Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Segunda parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Al día siguiente, Nadezha se fue hacia el parque en dónde se reunía ella y Mao, antes de irse al colegio, como todos los días; y le sorprendió verle allí antes que ella, ya que casi siempre era la primera y la que le esperaba.

Y se dio cuenta de que estaba algo raro, ya que él no dejaba de dar vueltas por el parque, mientras se preguntaba en voz alta qué podría hacer, muy desesperado. Eso le extrañó a Nadezha, aunque decidió saludarle antes de preguntarle qué le ocurría.

— ¡Buenos días! — Mao dejó de moverse, para luego girar su cabeza hacia ella.

— ¡B-buenos d-días! — Le devolvió el saludo con muchísimo nerviosismo. Estaba bien rojo y le temblaba todo el cuerpo. Nadezha creyó, al verle así, que no estaba bien de salud.

— ¿Te pasa algo raro? — Eso le preguntó muy preocupada.

— N-Nada, nada. — La reacción que puso Mao, mientras soltaba aquella respuesta, solo aumentaba sus sospechas.

— Pareces que tienes fiebre o algo. — Le replicó Nadezha, antes de comprobar si estaba enfermo o no, poniendo su mano sobre la frente de Mao.

— Pues no, parece que no tienes. — Tras estar así unos cuantos segundos, éste fue su conclusión. No parecía que estaba enfermo ni nada parecido. Eso le alivió un poco, pero seguía bastante preocupada por su actitud. Entonces, Mao salió corriendo como un cohete:

— N-no te preocupes, no estoy enferma, para nada. — Mientras le soltaba esto.

Nadezha quedó muy perpleja y  estaba segura de que a Mao le había pasado algo muy raro. Se preguntó si iba a perseguirlo o no por unos segundos. Lo había hecho si no fuera porque lo había perdido de vista.

Se dio cuenta, también, de que Mao se dirigió por dónde había venido y se acordó de que no sabía dónde estaba su casa. Así que decidió, al final, ir al colegio, bastante preocupada por su “amiga”.

Durante las clases, todo el mundo le preguntaba dónde estaba Mao y ella les respondía que se había enfermado. No paraba de observar su asiento vacío, mientras se hacía mil preguntas sobre su extraño comportamiento.

Tras terminar las clases y dirigirse hacia su casa, observaba su móvil, preguntándose una y otra vez si debía llamarlo o no, porque estaba realmente preocupada. Entonces, mientras atravesaba por el parque que se reunía con Mao cada día en dirección a su hogar; alguien se puso en medio del camino:

— ¡Qué raro, eh! ¡Tu amigita del alma no está hoy contigo! — Eso soltó aquella persona con mucha chulería, mientras miraba detenidamente a Nadezha.

Ésta suspiró molesta, al ver que se había encontrado con la persona que menos quería ver: — ¿Y, aún así, no me puedes dejar de dar la lata, Lafayette? —

— Ya que estás solita, es el mejor momento de darte una paliza, ¿no crees? — Le respondió, mientras se ponía en posición de combate.

— Yo tengo una mejor solución: ¡Déjame en paz de una vez! — Le replicó cansada. Ya estaba harta de ella y deseaba que desapareciera de su vista.

— ¿Y si no quiero? — Pero Lafayette, tras escucharla, solo se ponía más chulita que antes. Entonces Nadezha, al ver que solo le intentaba provocar, decidió no seguirle el juego y alejarse de ella.

— ¡Ahora no eres tan valiente si no tienes a la chinita esa! ¡Cobarde, gallina! — Al ver esto, Lafayette, no paró de gritarle cosas, cada vez más enfurecida.

— Di lo que quieras. — Nadezha seguía caminado con mucha tranquilidad, ignorando las provocaciones de ésta. Y Lafayette, al ver eso, se puso tan enfadada que se lanzó hacia ella para darle un puñetazo.

Pero Nadezha esquivó eso y le dio un golpe en el estomago. Lafayette cayó al suelo y empezó a gemir de dolor sin parar, mientras soltaba estas palabras: — ¡Ay, mierda! ¡Serás hija de puta! —

A continuación, Nadezha siguió su camino y Lafayette, le gritaba esto con toda su ira, mientras se levantaba del suelo: — ¿Adónde vas, perra? —

— A un lugar lejos de ti. — Y eso le respondió ella, sin mirarla siquiera.

— ¿Vas a buscar a tu amiguita del alma? ¿Te ha abandonado o qué? — Y Lafayette no se rendía, seguía intentando echar sal en la herida.

— ¡Deja de decir estupideces, ella está enferma y tuvo que volver a casa! — Le gritó Nadezha, quién no podría aguantar más lo que estaba soltaba Lafayette.

Entonces, ésta, soltó algo que dejó perpleja: — Pues gritó a los cuatros vientos que no lo estaba. —

— ¿Cómo lo sabes? — Y eso le preguntó muy sorprendida Nadezha, tanto que miró hacia Lafayette con una cara extrañada.

— Os vi hablando por la mañana. Esperaba pacientemente daros una paliza pero decidí aplazarlo. — Le respondió Lafayette.

— ¡Ah, qué bien! — Nadezha ironizó, mientras se preguntaba perpleja cómo no se dio cuenta de que ella les estaba espiando.

— ¿¡Ah, qué bien!? ¡Pues es genial para mí, porque ya habéis dado el primer paso! — Lafayette, a continuación, le soltó aquellas extrañas palabras con voz de ganadora. Nadezha no entendió que quería decir.

— ¿¡El primer paso!? — Eso preguntó muy confundida Nadezha.

— ¡El fin de vuestra estúpida amistad! ¡Es el comienzo, subnormal! ¡Primero, os escondéis cosas entre vosotras, esos secretos os alejará, poco a poco, hasta que sea demasiado tarde! ¡Y yo me reiré de vuestras caras, para siempre! ¡¿Lo oyes, eh!? ¡El final está cerca y yo ganaré! —

Empezó a reír como una loca, tras soltar aquellas palabras que parecían proféticas; y Nadezha se decía que esa chica estaba como un cencerro y, en vez de decirle que lo que soltaba era puras estupideces, se fue rápido de allí sin que ésta se diera cuenta.

Mientras recorría el camino hacia la casa, las palabras de Lafayette que le soltó no dejaban de rondar por su cabeza. Y los negaba una y otra vez, sin parar. Su amistad era sólida como una roca y era imposible que empezaran a distanciarse así de la nada.

— ¡Maldita seas, Lafayette! — Nadezha no paró de maldecirla, porque le hizo empezar a dudar de su amiga.

Tras llegar a casa, ella empezó a preguntarse si realmente Mao le estaba escondiendo algo o no. Tal vez le había pasado algo muy feo y que no se lo pudo contar a nadie, o incluso llegó a pensar que le obligaron a callar.

Estaba tan preocupada que al final decidió llamarle. Y, aunque Mao tardó mucho, le contestó: — ¿Quién es? —

Nadezha, sin decirle que era ella ni nada parecido, le preguntó esto: — ¿Ya estás mejor? —

— P-pues sí. P-perdón si te he preocupado. En verdad, estaba algo enfermo. — Mao tardó unos segundos para contestar, hablando normal.

— Ya veo, espero que te mejores. — Le dijo Nadezha muy aliviada, pensando que solo le estaba ocultando que estaba enfermo.

— Puede que mañana pueda volver a clases. — Y eso le soltó a Nadezha bastante animado.

Pero aún así, Nadezha estaba preocupada, pensando que tal vez haya algo raro que ocultar el hecho de que estaba enfermo. Aquella actitud que él mostró en la mañana no dejaba de intrigarla. Y soltó esto sin quererlo: —Por cierto,… —

Se calló tan rápidamente como pudo. No debería dudar de su mejor amiga, porque creía que ella nunca le iba a esconder cosas tan graves, y era un insulto para su amistad.

— ¿Qué pasa? — Mao preguntó y ella, ahora que había empezado la frase, no podría terminarlo de esa manera.

Tampoco esquivar o cambiar de tema le parecía bien, así que decidió coger el toro por los cuernos: — ¿No me estarás ocultando nada, verdad? —

Mao rápidamente le soltó la respuesta: — P-pues claro que no, para nada. —

— Lo siento mucho, no era mi intención decir aquellas palabras. — Eso le dijo al final Nadezha. Quién se sintió muy mal por pensar y decir que le estaba ocultando cosas. Mao le replicó que no pasaba nada y siguieron hablando durante horas.

Tras terminar la llamada, Nadezha empezó a insultar a Lafayette por haber conseguido que ella dudara de su propia “amiga”.

Después de aquel día, parecía que todo volvió a la normalidad y  las próximas semanas siguieron estando como siempre. Aquel aviso que le dio Lafayette acabó en saco roto y seguían siendo las mejores “amigas”.

Después de todo, pensó Nadezha, de que eso solo fue más que un simple contratiempo, algo que solo pasó a la historia. En realidad, aunque ella no lo sabía por aquel tiempo, el problema solo se había pospuesto. Y volvió a aparecer en un buen día de Julio.

En aquel día, ellos acordaron ir a comprar en el centro comercial y, tras llegar Nadezha al parque en dónde se iban a reunir, se sentó en el banco, esperando a Mao.

— Otra vez he llegado muy pronto. — Eso se decía bastante molesta, mientras no dejaba de observar cómo movía sus piernas.

Entonces alguien que conocía Nadezha se acercó hacia ella, sin que ésta se diese cuenta. Al estar delante suya, le soltó esto:

— ¡Cuánto tiempo, sin vernos! —

Aquel saludo le dio un buen susto, ya que no se lo esperaba. Sobre todo cuando vio que una persona que le parecía familiar pero que no podría recordar.

— ¿Tú, quién eres? — Le preguntó con algo de miedo, porque aquella chica le daba muy mala espina.

— Pero si soy la prima de tu amiga Mao, ¿no me recuerdas? — Eso le respondió con muy mala manera y, entonces, Nadezha recordó quién era.

— Eres su sobrina, dice ella. — Le decía estás, bastante molesta. — ¿Y qué quieres de mí? — Le caía muy mal aquella persona y rápidamente se puso a la defensiva.

Estamos hablando de la misma persona que, años después, secuestró a Mao y lo intentó matar, así como usó a Josefina para provocar un atentando; la que le diría a Nadezha la verdad sobre Mao: Chiang Mei-ling.

— Pues darte saludos. — Le respondió con obvia ironía. — De todos modos, ¿Mao no está contigo hoy? — Luego, le preguntó aquella chica, mientras observaba por todos lados, en busca de Mao. Nadezha no sabía cómo actuar, porque no quería ni hablar con ella. Era una persona muy desagradable.

— Ahora mismo, le estoy esperando. Ella ya ha salido de la casa. — Aún así, se llenó de valentía y le soltó esto.

— Así que mi abuelo está solo en casa, ¿no? — Dijo a continuación la sobrina de Mao, con un tono bastante perturbador.

— Pues no lo sé ni me importa. — Eso le soltó, porque no conocía el padre de Mao ni dónde se encontraba su casa. Y su respuesta negativa, hizo que aquella chica la mirará con muy malas intenciones durante un buen rato.

— ¿Y por qué me estás mirando con esa cara? — Le preguntó con algo de miedo, como si aquella chica deseaba lanzarse hacia ella para pegarla.

Lo hizo una vez, hace unos años, y todo fue por una simple tontería. Mao la defendió y ellos dos contraatacaron para dejarla K.O. Desde entonces, la sobrina le tiene mucho odio hacia ella. Y en aquellos momentos parecía que deseaba actuar.

— Nada, nada. De todos modos, ya que el viejo está solo, me iré a su casa rápido. — Pero parecía que se controlaba y se marchó de ahí rápido, antes de mirarle muy bien feo a Nadezha.

Tras verla partir, se alivió mucho y volvió a lo que estaba haciendo. Estuvo esperando unos cinco minutos más, hasta que se dio cuenta de que Mao estaba en el parque. Y parecía que estaba en su mundo, algo que le pareció muy raro a Nadezha.

Se preguntó si Mao se había encontrado con su sobrina y hubieran tenido una pelea o algo parecido. Pero, de todos modos, decidió saludarla:

— ¡Buenos días, Mao! ¡Has llegado algo tarde, ya me estaba aburriendo! — Eso le gritó y él, tras escucharla, se acercó a ella y le pedía perdón.

A continuación, tras hablar un poco, decidieron ponerse en marcha hacia al centro comercial, mientras Nadezha se preguntaba si mencionarle que ella se había encontrado con su sobrina, lo dejaba para más tarde o simplemente no se lo decía.

Mientras su mente se encargaba de discutir aquella cuestión, hablaba con mucha normalidad con Mao, aunque lo notaba algo raro. No sabía el qué, pero sentía eso y lo notó cuando le dijo lo que necesitaba con más urgencia:

— Pues debo comprar sujetadores, los que tenía se me han quedado pequeño. —

Le respondió Nadezha, después de que Mao le preguntará qué cosas iba a comprar. Éste se puso muy colorado, tanto que parecía un tomate y se le veía bastante nervioso, llegando a temblar como un flan y expulsar sudor frio.

— ¿¡Sujetadores!? — Hasta gritó eso, en mitad de la calle. Nadezha, que apenas le molestó que soltara a gritos lo ella necesitaba comprar, solo se fijó en su extraña reacción:

— Sí, ¿pasa algo? — Mao le dijo que no y cambió de tema con mucha rapidez. Nadezha se preguntaba sin parar qué mosca le había picado.

Ahora, cada vez que lo recuerda, se pregunta cómo pudo no darse cuenta de que Mao estaba enamorado de ella, si había momentos en dónde era bien obvio que lo estaba.

Tras eso, al entrar en el centro comercial, Mao se tranquilizó y los dos empezaron a buscar y a comprar cosas. Estuvieron tanto tiempo yendo a cada tienda de ropa que veían, que a Nadezha le dolía las piernas de tanto andar. Hubiera sido mucho más fácil comprar todo en la primera que entraron, pero Mao siempre buscaba el más barato para sus bolsillos.

Entre muchas de las tiendas en la que entraron, había una en la que Nadezha, encontró un montón de lacitos bastante bonitos y, al recordar que Mao le decía que necesitaba algunos, pues pensó que le podría interesar.

— ¡Mira, Mao! — Por eso le llamó.

— ¿Qué pasa? — Y éste se acercó a ella, mientras le mostraba lo que había encontrado.

— ¿Te gustan estos lazos? — Eso le preguntó a Mao y éste se quedó mirándolos fijamente.

— Pues sí, están muy bonitos, la verdad. — Le respondió, pero añadió esto, cuando vio el precio: — Pero están caros. —

— No es tanto, la verdad. — Eso le replicó Nadezha, mientras observaba el precio de los lazos.

— Mi padre me da un tortazo si compro algo caro. — Dijo a continuación, antes de decirle que tenía que ir al servicio.

Mao se fue a los servicios y le dijo a Nadezha que si lo deseaba que se quedara mirando en la tienda mientras estuviera haciendo sus necesidades. Ella se quedó allí pensando, mientras miraba a los lazos:

— ¿Y si, tal vez, le compro esto? — Eso se preguntaba en voz baja.

Ella recordó que hacía pasado mucho tiempo desde que le regaló algo y pensaba que, tal vez, era un buen momento. Después de todo, era su mejor “amiga” y tenía que darle, de vez en cuando, algún que otro detalle bonito.

Así que no se lo pensó dos veces y lo compró. Pensó en decirle a Mao que había hecho eso, pero decidió darle una sorpresa y los guardo en la bolsa de la compra que tenía en ella. A continuación, salió de la tienda y espero en la puerta de los servicios.

— ¿Ya te has aburrido de la tienda? — Eso le preguntó Mao, cuando salió del baño de las señoras y vio que ella le estaba esperando ahí.

— Pues sí, vamos a otra. — Le respondió Nadezha, antes de dirigirse los dos hacia otra tienda en dónde decía Mao que la ropa interior estaba de oferta. Solo faltaba una cosa por comprar: los sujetadores.

Tras llegar, Nadezha empezó a buscar los sujetadores más bonitos y, tras escoger algunos, entró en el probador para probárselos. El primero que se puso estaba bien, pero el segundo le costó ponérselo.

— ¡Pero si esto es de la misma talla que el otro! — Eso se decía, mientras intentaba poner el cierre. Con mucho esfuerzo, lo consiguió, pero se dio cuenta de que no valía la pena.

— Esto aprieta demasiado. — Añadió e intentó quitárselo, pero, por alguna razón, no podría abrir el cierre. Al parecer, fue tan bruta que deformó el cierre de tal manera que no podría abrirlo.

Estuvo unos cuantos segundos intentando abrirlo con desesperación, mientras le insultaba al cierre. Al no poder más, decidió pedir ayuda y llamó a Mao.

Cuando éste entró, estaba muy rojo y parecía cómo que intentaba evitar verla. Nadezha le pareció eso algo extraño, pero aún así lo ignoró y le pidió que le abriera el cierre. Tardó un poco, pero lo consiguió y entonces ella giró hacia él, para pedirle las gracias.

Entonces, vio cómo Mao la miraba con una cara, como si tuviera miedo, totalmente roja y se quedó como si estuviera paralizado, mientras el cuerpo no le dejaba de temblar. Parecía como si hubiera visto el fin del mundo.

— ¿Qué te pasa? — Le preguntó Nadezha muy preocupada.

— Pues nada, nada. — Y salió corriendo  como loco del mostrador, mientras soltaba aquellas palabras.

Nadezha le gritó algo, mientras evitaba que las cortinas se movieran, porque estaba semi-desnuda.

A continuación, mientras se vestía, se preguntaba qué le había ocurrido para ponerse así. Pensó y pensó, y su conclusión es que tal vez Mao se puso envidioso de su pecho, porque ella tenía mucho más.

Ahora que Nadezha recuerda aquel episodio, se quiere morir de la vergüenza porque le mostró su pecho desnudo a un chico, a pesar de que éste se hacía pasar por una niña. No fue la primera vez que le mostró sus intimidades a Mao y cada vez que recuerda algunas de esas cosas, se pone muy mala.

Tras salir del probador, vio a Mao, sentado en una silla, mirando al suelo. Parecía como si se hubiera traumatizado con algo. Nadezha se acercó con mucha preocupación, hacia él, mientras le preguntaba esto:

— ¿Qué te ha pasado, Mao? —

Y le respondía, sin dignarse a mirarla, con esto: — Nada de nada, de verdad. —

— Eso es demasiado sospechoso. — Le replicó Nadezha.

Entonces, se levantó y le dijo:

— Lo siento mucho, de verdad. No es nada. — Le soltaba esto, mientras intentaba no mirarla.

Y, tras decirlo, salió corriendo a toda velocidad. Nadezha, incapaz de entender lo que le estaba ocurriendo, le gritó: — ¿Adónde vas? —

— Tengo que ir a casa, lo siento mucho. — Eso le respondió Mao, antes de dejar sola a Nadezha.

Ella se quedó allí, incapaz de asimilar lo que había ocurrido. Se dio cuenta de que su “amiga” estaba muy rara y eso la dejaba bastante preocupada.

Mientras Nadezha volvía a cosa, y, tras dejar de preguntarse lo que le estaba ocurriendo a Mao, se acordó de algo, y lo sacó rápidamente de su bolsa de la compra.

— ¡Oh, se me había olvidado dárselos! — Eso se dijo, entristecida, mientras observaba los lazos que compró para Mao.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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