Centésima historia, Versión de Nadezha

La Historia del fin de una amistad: Primera parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Aquella amistad empezó un poco después de que Nadezha viera como el automóvil en el que se habían subido sus padres explotará delante de sus ojos. Más bien, aquel acontecimiento ayudó a que Mao y ella se volvieran amigos, porque fue la única persona que pudo consolarla y sacarla de la tristeza que mantenía.

Me lo contó varias veces, así que me lo sé de memoria. Era un frío día de Noviembre, un mes después de ver a sus padres morir. El cielo estaba negro, totalmente cubierto de nubes, pero no caía ni nieve ni lluvia y ella estaba en el recreo, sentada en un banco, mientras abrazaba sus propias piernas.

No miraba a los niños jugar, ni al cielo, sino escondía su cabeza entre sus piernas. No tenía ganas de nada, solo quería que el recreo terminara de una vez. En realidad, deseaba que fuera el día el que se acabase, o más bien, estaba esperando a la muerte.

Y nadie se le acercaba. Los profesores no sabían que decirle y los niños estaban aprovechando lo máximo posible para jugar y divertirse en vez de preocuparse por aquella chica, que llevaba una cuantas semanas muy triste. Bueno, no todos, porque alguien se le acercó y le dijo esto, de una forma no muy amable:

— ¿Vas a estar así todo el día? — Nadezha no le miró y ni deseaba contestarle, no quería que se le acercara alguien así.

— Déjame tranquila. — Entonces, le soltó esto.

— No puedo, haces que el recreo se vuelva triste y es molesto. — Replicó Mao, con un tono que molestó a Nadezha.

— ¿Y qué quieres que haga? — Le dijo a continuación, con ganas de mandar a aquella persona a la mierda.

— Tus papás deben estar triste al verte. Yo, si fuera tu mamá, no me gustaría que estés así por mí. — Al escucharlo, Nadezha recordó, con resignación, aquel horrible momento.

— Ellos están muertos. — Le entraron ganas de llorar, porque ya no podría verlos, ni tristes ni felices. Ahora estaban enterrados en un cementerio.

Entonces, Mao se sentó en su lado y, con un tono amable y comprensible, le dijo esto:

— Por eso, no pongas tristes a los muertos. Haz el favor de vivir por ellos, te lo agradecerán. — Aquellas palabras de Mao hicieron mella en Nadehza.

Se dio cuenta de una cosa. Aunque muertos, estaban en el cielo, mirándola. Y se ponía a pensar en cómo la estarían viendo, tal vez tristes de haberla dejado en tierra. Y no quería ponerlos así, porque eso no era lo que ellos desearían. Querían que su chica fuera fuerte, porque así no sucumbían ante las cosas malas y los estaba defraudando.

Mientras miraba al cielo, pensando en que sus padres estaban allí, en lo más profundo de las galaxias y el universo; les pedía perdón mentalmente a sus padres por ponerles triste y por no ser fuerte. Les prometía que se iba a esforzar por no sucumbir. A continuación, miró hacia persona que la animó.

Aquel chico, que se hacía pasar por chica, la estaba observando con un rostro alegre. Y eso la puso más contenta. Quería decirle las gracias por animarla, pero le daba mucha vergüenza y solo le dijo esto:

— Tienes razón, sería una vergüenza hacer que los muertos estén triste. —

Aquella conversación fue el inicio de su amistad y también la que salvó a Nadezha de su tristeza. Mao, la había salvado y con esto le dio muchas fuerzas para seguir viviendo.

Y a los pocos años se volvieron “las mejores amigas”. Mao casi siempre estaba a su lado, acompañándola tanto en los malos momentos como en los buenos, haciéndola reír cuando estaba triste y cuando estaba alegre, alguien en quien confiar. Según Nadezha, era como la “hermana” que nunca tuvo.

Pero aquella amistad empezó a quebrarse, a finales del último curso de primaria, sin que ella se diese cuenta. Ahora, cree situar cuando comenzó el principio del fin.

Fue en un día normal y corriente, salvo por el hecho de que tenía un compromiso con alguien, que la llamó por teléfono, la noche anterior.

— ¿Entonces, quieres visitar a mis padres? — Le preguntó Nadezha, después de coger el teléfono y saber quién es.

Era una tía suya, que vivía en el sur de Shelijonia con su abuela, y estaba pasando unos días en Springfield, por unos asuntos que Nadezha nunca supo qué era.

— Por supuesto, aunque no sé si pedírtelo a ti es lo mejor. — Eso le respondió, aunque con miedo de ponerla triste.

Después de todo, le estaba pidiendo que le enseñara dónde se encontraban las tumbas de los padres de Nadezha, ya que no los recordaba.

— No importa, tía. Pensaba ir pronto, para dejarles nuevas flores. — Aunque a ella no le importó mucho.

Entonces, su tía le preguntó cuando iban a irse y ella le soltó que la tarde del día siguiente, ya que no tenía nada que hacer. Y tras colgar la llamada e irse a la cama, se dio cuenta de una cosa:

— ¡Ah, mierda! Debería haberle llamado a Mao…Bueno, no importa, mañana se lo diré. —

Ella quería decírselo lo antes posible, ya que iba a estar ocupada y no podrían estar juntos. Pensó en invitarlo, pero creía que le sería bastante incomodo estar allí. La última que estuvo con Mao en el cementerio, estaba bastante alterado allí, por el hecho de estar rodeados de cadáveres.

Y cuando Nadezha se acordó de que tenía que decírselo, estaban al lado del despacho del director, ya que tuvieron una pelea con Lafayette, mientras empezaba la primera clase del día.

— Por cierto, ¿esta tarde podemos ir al centro comercial? Necesito comprar nueva ropa. — Fueron estas palabras de Mao que le ayudaron a recordar.

— ¿Esta tarde? — Eso soltó Nadezha, mientras se acordaba de que tenía algo muy importante que decirle.

— Pues sí. — Le respondió Mao.

A Nadezha le daba cosa decírselo, ya que era la primera vez que le iba a decir que no podría estar juntos una tarde y no sabía cómo se lo tomaría.

— De hecho, necesito decirte algo…— Eso dijo, tras dudar unos segundos, y Mao le preguntó, con algo de temor, qué quería decirle:

— Hoy estaré con mi tía, así que no podré salir contigo. — Mao puso una cara de pura desilusión, mientras soltaba esto:

— ¿En serio? — Nadezha se sintió algo mal por eso.

— ¡No pongas esa cara, solo será un día, nada más! — Y le intentó animar, ya que no era para tanto.

— ¿¡Pero qué dices!? ¡No me pasa nada malo ni nada parecido! — Eso le decía a Nadezha con mucho nerviosismo, mientras lo intentaba negar con las manos y la cabeza.

— Se te nota en la cara. — Le replicó Nadezha a continuación.

— ¡De todos modos, cómo dices, solo es un día, nada más! — Y Mao le intentaba convencer de lo contrario, aunque se le veía en la cara que le sintió algo mal la noticia.

— ¡Bueno, si tú lo dices! — Concluyó Nadezha, al ver que Mao le dejaba claro que no iba a pasar nada malo por un día. Eso le tranquilizó.

Al terminar las clases y tras llegar a su casa, se encontró con su tía, Alesxi Vissariónovich, hablando con su tío en el salón. Le sorprendió verla, porque pensaba que iba a llegar más tarde. Tras saludarse y hablar sobre cosas que se dirían familiares que no se veían en mucho tiempo, se pusieron en marcha hacia al cementerio.

Y cómo estaba bien lejos, tuvieron que montarse en el autobús. Allí siguieron hablando de sus cosas.

— Por cierto, recuerdo que el año pasado los visitases, a mis padres, ¿no deberías saber ya dónde está el cementerio? — Le preguntó Nadezha, en mitad de la conversación, cuando recordó que ella le pidió el mismo favor el año pasado.

— No soy muy buena recordando las direcciones. Hasta me perdí buscando tu casa. Si no me hubiera encontrado con tu tío, hubiera estado en un gran problema. — Eso le respondió, antes de reírse nerviosamente, con mucha vergüenza.

— Pues yo los recuerdo perfectamente, y eso que soy una niña. — Le replicó Nadezha, de una forma tan seria que hirió el orgullo de su tía.

— ¡No me hagas sentir mal! — Aunque se le soltó con una sonrisa.

A Nadezha, tras escuchar eso, se sintió muy mal por decirle eso y se disculpó: — ¡No era mi intención, la verdad! ¡Perdón, perdón! —

— No pasa nada. —  Añadió, al final su tía, al ver que su sobrina casi iba a llorar por haberle sentido mal.

Entonces, la conversación terminó súbitamente, porque el autobús llegó a su parada y bajaron. Estaban en una gran explanada, casi a las afuera de la cuidad, un lugar en dónde se veían edificios de diez pisos entre grandes descampados abandonados y enormes fábricas. Así lo recordaba Nadezha, ya que ha cambiado mucho desde entonces.

— ¿Y dónde está el cementerio? — Y eso le preguntó su tía, mientras miraban por todos lados, buscándolo.

— ¿No te acuerdas? ¡Tenemos que seguir ese camino! — Respondía Nadezha, mientras le señalaba el camino a dónde le llevaban al cementerio.

Era el único camino que no estaba asfaltado de todos los que terminaban en la explanada, estaba rodeado de grandes árboles e iba recto hacia al norte. Y ellas dos se dirigieron por aquel sitio.

— ¡Pues, ya lo recuerdo! ¡Esto no ha cambiado absolutamente nada! —Exclamó la tía, cuando llegaron a la entrada del cementerio, mientras observaba la puerta de hierro que estaba, obviamente, abierto.

Y después de quejarse, diciendo que aquella puerta ya estaba tan oxidada que se iba a caer a pedazos de un momento para otro, añadió esto: — De todos modos, este lugar sigue siendo muy muerto. —

— Pero si está lleno de gente. — Le replicó Nadezha, mientras observaba la gente que entraba y salía para darles flores a sus familiares fallecidos. Y, observó a lo lejos un montón de personas siguiendo a otras que llevaban un ataúd a cuestas.

— No me hagas caso. Solo era un chiste. — Le dijo su tía, algo avergonzada.

— ¿En serio? — Soltó Nadezha, sorprendida, de que eso era un chiste.

— Bueno, lo importante es que hemos llegado. — Y su tía la ignoró, mientras se introducía en el cementerio.

El cementerio en dónde estaban ellas era el más grande de toda la cuidad y contaba con multitud de tumbas, desde grandes panteones hasta nichos que creaban un pequeño laberinto. E incluso había, en un lugar muy escondido, fosas comunes.

Al entrar, caminaron por el camino que llevaba a la capilla, el cual estaba situado en el centro de todo el complejo, sobre una pequeña colina. Al llegar ante ella, se dirigieron hacia al oeste, bajando bajo la sombras de grandes abetos.

Y, al final, ellas llegaron a la tumba en dónde descansaban los padres de Nadezha, el cual estaba a los pies de una estatua que simbolizaba a las familias que pertenecían los fallecidos. También había un montón de flores, y algunas ya estaban marchitadas.

Entonces, Nadezha, quién se trajo un ramo de flores, los cambió por las marchitadas, y, mientras hacía eso, su tía soltó esto:

— Se nota que es un cementerio. — Eso decía, mientras observaba a su alrededor. Apenas veía alguien y la única vida del que presenciaba eran los pájaros y las ardillas que estaban en los árboles.

— No es como que haya mucha gente que quiera estar aquí. — Le replicó su sobrina. Tras decir eso, su prima soltó estas palabras:

— ¿Cómo tu amiga, no? —

Entonces, recordó que la última vez que fue con Mao al cementerio, su tía estaba allí. Es más. Fue con ellas, después de que su familiar le pidiera el favor de traerle a la tumba de sus padres el año pasado.

— Anda, ¡es verdad! — Nadezha se sobresaltó un poco, al recordarlo.

— ¿No decías que tenías una buena memoria? — Y su tía le soltó esto, entre risas. Algo que le molestó un poco a Nadezha, quién le replicó:

— Pues claro que lo tengo. Recuerdo también que te hice una promesa. —Eso le decía, mientras recordaba aquel día.

Estaban delante, observando la tumba de la pareja con un silencio sepulcral. En algún momento, su tía soltó esto:

— ¡Perdón por pedirte este favor! — Se sentía mal por pedirle que le llevara ante la tumba de sus padres. No deseaba que tuviera que recordar cosas feas.

— No me molesta, en absoluto…— Pero Nadezha, estaba bien, sin pensar en cosas que le podrían entristecer.

— Aunque, ella…— A continuación, su tía le señaló a otra persona que las estaba acompañado, Mao.

— ¡No estoy temblando de miedo ni nada parecido! ¡Estoy bien! — Se le notaba bastante que era lo contrario de lo que decía, mientras temblaba como un flan y miraba de forma paranoica todas las tumbas que nos rodeaban.

Nadezha, a continuación, le intentaba quitar el miedo diciéndole que no debería tener miedo, porque ella estaba a su lado, mientras le daba la mano y él le repetía que no era eso, a la vez que le agarraba fuertemente.

Mientras tanto, su tía seguía mirando la tumba, mientras su cara se llenaba de rencor y rabia. Al pasar casi un minuto o más, soltó esto:

— ¡Qué triste, la verdad! Tuvieron que morir cuando ya parecía que el terrorismo ya estaba desapareciendo de Shelijonia. — Estaba pensando en voz alta. — Todo esto es por culpa del gobierno useño…—

— ¿Él qué? — Y, entonces, Nadezha, al oír sus palabras, se dirigió hacia ella.

— La gente que nos gobiernan, realmente. No. Los que nos invadieron. Ellos hicieron cosas horribles para dominarnos. Fueron, los que empezaron esta ola de violencia que no ha parado hasta hace poco. —

Mao le preguntaba a Nadezha de qué estaba hablando, a la vez que mi amor  observaba fijamente a su tía. Veían cómo apretaba sus puños fuertemente, mientras soltaba aquellas cosas con aquella mirada llena de rabia y ella empezó a sentir los mismos sentimientos.

— Por la culpa de esos desgraciados,… — Mientras tanto, su tía seguía hablando. — Unos cientos de imbéciles empezaron a matar personas indiscriminadamente…No, en realidad, solo le copiaron a los primeros que hicieron eso. — Parecía como si se hubiera olvidado de la existencia de niñas a su alrededor, expulsando una furia y rencor que ocultaba en su interior. Nadezha solo la miraba en silencio.

Y ella podría haber seguido soltando toda su frustración, pero estas palabras la hicieron volver a sí misma: — No lo entiendo…—

Era Mao, quién soltó aquel comentario sin querer, tal vez porque ya se estaba sintiendo muy incómodo o no quería seguir viendo como la tía de su amiga expulsará su odio. Aquellas palabras la hicieron callar.

— Ah, perdón. No era mi intención soltar esto. — Se disculpó y Nadezha empezó a hablar:

— Pero papá decía cosas parecidas. Nunca me lo decía a mí, sino a mamá y a otras personas. — Nadezha recordaba cómo su padre hablaba mucho de política con casi todo el mundo.

— Él quería que Shelijonia dejará ser parte de los Estados Unidos, ¿tú, también, no? — Y al final, le preguntó esto.

Su tía ni se lo pensó dos veces, para darle una respuesta: — En verdad, sí. Quiero a una Shelijonia independiente, liberarla de las garras de los Estados Unidos. —

Entonces, Nadezha se le acercó. Ella sabía que eso era el mismo deseo de sus padres, y deseaba cumplirlo. No solo por ellos, sino por su tía y su familia, por todos los que vivían en la isla. Por eso, le ofreció su mano:

— Entonces, yo te ayudaré. Podríamos empezar, ahora mismo. — Eso le soltó con una sonrisa, mientras Mao las miraba en silencio.

Su tía sonrió al escuchar sus palabras. Luego, se agachó para acarearle la cabeza, mientras le decía esto:

— Es algo muy complicado, debes de ser grande para hacerlo. — Añadía con algo de pena.

— ¿Tanto tiempo? — Protestó Nadezha muy desilusionada.

— Lamentablemente. — Soltó unas risas, para luego preguntarle a su sobrina esto: — ¿Pero, me prometes ayudarme cuando seas tan grande como tu tía? —

— Pues claro que sí. — Y ella se lo dijo bien claro.

A continuación, juntaron sus meniques y soltaron estas palabras, las dos juntas, aunque, más bien, Nadezha solo repetía lo que le decía su tía:

— Cuando sea grande, me uniré a ti y haré lo que todo un shelijoniano, un ruso de corazón debe hacer. Liberar a su patria de las garras de aquel que nos invadió, con engaños, y se alzó como nuestro dominador. —

Mientras recordaba aquellos hechos, su tía se quedó mirando fijamente las tumbas de sus familiares, con mucha nostalgia.

— ¡Ya ha pasado casi un año, desde entonces! ¡Qué rápido pasa el tiempo! — Comentó su tía, tras estar un buen rato en silencio, haciendo volver a la realidad a Nadezha.

— Espero que sea rápido. — Ella añadió esto. Su tía le preguntó qué quería decir exactamente y le soltó esta respuesta: — En hacerme mayor. —

Esas palabras la alegraron y las dos, a continuación, decidieron seguir mirando en silencio aquellas tumbas.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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