Nonagésima_novena_historia

La Familia de Alsancia: Cuarta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Qué haces aquí? ¿No ves que estoy intentando ganar? — Eso me decía mi madre, con un tono más desagradable que cuando nos encontramos en el centro comercial. Y no solo eso me hacía daño, también su mirada, ya que empezó a mirarme como si fuera la mala de la película. Aún así yo, a pesar de mi nerviosismo, me llené de fuerza para poder decirle estas palabras:

— L-lo siento. — Me sentía mal, ya que pensaba que era por mi culpa. Ella acabó así, enganchada al juego, por haberme ido de casa, porque se sintió traicionada por su propia hija. Por eso, le quería pedir disculpas por todo el daño que le hice.

— ¿¡Y ahora lo dices!? ¡¿Ahora!? — Me gritó muy furiosa y casi iba a pegarme. Yo solo cerré los ojos, ya que estaba paralizada, mientras me sentía más mal que nunca. Provoqué que mi madre me odiara y eso me dolía muchísimo, tanto que el estrés que me estaba provocando aquellos horribles momentos me estaba haciendo mucho daño en el estomago. Ella siguió, por su parte, gritándome:

— Te dije que no te alejarás de nosotros, una y otra vez, pero no me hiciste caso.- No sabía de qué estaba hablando, al principio. — ¡Pero no, tenía que jugar a los aventureros! — Entonces, lo recordé.

— No te vayas muy lejos de nosotros, ¿vale? — Esto lo decía mi madre en aquel día fatídico, en dónde yo, mordida por un murciélago, fui infectada por la enfermedad que casi me mató y me destrozó el cuerpo.

Dijo aquellas palabras mientras estábamos descansando de hacer casi una hora de senderismo en las montañas de Shelijonia. Yo le respondí que sí, pero no la hice caso, quería visitar aquella cueva que vi cerca de nosotros. ¿Pero qué tenía eso que ver con ahora? Quería preguntárselo, pero era incapaz de hacerlo, solo tenía ganas de vomitar.

— ¡¿Sabes todo lo que sufrí todo este tiempo!? — Mi madre seguía entre gritos, hablándome. — ¡Seguro que ni tienes la puñetera idea! — Y quería decir que sí, que lo sabía desde el primer momento; pero estaba paralizada, no me podría ni mover por los nervios.

— ¡No me mires con esa cara de cachorrito! — Entonces, me dijo esto, antes de darme un tortazo en toda la cara que me hizo caer al suelo.

— ¡Siempre igual, siempre pones esa maldita cara de lástima! ¡Siempre quejándote, siempre diciéndome que te debería tratar mejor! ¡¿Has pensado alguna vez en mis sentimientos!? ¡Por supuesto que no, solo te importas tú! — Ella estaba llorando de rabia hacia mí.

Yo no sabía qué le pasaba, lo que estaba describiendo no parecía ser yo, ¿o es que me estaba engañando a mí misma? No entendía nada. Es verdad que nos peleábamos a menudo y le pedía que me tratara mejor, pero era porque ella se enfadaba conmigo por cualquier tontería. Por cada vez que me entraba cólicos o vomitaba, ya la liaba. Pero había pensando en sus sentimientos, mil veces, e intentaba en lo posible no molestarla; pero era imposible, todo le era insoportable. A continuación, no contenta con darme un tortazo, me quería dar uno más, y yo me dejaría, pero alguien la detuvo.

— No voy a permitir que le hagas más daño a tu hija. — Era Mao, quién le tenía agarrando la mano, con la cual iba a abofetearme, muy fuerte. Estaba muy enfadado.

— ¡En nuestro local no se permite la violencia! — Eso gritaba alguien a lo lejos, mientras los demás veían la escena sin pestañear, y sin ganas de intervenir.

— ¡Suéltame la mano, sucia asiática! — Le gritó mi madre a Mao, a continuación.

— Además de desgraciada, racista. ¡Qué mal, qué mal! — Mao le replicó con estas palabras, mientras le apretaba aún más la mano. No la iba a soltar y la estaba haciendo daño. Yo quería que parasen, no deseaba que iniciasen una pelea, o eso daba la impresión, por mi culpa.

— ¡¿Pero quién le ha dejado entrar a estas niñas!? — Entonces, algunos trabajadores de la sala de juegos se acercaron a nosotros. Y Mao soltó la mano de mi madre y me cogió a mí.

— ¡Perdón por montar este espectáculo! — Mao se disculpaba, mientras salía corriendo de allí, conmigo en brazos. Les gritaba a la gente que estaba en su camino que se quitasen, mientras los trabajadores del lugar nos perseguían.

— ¡Malditas niñatas! ¡Os vamos a dar una lección! — Nos gritaban muy enfadados, mientras nosotros salíamos de la sala del juego.

Mao no se detuvo hasta que llegamos a la estación central. Allí me soltó y empezó a descansar, mientras se sentaba un banco. Yo también lo hice, muy afectada por lo que había vivido, mientras sentía fuertes cólicos, los cuales intentaban ocultar a los ojos de él, para que no se preocupara aún más de mí.

— Lo siento, Alsancia. — Me empezó a hablar, tras un rato. — Supongo que no ha sido una buena idea. — Le dije, utilizando el lenguaje de los signos, que no pasaba nada.

Después de todo, fui yo, quién pidió saber la verdad, aunque al final no hemos conseguido nada claro. No entendía cómo mi madre acabó así, qué le ocurrió, y por qué ese rencor hacia a mí, pero ella misma no me iba a decir nada. ¿Qué podría hacer? Entonces, me di cuenta de que me había olvidado de alguien, tan especial como mi madre, mi padre. Tampoco le había visto desde el verano. ¿Cómo estaría y en dónde? A continuación, le toqué el hombro, para decirle a Mao que si me podría buscar a mi padre.

— ¡Es verdad! ¡Tu padre! — Eso decía, como si lo hubiese tenido una revelación. — ¡Él debe saber qué le ha ocurrido tu familia! — A continuación, se quedó callado unos segundos, antes de decir esto:

— Bueno, ahora el problema es dónde buscarlo. Pedirle ayuda a los policías, no sé si va a servir, porque si no ha cometido delitos, no puedo pedir más. —

Y se puso a meditar, y yo me quede mirándole. Yo sentí como si estuviera pidiendo demasiado y me arrepentí haberle dicho eso. Estuvimos así un buen rato, hasta que Mao se levanto del banco y me dijo esto:

— ¡Vamos a pasear un poco por la ciudad! — Me decía, mientras me levantaba. — ¡Hay un lugar en dónde podemos olvidarnos por un rato de esto! — Yo solo asentí con la cabeza. A continuación, él me llevó a otra parte de Springfield, mientras me agarraba de la mano.

Estaba bastante roja, a pesar de que no era la primera vez que lo hacía; pero esta vez era diferente, porque sabía que era un chico.

Aún así, no quería, por algo que yo misma que en aquellos momentos no entendía, que me soltará por nada del mundo. Durante ese rato, me olvidé de mis problemas, me sentía bien y solo quería que esto durase lo máximo posible.

Al final de nuestro paseo, que fue largo, llegamos a un parque, delante de un puesto de comida callejera, una pequeña caseta de color blanco portando un letrero en el techo con un nombre muy raro. Ahí, Mao me soltó la mano, aunque yo no quería que lo hiciera, para saludar a una chica que estaba ayudando a unos adultos, metiendo cosas, dentro de aquel sitio.

— ¡Buenos días!- Le gritaba, mientras le saludaba con la mano. — ¿Cómo estás, satánica? — Había oído ese mote otras veces. Me imaginaba que hablaban de una chica muy peligrosa, aunque ella parecía normal.

— ¡Oye, deja de llamarme así! ¡Me llamó Khieu, Khieu! — Y le enfadaba que le dijeran así. Es normal, es un mote muy horrible, hay que ser muy mala persona para haberle bautizado con tal nombre.

— Pero es mucho más fácil de memorizar…— Mao la replicó poniendo cara de inocente.

— ¿Lo estás haciendo a propósito? — Y la enfadó algo más, todavía.

— No importa eso, ¿por cierto, tienes algo decente para estómagos delicados? — Entonces, me di cuenta que Mao quería comprar comida en ese puesto callejero, en el mismo momento en que yo tenía hambre.

— Hoy estás exigente, ¿eh? — Le decía, mientras le daba el menú.

— Es para una amiga. — Y eso le respondió Mao a aquella chica llamada Khieu, mientras observaba el menú.

— Es diferente de la semana pasada. — Le dijo a Mao, mientras me miraba fijamente. No sabía qué quería decir ella con eso.

— ¿Y pasa algo? — Ni Mao tampoco.

A continuación, mientras yo me sentaba en el banco, Mao empezó a preguntarle los ingredientes que llevaba cada cosa, algo que esa chica le molestaba.

— ¡No tengo todo el día contigo! ¡Hay más clientes, aparte de ti! — Protestaba Khieu, mientras unas cuantas personas se acercaban a pedir comida.

Entonces le vi, a mi padre. Estaba entre esas personas, en una larga cola, esperando para pedir su pedido. Fue toda una sorpresa. Antes de acércame a él, empecé a observarlo fijamente.

Llevaba una espesa barba, tenía unas grandes ojeras, mientras ocultaba su pelo con una gorra y tenía un abrigo tan usado que parecía un vagabundo. Parecía que se había estropeado, pero no tanto como mi madre.

Pensaba acercarme y decirle algo, pero el miedo no me dejaba moverme, recordando lo que me pasó con mi madre.

No quería ser despechada y rechazada por segunda vez, no deseaba saber que me odiaba o algo parecido por el estilo. No sabía qué hacer y entonces, él se dio cuenta de que yo estaba ahí.

— ¿Alsancia? — Eso dijo, cuando giró la cabeza hacia a un lado y me vio, poniendo una cara de sorpresa.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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