, ya que nos tenían una sorpresa, algo que nos dejó muy intrigados. Luego, unos gritos llegaron del salón, que le recriminaron:

— ¡Lo has arruinado! — Eso dijo una.

— Ya no será una sorpresa. — Y añadió otra.

Él las pidió perdón y nosotras nos dirigimos hacia al salón. Cuando entremos, las gemelas nos recibieron con serpentinas, que nos asustaron mucho. A mí casi me dio un infarto, a Mao también.

— ¡Feliz cumpleaños! — Gritaron, pero no era mi cumpleaños.

— ¿Cumpleaños? Si ninguna de las dos cumplimos años. — Dijo Mao, a continuación.

— No importa. — Le comentó Sanae, mientras se ponía un gorrito.

—  Es un no-cumpleaños. —  Y esto añadió Alex, mientras estaba comiendo chuches que habían comprado.

— No estamos en el País de las Maravillas, chicas. — Después de soltar esas palabras, Mao y nos pusimos a mirar por todas partes. Se veía apenas decoración cumpleañera, no parecía una fiesta. Solo se veía algunos globos por un lado y los pocos adornos de navidad que aún no se habían guardado y fueron utilizados para este improvisado cumpleaños.

— Es una fiesta para apoyar a Alsancia. — A continuación, le dijeron esto a la vez a Mao; mientras ponían unas extrañas poses. Me hicieron muy feliz, fue un bonito detalle de su parte. Me entraron unas enormes ganas de darles un gran abrazo y decirles gracias con todas mis fuerzas. No sé por qué no lo hice.

— Podrían haberlo dicho porque muchas de estas cosas no las puede comer Alsancia. — Añadió Mao, mientras miraba las cosas que compraron en la mesa, entre ellos un pequeño pastel con una pinta deliciosa. Y tenía razón, pero la intención era lo que contaba.

— Eh, ¿en serio? — Al oír eso, poniendo muy mala cara.

— Tiene un estomago muy delicado. — Yo le quise decir que no pasaba nada, que lo podrían comer ellas si querían, pero Mao se levantó y nos dijo que iba a comprar comida adecuada para mí. A continuación, cogió dinero y se fue.

— ¿Entonces, cuándo vamos a comer? ¡Qué yo tengo hambre! — Dijo Jovaka, quién estaba tumbada boca arriba, mientras se tocaba la barriga.

— Deberíamos esperar a Mao. — Le respondió Clementina algo enfadada, mientras Diana, que sentía lo mismo que Jovaka, le replicaba que no quería esperar. Las comprendo un poco, eso se veía muy delicioso. Yo, mientras tanto, les pregunté a las gemelas por qué hicieron esto por mí.

— ¿Qué quieres decir con eso? — Pero no entendieron los signos que usé para decírselo. Dijeron esas palabras de forma coordinada, después de que se quedarán en blanco, incapaces de traducirlo.

— Les pregunta que cuál es la razón de que les hayáis hecho una fiesta. —Pero Jovaka lo supo, haciendo que tanto las gemelas Alex y Sanae como yo nos sorprendiéramos. Pensaba que no sabía el lenguaje de los signos y ni le interesaba.

— ¿Y cómo sabes lo qué dice? — Ellas le preguntaron al momento.

— H-ha sido solo casualidad, por favor. Era obvio que os preguntará eso. N-no es como si supiera eso ni nada parecido. — Y Jovaka respondió algo avergonzada, mientras giraba la cabeza hacia al otro lado. Las gemelas, a continuación, me comentaron esto:

— ¡Eso de ver a tu madre siendo pillada por robar ropa interior, es algo muy feo! — Eso me soltó Alex.

— ¡Y cómo estás muy triste por verla así, vamos a animarte la vida! —Añadió Sanae.

— ¡Fiesta, fiesta! — Y gritó Diana de golpe, mientras agitaba los brazos de un lado para otro y las gemelas empezarán a imitarla.

Sentí cómo todas mis preocupaciones, los problemas y desgracias que han surgido en mi vida; desaparecían por unos instantes, y me llené de alegría. Eso era demasiado bonito para mí, que hasta me hizo llorar de felicidad. Jamás pensé que una cosa como ésta me iba a conmover tanto y daba gracias a Dios por haber conocido a aquellas personas.

— G-gracias. — Eso les dije a continuación, con una gran sonrisa, mientras me preguntaban por qué estaba llorando.

Al volver Mao, la fiesta comenzó. Me trajo una tarta y unos aperitivos que podría tolerar y que no estaban tan malos, aunque deseaba probar los que no podría comer. Aunque protestó por el ruido y decía que no les gustaban los juegos de mesas, nos dejó que hiciéramos un concurso de karaoke, que yo apenas participé; jugar al Monopoly y otros parecidos, provocando sin querer que nuestros vecinos se quejaran por nuestros gritos. De todos modos, fue muy divertido. Me hubiera gustado que Josefina y Malan estuvieran aquí, se lo habían perdido, pero ellas estaban con sus familias. Al final, terminó a las once y media de la noche.

— ¡Ya es tarde, deberían dormir! — Nos decía Mao, mientras se levantaba del suelo.

— ¡No, aún no, estaremos despiertas hasta el amanecer! — Alex le replicó esto, a pesar de que se veía a simple vista que ella tenía sueño.

— Pero Alex, ya no puedo más, ya quiero ir a la cama. — Sanae tampoco podía más, como todos los demás. Hasta Diana y Jovaka se habían quedado dormidas.

— Anda vete a dormir, ¡yodo el mundo tiene sueño! — Le replicó Mao a Alex, mientras subía hacia arriba y cargaba a Jovaka hacia su habitación. Ella tuvo que aceptarlo a regañadientes.

A continuación, se apagaron las luces y nos acostamos. Todos se quedaron dormidos salvo yo, que no podría hacerlo. Maldecía a mi estúpido cerebro por hacerme devolver mis preocupaciones. Me preguntaba por mis padres, si estaban bien y qué les había ocurrido. Apenas sabía algo de mi madre y de mi padre, nada. Entonces, a mitad de la noche, me entraron ganas de orinar y tuve que levantarme en plena oscuridad. Al dar dos o tres pasos, choqué contra algo y caí sobre Mao, quién no notó nada.

Y me da mucha vergüenza decirlo, pero descubrí algo que me dejó muy conmocionada sobre Mao. Al intentar apoyar los brazos para levantarme, una de mis manos tocó en un sitio que no debía y notó un bulto muy raro. Eso me dio un susto tan enorme que podría haber gritado, si mis cuerdas vocales no estuvieran tan estropeadas. A continuación, me pude levantar y salir de la habitación, antes de chocar contra la pared. Después de eso, encendí la luz del pasillo y entré en el cuarto de baño.

¿Qué era eso? Eso me preguntaba, aunque me lo estaba imaginando e intentaba en no pensar en eso, mientras hacía mis necesidades.

Al final, la incertidumbre me mataba y quería saber qué era exactamente lo que toqué. Por eso, al volver del cuarto de baño, me quedé delante de la habitación, mirando a Mao durmiendo a pierna suelta sobre su futón, con las mantas desperdiciadas por todo el suelo. Tragué saliva, incapaz de creer en estar pensando en tocarle la entrepierna para saber lo qué era. Estaba roja, diciéndome a mí misma una y otra vez que hacer tal cosa solo lo hacían los pervertidos, pero tenía que confírmalo.

Aprovecharía la luz del pasillo para que me alumbrara, así que me acerqué a él con cuidado, mientras miraba a Jovaka, deseando que abriera los ojos para que yo evitase tal cosa, a la vez que no quería que me viera hacerlo. Me senté al otro lado de Mao a la altura de su entrepierna, mientras le pedía mentalmente que me perdonará y le empecé a bajar la parte de debajo de su pijama, poquito a poco. Yo me podría creer lo que estaba haciendo, no era algo que le debería hacer a una amiga, o amigo, y me pedía a mí misma que me detuviese. Aún así, ya no había marcha atrás, no me podría detener.

Mi corazón se estaba acelerando por mil, mi respiración se estaba alterando, mis ojos se abrieron como platos, cuando vi eso. ¡Madre mía, qué vergüenza!

Me quedé en shock, cuando descubrí de la peor forma que Mao no era una chica, cómo todos creíamos, sino que era un chico, con sus cosas, ahí abajo.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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