Centésima historia, Versión de Nadezha

La historia del fin de una amistad: Cuarta parte (Versión de Nadezha), centésima historia.

Pasaron varios días desde entonces, y le costó mucho poder asimilarlo, pero seguía sintiendo que todo era demasiado extraño. Mao tenía que tener una buena razón para decirle que era aliado de Lafayette y que iba a volverse enemigo de Nadezha. Algo que ella no podría entender, por mucho que pensase.

Necesitaba hablar con Mao de nuevo e intentar arreglar la situación, pero éste siempre la esquivaba, evitando todo contacto con ella, y eso a pesar de que ellos dos iban a la misma clase. Y por alguna razón, Lafayette, que, por desgracia, acabó en el mismo instituto que ellos, también evitaba acercarse a Nadezha.

De todas formas, a pesar del dolor que le producía no poder solucionar lo de Mao, ya entablaba conversación con otras chicas e incluso salía con ellas por las tardes, aunque no sentía lo mismo que cuando estaba con él.

Y había otra cosa que le preocupada, y es que es decían que Mao se había vuelvo el compinche de Lafayette y le ayudaba en sus malvados planes. Pero todos los que fueron abusado por ella, le confirmaban que eso era mentira, que era algo que solo aquella chica mencionaba una y otra vez. Éste nunca estaba a su lado ni nunca se metía con nadie, a pesar de que no negaba los rumores sobre él y dejaba que le dieran mala fama.

Y cuando se dio cuenta, ya habían pasado meses desde aquello. Solo dejó que el tiempo pasase, mientras no encontraba una respuesta para poder solucionar su situación con Mao. Ella estaba tan desesperada que hasta preguntó a sus padres qué podría hacer, mientras visitaba sus tumbas, en el aniversario de sus muertes:

— Sabéis, papá y mamá. Me he peleado con mi amiga, o algo parecido. Ella me dijo en el verano que no quería ser mi amiga y, al empezar el instituto, me soltó que íbamos a ser enemigas. —

Eso les decía, mientras terminaba de poner las nuevas plantas de sus padres y empezara a llorar desconsoladamente, incapaz de poder aguantar las ganas de llorar que tenía desde hacía rato.

— Sé que algo le ha pasado, pero no sé el qué. Ni siquiera si he sido yo la que ha causado el problema o otra persona. Y no sé qué hacer, me siento muy desesperada. —

Se sentía sola y atrapaba en un callejón sin salida. Sin entender nada, se negaba una y otra vez a aceptar el hecho de que Mao hubiera roto su querida amistad con ella. Es más, le necesitaba, sentía que nadie podría ocupar el hueco que dejó él.

Y cuando se dio cuenta de que tenía que hacer algo de una vez, ya había llegado Diciembre y las vacaciones de invierno estaban a punto de comenzar.

— ¿Qué he hecho durante todo este tiempo? — Eso se preguntó un buen día de invierno, mientras metía las cosas en su mochila. Estaba a punto de tocar la campana y ella se quedó mirando al suelo, pensativa, después de observar a lo lejos como Mao se iba a casa. Ella estaba reflexionando sobre su papel en lo ocurrido, sobre todo lo que hizo durante varios meses. Solo estaba consiguiendo que estuviera enfadada consigo mismo, porque se sentía mal por no hacer nada. Mao era una persona muy importante para ella, no podría dejar que su amistad terminará de esta forma.

Por eso, intentó forzar a su cerebro para tener una idea, aunque fuera la más estúpida, para que su amistad con Mao volviera, pero, por mucho que ella lo pensaba, no tenía nada. Y se dio cuenta del porqué: No sabía lo que había ocurrido y nadie se lo explicó. Entonces, lo primero que tenía que hacer era que alguien le dijera la verdad y creyó que la única persona que podría darle información era la que menos deseaba volver a hablar: Lafayette.

Por eso se levantó, salió de su clase y les preguntó a los pocos alumnos que quedaban en la escuela si habían visto a Lafayette. Nadie sabía de su paradero y le decían que lo mejor era no saberlo. Tras ponerse su abrigo, salió del edificio y pensó en buscarla por las calles, por si la encontraba de casualidad, mientras observaba como los copos de nieve caían poquito a poco sobre la superficie ya nevada.

A continuación, miró por las calles que rodeaban al instituto, corriendo de un lado para otro, mirando por todas partes.

Luego, a Nadezha se le pasó por la cabeza que tal vez podría estar en aquel parque en dónde ella y Mao se reunían antes de ir al colegio. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que podría estar allí, porque era un parque solitario, muy bien escondido y lo usaría para abusar de alguien.

Y ahí se dirigió corriendo como loca y, al llegar a los pies del parque, se dio cuenta de que había un montón de gritos allí dentro. Algunos los reconocía a la perfección.

En vez de aparecer en escena, decidió, muy a su pesar, esconderse primero entre los arbustos y comprobar lo que estaba pasando. Vio una escena que le sobrecogió.

Vio a Lafayette sentada sobre la espalda de una niña que desconocía, mientras le cogía el brazo y se preparaba para hacer que no parecía nada bueno.

— ¡No, eso no, por el amor de Dios! ¡Te lo pido, no me hagas más daño, no te he hecho nada! — Eso le gritaba aquella niña, mientras lloraba sin parar e intentaba librarse de las garras de Lafayette.

Entonces, vio algo que le sobrecogió: Mao estaba al lado de Lafayette. Por un momento, Nadezha, horrorizada, pensó en lo imposible, que él se había vuelto de verdad su compinche y le ayudaba a hacer daño a los demás.

— Solo me está entrando más ganas de romperlo. — Pero entonces, cuando Lafayette decía estas palabras, Lafayette sufrió un puñetazo que la volar y dar vueltas por el suelo. Mao, después de observar la escena como una estatua, le dio un buen puñetazo. Nadezha no evito lograr un gesto de alivio.

— ¡¿Pero, qué haces!? —Le gritó Lafayette, encolerizada, mientras se levantaba y limpiaba su boca de sangre.

— ¡¿Qué hago!? ¡Eso es todo lo que me dices, solo eso! ¡Si es bien fácil, darte una paliza! — Le respondió con igual cólera hacia Lafayette.

— ¡¿Y nuestra alianza!? — Le preguntó esto a continuación, y Mao le respondió con esto:

— Ya me da igual. Es más, me arrepiento de haberme unirme a un monstruo. —

Oír aquellas palabras, hicieron muy feliz a Nadezha, porque sabía que Mao no sería alguien tan rastrero de ayudar a Lafayette en sus maldades. Pensó en salir y ayudarle, pero, por alguna razón, no se atrevía a salir de su escondijo.

Intentó seguir la pelea, pero una cosa la distrajo. Vio como aquella chica que estaba siendo abusada por Lafayette, sin decir nada, se levantó y se acercó a los columpios para coger algo que estaba ahí. Era una mochila. Sin mediar palabra, le quitó la nieve que tenía y salió corriendo, totalmente aterrada.

Eso le molestó, porque deseaba que le dijera a Mao las gracias por salvarla, pero comprendía por qué esa chica huyó tan pronto como tuvo oportunidad, más ocupada en salvar su pellejo que agradecerle a su salvador. Por culpa de esa escena, ella no se fijo en la pelea tan violenta que estaban teniendo esos, hasta que un grito de dolor dirigió su atención.

Mao estaba en el suelo, gimiendo de dolor, mientras se palpaba su pierna y Lafayette, con una siniestra sonrisa, se le acercaba con una pistola. No era una de verdad, solo lanzaba pelotas de gomas. En su momento, según me decía, sabía que no lo era, se notaba a primera vista; pero también conocía el hecho de que los disparos que lanzaba eso podría ser bastantes peligrosos.

Sin mediar palabra, Lafayette empezó a apuntar con aquella arma su cara. Entonces, Nadezha sintió que tenía que ayudarle. Ya no era solo porque eran amigos, que también, sino porque era una persona que estaba en problemas. Quería quitarle la horrible sonrisa que tenía en aquel momento de la cara y enseñarle una buena lección.

Por eso, salió de su escondrijo de salió hacia ella. Corrió a toda velocidad y le dio una fuerte patada en las costillas que la mandó a volar. El cuerpo de Lafayette dio unas cuantas vueltas por la nieve, mientras soltaba su arma y ésta caía al suelo nevado. Tras dejar de rodar se levantó con mucho esfuerzo del frío suelo, mientras gritaba esto:

— ¿¡Quién me ha dado una patada!? —

Nadezha respondió con esto, antes de lanzarse hacia Lafayette: — ¡Usar un arma es trampa, maldita tramposa de mierda! —

A continuación, Nadezha le dio un puñetazo a Lafayette, sin que ésta pudiera esquivarlo a tiempo. Casi iba a caer al suelo, pero se contuvo y le intentó dar una patada contra sus rodillas. Ella saltó hacia atrás y se alejó rápidamente.

Lafayette, gritando como loca, se le acercó y le intentó dar un montón de puñetazos, intentando forzar a sus brazos para que fueran los más rápidos posibles para hacer tal cosa. Pero Nadezha la esquivó, poniéndose a un lado, y luego, detrás de ella y darle un golpe muy fuerte en toda la espalda.

Ésta cayó al suelo e intentó levantarse, pero entonces vio como Nadezha le apuntaba con la pistola de goma, que la cogió mientras Lafayette se recuperaba del golpe.

— ¡Maldita perra, ¿ahora quién es la tramposa!? —

Eso le gritó ella, llena de rabia e impotencia, mientras veía como Nadezha la señalaba con aquella pistola de goma.

— Entonces, debes irte. — Le soltó Nadezha, esperando que con esto ella decidiera huir y terminar aquella pelea.

Y Lafayette, tras quedarse un rato pensando en eso, decidió salir corriendo, resignada y molesta, mientras les insultaba y les amenazaba a aquellos dos:

— ¡Malditas perras de mierda, juro que destrozare vuestras caras bonitas para que nadie se acerque a vosotras por feas! —

Entonces, Nadezha le miró a Mao fijamente, buscando en sus ojos las respuestas a lo que estaba ocurriendo con él. Pero éste intentó esquivar su mirada, como si le diera vergüenza observarla.

— ¿Era todo mentira, no? — Le dijo Nadehza con tristeza. — ¿Lo de haberte aliado con Lafayette? —

En el fondo de su corazón sabía perfectamente que Mao jamás haría algo semejante. Solo siguió la corriente a Lafayette, pero intentó alejarse lo más posible de ella, para no notar lo horrible que era ella. Y al ver lo que hacía ésta, no pudo soportarlo.

— ¿Y qué pasa? — Mao le dijo esto con algo de atrevimiento, intentando no darle importancia.

— ¿Por qué hiciste eso, por qué? — Entonces, Nadezha le preguntó esto, con un grito de incomprensión. Mao se quedó unos segundos en silencio, para luego, soltarle estas palabras:

— Porque te odio, y querías que te alejarás de mi. — Lo dijo con mucha seriedad, y Nadezha quería gritar una y otra vez, negar aquellas palabras que había escuchado.

Aún a pesar de todo lo que había pasado, le era incapaz de asimilar que su mejor “amiga”, a quién había considerado como una hermana, le estaba diciendo tales cosas. Ella era incapaz de procesar el hecho de que Mao se dejase mezclar en las mentiras de Lafayette y le dijera que era su enemigo, solo para que le diera un motivo a mi Nadezha para que se alejara de él. Le dolió tanto que le entraron unas fuertes ganas de llorar:

— ¿De verdad, estás diciendo eso? ¿En serio, me has mentido de esa manera, porque querías que me alejara de ti? —

Eso le gritó encolerizada, mientras se decía una y otra vez que fue una gran estúpida por haber creído que su amistad con Mao sería para siempre. Éste dejó de quererla como amiga y decidió mandarla a la mierda de una forma que resultaba dolorosa a los dos, en vez de explicárselo desde el primer momento.

— Sí, ¿qué pasa? — Le respondió Mao.

Entonces, aquellas palabras finales dieron el golpe de gracia y Nadezha sintió tanta rabia que le dio un gran puñetazo a Mao y lo tiró al suelo de forma muy violenta. Rápidamente, se alejó de él llorando y corriendo a toda velocidad.

Mientras corría sin parar hacia su casa, no dejaba de gritar esto: — ¿Por qué, por qué ha ocurrido esto? —

Y fue en ese momento cuando Nadezha empezó a odiar a Mao. Su odio y enfado hacia la que fue su “mejor amiga” era tan enorme que, al volver a casa, decidió romper todo lo que le tenía unida con aquella persona.

Nadezha encendió la chimenea de su salón y cogió diversas cosas que le regaló o le dio a Mao y los echaba al fuego, mientras ella lloraba y gritaba, descontroladamente.

— ¡Estúpida Mao! — Gritaba. —  ¡Yo pensaba que nuestra amistad es para siempre! — Una y otra vez. — ¿Por qué? ¿Por qué lo has destrozado de esta manera? —

Echó toda la ropa y todas las cosas que le regalo, todas las cartas que se habían escrito durante las clases, antes de destrozarlas en mil pedazos; las fotos que tenía y que se había echado con Mao. También deseaba tirar al fuego todos sus recuerdos de él y su amistad, y sus sentimientos, pero tenía que conformarse con solo eso. Tenía un ataque de ira por lo que había ocurrido y nada parecía poder calmarla.

Y finalmente, para terminar, Nadezha decidió quemar todos aquellos lazos que compró para regalo de Mao, en pleno verano. Los miró detenidamente, antes de tirarlos uno por uno.

— ¡Esto, es por ser una estúpida! — Eso Gritó, antes de tirar el primer lazo, de color azul.

— ¡Esto es por hacer estupideces solo para que te odie! — Y esto fue al tirar el segundo, que era de color rosa.

— ¡Esto por hacerme creer que íbamos ser amigas para siempre! — Añadió, mientras tiraba el del color rojo.

— ¡Esto es por destruirlo todo! — Y esto lo soltó, cuando le tocó al del color verde.

Y al quedarse con el último, que tenía el color amarillo, ella se quedó mirándolo por varios segundos. Sentía unas ganas increíbles de tirarlo al fuego y verlo desaparecer para siempre, pero a la vez no se atrevía. En los más fondo de su ser, ella no deseaba destruir todos los buenos y malos momentos que tuvo con Mao, lo mucho que le ayudó y que le apoyó, aquellas conversaciones tan divertidas y todo aquel tiempo que lo pasaron juntos.

Y, entonces, su cuerpo se derrumbó y cayó de rodillas, mientras abrazaba fuertemente aquel pequeño lazo. Se calló, sin gritar nada más, y decidió seguir llorando descontroladamente hasta dejarse seca, mientras el fuego consumía todo lo que había tirado ahí.

Tras poder tranquilizarse, ella apagó el fuego y se quedó tumbada en el sofá, mirando las musarañas, después de abrigarse con una mantita de color marrón. Al pasar unas horas, su tío volvió a casa y ella le abrió la puerta. Tras hablar un poco, él se dio cuenta de que, en la chimenea que iba a encender para estar calentito, había algo:

— ¡Hey, Nadezhda! ¿Por qué hay tantas cosas extrañas en la chimenea? —Eso le preguntó, mientras miraba los restos calcinados de las cosas que tiró ella en su ataque de ira.

— No es nada, realmente nada. — Solo le contestó eso, muy desanimada. Su tío la miró por unos momentos, antes de seguir observando lo que había en la chimenea.

— No parece ser cosas para echar al fuego. — Siguió hablando, como si esperaba que ella le dijera la verdad, mientras los sacaba y la miraba de reojo.

Nadezha sabía que se daría cuenta, porque le dio una bienvenida bastante deprimente y estaba con una cara de tristeza que se olía a kilómetros.

Pero, aún así, no quería preocupar a su tío por sus problemas, porque él los tenía peores:

— Solo estaba purificándome nada más. — Eso le decía, mientras le soltaba una falsa risa. — No te preocupes, no es nada grave. —

Entonces, para sorpresa de Nadezha, su tío la abrazó fuertemente, mientras le decía estas palabras y le acariciaba la cabeza:

— No sé si es porque estás creciendo, pero últimamente estás muy rara. —

Si no fuera porque ya estaba cansada de llorar, se pondría a hacerlo. De todos modos, aquel abrazo le ayudó mucho a Nadezha. Su tío, en vez de obligarle lo que le pasaba, la abrazó, para tranquilizarla.

— ¡Muchas gracias, lo necesitaba, de verdad! — Le soltaba ella, mientras le devolvía el abrazo con todas sus fuerzas y una sonrisa.

Con esto, parece que nuestra historia llegaría a su fin, pero aún queda algo que contar.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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