Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Primera parte (Versión de Mao), centésima historia.

La primera vez que Mao conoció a Nadezha fue cuando entró en el colegio. Iban a estar en la misma clase, pero no se dio cuenta de su existencia, hasta que ella se presentó ante los demás. Era algo que el tutor les mandaba hacer a los alumnos. Aquel pelo blanco le atraía la atención, que no era el único, y se preguntaba porque tenía el cabello de ese color si no era una anciana. Por lo demás, no le producía ningún interés, así que era solo una simple conocida.

En los primeros días, los demás niños le miraban raro por ser un asiático, pero tal vez, gracias a su personalidad, los infantes le aceptaron y poco a poco se volvió popular. Eso me dijeron antiguas compañeras de clases de Mao, ya que éste me negó que hubiera sido tal cosa.

De todos modos, cada uno iba por su cuenta y nunca se dirigían la palabra. Entonces, en un día de Octubre, Nadezha, quién vivía felizmente el día a día, sufrió una tragedia. El coche de sus padres explotó delante de sus ojos con ellos dentro.

Según lo que me contaba, eso le destrozó la vida a Nadezha y se puso muy deprimida. Aunque venía a clases, se la pasaba viendo las musarañas, con una tristeza que le molestaba a Mao. Y no solo eso, no deseaba hablar con nadie y no quería que le hablasen. Se pasaba el patio en silencio, mientras escondía la cabeza entre sus piernas.

Los profesores no supieron qué hacer para animarla y los niños, aunque tuvieran pena de ella, ni lo intentaban. Y Mao cada vez se sentía menos tranquilo con cada día que pasaba. Me explicó que se decía una y otra vez que la dejara en paz, pero no podría soportar que una compañera de clase estuviese así, le ponía malo.

En un recreo, mientras jugaban a la pelota con unas chicas que ni conocía, Mao se quedó mirando a Nadezha, quién se había sentado en un banco, mientras se abrazaba las piernas con la típica depresión que tenía desde hace días. Sentía un sentimiento muy horrible, mientras la observaba. A continuación, le dieron sin querer un balonazo en toda la cara.

— ¿Estás bien, Mao? — Gritaron las niñas de pura preocupación, mientras se le acercaban. Le pedían perdón, pero Mao, a pesar del dolor, no le importó eso. Es más, les señaló a Nadezha y les soltó esto:

— Aquella chica me molesta…— Esas niñas se quedaron algo confundidas, preguntándose qué quería decir con eso.

— ¿Hablas de ella? Está así porque perdió a sus papás. — Eso le dijo una de esas chicas, mientras observaban a la persona que Mao estaba señalando.

— Eso lo sé. — Les respondió Mao.

No soportaba que esa chica estuviese en ese estado y necesitaba animarla de alguna forma. No entendía la razón, pero si no lo hacía su conciencia no estaba tranquila. Las demás chicas se miraron entre ellas, para luego decirle esto: — No te preocupes por ella, ya se pondrá contenta. Tenemos que seguir jugando. —

Mao no les dijo nada, solo se dirigió hacia ella. Las niñas les preguntaba, sorprendidas, esto: — ¿Adónde vas? —

— Voy a hacer algo. Ahora vuelto. — Les contestó Mao y al estar delante de Nadezha, le preguntó esto:

— ¿Vas a estar así todo el día? — Eso le dijo.

— Déjame tranquila. — Y esto le contestó Nadezha, con un tono muy desagradable.

— No puedo, haces que el recreo se vuelva triste y es molesto. — Entonces, Mao le replicó con estas palabras, para dejarle claro que no iba a irse, así por así.

— ¿Y qué quieres que haga? — A Nadezha ya se le notaba molesta.

— Tus papás deben estar triste, al verte. Yo, si fuera tu mamá, no me gustaría que estés así por mí. — Mao lo decía pensando en su difunta madre, que murió cuando éste nació. Su padre le había contado que sus últimas palabras eran que no se pusiera mal por ser ella quién se moría la primera.

— Ellos están muertos. — Eso le soltó Nadezha con una voz rabiosa.

Entonces, Mao decidió sentarse a su lado y soltar una frase que su padre siempre le decía, de buena manera: — Por eso, no pongas tristes a los muertos. Haz el favor de vivir por ellos, te lo agradecerán. —

A continuación, Nadezha se quedó callada por unos segundos, mientras miraba al cielo. Y en un minuto, toda esa tristeza se transformaba en una tranquilizadora y tímida sonrisa. Aliviado al verla así, se sintió muy feliz de contemplar eso. Luego, la chica del cabello blanco se dirigió hacia él y le dijo esto:

— Tienes razón, sería una vergüenza hacer que los muertos estén triste. —

Y así comenzó la amistad entre Nadezha y Mao que, con el paso de los años, se volverían “las mejores amigas”, un dúo inseparable que se volvió casi famoso entre sus compañeros. Siempre estaban juntos en las clases, siempre jugaban e iban de compras por las tardes, siempre se decían cursilerías y cariños la una a la otra. No había una amistad igual en toda la ciudad.

Y con el paso de los años, Mao se estaba enamorando de aquella chica poquito a poco y no se dio cuenta de tal cosa hasta un buen día, mientras cursaba en el último año de primaria.

Era en un día de mayo, uno muy soleado, aunque Mao me dijo que la noche anterior había llovido. Estaba durmiendo tranquilamente entre su futón, cuando una voz ronca le gritó esto: — ¡Oye dormilona, despierta de una vez que ya es de día! —

Era de su padre, quién había entrado en su habitación para despertarlo.

— ¡Solo déjame cinco minutos más! — Mao protestó y su anciano padre dio un pisotón muy fuerte contra el suelo, mientras le soltaba esto:

— ¡Ni hablar, ya son las siete de la mañana y tenemos que hacer el desayuno! —

Por aquel tiempo, su padre le dio por enseñarle el arte de la cocina a Mao, quién no tenía muchas ganas, pero eran sus órdenes y tenía que cumplirlo. Por eso, se levantó del futón, mientras daba grandes bostezos. Adormilado, se fue al cuarto de baño, después de coger el uniforme.

— ¿Ya has terminado de bañarte y lavarte los dientes? — Eso le preguntó su padre, quién estaba viendo la tele, cuando lo vio salir de ahí.

— Sí, viejo. — Le respondió.

— Bien, entonces, dile las buenos días a tu madre. — Y al escuchar aquellas palabras, se dirigió hacia un pequeño altar que tenían en el salón, dedicado a su madre.

Como mencioné antes, su madre murió, tras dar a luz a Mao. El hecho fue bastante irónico, porque ella era dos décadas más joven que su padre, quién quedó afectado profundamente, ya que la amaba muchísimo. Su historia de amor, según mi Ojou-sama mencionó brevemente, parecía de película.

Al sentarse de rodillas delante del altar, mientras cerraba los ojos y rezaba por ella, no dejaba de pensar en una cosa: En su último deseo. Al abrirlo, decidió preguntarle a su padre una cosa que le llevaba tiempo rondado por la cabeza:

— Por cierto, ¿ella quería una niña, no? — Eso le preguntó.

Ese era su último deseo, según su padre. Ella, y también él, deseaban tener una chica.

— Sí, eso era lo que más deseaba. Ya estaba harta de parir chicos. Y se cumplió, porque ella te tuvo a ti. —

Pero había una mentira en esa frase, porque Mao, a pesar de vestir lindos kimonos y vestidos, de ser “legalmente” hembra ante los ojos de las instituciones, de ser tratado como tal y ser conocido por los demás de esa forma; no era una chica.

— Pero yo soy un hombre. — Eso le dijo Mao con voz tenue, mientras miraba al suelo algo molesto.

No entendía, por qué tenía que pasar por chica. Él se sentía un hombre y ya se estaba cansando de actuar como una niña.

— Para mis ojos, no. Tú eres una chica y punto. — Y su anciano padre le escuchó y le soltó aquello con voz de enfado.

Mao, resignado y molesto, se calló, porque no quería enfadar a su padre y éste, quién estaba en el suelo, se levantó y le dijo que fuera a la cocina, a practicar con el desayuno.

Tras salir de su casa, se dirigió hacia al lugar en dónde se reunía con Nadezha cada día antes de ir al colegio, un pequeño parque. Y allí se la encontró, esperándolo mientras estaba en un columpio. Entonces, al ver que ella no se dio cuenta de su presencia, quería sorprenderla.

Y solo se le ocurrió esto: Salir corriendo hacia ella para dar unas volteretas delante de sus ojos mientras le decía los buenos días.

Y lo intentó. Primero, se preparó para salir mientras ponía una posición de salida. Luego, salió disparado mientras le gritaba a Nadezha, quién se sorprendió tanto que se cayó del columpio. Y cuando Mao saltó para hacer la voltereta, solo se cayó de bruces contra el suelo. Eso le fue muy doloroso.

Y, entonces, mientras Mao se tapaba la cara del dolor, Nadezha, quién se pudo levantar, se acercó hacia él y le daba la mano para ayudarle:

— Otra vez haciéndote la payasa. No tienes remedio. — Le decía con una sonrisa en la cara. Mao cogió la mano y se levantó.

— Pensaba que me iba a salir. — Eso le dijo, riendo avergonzado. Tras ver el resultado, se dijo a sí mismo que era un idiota.

Rápidamente recuperó la compostura y repitió otra vez estas palabras:

— Por cierto, ¡buenos días! — Mientras intentaba imitar a la presentación de una chica mágica de una serie que vio hace tiempo. Eso le hizo gracia a Nadezha.

Por aquel entonces, según Mao, era una persona mucho más activo que ahora. Casi siempre tenía energías y no podría dejar de mover, y le gustaba siempre tonterías, para hacer reír a Nadezha o para molestarla un poco. Me sorprendió mucho eso, porque yo nunca me imaginaría a él haciendo esas cosas.

— Eso ya lo has dicho. — Le replicó su amiga.

— Oh, es cierto. — A continuación se giró, observando hacia el resto del camino que les llevaba al colegio. — Bueno, ¿vamos hacia allá? —

Tras decir eso, Nadezha, dijo esto antes de dar un suspiro: — No hay más remedio. —

Se le notaba que no tenía ganas de ir al colegio, o eso me dijo Mao. Él también me contó que él tampoco, eso era todos los días.

Y mientras caminaban juntos hacia la escuela, charlaban tranquilamente como hacían siempre. Mao le decía alguna que otra broma que Nadezha, la cual a veces se reía, y otras se lo creía. Y ella le mencionaba los sueños que había tenido, o le hablaba sobre ir algún sitio por la tarde.

Aquella escena cotidiana a veces, cuando el silencio aparecía, hacia que Mao empezará a darse cuenta de que con Nadezha le pasaba algo raro que no le ocurría con nadie más. De eso se dio cuenta hace algún tiempo.

Se preguntaba qué le pasaba con él últimamente. No dejaba de pensar en Nadezha, de necesitar hablar o estar con ella cuando no podrían estar juntas, incluso sentía un poco de miedo al pensar si estuviese interesado en algún chico. No entendía aquellos sentimientos que estaba teniendo.

Y cuando vio que solo se estaba amargando de forma inútil, él intentó quitarse esos pensamientos de su cabeza y le dio de repente un gran abrazo a Nadezha:

— ¡Te quiero mucho, muchísimo! — Eso le gritaba a Nadezha.

— Yo también, mujer. — Le decía a Mao. — ¡¿Pero no es demasiado temprano para darme un abrazo!? —

— Nunca es temprano para darte abrazos. — Le gritó Mao, antes de darse cuenta de que todo el mundo les estaba mirando.

— ¡Maldita sea, qué vergüenza! — Se puso muy rojo, mientras soltaba a veloz a Nadezha y se tapaba la cara.

— No tienes remedio, de verdad. — Le soltó Nadezha, después de reír un poco mientras veía a Mao corriendo hacia al colegio, muerto de vergüenza. Ella decidió hacer lo mismo, correr hasta llegar a su clase.

Y al entrar los dos en su clase, se encontraron con una sorpresa bastante desagradable. Una chica estaba ahí estaba ahí, dándole patadas a todas las mesas y sillas que veía. Era obvio que estaba enfadada, porque no dejaba de gritar insultos sin parar.

Ninguno quería estar allí, es más, deseaban alejarse de ahí lo más rápido posible sin que aquella persona se diese cuenta de que estaban ahí.

— ¡¿Pero ya se van!? ¡Ni siquiera ha empezado la clase! — Pero ya era demasiado tarde. Porque ella supo que habían llegado y se dirigió hacia a Mao y Nadezha, mientras se estaba preparando para golpearlos.

— ¿Y tú has venido muy temprano, eh? — Le soltó Mao con mucho desprecio.

— Yo pensaba que ya te habían expulsado para siempre. — Y añadió Nadezha, con mucho desagrado hacia aquella chica.

Ella se puso a reír frenéticamente, para luego gritarles esto: —  Estos putos tienen mucho aguante, la verdad. Yo estoy cansada de apalear tontos y que no hagan nada. — Lo dijo con mucha ira, antes de patear a otra silla.

Aquella chica, según Mao, era la persona más odiosa y desagradable que había conocido en toda su vida. Se llamaba Marie Luise Lafayette. Yo nunca la conocí, ya que llevaba tiempo desaparecida en las montañas cuando conocí a mi Ojou-sama. Aún así, ha sido mencionada muchas veces, y ninguna vez era para hablar bien de ella. Y me dicen que he tenido mucha suerte por no haberla conocido.

Y se había vuelto frecuente que Lafayette siempre intentaba hacerles daño a Mao y a Nadezha, quienes se volvieron sus peores enemigos en aquellos tiempos. Por esa razón, se acercaba hacia ellos para darles una paliza y lo sabían muy bien.

— Si tanto quieres irte, ¿por qué no te vas? — Eso le soltaba Mao, mientras se ponía en posición de combate.

— ¡Eso, eso! — Y añadió esto Nadezha, gritando, mientras hacía lo mismo.

Ya estaban preparados para golpear a Lafayette, a quién miraban con mucha rabia y rencor.

— Hay un pesado que me impide hacerlo. Y, ahora mismo estoy enfadada por su culpa. ¡Y vosotras vais a pagar el pato, subnormales de mierda! —

Gritó Lafayatte, antes de lanzarse hacia ellas, mientras levantaba la mano para darles un puñetazo.

Y así inició una pelea que acabó con la derrota de aquella chica de color negro, quién no parecía aprender que siempre estaba en desventaja al luchar contra dos personas a la vez.

Aunque, más bien, había que estaba siendo derrotada en vez de haber perdido el combate, ya que el profesor y unos cuantos alumnos tuvieron que detenerlas, al ver lo que estaban haciendo en la clase.

Tras eso, acabaron esperando delante de la puerta del despacho del director, ellos dos solos, porque Lafayette se había quitado del medio. Estaban muy aliviados por ese hecho, ya que no soportaban la presencia de aquella chica, aunque les molestaba acabar ahí de nuevo por su culpa.

— ¿Por qué siempre acabamos así? — Eso soltaba Mao bastante molesto, mientras no dejaba de patalear el suelo sin parar. Quería levantarse de la silla y irse de allí, pero si hacía eso solo empeoraría las cosas. Lo peor es que no podría estar tranquilo ni estando sentado.

— Si no fuera por esa niñita abusona no estaríamos aquí, ¿cuándo la van a echar? ¡El colegio no tiene paz desde que está! — Y estas palabras fueron la respuesta que dio Nadezha, quién estaba más relajada, aunque bastante molesta y cabreada con Lafayette, a quién no paraba de maldecir.

Mao, al ver la cara de Nadezha, le soltó esto con la intención de que se olvidara de Lafayette por unos momentos. Le molestaba que ella estuviera con ese cabreo, por culpa de aquella estúpida, y quería ponerla contenta.

— Olvidémonos de ella, por ahora. — Nadezha le dio la razón y le dijo que eso era lo mejor. A continuación, se quedaron en silencio por unos cuantos segundos, hasta que Mao se cansó.

— Por cierto, ¿esta tarde podemos ir al centro comercial? Necesito comprar nueva ropa. — Le preguntó a Nadezha.

— ¿Esta tarde? — Eso le soltó ella algo sorprendida, como si se hubiera acordado de algo importante.

— Pues sí. — Aunque Mao ignoró eso y luego, Nadezha se quedó callada por unos segundos, para luego soltarle esto:

— De hecho, necesito decirte algo…— Al oír esas palabras, a Mao le entró algo de miedo.

— ¿El qué? — Le preguntó, ante de tragar saliva.

— Hoy estaré con mi tía, así que no podré salir contigo. — Eso le soltó Nadezha con miedo de que le sentara eso mal, ya que era la primera vez que no iban a estar juntos en una tarde.

Aunque, por una parte, fue un alivio para Mao, ya que no parecía nada malo o grave; por otra, se puso un poco triste, porque esta tarde no iban a estar juntos.

— ¿En serio? — Y eso soltó con una cara molesta.

— ¡No pongas esa cara, solo será un día, nada más! — Nadezha lo notó y Mao, para no hacer que se sintiera culpable, intentó disimularlo.

— ¿¡Pero qué dices!? ¡No me pasa nada malo ni nada parecido! — Se lo soltaba muy nervioso, mientras movía las manos de un lado para otro, y la cabeza también, para negarlo.

— Se te nota en la cara. — Aunque Nadezha no se lo tragó.

— ¡De todos modos, como dices, solo es un día, nada más! — Concluyó Mao, intentando convencerla de que a él no le pasaba nada con estar una sola tarde sin ella.

Al final, después de terminar las clases y volver a casa, estaba bastante desanimado, pensando en lo aburrido y solo que iba a estar sin Nadezha, mientras daba vueltas por su habitación.

— ¡¿Cuánto tiempo falta para mañana!? — Soltaba cada cinco minutos, mientras miraba el reloj fijamente, esperando que las horas pasaran volando mágicamente; pero solo conseguía frustrarse.

Harto de esperar las horas, decidió pensar en otras cosas. Por ejemplo, en pasar el rato con otras chicas, ya que era popular en el colegio, más de una podría aceptar su sugerencia. Pero no quería hacer eso, porque lo que deseaba era estar con Nadezha. Se sentía un traidor si iría con otras niñas que no fuera ella.

También pensó en pensar en un buen rato con su padre, pero desechó rápidamente la idea. O en dormir, pero no tenía sueño. O ver la televisión, pero no tenía ganas. Lo único que quería era estar con Nadezha, no podría dejar de pensar en ella.

— ¿Pero, qué me pasa? ¡Nadezha esto, Nadezha lo otro! — Gritaba Mao, al final, mientras se ponía las manos en la cabeza. — ¡Es solo una amiga, solo eso…! —

Entonces, se quedó callado por varios segundos. Al pronunciar aquellas palabras, se dio cuenta de que Nadezha se había vuelto algo más que una amiga. Estuvo un buen rato intentando negar que eso fuera verdad, pero al final tuvo que asimilarlo.

— ¡Me he enamorado de Nadezha! — Eso soltó con los ojos bien abiertos.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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