Nonagésima_novena_historia

La familia de Alsancia: Última parte, nonagésima novena historia.

Al día siguiente, gracias a la información de los contactos que tenía Mao con la policía, nos fuimos hacía al lugar en dónde vivía, que era solo más que un pequeño alquiler de un sótano de un edificio situado en el centro, cerca del salón de juegos. Salimos por la tarde y llegamos cuando estaba a punto de anochecer.

Casi nos atropelló un coche antes de cruzar la avenida en dónde estaba viviendo mi madre. Parecía que el hombre estaba borracho.

— Se me había olvidado de que este lugar es uno de los que registra el mayor porcentaje de todos los accidentes de la ciudad… — Decía Mao, muy malhumorado. — ¡Habrá que ir con mucho cuidado, por algo esto es conocido como la calle de los borrachos! —

Yo miré de un lado para otro y entendí un poco por qué se llamaba así, todo el lugar estaba lleno de discotecas y bares. Se veían a varios borrachos por las aceras, incapaces de comportarse o incluso estar de pie. No me sentía muy segura en este lugar, reconozco que tenía un poco de miedo.

Al llegar ante el edificio, era obvio decir que era mucho mejor que el lugar en dónde vivía mi padre, aparentemente. Tenía diez pisos de altura, estaba lleno de balcones y era de color marrón clarito. En la entrada, nos habíamos encontrado con la sorpresa de que tenía un portero y a él le preguntamos si conocía a mi madre.

— ¿Ah, esa mujer? — Él nos soltaba esto, después de que Mao le dijera su nombre. — ¡Vive en el sótano y lleva semanas sin pagar, es una morosa! —

A mí me entristeció mucho oír eso, lo decía con un feo desprecio que no me gustó nada. Mao le preguntó a continuación si ella estaba ahí.

— Pues ahora mismo, no. Debe estar en el bingo gastando todo el dinero, como siempre lo hace. — Eso le respondió.

Nosotros le pedimos, a continuación, si podríamos esperarla aquí y nos dijo que no le importaba, aunque no iba a servir de mucho. No nos preguntó ni siquiera la razón por la cual queríamos verla, solo se quedó callado, viendo un programa raro sobre chinos en la televisión que tenía en su puesto.

Teníamos la esperanza de que ella volviera pronto o temprano a su casa, no podría estar todo el día en aquel casino de juegos, ya que la irían a echar en cualquier momento. Por eso, estuvimos esperando hasta que apareció, una hora después.

— ¡Señoritas, ya ha llegado la mujer que estaban buscando! — Eso nos dijo el señor, cuando oyó cómo las puertas corredoras que tenían en la entrada se abrieron y vio que era mi madre. Rápidamente, giramos la cabeza hacia allí y nos quedamos mirándola, al igual que lo hacía ella con nosotros. Hubo un silencio muy incómodo en el ambiente que duró unos varios segundos.

— ¡¿Otra vez tú!? — Eso gritó, rompiendo, al final, aquel silencio. — ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? — Estaba muy alterada.

Yo le iba a decir algo, pero ella salió corriendo, hacia la calle y cruzó la carretera sin mirar. Entonces, se produjo algo horrible que nos conmocionó a todos. Un coche, que iba más rápido de lo normal, la atropelló. Así de la nada, como si fuera una broma cruel y horrible, una burla del destino, decidieron eliminar de un plumazo a mi madre.

— ¡Oh, Dios mío, qué tragedia! — Eso gritó el portero, mientras se levantaba de su asiento.

— ¡Maldición, maldición! — Gritaba Mao, mientras se dirigía a ella, para ayudarla.

Yo quería gritar, pero era incapaz de hacerlo; solo me tapé la boca, mirando horrorizada, antes de poder asimilarlo e ir corriendo hacia ella. El hombre del coche salió, que parecía estar borracho, gritando sin parar qué había hecho, mientras llamaban a la ambulancia. No sé a cuánta velocidad iba, pero fue capaz de levantar a mi madre y que ella cayera sobre su techo y luego bajará al parabrisas.

— ¡Vamos reacciona, por favor! — Gritaba Mao, que intentaba comprobar si ella seguía viva.

Mi madre estaba destrozada, tenía sangre y heridas por todas partes, hasta parecía que tenía cristales incrustados. La escena era tan horripilante para mí que me puse a vomitar, mientras tenía una crisis de ansiedad. También tuve que ir al hospital.

No sé cuánto me duró aquel ataque, pero me pareció siglos, y cuando me pude dar cuenta estaba en una habitación del hospital, en una cama. Miré por todo el lugar, en la ventana se veía que era de noche, con las luces de la cuidad brillando y a un Mao cabizbajo a mi lado. Yo no sabía si él estaba preocupado por mí o porque algo terrible había pasado. Viendo esa cara, lo instruía.

— M-mao…— Eso le decía, a duras penas.

— ¡Estás consciente! — Mao se alegró mucho, al escuchar mi voz y ver que tenía los ojos abiertos. Creo que me había desmayado.

Pero la sonrisa solo le duró unos pocos segundos. Se entristeció de repente.

— ¿M-mi madre…? — Le intentaba preguntaba si ella estaba bien, esperando que me dijera lo contrario de lo que yo me estaba imaginando.

-L-lo siento mucho, pero ella…- Con solo oír eso, empecé a llorar.- No pudo sobrevivir, y eso que le operaron, incluso.- A Mao le costó mucho decírmelo, era casi incapaz de darme tan malas noticias.

No solo perdí a mi padre, sino a mi madre, los dos en el mismo día, parecía ser una broma de mal gusto, y deseaba que así lo fuera. Pero no lo era, ellos ya no estaban, los que me dieron la vida. Yo sentí que Dios se burló de mí, cruelmente. ¿Por qué tuvieron que morir ahora, que pensaba ayudarles y salvarles del infierno personal que estaban sufriendo? ¿No tenían derecho o qué? ¡¿O solo quería hacerme sufrir, llegando al punto de matarlos como si fuera personajes de un drama malísimo!? Estas cosas y más, me preguntaba a mí misma, llena de rabia. Quería gritar, con todas mis fuerzas, pero mi garganta no me lo permitía. Deseaba golpear o romper algo, pero me costaba mucho mover mi cuerpo. Solo estaba llorando como nunca. Me sentía tan mal por cómo acabó todo esto, tanto, que apenas podría describirlo exactamente.

Por otra parte, Mao me miraba en silencio, con mucha tristeza, incapaz de decir algo para animarme. Entonces, tras un buen rato sin hablar, hizo algo que me sorprendió. Me abrazó fuertemente y me dijo estas palabras:

— Lo siento mucho, esto lo único que se me ocurre. —

Pero aquel gesto y aquellas palabras eran tan cálidos que me tranquilizaron. Seguía triste, pero dejé de llorar.

Yo hice lo mismo, mientras me aferraba contra su pecho, deseando que no me soltara por mucho tiempo. Aquellos extraños sentimientos que llevaba teniendo días, volvieron a aflorar. Sentía que era capaz de asimilar la muerte de mis padres, de ser muy fuerte y de superar todos los obstáculos que me pondría Dios por delante, solo estando junto a él.

En aquel momento me di cuenta de una cosa muy importante. Mao siempre estuvo ayudándome, protegiéndome; me consolaba en los momentos más tristes, me trataba bien, me hacía feliz; tantas cosas que no sabía terminar. Se volvió una persona muy importante para mí y con el paso del tiempo, yo empecé a sentir unos sentimientos que iban más allá de la pura amistad.

Ya sabía que me pasaba: Me había enamorado de él. Por eso, deseaba que aquel abrazo, tan cálido para mí, durase una eternidad.

— N-no importa, mientras e-estés aquí…— Eso le dije en voz baja, después de que me dijera una y otra vez que lo sentía.

Solo me importaba el hecho de que él estuviera conmigo, ya que me sentía capaz de todo si estoy a su lado. Viviré una gran vida, no importa lo corta o larga que sea, los malos momentos que hayan; con Mao y con todas las demás amigas que tengo.

Esto es algo que mis padres, que en paz descansen, hubieran deseado. Si tan solo ellos tuvieran a alguien como Mao, no habían acabado así. Si alguien les hubiera apoyado, podrían haber sido fuertes. Por eso, yo me sentí muy agradecida, de tenerle a él y necesitaba agradecerle aquel apoyo.

— M-muchas gracias, Mao. — Eso era lo único que podría hacer, en aquellos momentos, porque deseaba demostrárselo de todas las maneras posibles.

FIN

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