Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Prólogo de Malan (Versión de Mao), centésima historia.

Nadezha Vissariónovich Dzhugashvili, una chica caucásica de orígenes rusos, tan blanca como la nieve, algo que nos lo muestra su pálida piel así como su pelo albino, recogido por una diadema que muestra su enorme frente y que le llega a la altura de los hombros. A punto de cumplir los dieciséis años, es alguien con unas ideas políticas e ideológicas muy particulares, las cuales no mencionaremos aquí; y bastante ruda, pero de buen corazón. Alguien que no se queda sentada cuando otra persona cometa, a su juicio, una injusticia.

Mao Shaoqui, un chico asiático que se hace pasar por una chica, que siempre llevan ropajes de origen japonés, aunque es descendiente de chinos. De cabello rubio natural, bastante largo para hacerse una coleta, se pasa viviendo el día a día con tranquilidad, mientras ve la televisión. Aunque no la puede disfrutar mucho, porque siempre tiene que ayudar a sus amigas, a las que trata como si fueran sus hermanas, aún cuando no tenga ganas de involucrarse en el asunto.

Estas dos personas han tenido una relación muy extraña. Se odian, cuando se encuentran cara a cara solo se dedican a pelearse, pero aún así algunas veces se hacen favores y se han ayudado entre ellos. Se podría decir que tienen una relación de amor-odio. En fin, detrás de su presunta rivalidad se esconde algo más. Hace largo tiempo, fueron grandes amigos de la infancia, se consideraron los mejores. Esta historia es sobre los acontecimientos que hicieron romper aquella gran amistad, contado por mí, Martha Malan, que tengo el placer de ser la narradora.

Ahora bien, antes de contarla, hay una introducción, de cómo Nadezha decidió abrir las heridas del pasado que Mao, mi Ojou-sama, había ocultado con mucho ahínco, en busca de la verdad. Sin esta situación, no podría haber sabido lo que les ocurrió cuando eran niños.

Fue en el último día del año, cuando mi Ojou-sama recibió una llamada suya mientras quedaba una hora para anochecer.

— ¿Quién es? — Eso preguntó Mao al coger el teléfono, después de haber sido llamado por Clementina.

— Quiero hablar contigo sobre algo muy importante…— Supo, al oír aquellas palabras, que era Nadezha.

— Pero saluda antes de soltarme eso, por favor. — Eso le replicó bastante molesto, preguntándose qué quería ella.

— Lo siento mucho. — Esas palabras no lo esperó Mao.

— Eso no es normal en ti. — Soltó esto, algo sorprendido.

— De todos modos, necesito hablar contigo sobre un asunto muy importante. —

Mao no sabía de qué asunto quería tratar ella, pero le estaba dando escalofríos, porque parecía más seria de lo normal.

— ¿Y si me niego? Tampoco tengo muchas ganas de salir con este frío. —Pero no dudó en oponerse contra sus palabras.

— Iré a por ti, no importa en dónde te encuentres. — Le respondió Nadezha, con una amenaza que le dejó boquiabierto.

— ¿Qué quieres? Me estás asustando. — Se estaba preguntando qué le estaba pasando.

— Tienes asuntos pendientes conmigo, necesito saber la verdad. — Le gritó Nadezha y Mao ya supo de que estaban hablando. Era algo relacionado con su pasado y que no quería volver a recordar.

— No quiero hablar sobre eso…— Le dijo, poniendo una mueca de molestia. No quería hablar sobre el pasado, solo deseaba olvidarlo.

— Me importa una mierda tu opinión. Solo necesito que me digas toda la verdad, de una vez por todas. — Mao no evitó expulsar un quejido, con ganas de colgar el teléfono. Pero se dio cuenta de que le sería imposible escapar de ella. Después de todo, la conocía y sabía que si la ignoraba, iría a su casa a arruinar la Nochevieja.

— Eres bastante testadura. ¡Iré, pero solo para callarte! — Mao le gritó esto, a continuación. Nadezha le dijo el lugar en dónde tenían que reunirse y éste cortó la llamada de una forma muy brusca. Estaba enfadado.

Esto me lo contó con todo lujo de detalles después, no pude observar la conversación, ya que estaba en el cuarto de baño, a diferencia de las demás chicas, que le espiaron desde el salón para saber qué era aquella llamada que le estaba enfureciendo. Aún así, pude escuchar sus gritos y darme cuenta de que algo no iba bien. Al salir yo del aseo, vi que le estaban preguntando quién le llamó, pero Mao les respondía con esto:

— Ha sido un niño molesto que intentaba burlase de mí. — Intentaba mantener un tono tranquilo, pero se le notaba enfadado.

A continuación, se dirigió hacía a mí: — ¿Quieres que te acompañé a tu casa? Ya has perdido mucho tiempo y ahora es casi de noche. — Yo le respondí que sí, extrañada. No era normal que Mao se ofreciera a llevar a alguien a su casa en un día helador.

Tras salir, me di cuenta de que Mao estaba raro, desde que le llamaron, iba con una cara que mezclaba preocupación, enfado e incluso miedo. Esa era mi impresión al ver su rostro mientras caminábamos, eso confirmaba que había algo raro.

— ¿Por cierto, esa llamada de quién era? — Le pregunté esto a Mao.

— ¿Lo dije, no? — Miró para otro lado, esquivando mis ojos, como si se diera cuenta de que rostro era fácil de adivinar.

— Si fuera algún niño que se dedique a gastar bromas con el teléfono, tú cortarías la llamada de inmediato, o eso creo. Pero hay algo raro. —

Yo le miré fijamente con mucha seriedad y él movía los ojos de un lado para otro, como buscando alguna vía de escape. Al ver que no podría librarse, se atrevió a mirarme y nos quedamos así por unos cuantos segundos. Entonces, él dio un suspiro y soltó esto:

— No puedo mentir con esa cara que pones. — Eso me decía, mientras ponía una pequeña sonrisa. Me quedé callada y algo roja, preguntándome qué cara había puesto.

— En realidad, esa fue Nadezha. — A continuación, empezó a explicarlo. — Ella quiere hablar de algo muy importante conmigo. —

— ¿Ha pasado algo? — Eso le pregunté muy preocupada, parecía que el asunto era de extrema gravedad para que Nadezha se atreviera a llamarle.

— La verdad es que ella quiere hablar sobre cosas del pasado, algo que ocurrió entre nosotras hace años. Eso creo. — Me respondió, mientras miraba al cielo con nostalgia y tristeza.

Se quedó callado, incapaz de decir algo más. Yo me quedé muy pensativa, porque, si se trataba de hablar de cosas del pasado, creo que lo estaban exagerando. Entonces, recordé que Josefina me dijo hace tiempo una cosa, sobre de que ellas eran buenas amigas y que, por alguna razón, eso se volvió odio. Entonces, replanteé mi impresión y pensé que ese tema que quería tratar Nadezha era muy doloroso y podría decirse que es una especie de tabú. Debió de ser algo lo bastante grave para que Mao se sintiera tan incómodo y molesto. Y yo no pude ocultar mi curiosidad, quería saberlo.

— ¿Antes erais amigas, no? — Entonces, le pregunté esto.

— ¿Cómo sabes eso? — Se sorprendió un poco. — Bueno, no importa. — Luego, añadió con desgaña.

Yo le iba a explicar que Josefina me lo dijo, pero él siguió hablando: — Sí, nosotras éramos las mejores amigas, o eso nos creíamos. Al final, se tuvo que destruir de la peor manera. Es algo demasiado doloroso y que debería haber sido olvidado. — Y con esto dicho, se calló con una mueca de molestia. Tal vez intentando olvidar todo lo que había sufrido.

Yo deseaba saber lo qué les pasó, pero entendía que Mao no me lo diría, tal vez porque era demasiado privado y persona para que me lo contara. Por esa razón, no dije nada y seguimos caminando hacia mi casa.

— ¿Y qué harás? — Y tras al llegar al barrio en dónde estaba viviendo, le pregunté. Se detuvo y tras estar en silencio, me respondió.

— Pues tengo que ir a un parque, me está esperando allí. Cuando llegamos a tu casa, iré para allá. — En su cara se veía que no lo deseaba por nada del mundo, que la última cosa que haría sería ir ahí.

Yo dejé de andar. Parecía que miraba adelante, pero estaba absorta en mis pensamientos. Mao, con los hombros caídos, tardó en darse cuenta y, al mirar hacia atrás, iba a preguntarme por qué me había parado. Entonces, me adelanté: — ¿Puedo acompañarte? —

 

Mao se quedó callado, tal vez algo molesto al ver que yo me quería unir, pero incapaz de rechazar mi propuesta así como así. Yo sabía que, fuera lo que fuera aquel acontecimiento, él estaba muy avergonzado y arrepentido por lo ocurrido. No deseaba recordarlo ni menos que los demás lo supieran. Yo debía respetar esos deseos y ni atreverme a formular tal pregunta, pero no podría estar tranquila, me era imposible al ver el estado de ánimo que mostraba, sentía como si se iba a desmoronar de un momento para otro.

— Es algo privado entre nosotros, no creo que ella quiera que venga alguien más… En verdad, tampoco me gustaría llevarte…—

Al pasar unos cuantos segundos, soltó esta respuesta con toda su sinceridad, aunque entrecortado y con un tono que mostraba todo su desánimo. Su cara mostraba un evidente malestar y un dolor profundo. Aquello solo provocó que sintiera que no podría dejarle solo. Continué:

— P-pero siento que debería acompañarte. Tal vez, necesitas alguien para consolarte y para dar ánimos, o algo así. —

No se me ocurrió ningún otro argumento, en mi cabeza no encontraba ninguna buena argumentación para poderle convencer. Fue de golpe, era como si mi cerebro se quedará en blanco. Me avergoncé al momento, sorprendida de que hubiera soltado algo tan pobre. Es algo que raramente me pasa. Supongo que se debía porque mi lógica me decía que eran un asunto suyo y que no debería interferir, porque él no lo deseaba y debí respetarlo. Mis sentimientos, por el contrario, dictaban otra cosa, y ellos estaban hablando por mí.

Él volvió a callarse. Yo también, mientras esperaba impacientemente su respuesta. Pensaba que me diría que no, eso era lo lógico. Por otra parte, no quería recibir aquella respuesta negativa. Yo quería estar a su lado para poder serle de ayuda cuando se enfrentaría a aquello, porque se veía que él no podría solo.

—  Haz lo que quieras. De todos modos, no quiero esconderlo, solo olvidarlo. —

Al final, más o menos, me dijo que sí. Me sentí bastante feliz, por un lado bastante sorprendida por la respuesta, porque la lógica me dictaba que se iba a rehusar.

— ¿De verdad? — Aún así, solté esto sin pensarlo, como si no estaba ya confirmado. Mao se dio la vuelta y empezó a caminar hacia una dirección contraria a la de mi casa. Entonces, añadió:

—  Si quieres hacerlo, pues bien, pero no te vayas a arrepentir. —

Con paso ligero, le alcancé y le empecé a seguir, directos hacia al parque en dónde se encontraba Nadezha.

Sorprendentemente el lugar elegido era un parque que estaba cerca de mi colegio. Y ahí estaba Nadezha, de brazos cruzados, en el centro de aquel lugar, bajo la luz de una farola. Ya era de noche.

—  Al parecer, has traído a Malan. —  Eso nos dijo al vernos, mirándonos con pura determinación.

— ¿Y qué, pasa algo? — Le replicó Mao. Nadezha solo se quedó callada unos segundos, antes de soltar esto:

— No te recriminaré, mi Vladimir me está acompañando. —  A su lado, estaba su novio. Al parecer, él y yo íbamos a ser los invitados.

—  Entiendo. —  Añadió con sequedad Mao.

— ¿Sabes por qué estoy aquí, no? —  Los dos empezaron a mirarse el uno al otro, con una hostilidad que parecía cortar el aire.

—  Desgraciadamente, sí. —

—  Quiero saber lo que te pasó para decidir traicionarme y romper nuestra amistad. — Nadezha apretaba los puños, mientras  lo decía. — No, ¡debo saber las razones! —

— ¿Y por qué lo quieres saber? ¡Eso es más que agua pasada! — Esto le gritó Mao, poniendo una cara de pura malestar. Se notaba que quería cortar la conversación.

—  Llevó preguntándomelo desde aquel día las verdaderas razones para que tú hubieses hecho todo eso, ¡no podré estar tranquila hasta que me digas toda la verdad! — Nadezha le gritó mucho más fuerte. Su mirada daba mucho miedo, parecía que deseaba ir contra Mao de un momento para otro.

— ¿Y qué vas a conseguir con eso? Es un esfuerzo inútil y estúpido. No tienes sentido. —  Le replicó Mao, mientras se cruzaba los brazos y miraba para al otro lado lleno de incomodidad.

— ¿Y entonces por qué los escondes de mí? ¿¡Qué razón hay!? — Nadezha gritó como una leona.

—  No hay ninguna, nada de nada. ¡Y si lo tuviera, no te lo diría! — Pero Mao no se dejaba intimidar. Entonces, por unos segundos, hubo un silencio, helador, era la calma antes de la tempestad.

Nosotros, yo y Vladimir, al presentir el feo ambiente que había entre ellos dos nos alejamos rápidamente, porque sabíamos que iban a dar una pelea. No sé de él, pero yo sentía que era imposible detenerlos, era inevitable, como si fuera una fuerza de la naturaleza. Se miraban con un odio inmenso, dando la impresión de que deseaban exterminar a la otra persona.

— ¡Ya veo!… — Entonces, Nadezha gritaba esto. — ¡Entonces, lo haré a la fuerza! — Mientras ponía una posición de combate.

— ¡Mira qué eres testadura! — Mao hizo lo mismo. — ¡Te voy a mandar al hospital! —

Y con esto dicho, la batalla comenzó. Mao se lanzó hacia Nadezha, y ésta también. Los dos alzaron los brazos para darse un puñetazo mutuo en todo el rostro. Cuando iban a darse el golpe, la osa rusa esquivó el puño que iba a dirigir contra la cara de su adversario y le dio en toda la cara a mi Ojou-sama. Yo grité su nombre, pero incapaz de acercarme a esas fieras.

— ¡Mierda, mierda! —  Gritaba Mao, mientras se levanta, tras dar unas vueltas por el suelo después de ser golpeado.

Nadezha esperó a que se levantara para ir hacia él y cuando le iba a golpear, Mao lo esquivó y la hizo caer, mediante una patada hacia sus rodillas.

La osa rusa no perdió ni un segundo, y mientras caía, usó las piernas para darle en el pecho de mi Ojou-sama, pero éste la esquivó y se alejó de ella. Nadezha se levantó rápidamente y cargó contra Mao.

Vladimir estaba boquiabierto, deseoso de detenerlos. Estaba lleno de preocupación por su novia, pero era incapaz de entrometerse, al igual que yo.

— ¡Te haré confesar, aunque sea a golpes! — Eso le decía encolerizada Nadezha, mientras corría hacia Mao.

— ¡Ni lo sueñes! — Le replicó Mao, también encolerizado, mientras esperaba al golpe de Nadezha.

Las miradas que se mostraban el uno al otro eran propias de psicópatas deseosos de sangre. No paraban de gritar. Estaban fueras de sí mismos y aquella violencia que demostraban nos hacían pensar que esto iba a acabar peor de lo que nos podríamos imaginar.

— ¿Qué podemos hacer, qué podemos hacer? — Eso decía yo en voz baja, mientras observaba la pelea.

Mao pudo detener con sus brazos el puñetazo de la osa rusa y ésta se echó para atrás, para evitar recibir una patada de mi Ojou-Sama. Nadezha, a continuación, intentó hacer lo mismo.

Mao lo detuvo, bloqueándolo con una de sus piernas y se echó para atrás, pero no le dio tiempo para esquivar un puñetazo que iba hacia su cara. Tuvo que protegerse con sus brazos del golpe y le dio una patada a la osa rusa que la hizo tirar al suelo. El ruido que provocó fue muy fuerte, por un momento creí que se le rompió algún hueso.

Mao, en vez de ir a por ella, se quedó mirándola, con ganas de llorar.

— ¿Por qué, por qué, haces esto? — Le gritaba esto, con todas sus fuerzas.

— Yo solo…yo solo…—  Y Nadezha intentaba decir esto, mientras se levantaba.

— ¡Deja de remover la mierda de una vez! — Mao le dio un puñetazo que hizo volar a Nadezha. — ¡Idiota, idiota, eres un gran idiota! —

Pero se Nadezha pudo levantarse y fue a por él, mientras le gritaba: — ¡El idiota eres tú! — Y con esto, iba a lanzar un puñetazo hacia su estómago. — Solo quiero saber lo que ocurrió. —

— Olvida eso de una vez. — Le gritó Mao, mientras se protegía el cuerpo del golpe que iba a recibir. Entonces, Nadezha le dio una patada en unas piernas y lo hizo caer al suelo.

— Solo quiero confirma lo que alguien me dijo. Quiero saberlo de tus palabras. —  Intentó darle una patada, pero Mao lo esquivó, rodando por el suelo, alejándose de Nadezha. Luego de levantarse, las dos se quedaron mirándose. Sus caras mostraban rabia y dolor, no solo por los golpes que se habían lanzado, sino también por las viejas heridas del pasado que se estaban abriendo.

— ¿Por qué decidiste alejarte de mí, por qué destruiste aquella amistad, rompiendo nuestros lazos, por qué…? — Entonces, Nadezha empezó a hablar, gritándole desesperadamente. Deseaba llorar, pero intentaba aguantarse.

— No digas nada, absolutamente nada. Déjalo de una vez. — Mao la intentaba interrumpir, lanzándose hacia ella y tirándola al suelo de un puñetazo.

Pero Nadezha siguió hablando, sin levantarse de aquel suelo nevado: — ¿Es por qué estabas enamorado de mí? —

Eso me dejó muy sorprendida, más bien, conmocionada. Casi iba a soltar un grito por aquella revelación y mi mente intentó interpretarlo de otra forma, como si era incapaz de creer eso, o lo intentaba negar. No sé cómo se lo tomó Vladimir, pero Mao no lo negó, solo tapó sus orejas.

— ¡Cállate! —  Y le gritaba con mucha virulencia. No quería escucharlo.

—  Sabías que yo te veía solo como una amiga, y creías que te odiaría si descubriese de que eres un chico, de que estuviste engañando todo ese tiempo. — Pero Nadezha siguió hablando.

— ¡Cállate! — Mao le gritaba desesperadamente esto mientras le cogía del cuello a Nadezha tan veloz como un rayo. Entonces, la osa rusa le lanzó un puñetazo que lo hizo volar.

— No solo eso, me ocultaste que tu familiar era un terrorista, el mismo que ideó y acabó con mis padres. — Pero no se detenía.

— ¡Qué te calles, por favor! — Y Mao se ponía cada vez más histérico, lanzando gritos cada vez más fuertes, mientras se levantaba. Intentaba ocultar su rostro con las manos, más bien, sus ojos. Era doloroso verlo así, era la primera vez que lo veía de una forma tan lamentable.

—  Pensaste que lo mejor era cortar de raíz. De que nuestra amistad estaba acabada de antemano, ¿es eso verdad? — Y Nadezha terminó sus palabras, después de levantarse poco a poco del suelo.

Mao no le contestó, él seguía con la cara tapada. Estaba gimoteando y sollozando. Era bien obvio que no se ocultaba el rostro por dolor, sino para que no le viéramos llorar, a pesar de que era inevitable ocultar las lágrimas que caían de su rostro.

Nadezha se le quedó mirando. Había desaparecido de su rostro aquella rabia y se había transformado en consternación. Ver a Mao llorar fue lo único que consiguió detenerla. Entonces dijo estas palabras sin pensar, incapaz de salir de ese asombro: — ¿Estás llorando? —

— ¿Y a ti que te parece? ¿Es esto lo que querías? Pues lo has conseguido, bravo por ti. Gracias por haber removido el cajón de mierda. — Le gritaba Mao con rabia, mientras dejaba de ocultar aquella cara llorona, parecida a la de un niño al que le partieron el corazón.

Aquel rostro también me afectó a mí. Nunca le había visto así y no me gustó nada, sentí en mi pecho una enorme aflicción. Debe ser lo mismo para Nadezha que se quedó callada y quieta, con un gesto de consternación y culpabilidad. Se notaba en el rostro que no quería haber llegado a estos extremos.

Entonces, Mao salió corriendo, mientras la insultaba. Yo le perseguí, antes de darme cuenta de que Nadezha decidió mirar al suelo, con los ojos llorosos.

Corrió sin parar, hasta llegar al parque que estaba cerca de su casa.  Se sentó en un banco, antes de quitarle la nieve que tenía encima. Cuando llegué, lo vi mirando al suelo cabizbajo.

— Perdón por dar este espectáculo tan lamentable. — Eso me dijo, cuando se dio cuenta de mi presencia, sin mirarme siquiera. No se atrevía.

— No pasa nada. Ahora sé lo doloroso que puede ser para ti este asunto. — Eso le dije, mientras me sentaba junto a él.

No sabía si indagar más, callarme o animarle de alguna manera. La verdad es que no tenía ni idea de cómo poder aliviarle aquel dolor, por mucho que lo pensaba, por mucha psicología que había leído, no podría.

En verdad, quería preguntarle muchas cosas, deseaba conocer esa parte de su pasado, pero yo no quería echarle más sal a la herida. Profundizar en el asunto en aquellos momentos sería algo contraproducente. Pero Mao, para mi sorpresa, me soltó esto, respondiendo a algunas de las preguntas que tenía formulando en mi mente:

— Cometí estupideces y más estupideces. Metí la pata hasta al fondo. Eso es todo y no quiero recordarlo. —

Hubo un silencio que duró unos segundos, hasta que yo le solté la siguiente cuestión:

— ¿Es verdad todo lo que dijo? — Estaba recordando todo lo que le dijo a Nadezha. Aún no podría asimilar lo que dijo. Me costaba creer que Mao estuviera enamorado de ella. Mi cerebro sufría un cortocircuito con solo pensarlo.

Entonces, me tapé la boca, recordando que Mao no deseaba recordarlo. Sentí la pata y tuve que añadir esto: — No era mi intención hacerte recordar esa mala época. —

— Pero deseas saber lo que pasó, ¿no? — Entonces, Mao me soltó esto.

— No puedo mentir sobre esto, la verdad. — Le dije. Mao volvió a estar callado. Se quedó mirando al suelo muy pensativo, antes de seguir hablando:

— Tal vez, me pueda servir de algo contarte la verdad. Tal vez, así me consuelo o algo parecido. — Dio un suspiro, mientras se limpiaba las lágrimas, antes de añadir esto: — Pero, antes te tengo que decir algo que puede trastornarte…— Sabía lo que iba a decirme.

— Si eso es lo que quieres, adelante, pero, antes…— Entonces, yo, hice algo que le sorprendió, se quedó boquiabierto. Le di un abrazo. Creo que era lo que necesitaba en ese momento. Además, quería darle mi apoyo de alguna manera y notar la calidez de su cuerpo. Fue incapaz de reaccionar y pude estar aferrada a él durante largo tiempo. Entonces, tras un pequeño intervalo de tiempo, decidí romper el silencio con estas palabras:

— Si te refieres a que eres hombre, lo sé. Así que no te preocupes…—

A Mao casi le faltaba dar un grito de sorpresa, en su rostro había un gesto de conmoción, con ganas de preguntarme cómo yo lo sabía.

Pero, al final, soltó una carcajada y concluyó: — A ti no se te puede engañar, ¿eh? —

Y después de aquel comentario, me contó aquella historia que, a continuación, empezaré a narrar.

FIN DEL PRÓLOGO

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