Nonagésima_novena_historia

La Familia de Alsancia: Quinta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Cómo estás, Alsancia? — Eso me dijo mi padre, después de estar en silencio durante un buen rato. Entre nosotros solo hubo eso, ya que ninguno de los dos sabíamos cómo empezar nuestra conversación.

— B-bien. — Fue lo único que se me ocurrió, la verdad.

Yo no era capaz de decirle algo, estaba muy nerviosa y asustada. No dejaba de recordar una y otra vez lo que me pasó con mi madre, no quería que mi padre me hiciera lo mismo. Con solo pensar en eso, mi estomago me dolía y las nauseas volvían a apoderarse de mi cuerpo.

Aún así, él no parecía ser hostil, me miraba con una cara que, ahora que lo pienso, dejaba claro que estaba lleno de remordimientos y una gran culpa le dominaba. No se atrevía a verme la cara, aunque lo intentaba. Cuando yo me daba cuenta de que me observaba, miraba hacia otro lado, con muecas de incomodidad y dolor. En esos momentos, con lo que pasó hace unas horas, creía que también sentía unos sentimientos muy negativos hacia mí.

Entonces, Mao apareció en escena. Él se sorprendió mucho de que nos hubiéramos encontrado tan rápido a mi padre, diciéndome después de que fue demasiado conveniente para su gusto. Yo no sé qué pensar, pero en esta vida hay coincidencias muy extrañas y sorprendentes, o tal vez fuera el destino o el designio divino. Bueno, a lo primero, no quiso entrometerse entre nosotros, solo se nos quedó mirándonos con preocupación; y al ver que éramos incapaces de hablarnos, cambió de idea.

— ¡¿Pero bueno, llevan meses sin verse y así es el reencuentro!? ¡Eso no puede ser, para nada! — Nos gritaba Mao, mientras se acercaba y nos daba palmadas para atraer nuestra atención.

— ¿Tú eres…? — Mi padre no recordaba a Mao, se quedó mirándolo, cómo si le sonaba pero que no podría saber quién es.

— Mao, amiga de su hija. — Le respondió muy rápido, y luego añadió: — ¡Abrácense o lloren o algo, parece una escena muy triste! —

Sus palabras me hicieron dar cuenta de que, a pesar de que éramos padre e hija, nos estábamos comportando como si no lo fuéramos, o, por lo menos, como si nuestra relación estuviera muy estropeada.

En realidad lo estaba, desde el verano, en que mis padres se divorciaron y me metieron en su pelea. Aún así, no parecía que me odiaba, como mi madre, sino que se sentía culpable de lo que hizo. Y puede que sea mi imaginación, pero vi, por un momento, que soltó algunas lágrimas.

— ¡Lo siento mucho, de verdad! — Eso dijo mi padre, tan de repente, que me asustó un poco. Y tras decir eso, tragó saliva y se marchó corriendo, incapaz de poder soportar el dolor que le causaba verme.

— ¡Espera, espera, no te vayas! — Le gritaba Mao, algo que yo también quería decir, pero no podría. Yo deseaba decirle que le perdonaba y no le odiaba, pero era incapaz de hablar, ni de perseguirle. Nuestro reencuentro no podría terminar de esta manera, después de toda la suerte que habíamos tenido. Intenté alcanzarlo, pedí a mi cuerpo que hiciera aquel esfuerzo, pero el mareo y las nauseas me lo impidieron. Casi iba a caer el suelo, sentía que había perdido el equilibrio, pero pude mantenerme a pie. Me dio tanta rabia no haber podido detenerle, me maldecía a mí misma sin parar.

Mao fue detrás de él, pero, al final, lo perdió y tuvimos que volver a casa con las manos vacías. No sabíamos lo qué le paso a mi madre, ni a mi padre ni nada de nada. Solo fue una pérdida de tiempo. Por el resto del día, tras volver, estaba triste, pero intentaba ocultarlo, para que nadie se preocupase más por mí.

Al día siguiente, en plena mediodía, el teléfono fijo del pasillo sonó y Mao lo cogió. Yo, mientras tanto, miraba la tele con los demás. No tenía ganas de hacer algo, ni siquiera ganas de llorar. Tampoco intentaba fingir que no estaba tan mal de ánimos. Ellos sabían que estaba así, pero no tenían ni idea de cómo animarme.

Aquella llamada solo duró unos cinco minutos, pero era tan importante, que él, tras terminar, me llamó:

— ¡Ven, Alsancia, te tengo que decir una cosa! — Me decía, después de entrar en el salón. Todo el mundo le preguntó qué quería decirme, pero les dijo que era algo privado y que solo yo tenía que escucharlo.

— Tu padre me ha llamado, tenía mi teléfono, aunque no recuerdo cómo. De todas maneras, quiere que me reúna con él, en privado. — Eso me dijo, en el pasillo, mientras los demás nos estaban espiando desde la puerta. Mao los ignoraba.

— ¿P-por qué? — Le pregunté, intrigada. ¿De qué quería hablar mi padre a solas con Mao?

— No lo sé, pero es sobre ti. Me dijo que no te lo dijera, pero, en fin…—Me preguntaba por qué mi padre le dijo eso. — ¿Qué vas a hacer? — Me dijo esto con mucha seriedad.

— N-no lo sé… — Esa era mi respuesta, al saber que mi padre quería decirle algo a él que no querían decirlo a mí. No lo entendía, ¿por qué?

— Ellos te están ocultando algo que no deberías saber, o eso creen. Pero tú tienes derecho a que te lo digan. — Eso me dejó perpleja, no por el hecho de que mis padres me estuviesen ocultando algo, sino porque no me di cuenta.

Solo miraba cabizbaja al suelo, sufriendo por las dudas y las intrigas. Me costaba entender lo que me había dicho Mao, molesta conmigo mismo por no ser capaz de darme cuenta de eso. Pero, por otra parte, sentía mucho miedo, no quería saber que era aquello que me estaban ocultando.

— Pero también tienes derecho a no saberlo, creo. — Me siguió hablando Mao. — ¿Qué vas a hacer? —

Yo empecé a pensar, a elegir entre saber lo que me ocultaban o ignorarlo y no descubrirlo jamás. Si me habían ocultado algo, debería ser una cosa muy grave, tal vez esto me destrozaría el corazón en mil pedazos o su peso fuera demasiado para mí. ¿¡Qué es mejor, quedar en la ignorancia, ignorar esa verdad y seguir viviendo como si eso no hubiera existido!? ¿¡O saberlo, a pesar de que te produciría mucho dolor y sufrimiento!? Tenía demasiado miedo, pero también deseaba saberlo. No, lo necesitaba. Vivir ignorando una verdad es una forma de engañarte a ti mismo, y el engaño, por muy dulce que fuera, se caería por su propio peso algún día, provocando mucho más daño. Y yo ya sufrí mucho, he tenido que soportar mucho, así que debería llenarme de valor y prepararme. Podría ser que no sea tan grave como lo imaginaba, o lo peor que me iban a revelan. Puede que no estaba preparada, pero aún así llegué a una conclusión.

Si me habían ocultado algo, deseaba descubrirlo, por muy fuerte que fuera, pasará lo que pasará, aunque me hunda la vida. No podría ignorarlo.

Al ver mi respuesta, inspiré y respiré varias veces, en un intento de despejar mi mente y llenarme de fuerzas y valor. Mi pobrecito cuerpo temblaba de miedo, pero intenté tranquilizarlo. Moví mis brazos, sabiendo que mi boca no sería capaz de producir ni una sola palabra, por culpa de mis nervios. Le miré al rostro a Mao, mientras forzaba a mi cara a mostrarle determinación.

Entonces, le dije, utilizando el lenguaje de los signos, que quería saberlo, aún a pesar de que sea algo horrible. Él me miró con extraña cara, no sé si por preocupación hacia mí o admiración por mis palabras.

— Entonces, ¿irás conmigo o te lo cuento? — De todas maneras, Mao me preguntó esto, a continuación.

Ya no había marcha atrás, así que le dije que iría con él, quería que mi padre me lo dijera en la cara. No importa lo cruel u horrible que sea, tendré que soportarlo.

Salimos por la tarde, hacia la dirección que le dijo mi padre. Yo estaba muy nerviosa, preguntándome qué era esa cosa que me ocultaba una y otra vez. Para llegar, tuvimos que ir a la otra punta de la cuidad, y rápido, porque la hora del encuentro estaba muy cerca; hasta terminar delante de un edificio, de apartamentos, con cuatro plantas, viejo y bastante estropeado.

Mientras Mao preguntaba a los vecinos si ésta era la dirección correcta, yo me quedé mirando el lugar. El suelo estaba sucio y lleno de porquería, las paredes que nos rodeaban estaban llenas de grafitis, en una plaza ocupada por personas de todas las razas, y daba la impresión de que eran gente pobre. Al centro de todo esto, se encontraba la estatua de un hombre que me parecía desconocido, mirando orgulloso hacia adelante.

— ¡Vamos, Alsancia, es aquí! — Estaba tan distraída viendo el paisaje, que Mao, después de haber sido respondido, tuvo que atraer mi atención.

A continuación, entramos y Mao miró entres los buzones del portal en busca de mi padre. Tras encontrarlo, subimos por las escaleras, ya que, por desgracia, no había ascensor. Ni Mao ni yo deseábamos subir, pero era la única manera. Tuvimos que ir hasta la tercera planta y para mí fue todo un reto, porque, al llegar, estaba molida, apenas podría sostener mis piernas y tuve que recuperar el aliento. Entonces, escuchamos a alguien decir esto.

— A-alsancia, ¿qué haces aquí? — Era mi padre, que estaba al final del pasillo.

Yo me quedé paralizada, no sabía qué decir, por unos segundos, porque él me estaba mirando con espanto. A continuación, le gritó con mucha furia a Mao:

— Te dije que no se lo dijeras y vas y me la traes, ¿qué te pasa por la cabeza? — Parecía que quería matarlo.

— Ella tiene derecho a saberlo, más que yo. ¡Guardarle secretos que le podrían afectar es peor que decírselo! — Mao le gritó también, pero con mucha más fuerza.

A continuación, él se quedó en silencio, mirando nerviosamente al suelo, por unos segundos. Después, empezó a decir esto:

— P-pero, pero…— Era incapaz de decir más, repitiéndolo unas cuantas veces.

Entonces, yo, al verle así, decidí decirle algo, así que me llené de valentía. Expiré e inspiré unas cuantas veces, pensando en lo que le iba a decir, intentando borrar el miedo de quedarme atrancada o de soltar las palabras incorrectas. Al final, cuando me sentí preparada:

— P-por f-favor,… — Las cuerdas vocales se me atrancaban, pero no podría rendirme. — P-pa-papá. — Cerré los ojos y junté mis manos con todas mis fuerzas. — ¡C-cu-cuéntamelo! — La última palabra se la solté chillando y se me empezó a doler la garganta, por haberla forzado de esa manera. El dolor era muy intenso, sentía que tardaría días en volver a hablar, pero pude hacerlo, lo conseguí.

Al ver cómo me esforcé al máximo, cómo forcé tanto a mi garganta para dar aquel grito, aunque fuera tan débil como la de una ardilla; los dos se quedaron mirándome, con unos rostros llenos de lastima hacia mí. Sobre todo el de mi padre, que más bien era de remordimientos. Finalmente, se dio cuenta de que tenía que decírmelo.

— ¿Estás segura, de verdad quieres saberlo? — Me preguntó y yo le moví la cabeza para decirle que sí. Entonces, se quedó callado unos segundos y luego empezó a hablar:

— Después de que contrajiste aquella enfermedad que casi te mata, ya sabes, la fiebre shelijoniana; cuando iban a darte de alta, el médico nos llamó a tu madre y a mí, y…— Él se detuvo por unos cuantos segundos, como si algo le impedía seguir contándonoslos, pero pudo continuar.

— Nos explicó muchas cosas, pero había una que especialmente nos dejó destrozados. Nos dijo que…— Tuvo que forzarse a sí mismo para poder decírnoslo. —…que no ibas a vivir mucho tiempo. —

Yo me quedé sin habla, incapaz de creer lo que había dicho. Mao también le pasó lo mismo. Eso fue demasiado chocante, parecía una broma de mal gusto. Mi padre, por su parte, siguió hablando.

— La enfermedad, luego, las pastillas, te dejaron en tan mal estado; que tu cuerpo no podría aguantar mucho tiempo, o eso decían los médicos. Ni yo ni mi madre no podríamos asimilarlo, solo le dijimos cuánto te quedaba, y él no dijo que sería pronto, tal vez un mes, un año, o incluso tres. Eso se lo explicó el equipo que te atendieron, sobre todo las principales, las que te salvaron la vida. — No podría asimilarlo lo que me estaba diciendo.

— No éramos capaces de decírtelo. No podríamos creer que nuestra hija iba a morir pronto, intentábamos negarlo a nosotros mismos, pero era en vano. — No me podría imaginar cómo lo sintieron, debió de ser horrible, tanto como lo que yo estaba sintiendo en aquellos momentos al oír sus palabras.

— Como padres que éramos, nuestra responsabilidad era hacer que tuvieras los mejores años de tu vida, pero fracasamos, totalmente. Fuimos débiles y solo intentábamos hacer una vida normal y corriente, pero era imposible. — No quería oír nada más.

— Cada vez que te enfermabas, solo llorábamos sin que nos vieses. Era tan doloroso que no podríamos aguantar. Yo poco a poquito intenté alejarme de todo, para olvidarme de todo ese sufrimiento, y acabé descuidando mis labores como padre y cabeza de familia. Por ese motivo, tu madre empezó a pelearse conmigo una y otra vez. — Pero no pude evitar recordar cosas.

Aquellas horribles peleas entre ellos, que me provocaban tanto estrés que terminaba en el hospital, ya tenían sentido.

— Con cada pelea, yo intentaba alejarme aún más de mi familia y de mis obligaciones, y provocaba más peleas. Así, tu madre y yo empezamos a odiarnos, y ella empezó a odiarte a ti. Y el tiempo pasaba y tú seguías viviendo a duras penas, pero sufriendo por nuestra culpa. —

Ahora lo entendía todo, lo que pasó en el verano pasado. Mi enfermedad provocó una situación que poco a poco estaba acabando con mi familia, algo que no me di cuenta cuando ya era demasiado tarde, cuando no se pudo más y todo explotó.

— Yo acabé engañando a tu madre con otras mujeres y cuando ella se enteró, se enganchó a las bebidas alcohólicas y finalmente al juego. Al ver que se estaba gastando el dinero en esas cosas, tuvimos una pelea tan fuerte que casi nos íbamos a matar. Eso, fue a principios del verano, y ya sabes cómo acabó. — Empezó a llorar de forma descontrolada, mientras caía de rodillas.

— ¡Y fui un mal padre, terminé pensando en cuándo te ibas a morir, deseando que fuera lo más pronto posible! — Seguía gritando y llorando, como si fuera un niño, mientras yo no sabía qué decir, aún intentaba asimilar todo lo que me dijo, de que me iba a morir. Entonces, Mao le dio un puñetazo que lo hizo volar:

— ¿Por qué has hecho eso? — Le gritó mi padre, mientras se levantaba del suelo muy sorprendido.

Yo me quedé con la boca abierta, ¿¡por qué le tuvo que pegar a mi padre!? No era necesario hacer eso, me sintió muy mal, a pesar de que él dijera esas cosas tan desagradables.

— Porque eres un mal padre, tú mismo lo has dicho. — Mao le respondió con gran seriedad. — ¿Cuánto tiempo pasó desde eso? Mucho, y Alsancia sigue aquí, ella sigue viva. A pesar del dolor que debe haber pasado, está aquí, delante de ti. —

Era verdad, yo seguía viva, a pesar de aquellas palabras. Tengo veintiún años y sigo existiendo. Y me sentí muy contenta, no solo porque aquella predicción había fallado, sino porque pude conocer a Mao, a Josefina y las demás. Le di gracias a Dios por dejarme vivir y empecé a llorar de felicidad.

— L-lo siento mucho, de verdad. — Eso le dijo mi padre, que aún seguía llorando descontroladamente, mientras me pedía perdón sin parar. Yo solo me acerqué, para decirle esto:

— N-no importa, n-nadie tiene la culpa. — Le intenté decir, mientras le daba un gran abrazo.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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