Nonagésima_novena_historia

La familia de Alsancia: Sexta parte, nonagésima novena historia.

— ¿Está bien así? — Eso me preguntó Mao cuando estábamos volviendo a casa, mientras se hacía de noche. Yo le dije, con la cabeza, que sí.

Se estaba refiriendo al hecho de haber perdonado a mi padre, ya que Mao aún estaba enfadado con él, y con mi madre. Después de abrazarlo, decidí que se tranquilizará y que nos explicará lo que le pasó después de divorcio.

Nos contó que tuvo un juicio y perdió la custodia de la casa, luego intentó vivir con una amante que tenía, pero ésta le abandonó y se llevo gran parte de su dinero. Acabó despedido de su empresa, después de que ellos se enterasen de que había estado engañando a su mujer, ya que daba mala imagen. Después de eso, ha estado en el paro durante mucho tiempo.

Ahora mismo, estaba viviendo en un triste y pequeño apartamento, con un aspecto muy lamentable. Todo lo poco que tenía, nos decía, lo sacó de la basura, salvo algunas cosas que pudo comprar de segunda mano. Y tenía una depresión tan grave que estaba tomando antidepresivos. Me sentí muy triste de que estuviera en tan mala situación y quería ayudarle, pero no sabía cómo. Solo le prometimos volver al día siguiente, para traerle comida y otras cosas básicas.

— Si ellos hubieran tenido esperanzas en ti, no estarías en este problema. Hubieras sido más fuerte de lo que eres, hubieras sido mucho más feliz. Yo no les perdonaría, para nada. — Mao seguía hablando. Estaba muy molesto, pero era comprensible. Aún así, yo no podría echarles la culpa, porque nadie la tuvo, y si hubiera algún culpable, todos lo seríamos.

De todos modos, había algo que me estaba preocupando mucho y que no me dejaba tranquila. Me preguntaba si mi vida estaba terminando o aún me faltaba mucho para vivir. Cuándo Mao vio mi cara de preocupación, me preguntó que me pasaba y se lo dije, con el lenguaje de los signos:

— ¡Qué tonterías dices! — Eso me decía. — ¡Si has llegado hasta aquí, vas a vivir una vida bien larga y yo haré todo lo posible para sea así! —Me acariciaba la cabeza, mientras terminaba la frase. Me puse muy roja, por aquellas palabras y gestos. Estaba feliz y deseaba decirle las gracias por el ánimo, pero no me atrevía.

Al día siguiente, volvimos como prometimos, pero cuando habíamos llegado, vimos que algo grave había pasado. Había muchos policías en el lugar y civiles que se acercaban para ver que pasó.

— ¿Habrá pasado algo? — Se preguntaba Mao, al observar cómo estaba el lugar. Yo también me hacía esa pregunta.

Pero, entonces, me di cuenta de que los policías salían del edificio en dónde vivía mi padre y me puse pálida. Tuve un mal presentimiento y empecé a correr al lugar, rezando con todas mis fuerzas que no le hubiera pasado nada.

— ¡Oye, espérame, que este carrito se ha atascado en el suelo! — Eso decía Mao, quién no podría mover el carrito de compras, que habíamos cogido para traer las cosas para mi padre. No sé qué fue lo que pasó para que eso se hubiera quedado atrancado.

Yo lo ignoré, preocupada más por mi papá. Al llegar ante uno de los policías, intenté preguntar.

— ¿Quieres algo? — Me preguntó, cuando vio que yo quería decirle algo, pero me era incapaz, porque me quede atascada de nuevo, por la culpa de los nervios. Incapaz de hablar, decidí cambiar de estrategia y solo hacia signos con las manos que ni yo misma entendía.

— ¡Señor, ella solo quiere saber qué ha pasado! —Y eso gritó Mao, quién se acercaba a nosotros. Ya puso sacar el carrito e iba con cuidado para que sus ruedas no se quedaran otra vez atascados en otro agujero en el suelo.

— Pues bueno, alguien se ha suicidado. — Eso dijo con una cara de pena. Entonces, sentí un gran escalofrío y empecé a temer lo peor. Tan rápido como me lo dijeron, el estomago me empezó a doler.

— ¿Y puede decirnos quién es? — Eso le gritó Mao, quién ponía la misma cara de terror que yo. Él nos dijo que no lo sabía, por ahora.

Entonces, yo y Mao, salimos corriendo hacia el edificio, mientras el policía nos gritaba a dónde íbamos. Nuestra carrera improvisada no duró mucho, porque al llegar al primer piso, ya no podría más, el corazón me iba a estallar y me dolían mucho las piernas.

— ¡Mierda, se me había olvidado que correr es malo para ti! — Dijo Mao, cuando me vio parar. Entonces, él me cogió en brazos decidió subirme al tercer piso. Yo, a pesar de que me había hecho eso varias veces, me dio tanta vergüenza como en el primer día y quería decirle que no hacía falta que hiciera eso.

Me sentí mal que me llevará así, porque al llegar al tercer piso, no pudo más y me pidió descansar unos segundos. Yo me quedé esperándole, pero él me decía que me adelantará. Pero yo no podría, porque me sentía incapaz de ir sola. Entonces, unos policías se acercaron a nosotros.

— ¿Qué hacen aquí? — Preguntó uno de los policías.

— Este no es lugar en dónde los niños deben estar. — Y añadió otro.

Entonces, yo miré hacia ellos, estaban saliendo del pasillo en dónde estaba apartamento de mi padre, y de su puerta salían y entraba policías. Yo caí de rodillas al suelo, incapaz de pensar en algo. Más bien, luchaba con todas mis fuerzas para no asimilar lo obvio. Mao les preguntó el nombre del hombre que se había suicidado:

— ¿Por qué quieren saberlo? — Les preguntó los policías.

— ¡Queremos saber si es el padre de esta chica! — Y eso les gritó Mao.

— N-o… — Le decía en voz baja a Mao, pero él no me escuchaba. — N-o qui-quiero. — No deseaba escucharlo y me tapé los oídos.

Pero no conseguí ignorar lo que dijeron los policías, quienes decidieron responder, tras mucha dilatación. Nos soltó el nombre de la persona y la pesadilla se volvió realidad. Mi padre se había suicidado.

No lloré, porque estaba cansada de llorar, y pedía a Mao que me llevará lejos de ahí, no quería estar ni un segundo más en ese lugar. Los policías nos decía su pésame, antes de preguntarme dónde iba a estar, para ir a la comisaría, más tarde. Yo solo los ignoré, mientras él les decía que sí. No quería saber nada ni deseaba ir allí, solo irme lo más lejos posible. Al final, fui llevaba hasta un parque, que estaba cerca de la casa en dónde vivíamos.

— ¿Quieres un poco de agua? —Eso me preguntó Mao, después de comprar agua.

Yo estaba tan triste, que ni le decía nada, solo miraba al suelo sin ningún motivo, preguntándome una y otra vez por qué mi padre se mató.

— Lo siento mucho. — Me dijo él, a continuación. Estaba muy cabizbajo.

— N-no pasa nada. — Eso le respondí. Después de eso, solo hubo silencio entre nosotros. Yo seguía preguntándome por qué se suicidó.

¿Por qué lo hizo? Ayer le prometí volver a visitarlo, yo le había perdonado. Pensaba ayudarle, ¿por qué se suicidó, por qué cometió tal estupidez? ¿Tal mal estaba? Me insultaba a mí misma una y otra vez, por no haber salvado su vida, por haber llegado demasiado tarde. Si me hubiera dado cuenta antes, podría seguir existiendo. Me sentía tan incompetente.

A continuación, empecé a preguntarme si irse de casa estaba mal. Me alejé de mis padres, cuyo divorcio se convirtió en una guerra entre ellos y me obligaban a estar con alguno y en contra del otro. No podría soportar, cómo mis padres actuaban de esa manera, solo quería que volviesen a estar juntos y volver a los viejos tiempos. Si eso era imposible, por lo menos, no me metieran en su pelea, solo me hacían sufrir. Por eso, me fui con Mao y las demás.

¿Pero eso estaba bien? ¿Eso era algo que alguien de mi edad tenía que hacer? ¿Debería haber aguantado aquella insoportable situación? No sabía en qué pensar, estaba dudando. Y sentí la necesidad eso de preguntárselo a Mao.

— Pues, en realidad, haría lo mismo. — Mao me respondía con estas palabras. — Creo que hiciste lo correcto, otra cosa es que las cosas saliesen tan mal. —

Aún así, yo me sentía algo culpable, sentía que todo esto fuera provocado por mi culpa. Mao, siguió hablando:

— Perder a alguien muy importante es muy duro, además de esta forma y supongo que no podré animarte en estas condiciones. — Concluyó Mao, mientras miraba el cielo algo triste, a la vez que yo observaba el suelo con más tristeza. A continuación, estuvimos en silencio durante unos minutos, hasta que él volvió a hablar.

— ¿Y cómo se pondrá tu madre al enterarse de la noticia? — Me preguntó Mao.

— ¿M-mamá? — Me acordé de ella, y de todo lo que debió de sufrir.

Fue ella, quién me cuidaba, a pesar de todas las dificultades. Mi padre se había alejado de nosotras poquito a poco y, sin su apoyo, mi madre no podría soportar todo el peso, todo empezó a agrietarse. Tuvo que soportar una carga que la destruyó, la de una hija débil y enfermiza. Era normal que acabará odiándome, que terminará en la bebida y en el juego. Tenía que hacer algo, deseaba ayudarla a salir del hoyo, así podré compensar todo lo que tuvo que aguantar conmigo.

— M-mao… — Le dije.

— ¿Qué quieres? — Y yo le respondí, con el lenguaje de los signos, que quería ayudar a mi madre.

— Entiendo, ¿cómo lo haremos?  —Me preguntó, y yo se lo dije.

— ¿Eso va a funcionar? — Estaba muy dudoso, no sabía si eso podría funcionar. Y tiene sentido. Aún así, ya había perdido a mi padre, cuyo suicidio aún me tenía destrozada, no quería perder a mi madre.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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