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La Familia de Alsancia: Tercera parte, nonagésima novena historia.

En la mañana siguiente, tras levantarme, me intenté engañar a mí misma, intentando creerme que era un sueño; pero no podría. Sabía que era verdad, de que Mao era un chico. Al verle, después de bajar al salón, me puse muy nerviosa y bastante roja. Me sentía muy incómoda, sin saber qué decir o hacer.

— ¡Buenos días, Alsancia! — Me saludó Mao con toda normalidad y yo me puse tan nerviosa que me costó responderle. Llegué a confundirme de signo e hice algo que ni yo entendía. A continuación, al ver lo que había acabado de hacer, me senté rápidamente y solo miré a otro lado. Ni podría mirarle a la cara, solo miraba al cielo. Bueno, al techo, quería decir.

— ¿Has tenido una pesadilla o algo así? — Me preguntó Mao. Era normal, porque era bien obvio que estaba rara, pero yo le dije, eligiendo los signos adecuados, que estaba bien, que no pasaba nada.

— Pues no lo parece. — Dijo Jovaka, dándome un buen susto, mientras bajaba al salón. Y tras ella, salieron del cuarto de baño, las gemelas, que estaban bastantes desanimadas, no parecían ser las mismas de siempre.

— ¡Buenos días! — Nos saludaban sin ganas algunas, mientras se tiraban al suelo de salón.

— ¿Qué pasa con esas caras tan largas? — Mao estaba muy extrañado. —¿Qué le pasa hoy a todo el mundo? — Soltó un suspiro, mientras Jovaka le decía que ella estaba bien.

— Pues, ¡qué va a ser! — Eso le contestó Alex.

— Llegó antes de lo que creíamos. — Añadió Sanae.

— ¿De qué están hablando? — Yo, Mao y Jovaka nos preguntábamos que querían decir exactamente, porque ninguna nos lo decía claro, hasta que Alex nos soltó esto:

— ¡Por cierto, tienes tu futón lleno de sangre! — Ya nos dimos cuenta de lo que le pasaban, tenían la menstruación y Mao gritó como loco.

— ¡Será posible! ¿Por qué no se han puesto compresas? — Eso les gritaba.

— Lo hecho, hecho está. — Les respondía ellas como si nada, más bien, como si no tenían fuerza.

— Y nuestras bragas y pijamas también se llenaron de sangre, y no nos ponemos así. — Y añadieron.

— ¡En serio, sois un desastre! — Decía Mao, malhumorado, mientras subían a la habitación de los invitados para verlo por sus propios ojos.

— ¡Por favor, parece que ha habido un asesinato o algo parecido! — Y esto exclamó, con un gran grito de terror, tras entrar y comprobarlo. Salió de la habitación, mostrándoles el futón en dónde ellas durmieron para que le dijeran qué hicieron con él para acabar así.

— ¡Hemos hecho la regla a la vez, al mismo tiempo! —Eso le explicaron.

— Eso ya da bastante miedo. — Dijo Jovaka, al escucharlas, poniendo una mueca de espanto.

— Por lo menos, así están tranquilitas durante un día. A diferencia de otras, que están de los nervios cuando le vienen la regla. — Mao le estaba echando una indirecta a Jovaka, quién lo notó.

— ¡Oye, Mao! ¡Yo no me pongo así cuando se me viene! — Le replicó.

— Todos los que aquí sabemos que es mentira. — Era verdad, cuando se le venía, siempre estaba muy irritada y saltaba a la primera.

Y me di cuenta de que Diana, quién se fue a la cocina para estar con su madre, estaba oyendo la conversación desde la puerta, sin querer entrar en el salón. Con una cara de asco, decía: — Me allepiento de ser muger. —

Yo, por mi parte, quería que parasen, no deseaba saber nada del tema, ya que cada vez que tengo la regla, me pongo tan enferma que no puedo salir de la cama. Y, en aquel momento, me estaba poniendo mala con solo oírlo pero no me atrevía decirles que cambiarán de tema, porque eso sería muy grosero de mi parte.

— De todos modos, deberían estar más atentas a sus periodos. — Eso les decía Mao, mientras tanto.

— Es difícil, Mao. — Ellas protestaron.

— Pues si yo fuera vosotras, lo intentaría… —Mao les respondió con esto, haciendo que volviera a recordar lo de anoche.

— Lo dices cómo si no lo tuvieras… — Añadieron Alex y Sanae.

-P-pues claro que sí lo tengo, soy una chica y tengo esa cosa. — Les dijo Mao, algo nervioso.

Era imposible que tenga eso. Más bien, no puede ser posible porque es un hombre. Deseaba levantarme y que  me dijera lo que era realmente. Me sentía engañada, pero me di cuenta, entonces, de algo. ¿Por qué se hacía pasar por una chica? No lo sabía y no me atrevía a descubrirlo, pero, sea la que sea, no tenía que enfadarme con él. Sus razones tendrán. Tal vez, se sienta mujer por dentro o algo. Así que lo mejor era quitarse esas tonterías e ignorar ese asunto. Entonces, me pegué unos pequeños tortazos en la cara, y todos me miraron. Yo les dije, con signos, que no era nada; y, entonces, solté esto, sin darme cuenta.

—P-perdón, Mao. — Lo dije en voz muy bajita, pero aún así Mao lo escuchó.

— ¿Has dicho algo? — Le respondí que no con la cabeza.

No importa, si es una chica o un chico, Mao es Mao. Alguien muy amable y genial, que no ha dejado de ayudarme en mis momentos difíciles, no solo a mí, sino a todos los demás. Eso era lo importante, y ya está. Aunque, en el fondo de mi corazón, estaba feliz de que fuera un hombre, no sabía muy bien el porqué. Sin darme cuenta, empecé a sonreír, mientras le observaba fijamente.

— ¡Qué envidia, luces tan sonriente! — Eso dijeron las gemelas, que miraron mi cara con las suyas muy desaminadas. Yo me sonrojé un poco y moví la cabeza para decirles que no. Por un momento, sentí cómo Jovaka me miraba de forma extraña, pero al ver que la noté, volvió su cabeza hacia a la televisión, mientras estaba encendiendo la consola.

Mao, mientras tanto, se fue a la parte de la tienda y al poco rato, volvió al salón para decirme algo muy importante. Entró como loco.

— ¡Alsancia, Alsancia! — Me gritaba. — ¡Ya sabemos dónde está tu madre! —

Yo me levanté de golpe, al oír eso. Quería preguntar pero no podría, pero Mao me cogió de la mano y me llevó al cuarto para que me vistiera.

A continuación, salimos a la calle y empezamos a caminar, mientras él miraba un mapa de la cuidad, por un lado y por otro, observaba un trozo de papel. Yo deseaba preguntarle, pero no me atrevía, aunque al final me lo dijo:

— Tengo buenas relaciones con la policía, les pregunté y uno me dijo, que ella últimamente da muchos problemas, y frecuenta desde hace tiempo una sala de juegos. — ¿Por qué estaba en tal sitio? Eso me preguntaba bastante consternada, al escuchar esas palabras de Mao.

Tardamos casi una hora en llegar al lugar, que estaba en mitad de la cuidad, cerca de la estación principal de tren. Estaba situado en la planta baja de un edificio de ocho pisos, cuyas paredes eran grises y tenían grandes ventanas. El local se llamaba “La sala de la felicidad” y había mucha gente, entrando y saliendo. Algunos estaban llorando, otros cabreados o lobotomizados, y solo unas pocas personas tenían una sonrisa en la cara. No parecía un lugar muy feliz.

— Esto parece un antro de mala muerte. — Dijo Mao al observarlo y estaba en lo cierto. Yo no quería entrar ahí, se me quitaron las ganas y creo que a él también, pero se acercó a la puerta, que estaba vigilada por un hombre enorme y con cara muy aterradora.

— ¡Oye, señor…! — Mao le intentó decir algo.

— ¡Si quieren entrar, denme identificación, porque parecéis menores de edad! — Pero fue interrumpido por aquel hombre, con mucha brusquedad.

— No voy a entrar ahí ni loca, solo estamos buscando a una persona, que frecuenta este sitio. — Eso le replicaba, mientras le mostraba una fotografía de mi madre. — Se llama Adriana Mussolini. — El hombre cogió eso y empezó a observarlo detenidamente, durante varios segundos.

—Me suena, me suena. — Decía muy pensativo. — Aunque no recuerdo el qué, hay tanta gente que entra y sale…— Tras mucho pensar, se rindió y nos dijo que iba a preguntar a sus compañeros, mientras entraba. Salió tan rápido como entró.

— No hace falta, está ahí, llorando por haber apostado todo el dinero que consiguió en el bingo. — Los dos nos quedamos con la boca abierta. El hombre siguió hablando.

— Es una cliente habitual, aunque la hemos echado varias veces por alcoholismo. — Esas palabras fueron un puñal para mí.

— ¿¡No lo dirás en serio!? — Eso dijo Mao.

— Os lo enseñaría, pero la ley dice que no deben entrar menores.- Le replicó el hombre. A continuación, añadió esto: — Si quieren, pido que la saquen de ahí, ya no tiene más dinero que ofrecer. — Esas palabras fueron muy desagradables.

— ¡Oye, desgraciado! ¿Así es cómo tratas a los clientes? — Mao le gritó muy enfadado, con ganas de pegarle un buen puñetazo.

— A mi no me insultes, es problema suyo, no nuestro. Ellos vienen en busca de dinero fácil y nosotros le damos la oportunidad. Si lo pierden todo, es culpa suya. — Eso le respondió.

Y mientras Mao y aquel hombre empezaban a pelearse, yo, con ganas de llorar, entré en el establecimiento en su busca, tenía que verlo con sus propios ojos, a pesar de que no lo deseaba. El hombre me gritó, pero lo ignoré.

Era un lugar enorme lleno tanto de gente como de máquinas tragaperras y de mesas de póker; con una apariencia muy lujosa. Estaba totalmente lleno de humo que desprendían cientos de cigarrillos y de puros, haciendo que fuera casi irrespirable, no dejaba de toser. Aún así, empecé a correr por ese lugar, mirando por todas partes para ver a mi madre, ante la mirada atónita de cientos de hombres y mujeres. Quería gritar, pero era incapaz de hacerlo, como siempre.

Entonces, la pude ver, estaba llorando a otra persona, pidiéndole dinero para seguir jugando, mientras lo agarraba del brazo.

— ¡Ni siquiera le conozco señora, así que suéltame! — Eso le decía un hombre que tenía un aspecto bastante miserable, mientras intentaba soltarse de mi  madre.

— Hazlo por caridad, necesito dinero. Si me lo prestas, prometo ganar y darte una buena parte. Alcanzaré el millón de dólares. — Le gritaba con toda la desesperación del mundo.

Entonces, ella se dio cuenta de mi presencia y nos quedamos mirándonos, mientras aquel hombre se libraba de ella y huía. Era verdad, mi madre se había vuelvo una adicta al juego y me estaba mirando con una cara de vergüenza, mientras yo la observaba muy trastornada, a la vez que me salían las lágrimas.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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