Centesíma primera historia

La chica perfecta: Epílogo, centésima primera historia.

No sentí haber resuelto este asunto, porque estaba lleno de lagunas. Me hubiera gustado que Megan me hubiera dicho cómo lo hizo, pero supongo que se cortaría la lengua antes que hiciera eso. No sabía casi nada, ni siquiera si actuó sola o tuvo la ayuda de alguien más.

Después de todo, tengo la firme sospecha de que Klara la ayudó de alguna manera. Nadezha me lo dijo, que fue llamada por Vladimir y vino para ayudarme, vio a alguien espiándonos en alguna parte del parque. Su detallada descripción no dejaba duda de quién era aquella persona. Y hubo algo más, cuando la Osa rusa se acercó a ella, ésta salió corriendo a toda velocidad.

Pero de alguna forma detuve aquel acoso que iba contra mí, todo se solucionó. Aunque todo cambió, se transformó radicalmente, después de aquel día. Mi vida escolar dejó de ser la misma.

Al día siguiente, mientras caminaba hacia la escuela, todos me miraban con miedo, como si era una persona con la cual era mejor no desafiarla. Varios, al ver que estaban en mitad de mi camino, se quitaban a un lado y me sonreían nerviosamente y algunos esquivaban su miraba al cruzarse con la mía. Apenas alguien se atrevía a dirigirme la palabra y si yo les saludaba estos salían corriendo. Ya no sería tratada como antes, ahora era tratada como la matona del colegio. Aquel trato me molestaba mucho y me costó asimilarlo, pero aún así estaba bien. Las cosas debían estar de esta manera.

Al llegar a mi clase, todos mis compañeros se quedaron mirándome con terror y aún veía incredulidad en sus rostros, incapaces de asimilar que aquella chica perfecta fuera capaz de haber hecho tal cosa. O más bien, era otra cosa. Ellos miraban el asiento de Megan, como si su ausencia diera a pensar que a ella le pasó algo, una desgracia producida por mis propias manos. Si no fueran por el miedo que sentían hacia mí, se lanzarían a preguntarse si le hubiera hecho algo horrible a aquella chica. Vladimir era el único que se atrevía a hablarme y mantenía conversaciones conmigo, algo que dejaba a los demás perplejos.

No sólo por el hecho de que no tuviera miedo de mí, sino porque se dieron cuenta rápidamente quién había sido mi víctima y no entendían cómo él se atrevía a hablar conmigo. Muchos compañeros le hablaban y le preguntaban sin parar sobre mi persona y su relación conmigo, pero éste se negaba hablar.

Y él era también el único que se atrevía a comer conmigo durante los recreos. En unos de ellos salió esta conversación:

— Aún no puedo tolerar lo que hiciste…— Me dijo en voz baja, mientras terminaba con su comida, bastante molesto.

— ¿El qué? — Le pregunté amistosamente.

— Haber contado eso. Tenías algo que a todos les hubiera gustado, aún cuando era una imagen falsa de ti y lo destruiste…— Él era el único que estaba molesto con mi decisión. Supongo que es entendible, pero creo que fue lo mejor que hice. Por eso, le dije esto:

— En realidad, eso no valía nada. Un ser humano sin defectos es anti-natural, después de todo. —

Martha Malan tiene defectos y si no los tuviese no sería Martha Malan. Y eso aplica también a todos los homos sapiens que han habitado, habitaron y habitaran algún día en el planeta Tierra.

Otra cosa que cambió totalmente mi percepción de las cosas y para mal, ocurrió cuando me llamaron para ir al despacho del director. Cuando el tutor entró en la clase de música y me llamó, toda la clase se quedó mirando y llenando de cuchicheos el lugar.

Mi tutor me guió hasta allí y al entrar fue recibida por nuestro anciano director, que intentaba en aquellos momentos leer algunos papeles pero por culpa de su mala vista apenas podría entender lo que estaba leyendo, y eso que llevaba gafas.

— ¡Aquí está, Martha Malan! — Le gritó mi tutor, mientras entrabamos en el despacho.

— ¡¿Entonces, eres Malan!? — Preguntaba el director, mientras se esforzaba para intentar ver bien mi silueta. — ¡Apenas me cuesta mucho reconocerte! —

— ¡Es que estoy creciendo mucho últimamente, director! — Le dije con buen humor, ocultando el hecho de que tenía un poco de miedo por la evolución de la conversación pudiera volverse negativo contra mí.

— ¡Me gustaría hablar contigo, sobre aquello que según dijiste hiciste el año pasado! — Como adiviné, eso era lo que querían.

Así que decidí contarle aquel lamentable y horrible acoso que provoqué a los profesores, con todo lujos de detalles y ocultando el hecho de que mi víctima era Vladimir. Perdimos casi una hora o más.

— ¿¡Pero todo está solucionado, verdad!? ¡¿Ya no tienes ningún problema con el chico, no!? — Me preguntó el director, tras escucharme con mucha paciencia, y yo le respondí con la cabeza que sí.

— ¡¿Y el acoso qué te estaban haciendo, quién es la responsable!? Espero que no le hayas hecho nada malo. — Y luego me soltó esto, cuya última frase me dejó claro que creía, al igual que los demás, que yo tropezaría dos veces con la misma piedra. Eso no me molestó.

— Creo que lo mejor es que ustedes mismos lo investiguen, yo no diré nada más. — Yo ya no quería saber nada más de aquel asunto por el momento, y ellos tienen las herramientas necesarias para encontrar al responsable.

En realidad, la verdadera razón es que si Vladimir ocultó e hizo como si mi acoso nunca hubiera existido, yo también haría lo mismo con Megan. Tal vez, hacer la misma decisión que él era una forma de agradecerle.

— De todas formas, ¡¿ya no te molestan!? — Aún así, el viejo director siguió preguntándome.

— No. — Y eso le respondí, creyendo que iba a tener un largo interrogatorio por delante. Entonces, el anciano soltó esto, dejándome algo boquiabierta:

— Entonces, el asunto está zanjado. — Lo decía como si fuera el fin de un asunto molesto, nada importante y sin nada de importancia.

— ¡¿No debería hacer algo más!? ¿¡Ya está todo!? — Le pregunté, muy sorprendida por esa reacción.

— No hablaremos más de esto. Nuestra escuela es un símbolo de la buena educación y si se hablara de casos de acoso escolar aquí, sería nuestra ruina. Por eso, no te preocupes, esa mancha en tu expediente académico no va a existir. —

Y tras decir eso, se quedó tan pancho. Una mezcla de decepción y enfado crecieron en mi persona, por oír estas palabras de un adulto supuestamente responsable. No le importaban sus alumnos, solo la fama de su colegio. Eso lo dejó bien claro y parecía ser la opinión mayoritaria de todos los docentes.

Y otra cosa que me sentó muy mal es que creyeron que yo deseaba limpiar mi error. Más bien, eran ellos los que deseaban taparlo. Después de todo, yo había sido presentada como un símbolo de la excelencia de la escuela y si se mostrará que provoqué un caso de acoso escolar la fama de este lugar estaría entredicho. Era entendible, que querían hacer algo así. pero aquellas palabras sólo provocaron en mí una especie de odio contra el colegio.

Tras pasar unos cuantos días, pude recibir alguna noticia de Megan, quién dejó de venir a nuestra escuela. Era una desagradable, cuya existencia solo provocó que mi nueva fama creciera, una que no era, en absoluto, ser una persona perfecta, sino la de una matona sádica y despiadada. Y me llegó gracias a Klara:

— ¡Buenos días, Malan! — Me sorprendió mucho que me saludará, después de mucho tiempo. Creía que no se atrevería hablar conmigo, después de lo que ocurrió en el baño. Y veía con una sonrisa, una que yo ya lo considerada como parte de su máscara, aquella imagen falsa que intentaba transmitir a los demás.

— ¡Buenos días, Klara! — Y le devolví el saludo, con una sonrisa radiante, con una parte de mí que no deseaba responderle, ni menos que se volviera a acercar.

Mientras los demás compañeros de clase miraban sorprendidos que alguien que no fuera Vladimir me estuviera hablando, ella añadió esto con la oculta intención de molestarme:

— Esa sonrisa da mucho miedo… Espero que no me hagas daño. — Lo decía con una aparente inocencia, que seguramente sería otra actuación que practicaba Klara con los demás.

— ¡¿Qué quieres!? — Le decía con falsa amabilidad. — Dilo por favor, no tengo mucho tiempo…— Ocultando mis deseos sinceros de perderla de vista.

— ¡¿Solo me preguntaba si por un casual hiciste algo horrible a Megan!? — Y ella soltó esto, que me dejó muy sorprendida.

— ¡¿Y por qué dices eso!? — Me preguntaba qué quería decir ella con eso.

— Porque ayer me entere de que ella está en el hospital. — Eso fue un golpe muy fuerte para mí, sentí culpabilidad al momento.

Al salir de clases, llamé a Nadezha en busca de un consejo. Ella vino rápido hacia mí y le conté toda la situación, mientras recorríamos el camino hacia mi casa.

— ¿Y ahora qué harás? ¿No creerás que es tu culpa? — Eso me preguntó, tras escuchar todo lo que le quería decir.

— En verdad, ya no lo sé. — Y le respondí sinceramente, con la mente en blanco. No sabía si tenía que hacer algo más, ya que la culpabilidad me estaba acechando; o todo ya estaba resuelto.

— No lo pienses mucho. — Me respondió con serenidad. — Seguir preocupada por todo este asunto solo harás preocupar a los demás. Mao también te diría lo mismo. — También era algo que Nadezha diría, consiguiendo animarme con solo aquellas palabras.

— Eso es verdad, ya que después de todo Mao y tú sois similares. — Eso le dije, entre risas.

— ¡Oye, no sé si eso me tiene que molestar o alegrar! — Añadió Nadezha, mientras yo me daba cuenta de que tenía razón.

— En verdad, tienes razón, ¿por qué me preocupo tanto? Hace tiempo que aquel asunto ha terminado, está arreglado. Fin. —

— Así es. Olvídate de eso. — Nadezha añadió esto, a continuación. — Si la gente de la escuela ahora recela o tiene miedo de ti, siempre tienes aquel lugar en dónde siempre te da la bienvenida con las manos abiertas, en dónde tienes amigas de verdad. —

En eso también tenía razón ella, tenía un lugar dónde ir, en el cual tenía a Josefina, a Alsancia, a Alex, a Sanae, a Jovaka, a Diana y a su familia, y especialmente a Mao. Allí me aceptaron cómo soy, con todas mis virtudes y defectos; y yo los aceptaba igualmente. Aquel sitio se volvió como mi segunda casa.

— ¡Muchas gracias, Nadezha! — Le dije muy agradecida, mientras me adelantaba unos pocos pasos y me ponía delante de la Osa rusa, para mostrarle mi mejor sonrisa.

FIN

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Novena parte, centésima primera historia.

Y aquí me encontraba, en el parque situado al lado de la escuela, a pocos minutos de las cinco de la tarde, esperando a que el culpable apareciera ante mí. Al salir del colegio, hace algunas horas, me dirigí a este lugar, incapaz de ir a mi casa u otro sitio, y acompañada por Vladimir, aunque no era parte de mi plan que lo hiciera. Quería estar sola, o dar la apariencia de que lo estaba, así que le pedí que se escondiera, mientras les comunicaba a mis padres que iba a volver muy tarde con alguna mentira conveniente.

La pregunta que me estaba rondando en aquellos momentos es si iba a aparecer, delante de mí; o no, convirtiendo esta fastidiosa espera en una pérdida de tiempo. Aunque había una gran probabilidad de que no se atreviera encontrarse conmigo cara a cara, sentía que lo iba a hacer. No sabía decir si esto era una especie de premonición u otra cosa. En fin, aquella cuestión se me reveló cuando llegaron las cinco de la tarde, con la aparición de alguien, cuya revelación no fue una sorpresa.

— Ya estoy aquí, Martha. — Su voz parecía tranquila, aunque me miraba con unos ojos llenos de rabia y desprecio. Era nada más ni nada menos que Megan Truman. Iba bastante casual, llevando una sudadera de color azul, una falda blanca y pantimedias negras; y se estaba acercando lentamente hacia mí, quién aún tenía el uniforme del colegio, con las manos en los bolsillos. Aunque esperaba que fuera Klara.

— Es curioso, una parte de mí estaba seguro de que llegarías, culpable. — Le dije con una voz serena pero firme. No sabía si sentirme decepcionada o aliviada de que fuera ella.

— No hagas sonar esto como si fuera una novela de misterio…— Y con desprecio, me soltó esto.

— No era mi intención hacerlo…— Mientras yo me lo tomaba con poca seriedad, manteniendo mi usual tranquilidad.

A continuación, hubo varios segundos de silencio entre nosotras dos. Yo estaba tranquila pero seria, mientras observaba cómo Megan miraba al suelo con mucha rabia, apretando con fuerza sus puños. Al parecer, se estaba preparando para decirme algo:

— ¿Por qué, por qué, hiciste eso? — Y eso hizo, pero gritando con todas sus fuerzas e incapaz de controlar su furia.

— ¡¿De qué hablas!? Solo hice lo que querías, nada más. — Después de eso, era eran sus motivos a mi entender. — ¿Te sientes mal por eso? —

Si les digo algo, aquella reacción no me sorprendía y a la vez estaba sorprendida. Por una parte, esto era lo que estaba buscando, fastidiándole el plan, sacrificando mi propia fama. Pero por otra, no entendía por qué se ponía así si eso era lo que ella buscaba.

A continuación, Megan, incapaz de controlar su ira, se acercó rápidamente hacia mí y me cogió del cuello, mientras me gritaba esto:

— ¡Cállate, cállate! — Estaba a punto de llorar. — ¡Era mi única oportunidad para superarte y lo has arruinado! ¡¿Por qué siempre vas un paso por delante!? —

No lo entendía, para nada. ¿Superarme? ¿De verdad estaba tan obsesionada con ese objetivo? ¿Por eso, hizo todas esas horribles cosas? ¿Me acosó virtualmente, y luego empezó a hacerlo en la escuela, con ese objetivo? ¿Propagó y extendió todo esos rumores por tal cosa? ¿En serio, me tenía tanto odio y rencor porque no podría alcanzarme?

Si esa era la razón, aún cuando podría ser entendible, me pareció estúpida, ilógica y decepcionante. Esa no era la respuesta que quería oír, no era la que deseaba para verme sido blanco de su odio y rencor.

Y me enfadó muchísimo, más de lo que creía. Por aquel estúpido motivo, Josefina había sufrido aquel horrible acoso virtual en mi lugar, Vladimir y Nadezha tuvieron que preocuparse por mí, engañó a mucha gente soltando rumores sin sentido sobre mi persona y tuve que soportar todo eso. Una sensación horrible corría por mi cuerpo y estaba a punto de estallar.

— Me gustaría preguntarte algo…— Eso le dije en voz baja, antes de soltarme de sus manos, soltándole un gran tortazo en toda la cara y añadirle esto a gritos, mientras se alejaba de mí con unos pocos pasos: — ¿¡Todo aquel acoso virtual, todos esos falsos rumores, todo eso es producto de una razón tan simple!? —

Ella se tocó suevamente en el lugar en dónde le había bofeteado, con una mirada aturdida y llena de pura rabia contra mí.

A continuación, hubo un corto e incómodo silencio entre nosotras, mientras nos mirábamos fijamente con mucho odio. Al final, Megan decidió hablar, soltando esto, totalmente ida de control.

— ¡Tú no lo entenderá, jamás lo harás, por mucho que te dijese! ¡Ni siquiera sé a qué estúpida razón has llegado a pensar, pero da igual! — Lo gritaba, mientras rompía a llorar descontroladamente y mientras pateaba sin parar al suelo de la rabia.

A pesar del odio que estaba sintiendo por ella, también sentía pena por aquella chica que llegó a obsesionarse conmigo de esa forma. Tal vez, ese motivo no fuera tan estúpido, después de todo.

— ¡¿Y ahora por qué te quedas tan callada!? ¡Sabes que me estoy poniendo más enfadada de lo que estoy! ¡Lo sabes! — Y Megan me gritó esto, a continuación. Yo no respondí nada, solo me mantuve callada, porque no sabía cómo reaccionar. Pero eso mismo solo la frustraba, aún más.

— ¡Joder, joder!- Soltaba a gritos esto, mientras caía de rodillas y golpeaba el suelo sin parar. — ¡Yo solo quería alcanzarte, superarte y me esforcé, con todas mis fuerzas. Aún así, fracasé. Estudié con todo lo que pude pero fracasé. Probé todo los métodos que encontraba para hacerlo, pero fracasé. Por eso…por esa misma razón…terminé…—

¿Por qué aquella chica deseaba superarme? ¿Qué tenía yo de especial para que ella deseara ir tras ese logro? No lo entendía, no podría encontrar una respuesta que me ayudará a entender. Ninguna ecuación compleja, ninguna teoría científica, ninguna ley, ningún tratado de psicología ni de biología; todo lo que había leído, comprendido y recopilado en mi cerebro, no me ayudaba a comprender aquella situación. Más bien, sentía un bloqueo que ni el más prestigioso científico del mundo podría desatacar.

Pero lo único que sabía era que sentía una gran pena por aquella chica llamada Megan Truman, que por culpa de aquel objetivo se había convertido en todo lo contrario que hubiera deseado. Jamás me superó, sólo consiguió hundirse hasta al fondo. Por eso, me acerqué a ella con la intención de darle un abrazo y consolarla, a pesar de todo el odio que estaba sintiendo hacia ella. Y aquel gesto de compasión fue rechazado violentamente por ésta, quién al ver lo que iba a hacer me empujó violentamente y me tiró al suelo.

— ¡No me toques, maldita perra! ¡Tú tienes la culpa de todo, si no fueras inalcanzable, si no fueras una genio…! — Eso me gritaba, antes de haberme tirado al suelo.

Tal vez, en el pasado me sentí un genio, alguien perfecto; pero en aquellos momentos, todo eso me parecía puras falsedades y me sentía muy estúpida, la más idiota de todo este planeta, por ser incapaz de encontrar la respuesta apropiada para terminar este horrible situación. Aquel molesto sentimiento me hizo dar cuenta de lo que yo era realmente, de quién era Martha Malan.

¿Niña genio? ¿Chica perfecta? Nada de eso era yo. Cometo errores y meto la pata, más o igual que una persona normal y corriente; hay momentos en los cuales soy incapaz de resolverlos adecuadamente, creo en mil y unas cosas que podrían ser bien falsas, me rió de chistes que pueden ser vulgares o poco inteligentes, me molesta que me traten como alguien de mi edad e incluso puedo llegar ser más estúpida que cualquiera. Por todo eso y mucho más, me sentía muy humana, alguien muy alejado del ideal de perfección.

Y  me levanté poquito a poco, mientras pensaba en todo eso, llegando a una conclusión, sobre mí, Martha Malan. Y era algo que deseaba comunicarle, no solo a ella, sino al mundo entero.

— ¡Te equivocas, en eso! ¡Totalmente! — Le grité a ella, con todas mis fuerzas. Y no solo era Megan, todo el mundo, incluso yo; estábamos equivocados sobre mi persona.  Era solamente alguien más de los miles que habitaban el planeta.

Megan se quedó callada por unos segundos, para luego reaccionar de esta manera, mientras su cara se estaba poniendo morada y sus brazos estaban presionando contra su estomago, como si le estaba doliendo:

— ¡Mentira, mentira! ¡Te he observado…! ¡Tú nunca te esforzaste en nada, para ti todo lo que te enseñaban ya lo sabías, lo entendías incluso antes de que te lo explicaran en clase! ¡Para ti eso solo eran juegos de niños, una sola distracción, nada más! —

Lo expresaba como si yo la estuviera sobrestimando, como si declararme como alguien igual a ella y a los demás era un insulto o burla. Pero eso era verdad.

Es verdad que la primaria no era un reto para mí, a pesar de cursar en el colegio más difícil de todo Springfield. Todo lo que me enseñaban en la escuela ya lo sabía, cosas básicas que a mis otros compañeros de clase les estaba costando aprender. Mientras intentaban superar aquellas dificultades, yo sacaba sin parar dieces y me dedicaba a cosas más interesantes para mí.

Por primera vez en mi vida me di cuenta de lo alejada que yo estaba de mis compañeros de clase. Mientras resolvía varios problemas de razonamiento lógico matemático, ellos intentaban solucionar un caso simple de algebra. Mientras hacia un comentario de texto sobre un tratado sobre Aristóteles, estos intentaban aprobar el examen de dos temas sobre historia antigua, el cual era sólo un resumen de las civilizaciones mediterráneas. Mientras el profesor intentaba hacerles entender un concepto que les parecía difícil de comprender, yo cuestionaba mentalmente su forma de argumentar y pensaba una mejor forma, más sencilla y entendible.

Jamás me esforcé realmente porque no tenía nada que superar. Por eso, la primaria me aburría y solo deseaba llegar directa a la universidad, pasando de largo la secundaria o la preparatoria, porque sentía que estos tampoco serían un reto para mí.

Nunca me di cuenta de cómo me observaban los demás, nunca me puse en la piel de alguien que se esforzaba sin parar y luchaba para no suspender. Al verme sacar dieces sin parar y al darse cuenta de que yo no me estaba esforzándome, estaría perplejo y frustrado. Se preguntaría una y otra vez cómo podría ser eso posible, por qué yo lo conseguía sin ninguna dificultad y ella tenía que sudar sangre para alcanzar una buena nota. Eso tenía que ser un horrible sentimiento que podría consumir a cualquiera que lo tuviera, uno parecido al de sentir impotencia ante una injusticia que quedaba sin ser condenado.

Tal vez, eso era lo que sentía Megan, que ante ella había una verdadera injusticia. Pensó que esto estaba mal, que no estaba siendo recompensada correctamente por mucho que se esforzará.

Mientras yo estaba pensando en todas estas cosas, ella seguía estando de rodillas. Tenía ansias y luchaba por no vomitar, mientras seguía llorando. Sentí que tenía que ayudarla.

— ¡Lo siento mucho, de verdad…! — Me sentía muy mal, a pesar de que no hice nada malo. Tal vez, fuera porque no me di cuenta de sus sentimientos hasta ahora. Le pedí disculpas, mientras me acercaba para levantarla y ayudarla a vomitar, pero ésta me detuvo con la mano.

— ¡Cállate, cállate! ¡No tengas compasión de mí! ¡Sé en lo que me he convertido y tú también! ¡Doy asco, realmente asco…! —

Eso me gritaba descontroladamente, con un rostro lleno de lágrimas y de asco. Me di cuenta de que ella se había dado cuenta de lo que se había convertido realmente y se estaba odiando a sí misma.

— Y lo menos que deseo es que… La persona que odio con toda mi alma tenga compasión de mí…— Y añadió algo más, dejándome claro que su orgullo no la dejaba aceptar mi ayuda.

Entonces, mientras dudaba si hacer caso a mi lógica o a sus deseos, ella se levantó con todas sus fuerzas y aún con ganas de vomitar e incapaz de andar bien, corrió de mí, huyendo a toda velocidad. Yo la dejé ir, aún cuando tenía una imagen muy lamentable. Jamás me sentí más miserable como en aquel momento.

— ¡Esto se siente tan horrible! — Caí de rodilla al suelo y no dejaba de golpearlo con mi mano una y otra vez. — ¡Realmente tan horrible! —

No sabía exactamente qué sentimiento estaba recorriendo por todo mi cuerpo, pero era uno que me hacía sentir muy mal. Sin darme cuenta, ya que sólo me estaba fijando en el suelo, alguien se acercó a mí y con voz comprensiva dijo esto:

— ¡No debes sentirte mal por todo esto, de verdad! — Esa voz era de alguien a quién yo conocía bien.

— Pero siento que es mi culpa, de alguna manera…— Y le dije eso, mientras levantaba la vista para ver a Nadezha.

— ¡Pero tú no tienes la culpa de nada, absolutamente nada! ¡No te deprimas! — Y aquellas palabras de apoyo era de la persona que estaba junto con ella, Vladimir.

— Muchas gracias, de verdad…— Les agradecí el apoyo. — Aún así,… —Pero ese sentimiento no desaparecía con esas palabras.

Y Nadezha me interrumpió, mientras me daba la mano y añadía esto, con una sonrisa consolador: — No es tu culpa y punto. Eso es todo. —

Tal vez, ella tuviera razón y aquel sentimiento estaba nublando mi capacidad para pensar correctamente. De todos modos, aquel gesto calmó un poco mi corazón y decidí agradecerle eso, aceptado aquella mano que me estaba dando.

FIN DE LA NOVENA PARTE

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Octava parte, centésima primera historia.

No sabría decir cuánto tiempo pasé en el cuarto de baño, sentada sobre la taza del váter; pero tuvo que haber pasado una hora o más. Al entrar, aún estaba tan alterada que, para tranquilizarme, me puse a crear y solucionar problemas de matemáticas mentalmente. Esa era la idea, pero al final intentaba luchar por no llorar. Toda esta situación me estaba superando.

No quería llorar por algo tan obvio que, sin embargo, no me di cuenta hasta aquel momento: El hecho de que mi supuesta perfección, más falso que la teoría calórica; había provocado rencor, odio y envidia contra mí, solo porque era inalcanzable para los demás. Tal vez, ese fuera la simple razón de que me empezaran a acosar: Bajarme de las nubes y destruir aquella imagen que tenía los demás sobre mí.

Aún así, rompí a llorar y estuve maldiciéndome una y otra vez, por no darme cuenta de esto. Al final, cuando me cansé de soltar lágrimas y ya podría pensar racionalmente. Alguien pegó en la puerta del servicio en dónde yo estaba alojada, mientras soltaba esto:

— ¿Estás aquí, Martha? — Era Klara, con una voz supuestamente alegre. Yo, al escucharlo, sólo di un suspiro de fastidio.

— ¿El profesor te ha mandado a buscarme? — Le pregunté esto, con todo el desánimo del mundo. No quería volver a la clase por nada del mundo.

— Están preocupados por ti y tuve la mala suerte de haber sido la elegida.  — Y ella me respondió, con mucha molestia, dejando claro que no deseaba haber venido.

A continuación, yo me quedé en silencio por varios segundos, muy triste y pensativa. Me preguntaba cuánta gente me odiaba por solo ser una persona que todos etiquetaban de perfecta o digna de admirar; si de verdad era querida en este lugar, como siempre había creído.

Entonces, tras mucho dudar, decidí preguntarle a la primera persona que estaba detrás de la puerta:

— ¿Me odias, no? Dilo con toda tu sinceridad…—

Ella tardó en contestar, no sé si dudando, preguntándose si responder o no aquella atípica pregunta:

— Más de lo que tú te imaginas…— Al final, fue sincera conmigo.

— Pues, debes estar contenta…— Eso le dije, a continuación. — Estaba llorando hace un momento. —

Y ella se sintió molesta por mis palabras, en vez de sentirse alegre o feliz por eso, una reacción que yo creía prever.

— ¿Quieres que sienta lastima de vos? — Me lo preguntó con una voz arrogante.

— Eso no me interesa para nada…— Decidí jugar con fuego. — Lo que me interesa ahora es esto: ¿Por qué me odias? — Quería saber y entender por qué alguien me podría odiar.

Klara me respondió rápidamente, con normalidad: — Vos sos como una Mary Sue, un personaje muy odioso, porque es absolutamente perfecta, en todos los sentidos. — Pero a medida que hablaba su tono se estaba volviendo más agresivo. — Eres guapa, inteligente, amable, sin ningún defecto. Una persona irreal, dónde su sombra traga a los defectuosos. —

Y calló por unos segundos, antes de empezar a golpear compulsivamente la puerta del servicio, mientras gritaba totalmente llena de ira:

— ¡Cada vez que veo tu cara, me dan ganas de vomitar! ¡Deseo golpearte y romperte la cara sin parar! — No dejaba de gritar y de golpear la puerta. Más bien, parecía estar más enfadada consigo mismo que conmigo y se estaba desconsolando de esa manera. Al final, añadió esto, antes de empezar a llorar:

-¡¿Por qué, por qué?! ¡Maldita boluda! ¡Sólo me haces recordar lo falsa que soy! —

Solo los gritos desconsolados de Klara rompía el silencio que produjeron aquellas palabras. Me di cuenta de que me odiaba porque yo era mucha más auténtica que ella; y de que tenía dos caras. Más bien, una máscara ante los demás. Entonces, todo lo que veíamos de aquella chica en las clases no era más que una farsa, una mentira que le estaba haciendo mucho daño.

En aquellos momentos me compadecí de ella y no podría evitar sentirme mal por aquella chica. Así que con voz comprensiva le solté esto:

— Ahora tú me das lastima… ¡¿No te cansas de tener una máscara!? —

Sabía que soltar aquellas palabras sólo provocaría la ira de Klara, quién reaccionó de una forma muy violenta:

— ¡Te odio a muerte, Martha Malan! — Eso me gritaba, tras dar un fuerte puñetazo contra la puerta del servicio. — ¡Por tu culpa, he tenido que sincerarme! —

Y salió corriendo tras hacer eso, dejándome en los servicios, a pesar de que su misión era traerme a la clase. De todas formas, ya iría hacia allí más tarde.

Mientras tanto, estaba pensando en algo, sentada sobre la taza del váter. Si el culpable o los culpables deseaban destruir mi fama de chica perfecta, entonces, yo les ahorraría todo el trabajo:

— Demostraré a Klara y a los demás lo falso que es mi perfección. Es algo muy fácil, después de todo. — Pensé en voz alta, mientras formaba mi plan.

Salí de los servicios totalmente decidida, formando un plan en mi mente que podría detener el recorrido que estaba realizando este podrido asunto.

Al entrar, me di cuenta de que era segunda hora, ya que estaba nuestro profesor de lengua inglesa. Todo el mundo volteó la cabeza hacia mí cuando se dieron cuenta de mi presencia, con mucha curiosidad por lo que me había pasado.

— ¡Por fin has vuelto, Martha! — Megan Truman me dio la bienvenida con mucho sarcasmo.

— ¡¿Estás bien!? — Y Vladimir me preguntó esto, muy preocupado.

— ¡¿Malan, ya estás mejor!? — Y se le unió otro profesor que, al parecer, supo lo que paso en la primera hora.

— Por supuesto que no…— Les respondí sinceramente, mientras me dirigía hacia la pizarra, con la intención de ponerme delante de ésta.

— ¿¡No quieres irte a descansar…!? — Y él me preguntó esto, instando a que me fuera de la clase y podré cambiar de aires.

— Muchas gracias, pero antes de eso, quiero hacer algo, ¿me puede permitir mantener una charla con toda la clase? — Le agradecía el bonito detalle, pero tenía que comenzar con mi plan.

— ¿¡Qué intentas hacer, señorita Malan!? — Eso me soltó, extrañado por lo que le estaba pidiendo. Tal vez, la primera vez que alguien le pedía algo así al profesor, quién solo deseaba seguir con la clase.

— Es ahora o nunca. Sé que voy a gastar una parte de su clase, pero se lo pido, por favor. Déjame hacer esto, sólo esta vez. —Insistí lo mejor que pude para convencerle y conseguir robarle varios minutos de clase. Era por mi bien y el de aquellas personas que me estaban acosando.

— ¿¡Está relacionado con lo del pupitre!? — Me preguntó seriamente y yo le respondí con la misma seriedad:

— No solo eso, también de los rumores y de otras cosas. Me gustaría que fuera un tema privado, que soltaría en plena clase. Pero no me queda otra alternativa. —

Me sorprendió que cediera más rápido de lo que creía, pero así fue, para mi suerte: — Vale, pero que sea rápido. —

Y entonces, ante la mirada perpleja de toda la clase, yo estaba en mi posición y los observé a todos. Desde Vladimir, que se le notaba en la cara que estaba bastante confuso y se preguntaba qué iba a hacer yo, hasta la esquiva mirada de Klara y la de desprecio de Megan.

Con esto en mente, respiré e inspiré muy hondo, preparándome para lo que les iba a soltar, que era un discurso muy largo pero necesario:

— ¿Ustedes creen en la perfección, en que hay seres humanos que no tienen ningún defecto? Muchos dirían que no, y yo soy de la misma opinión, aunque me lo creí por un largo tiempo…—

Como si fuera un milagro caído del cielo, todo el mundo me estaba escuchando en silencio y totalmente atentos. La única que estaba hablando era mi persona:

— Todo el mundo tiene defectos y todos han cometidos errores, algunos muy horribles. Creer que una persona es perfecta, es idolatrarla y provoca una bonita ilusión, la cual con el tiempo se derrumbará y solo provocara decepción e incluso odio. Eso les pasará hoy conmigo. —

Di una pequeña pausa para descansar las cuerdas vocales y seguí hablando:

— Soy buena en los estudios y en los deportes, soy popular, y también amable. Eso es la imagen que tienen otros de mí. Pero, en realidad, yo he provocado errores, que ninguna persona perfecta se debería permitir, en el caso de que existiera…—

Y entonces alguien me interrumpió, tras darse cuenta de mis intenciones, no era nada más ni nada menos que Vladimir, aquel buen amigo y en el cual hice mucho daño en el pasado.

— No lo digas…— Se dio cuenta de que lo iba a contar y estaba muy aterrado. — ¿¡Por qué quieres contarlo!? Si tú lo dices,…—

— Esto es lo mejor, ¡no te preocupes! — Le interrumpí con un rostro sereno, con una sonrisa en la cara. Ya era demasiado tarde, había tomado una decisión que podría trucar toda mi tranquila vida escolar. Pero, así tenía que ser. Había sido perdonada y estaba agradecida, pero era hora de pagar por las consecuencias de mis acciones.

Era irónico que la misma persona que acosé en el pasado, me pidiera que me detuviera y evitara contar aquel error que cometí a toda la clase. Más bien, el simple hecho de que fuéramos amigos tras eso superaba la propia ironía.

De todas maneras, estaba preparada para perder aquella estúpida fama. Todos estaban sobrecogidos, esperando con emoción y miedo, lo que yo quería decirles. Tras inspirar e respirar, lo solté con todas mis fuerzas:

— Provoqué un caso de acoso escolar el año pasado, en dónde yo era el agresor. Le acosaba virtualmente, mandándole mensajes con amenazas o hackeando sus redes sociales para manipularlos a mi antojo. Le robaba cosas de la mochila para tirarlos a la basura o a la calle y le mandaba su mesa al suelo cada día. Y muchas cosas más, miles de ellas horribles, y todo por no tolerar un rechazo. —

Todos estaban boquiabiertos, muy sorprendidos e incrédulos por lo que estaban oyendo. Nadie, ni siquiera el mismo profesor, se lo podrían creer, salvo Vladimir:

— Martha Malan, la niña genio…Más bien, la imagen que todos tenían de mí nunca haría eso. Pero lo hice y no tengo ninguna excusa para esto. Por supuesto, hay más cosas, que mejor ocultaré, por el momento. —

Hice una pequeña pausa, a continuación, y el lugar se lleno de cuchicheos. Todos estaban espantados con mi revelación, les estaba costando asimilarlo.

— ¡¿En serio, de verdad!? — Gritaba horrorizado un chico de la primera fila.

— ¿¡Entonces, quién no dejaba de molestar a Vladimir era Martha!? — Eso soltaba, muy asombrada aquella chica de lazo rojo.

Klara reaccionó, levantándose de la silla y señalándome con su dedo mientras me estaba diciendo esto:

— ¡Es imposible! — No se podría creer que yo hubiera una cosa tan fea de mí, delante de toda la clase. — ¡¿Sabes qué estás destruyendo tu propia fama!? ¡¿Lo sabes, verdad!? —

Tal vez, para Klara, lo que estaba haciendo era sacrificando mi valiosa fama, aquella imagen perfecta que tenían los demás sobre mí; algo que ella jamás se atrevería a hacer.

— Es absurdo…— Y Megan tampoco lo podría asimilar, reaccionó de una forma parecida a Klara.

Decidí continuar con mis palabras y volví a seguir hablando. Rápidamente, los cuchicheos desparecieron.

— Les aviso de que es real, verídico, no como aquellos rumores que circulan hacia mí. Y tengo testigos en dónde podrá afirmar el verdadero contexto en el cual tiene aquella fotografía. Por eso, quiero que los que me estén acosando, que aquellas personas se muestren ante mí. Su objetivo, que es bajar de las nubes a la doña perfecta Martha Malan ya se ha cumplido, ya no hay necesidad de acosarme y de extender falsos y estúpidos chismes. —

Paré un segundo, con la vana esperanza de que los culpables decidieran revelarse. Pero eso era muy optimista de mi parte, porque sólo hubo cuchicheos y nadie se atrevía a levantar la mano. Así que seguí dando mi discurso:

— Pero sé que no se mostrarán tan fácilmente. Por lo menos, aquí. Por eso, les propongo un trato: Después de clases, a las cinco de la tarde, estaré esperando en el parque de al lado de nuestro colegio. Si acuden, no les diré a los profesores quienes sois ni os pongo una denuncia ni nada parecido. —

Volvió a ver una reacción de asombro entre los presentes, que volvieron a ser sorprendidos por mis palabras. Yo, por mi parte, terminé y decidí volver a mi pupitre, que aún seguía pintorreado, pero no estaba tirado en el suelo.

— ¡¿Pero qué estás diciendo, señorita Martha!? — Entonces, mi profesor me preguntó esto, aún atónico por mi discurso.

— No lo repetiré de nuevo. Espero que hayan entendido. —Y eso le dije a él, y también estaba dirigido hacia los demás, que asintieron en silencio mis palabras.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Séptima parte, centésima primera historia.

— Pero por el amor de Dios…— Concluyó mi profesor, conmocionado al observar detenidamente mi pupitre tirado en el suelo y pintorreado con múltiples insultos y garabatos denigrantes.

El profesor de matemáticas llegó unos segundos después de mi llegada y se quedó muy asombrado al ver la escena. Luego de quedarse observando por varios segundos, se dirigió hacia mí y me preguntó esto:

— ¿Qué está ocurriendo Martha Malan? — Esperaba que yo tuviera la respuesta.

— Eso me gustaría saber yo…— Aún cuando no me había recuperado del golpe que me supuso ver eso. De todos modos, era bien obvio lo que estaba ocurriendo. El acoso contra mí se estaba materializando, a mucha rapidez.

— De todas formas, no podemos empezar con la clase…Hay que solucionar esto rápido. — Entonces, el profesor, quién era también nuestro tutor, decidió suspender nuestra clase y tener una tutoría urgente, para tratar lo que había pasado.

Después de eso, la clase se llenó de cuchicheos y el tutor nos ordenó callarnos y sólo unos pocos le hicieron caso. Éste tuvo que gritar dos o tres veces, para que todo el mundo le hiciera caso. Yo levanté mi pupitre y me senté en mi silla, mientras me puse a crear y solucionar ecuaciones en mi mente para poder relajarme. Vladimir, me miraba de reojo, con mucha preocupación en su rostro. Klara y Megan también lo hicieron, pero con una mirada de desprecio.

Finalmente, el profesor decidió empezar, soltando esto con una voz de puro enfado: — ¡Vamos a ver! Iré directo al grano, ¿quién ha hecho esto? —

Nadie habló, sólo hubo silencio que duró varios segundos, mientras varios compañeros de mi clase se miraban los unos a los otros, como si estuvieran buscando al culpable con la mirada. Al ver esta escena, nuestro tutor siguió hablando:

— ¡A una compañera le han pintorreado su pupitre, poniéndole todo tipo de palabras insultantes y denigrantes, ¿saben cómo se llama eso en mi tierra?! —

El profesor pausó un momento, para ver si alguien respondía. Hubo de nuevo un silencio bastante incómodo. Luego, soltó esto:

— ¡Acoso escolar! ¡Lo repito! — Lo gritaba con todas sus fuerzas. —¡Acoso escolar! — Lo único que hicieron los alumnos era mover la cabeza hacia arriba y abajo.

A continuación, me llamó: — ¡Martha Malan! —

— ¡¿Sí!? — Y yo le contesté.

— ¿Esto es la primera vez que ocurre? — Al preguntar esto, todos mis compañeros de clase me estaban mirando fijamente.

— Sí, a mí también me ha sorprendido. — Me sentí algo incómoda, pero pude responderle bien.

— ¿Y han ocurrido más cosas, aparte de eso? — Luego, me preguntó esto y todos estaban atentos en lo que yo iba a decir a continuación. Dudé por varios segundos.

— La verdad es que sí…— Al final, decidí responderle. —Aunque me gustaría conversar sobre eso más tarde. No es algo que me gustaría hablar en público. —

No deseaba contar todas las cosas que me habían ocurrido delante de toda la clase, no eran cosas que me gustaría soltar en público. Eso era todo.

— ¿Y por qué no? ¿No somos dignos de escuchar tus palabras, Malan? —  Entonces, alguien de la última fila de la clase me dijo esto, con mucho sarcasmo. Era Megan, quién estaba soltando una pequeña sonrisa, que se veía muy sombría.

— ¡¿Megan Truman!? — Y el profesor se sorprendió. — ¡No me di cuenta de que estabas ahí! ¡Por fin apareciste…! — No se había dado cuenta de su presencia y parecía estar aliviado con su aparición.

Ese comentario del tutor de alguna manera molestó a Megan, quién pasó de tener una sonrisa a una cara de molestia, mientras le decía de mala manera esto: — ¿Pasa algo con eso? —

— Ese tono no me gusta nada…— Añadió el tutor. — Contigo me gustaría hablar, y será en privado. — Estaba bastante molesto con esa actitud.

— Vale. — Y Megan le soltó esto secamente, antes de quedarse en silencio.

— Volviendo a lo que estaba hablando…— Hizo una pausa para recordar lo que iba a decir. —  Lo que quiero es que aparezca el culpable de aquella burrada, ¿¡entendido!? —

Luego, esperó durante unos cuantos segundos, esperando que alguien se atreviera a confesar. Pero sólo hubo silencio, hasta que una persona levantó la mano y dijera esto:

— ¿¡Y usted cree que va a hacerlo así por las buenas!?- Eso le preguntó una compañera de clases, que tenía un gran lazo de color rojo sobre la cabeza.

Los demás empezaron a cuchichear tras escuchar eso, y el profesor respondió su pregunta.

— ¡Si no lo hace, será por las malas…! — Con un gran grito que para nada ayudó a silenciar la clase. Los cuchicheos seguían aumentando. Y entonces, Klara levantó la mano y dijo esto:

— Volviendo a lo que quiere decir Malan…— Se dirigió hacia a mí. —¡¿Por qué quieres decirlo en privado, si toda la clase lo sabe sobre los rumores y esa fotografía!? — Aparentaba estar diciendo una pregunta inocente, pero sabía que detrás de eso me estaba atacando, indirectamente.

Entonces, el ambiente en la clase se volvió insoportable. Aparte de los cuchicheos que provocaban un horrible y molesto ruido ambiental, algunas personas empezaron a asaltarme con cientos de preguntas nada agradables y feas acusaciones:

— ¡Seguro que alguien de los que te has follado te odia y ha hecho esto! —La del gran lazo rojo, era la más agresiva. Me estaba acusando con todas sus fuerzas.

— Yo no he hecho…— Y le intentaba explicar que no, pero ella no me dejaba ni hablar.

— ¡¿Y la fotografía que pusieron en la entrada!? ¡Eso lo demuestra todo! — Me lo soltaba, con un tono vencedor, como si ella tuviera nada más que la verdad. Eso me estaba molestando muchísimo.

— Eso no lo demuestra… — Aún así, intenté hablar bien con ella, pero la chica del lazo rojo, me volvió a interrumpir con falacias, erosionando aún más mi paciencia. Pero no le dio tiempo a terminar, porque Vladimir actuó:

— ¡Deja de acusar a Malan, Carleen…! — Le gritó muy enfadado a la chica de lazo rojo, mientras se levantaba violentamente de su asiento.

— Yo solo lo digo…— Ella levantó la voz e intentó decir algo, pero Vladimir la volvió a interrumpir.

— ¡Solo dices tonterías! — Vladimir le volvió a gritar. Estaba muy enfurecido y con ganas de ir a darle un golpe a aquella compañera de clases. Ella dio un pequeño chillido de susto, al ver aquella reacción. No fue la única, todos se quedaron boquiabiertos al escuchar eso.

El grito hizo que hubiera algunos segundos de silencio. Después de eso, volvió los cuchicheos de los demás, preguntándose por qué Vladimir me estaba defendiendo de esa manera. Intenté decirle algo para tranquilizarlo, pero la chica del lazo rojo, le soltó esto:

— ¡¿Por qué la estás defendiendo tanto!? ¡Tú mismo la rechazaste el año pasado! — Ella le gritó esto, mientras le señalaba con el dedo.

— ¡¿Y tú por qué estás así con ella!? Es como…— Y Vladimir, con ira, le esquivó esa pregunta y le intentó acusar.

— ¡¿Pero qué mentiras cochinas me estás diciendo!? Hay muchos culpables en esta maldita clase. — Pero Carleen le interrumpió y empezó a señalar a varias personas que entre ellas, estaban Megan y Klara:

— ¡Oye, a mi me metas en esto, subnormal! — Eso le gritó Megan con mucha hostilidad contra ella.

— ¡Si yo soy muy amigable con Martha, es imposible tal cosa! — Y esto añadió Klara, mostrándose un poco indignada.

Los demás que fueron señalados y acusados por Carleen, le gritaban que ellos no habían hecho nada y la acusaban a ella, poniendo razones por las cuales era sospechosa. Otros, le echaban la culpa a sus compañeros. Así todos empezaron a gritarse los unos a los otros, culpándose del hecho. La clase se volvió un enorme griterío, insoportable para mis oídos. Algunos ejemplos de aquellos gritos que pude oír fueron estos:

— Tú tenías envidia de sus pechos. —  Eso gritaba alguien contra Carleen.

— A ti siempre te ha estado ignorando. — Esto le acusaba un niño a otro.

-Tú eres una falsa, siempre le hablas mal a sus espaldas.- Y una chica decía estas palabras contra Klara.

El profesor intentaba controlar la clase, intentando gritar lo más fuerte posible pero era en vano, solo estaba consiguiendo quedarse afónico de tanto gritar.

Por mi parte, no podría soportar aquella escena, porque yo estaba descubriendo lo que los demás odiaban de mi persona, por palabras de otros. Chicas que se acusaban mutuamente por tener una fea envidia hacia mi cuerpo en pleno crecimiento, que se expresaba en forma de insultos y frases denigrantes; o por ser tan popular con los chicos y buena en los estudios. Compañeros de clases acriminando a otros de odiarme porque no les hice caso, aún cuando ellos jamás se acercaron a mí. Algunos alumnos se sinceraban ante las calumnias de los acusadores soltando que me tenían manía, porque les miraba encima del hombro, los trataba como gente inferior o no soportaban mi personalidad y deseaban que me muriese.

No podría asimilarlo, sinceramente. Yo creía que caía muy bien a mucha gente, que los que me odiaban eran excepciones. Pero vi como muchos compañeros de clases, que siempre charlaban conmigo amablemente y que incluso me pedían ayuda para los deberes, tenían unos sentimientos tan feos hacia mí y eso me hacía sentir mal, como si hubiera sido engañada.

Me sentía tan dolida y tan enfadada que inconscientemente me levanté, le di una patada a mi pupitre tan fuerte que lo hice tirar al suelo, algo que en mi sano juicio haría, pero no podría controlar mis sentimientos. Y grité, como nunca lo hubiera hecho, sacando todo mi enojo:

— ¿¡Por qué no se callan de una vez!? ¡¿No ven que el profesor quiere que nos callemos, no creen que estamos molestando a las demás clases con ese estúpido griterío, que no está sirviendo de nada, salvo ponernos de mal humor!? ¡¿Lo entienden, lo entienden!? —

Antes aquellas palabras nacidas de mi violenta cólera, simples excusas para no soltar lo que realmente pensaba de ellos; dejó a toda la clase con la boca abierta. Eran incapaces de decir algo, incluso el mismo profesor. Por lo menos, verme enojada de tal manera los calló, pero yo aún no estaba bien, y decidí irme de la clase:

— ¡Lo siento mucho, pero me voy al servicio! — Eso les grité, mientras salía como un huracán de la clase, abriendo y cerrando violentamente la puerta.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Sexta parte, centésima primera historia.

Delante de mí, estaba una chica que me estaba mirando con un enorme desprecio. La conocía, porque era una compañera de clases, pero no esperaba verla.

— ¡Cuánto tiempo, eh! ¡Casi has estado faltando una semana! —

Forcé mi sonrisa como pude y le saludé, intentando controlar mi rabia. No me  tranquilizaba ver el hecho de que aquella persona, después de faltar días enteros, se pusiera delante de mí y no me miraba con buenos ojos. Es más, mis ganas de ser desagradable con esa persona aumentó.

Aquella chica que me miraba desafiante y cuyas faltas de asistencias eran tema recurrente en los profesores se llamaba Megan Truman.

— ¿He oído que estas teniendo algunos problemas? — Puso una sonrisa que me parecía muy desagradable, envuelto en un tono burlón y muy hiriente. Me di cuenta de que se había puesto en mi camino con intenciones nada buenas y estaba disfrutando de mi expresión.

— Bueno, todo el mundo tiene sus problemas, incluido yo. —Aún así, intenté mantenerme amable y tranquila.

— ¿¡Así que Doña perfecta está siendo humilde otra vez!? — Y ella puso una mueca desagradable contra mí.

¡Lo que me faltaba! Lo último que deseaba era que alguien intentará abrir la caja de pandora y sacar lo peor de mí. No, esa era su intención. Estaba aprovechando este momento de debilidad, cuando estaba hecha una furia. Necesitaba cortar con la conversación rápido, no quería tener problemas.

— ¿Qué quieres realmente de mí? Ahora mismo, no estoy muy bien. — Le dije con mucha seriedad. A continuación, soltó esto en actitud burlona:

— Solo quería ver tu reacción al encontrarte con aquella foto con la cual te han pillado, tuvo que ser realmente gracioso. — Soltaba una sonrisa de fea alegría ante mi desgracia. — Pero creo que he llegado muy tarde. —

Tras decir esto, ella se dio la vuelta y empezó a alejarse de mí, con una extraña expresión. Parecía tener mucha rabia contra mí, pero a la vez estaba contenta de haberme visto en ese estado.

No entendía qué le estaba pasando por la cabeza y por qué actuaba de esa manera. Entonces, sentí el presentimiento de que ella estuviera involucrada en todo este asunto.

— ¿Puedo preguntarte algo…? — Y la detuve. Tenía la clara intención de interrogarla, pero de una forma en la cual ella no se diera cuenta.

Ella, al escucharse, se paró y se quedó así durante varios segundos, en una actitud muy extraña. Yo trague saliva, intentando imaginar qué tipo de reacción iba a adoptar, parecía que estaba fuera de sí.

A continuación, con brusquedad, se giró hacia mí, mostrando una expresión lleno de desprecio y rabia hacia mí. Por un momento, pensé que ella iba a por mí. Instintivamente, me puse en posición de ataque.

— ¡Ni en sueños! Hablar contigo solo me enfurece. — Pero sólo me gritó, de forma descontrolada. — ¡Te odio, Martha Malan, con toda mi alma, y me alegro de que estés sufriendo con todo esto! —

Y con esto dicho, se calló con una expresión de rabia y se alejó de mí. Todos los chicos que estaban en los pasillos la observaban con la boca abierta, bastante asustados. A los pocos segundos después, los cuchicheos invadieron  el pasillo. Me sorprendieron muchos esas palabras, me dejaron perpleja. Nuestro trato fue bastante ocasional. Más bien, era casi inexistente, ya que recordaba que sólo había hablado con ella unas pocas veces y no era gran cosa. Nunca hice nada que la podría haber herido, ya que ni siquiera éramos amigas ni jamás hable mal de ella ni nada parecido.

Y bueno, ¿quién era exactamente Megan Truman? Una chica de mi misma edad, que me superaba en altura por pocos centímetros; de cabello castaño, el cual casi le llegaba a los hombros; de piel blanca, ojos rojos y una nariz pequeña y redonda, y con un cuerpo muy delgado. Esto sería una breve descripción física sobre ella.

Apareció a mediados del curso anterior, siendo una estudiante transferida de otra escuela. No sé realmente cuál fue el motivo, ni tampoco parece ser algo digno de importancia, pero vino a aquí, a pesar de que en su anterior colegio le iba bien. Allí siempre sacaba muy buenas notas, sobresaliendo sobretodo en matemáticas.

Y aquí también lo demostró, al principio. Sus exámenes eran todos muy altos, llegando a ser la segunda en la lista de alumnos con más nota del curso pasado, de mi clase, siendo yo la primera. Los profesores estaban contentos con ella y todo el mundo la elogiaba, creyendo que sería mi rival. Nunca pensé en ella como tal, en aquellos tiempos. Es más, no le daba mucha importancia, porque ni siquiera estaba cerca de conseguir a mi altura.

Después de todo, mi escuela es considera como una de las más difíciles de todo Springfield. Fiel a su honor, exalta la competitividad, la eficiencia y el alto rendimiento. Los contenidos que nos enseñan son muy superiores a lo que enseñan en colegios públicos e incluso privados. Un ejemplo de eso, sería que en mi curso estamos estudiando álgebra. Nuestros profesores nos instan a llegar a lo más alto y superar a los mejores. Y es casi imposible para muchos, llegar a tener dieces en todas las asignaturas, salvo para mí.

Hasta ahora, no he sido igualada o superada por algún otro compañero de clases. Tal vez, alguno haya conseguido un diez o dos en un trimestre, pero es un milagro tener todos las asignaturas a la perfección, algo que solo yo he podido conseguir.

Tal vez fuera eso, el motivo de su odio contra mí, el hecho de que sintió una rivalidad contra mí y quería alcanzarme. Esa era su intención y creo que lo intentó con todas sus fuerzas, pero al final fracasó. Es más, bajó al cuarto puesto. Me dijeron que ella lloró, al parecer.

De todas formas, su espíritu competitivo y su constante esfuerzo por ser la mejor desapareció tras pasar el verano y comenzar este curso. Más bien, empezó a desaparecer. Sus notas empezaron a bajar drásticamente, su atención a clases había desaparecido totalmente y poquito a poco dejó de ir regularmente a clases.

A veces, notaba una mirada extraña procedente de ella, pero no le daba mucha importancia. En aquel momento, me di cuenta de lo que esos ojos transmitían: Odio hacia mí.

Por otra parte, me di cuenta de que ella se veía bastante mal, tenía unas ojeras muy fuertes y su piel y su pelo no estaba en buena forma. Parecía estar estropeada, como si hubiera sido afectada por una enfermedad o una adicción.

Aquella conversación que tuve con ella fue harta sospechosa, porque ésta mencionó sobre lo de la foto. Tal vez, Megan lo escuchó por otras personas y quería averiguarlo por ella misma, o puso eso en el tablón de anuncios con malas intenciones y me buscó para ver mi reacción.

Después de hablar con ella, me quedé de pie, pensando sobre todo este asunto, sobre Megan y Klara, sobre mí. Todo el mundo pasaba de mí, nadie se atrevía a decirme algo, o yo estaba tan absorta en mis pensamientos que ignore a todo aquel que me preguntaba. No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando me di cuenta sonó el timbre y corrí hacia las clases, después de guardar mis cosas en la taquilla.

Al llegar a las puertas de la clase, me encontré con Vladimir esperándome en la puerta nerviosamente y supe con solo observarle que había una sorpresa desagradable más esperándome en la clase.

— ¡Malan, Malan! — Eso me gritaba, muy nervioso, al darse cuenta de mi presencia. — ¡Están pasando cosas terribles! — Se acercó a mí a toda velocidad, y casi cayó al suelo.

Parecía que le iba a  un ataque de ansiedad. Yo, a pesar de que aún estaba alterada por lo de la fotografía, actué tranquila.

— ¿Cómo poner una fotografía de mí en un tablón de anuncios, con un contexto que parece lo que no es? — Le pregunté, a continuación, dándole entender que ya lo había visto.

— Ah, bueno…—  Se quedó en blando, por unos segundos.-Aparte de eso, ¡hay más cosas! — Luego, volvió su nerviosismo, mientras me mostraba con el dedo el interior de la clase.

Decidí entrar y al primer paso vi algo que me sorprendió, para mal. Todos mis compañeros que estaban cuchicheando alrededor de mi pupitre, giraron la cabeza hacia mí y se quedaron callados sin decir nada.

— ¿Qué ha pasado aquí? — Pregunté consternada mientras me acercaba a mi pupitre, que estaba tirado en el suelo. Pero lo sorprendente no era eso, sino que el hecho de que alguien lo pintureó. No sabía con que lo hizo, pero lo que quería transmitir no eran buenos mensajes.

La palabra “puta” estaba escrita en el centro del pupitre y a lo grande, rodeado de sinónimos y de otras palabras cuyos significados no tenían nada agradable. También añadieron garabatos en torno a mí que tenían una intención denigradora. Me dejó sin habla. Ya están yendo demasiado lejos y parecía que no deseaban detenerse ante nada.

— Quién hizo esto, no te tenía mucho cariño, niña genio. — Entonces, alguien se me acercó. Era Klara, quién añadió esta obviedad con una aparente y falsa compasión.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Quinta parte, centésima primera historia.

A continuación, el timbre sonó, finalizando así el recreo, y Nadezha me dijo que hablaríamos más tarde, después de clases, en el parque de al lado del colegio. Ella saltó el muro y yo me dirigí hacia mi aula.

Tras finalizar las clases, fui a allí en compañía de Vladimir, y ella estaba esperándonos. Lo primero que hizo Nadezha fue contarle a su novio lo que me había pasado:

— ¡¿En serio, de verdad, ha ocurrido eso!? — Gritó conmocionado. —¡Pero eso es estúpido! ¡¿De verdad hay gente así!? — Totalmente aterrado. Creo que si hubiera estado en mi lugar, le había dado algo.

— Eso parece, ¡qué asco de persona! — Añadió Nadezha, mientras mostraba un gesto de desprecio hacia aquel niño. Aunque para mí no me parecía una persona nada horrible, solo alguien que le había tachado de perdedor por no haber mantenido relaciones sexuales a tan temprana edad al igual que sus amigos y buscaba una solución fácil.

— Parecía una de esas personas que le cuesta relacionarse con las chicas. Tal vez estaba demasiado desesperado, aunque lo que hizo es cuestionable y me sorprendió mucho. — Les dije lo que pensaba de aquella persona, analizándolo un poco lo que había visto de su comportamiento.

Empecé a pensar que debía haberle dicho a aquel chico, quería decirle que no se sintiera mal siendo virgen, que no era nada malo y lo mejor es que esperase un poquito, era muy temprano para iniciarse en esas experiencias.

Mientras pensaba en esto, los dos se quedaron boquiabiertos por mi actitud. Nadezha me soltó esto en una mezcla de sorpresa y confusión:

— ¡¿Por qué estás tranquila!? Podrías haber acabado muy mal. —

— Realmente, me sorprende que estés así, después de eso. — Añadió Vladimir.

¿De verdad, es tan extraño que esté muy tranquila, después de que me ocurriera eso? De todas formas, esto había llegado demasiado lejos y había algo muy preocupante, que decidí mencionar:

— En verdad, el simple hecho de que le hice caso y me reuní con él en un lugar escondido empeorará más mi situación. —

Si yo estuviera en el lugar de quién estaba detrás de los rumores y del acoso virtual, me hubiera aprovechado de aquella situación hacia mi favor.

— ¿Qué quieres decir? — Ni Vladimir ni Nadezha entendieron muy bien y tuve que explicarlo.

— Si hay una persona intentando arruinar mi reputación, podría haber estado muy atento a mis movimientos y aprovechar cualquier incidente, como el que he sufrido durante el recreo, para su favor. Esa es una teoría, por el momento. —

Incluso creía tener una sospecha de que el culpable fuera capaz de haber favorecido aquel incidente, instando a aquel chico a pedirme tal cosa. Pero eso no tenía ningún fundamento, por ahora.

A continuación, Nadezha me preguntó esto: — ¿Por cierto, esto lo sabe Mao? —

— Ni Mao ni ninguna de las chicas. — Y eso le respondí. No quería que lo supieran y les estaba ocultando lo que me estaba pasando.

— ¿¡Por qué, son tus amigas!? — Nadezha gritó muy enfadada, como si hubiera hecho algo malo.

— Por eso mismo. Es mi problema y ellas tienen los suyos propios, sobre todo Mao. No quiero implicarlas en este asunto. —

En verdad, ya había alguien que se había implicado sin que se diese cuenta, Josefina. Ella sufrió el acoso virtual que iba contra mí y la afectó mucho. Al recordar eso, me llené de rabia, ya que ella no se lo merecía. Tal vez, por esa misma razón no quería involucrar a más personas. Sobre todo Mao, que tras su pelea con Nadezha en Nochevieja, estaba sufriendo una crisis de identidad. En realidad, era la persona que menos deseaba implicar en mis problemas.

Al ponerme triste por estar pensando en Mao, Nadezha lo notó y me preguntó esto, bastante preocupada:

— ¿Mao, aún sigue…? — En su rostro, se veía culpabilidad y arrepentimiento por lo que hizo aquella noche.

Yo para animarla, le solté esto: — Mao aún se está resistiendo a enfrentar a su pasado, solo eso. Es fuerte, así que lo superara, pronto o temprano. —

Han pasado unos cuantos meses y lo único que le dejo claro aquel episodio fue dudas sobre sí mismo y la vida que estaba teniendo. A pesar de que se esforzaba para ocultar a los demás su crisis de identidad, se le nota. Y la verdad es que estoy bastante preocupada por Mao.

— De todas formas, aquí estoy yo, y Vladimir. Y no voy a dejar que hagan lo que están haciendo contigo. — Eso me dijo a continuación, me alegró mucho escuchar eso. Le di las gracias.

Tras eso, mi charla con ellos terminó y yo empecé a volver a casa, después de convencer a Nadezha que no me acompañará, ya que ella no deseaba que me fuera sola por si ocurría algo parecido al incidente del recreo.

En verdad, no me hubiera importando que me acompañaran, pero deseaba estar sola, pensando en varias cosas mientras recorría el camino hacia la casa. Sobre todo en lo irónico que era todo este asunto.

Vladimir, la persona que atormenté cuando me rechazó, y Nadezha, su novia y la cuál me odió por tales acciones; me estaban ayudando en una situación parecida, en la cual yo estaba siendo la victima de algo mismo que hice en el pasado. Me pregunté si ella pensó, en algún momento de nuestra charla, si fue justicia divina o que me lo merecía. Por tal razón, me sentía muy mal que ellos dos se hubieran implicado en este asunto y me estuvieran apoyando.

— Tal vez, esto me lo merezco…— Comenté, pensando en voz alta, mientras me detenía.

Pensé, por un momento, dejar las cosas como estaban. Más bien, no actuar nada en esta situación, por mucho que empeorarse. Yo debería recibir esta  lección de la vida para pagar mi deuda con ellos, por hacerlos sufrir.

Pero, entonces, recordé a Josefina, que sufrió el acoso virtual que iba dirigido contra mí, solo por casualidad. Era inocente, no había hecho nada malo en todo este asunto y había sufrido. Por eso, era estúpido pensar tal cosa, porque mi deber era encontrar a la persona que la había hecho llorar.

Al llegar la noche, mientras me estaba preparando para ir a dormir, me pregunté qué pasaría el día de mañana, ¿mi situación emporará o no? Al día siguiente lo supe, tras volver al colegio.

Tras entrar al recinto y dirigirme con rapidez hacia la entrada del edificio, vi allí a una conglomeración de niños rodeando el panel de anuncios del colegio. Naturalmente, es fácil de adivinar que me acerqué a ellos para saber que estaban observando con especial interés.

Los cuchicheos que se decían entre ellos creaban un ruido ambiental bastante molesto y que me impedían a entender las conversaciones de aquella muchedumbre. Aún así, por las pocas cosas que pude entender, estaban asombrados con algo:

— ¿¡Entonces, es verdad!? — Unos dudaron.

— ¡Wow, en serio! — Otros se sorprendieron.

— ¡Yo ya lo sabía, esa chica era muy puta! — Y hasta algunos se jactaban de que tenían razón.

Tuve, entonces, un mal presentimiento y decidí adentrarme en aquella muchedumbre y llegar hasta al panel de anuncios para comprobar si lo que creía era cierto.

— ¡Lo siento mucho! — Eso les decía, mientras los atravesaba. — ¡Perdón, de verdad! —

Todas las personas que me veían se quedaban calladas de repente, como si ante mi presencia no se atrevían a soltar lo que estaban cuchicheando. Y al llegar ante los pies de aquel panel de anuncios, me quedé helada.

Ahí colgada se encontraba una fotografía, que había captado el momento en que aquel chico que me pidió que le quitara la virginidad me estaba enseñando el dinero que quería usar para tal propósito. Me sorprendió el hecho de que alguien hubiera fotografiado eso, sin que yo ni Nadezha nos diéramos cuenta. Pero lo peor de todo es que, sin tener el contexto de lo que ocurrió en aquel momento, la gente podría malpensar, en cosas que son falsas, como que yo me estuviera prostituyendo. Y eso era lo que pensaban todos los que estaban observando aquel panel de anuncios. La situación había empeorado.

Y sentí, entonces, un enorme sentimiento de rabia, que no pude controlar:

— ¿¡Q-quién ha puesto esto!? — Les grité a toda la muchedumbre, totalmente alterada. Todos, sorprendidos y aterrados ante mi enfado, quedaron en silencio. Se miraban los unos a los otros, buscando al culpable o a alguien que dijera que fuera él. Pero nadie, absolutamente nadie, se atrevió a decir eso. Era bien obvio, la verdad.

— ¿¡Algunos de ustedes saben quién ha puesto esta fotografía aquí!? — Aún así, volví a preguntarles eso con un grito más fuerte que el anterior. Y al volver a recibir como respuesta el silencio, solté esto:

— Pues para que lo sepa esto es una violación a mi intimidad, sacar una foto así, sin mi permiso, y con el propósito claro de humillarme. — Les decía a todos, mientras quitaba la foto violentamente del panel de anuncios, lo arrugué y lo metí en mis bolsillos.

Después de eso, me fui muy cabreada hacia a mi clase, con la esperanza de tranquilizarme ahí y poder pensar decentemente. Pero, entonces, alguien se puso en mitad de mi camino.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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Centesíma primera historia

La chica perfecta: Cuarta parte, centésima primera historia.

— Eso parece muy sospechoso. — Concluyó Vladimir, con un tono bastante intranquilo, después de haberle contado aquella conversación que tuve con Klara antes de volver a casa. Se lo estaba diciendo por el teléfono.

— La verdad es que sí. Siento que ella está metida en el asunto, de alguna forma. —

Le dije, mientras no paraba de recordar aquella conversación tan rara que tuve con ella. Sabía que Klara estaba metida en el asunto, pero lo que no conocía era cuál era su papel. Tras terminar la llamada, decidí olvidarme de todo eso e irme a visitar a Mao y a las demás.

Al día siguiente, pude formar mi primera estrategia para investigar quién era el causante de esos rumores. En mi humilde opinión, mi plan tenía algunos inconvenientes y era un tanto fastidioso, pero creo que podría ayudarme en redondear los sospechosos. Y era preguntar a cada alumno que me encontraba si habían escuchado ciertos rumores sobre mí y preguntarles quién se lo dijeron. Empecé por los de mi clase, siempre teniendo en cuenta de que Klara no se viera cuenta.

Fue muy interesante de hacer, por las reacciones que me mostraban varios de los alumnos que preguntaban:

— Pues sí, los he oído, pero a mí me parecen muy estúpido. — Me lo dijo una niña de un curso que estaba al lado del mío, quién se puso bastante enfadada, más de lo que yo debería estar, por aquellos rumores.

— ¿Yo, en serio? ¡No he oído para nada esas cosas! — Otros, como un chico de mi clase, intentaba mentirme, tal vez para no sentirse mal consigo mismo por escuchar tales cosas.

— ¡Deberías mencionarlo a los profesores! —Y unos me daba consejos.

— ¡Muchos ánimos, tú eres el orgullo de nuestra escuela! — Y hasta algunos me daban ánimos.

— ¡Ah, en serio! — Aunque también hubo algunas personas que reaccionaron negativamente. — ¡¿Y ahora te enteras!? —

— ¡¿De verdad, eres puta!? — Y hasta alguna niña me preguntó tal cosa, creyéndose al cien por cien aquellos molestos rumores.

En total, aprovechando los descansos y el recreo, hablé con cuarenta y siete niños. Cada aula que tiene nuestra escuela, solo puede albergar a veinte alumnos, así que equiparadamente conservé con más de dos clases.

Y había un dato bastante revelador, estadísticamente. Un cuarenta por cierto de los que hablé me dijeron que quién se lo dijo no fue nada más ni nada menos que Klara. Y los que me respondían que fueron sus amigos los que les mencionaron esos rumores, al hablar yo con ellos, descubría que ella se los contó. Cada vez se estaba haciendo más sospechosa.

Aún así, pensé que eso no era suficiente y tenía que hablar con más gente. Así que iba a hacer lo mismo al día siguiente, pero un suceso inesperado trucó mis planes.

Mientras estaba entrando en la escuela, un chico me llamó, era alguien con quién yo jamás había hablado, pero sabía que estaba en el mismo grado que yo.

— ¡Hola! — Me decía con algo de timidez. Era incapaz de mirarme a la cara.

— ¡Ah, hola…! — Le devolví el saludo, algo extrañada, mientras esa persona se acercaba a mí.

— ¿Puedes reunirte conmigo en el recreo, detrás del gimnasio? — Y tan rápido cómo me alcanzó, me soltó esto, que me dejó muy sorprendida, ¿por qué un chico con quién no he tenido apenas conversación, me pedía algo así, con tal urgencia?

— ¡Pues, bueno… es bastante repentino…! — Eso le dije, mientras intentaba procesar una buena respuesta para esta situación.

— ¡Por favor! — Y me rogó desesperadamente para que aceptará, algo que me estaba pareciendo sospechoso.

— Sí insiste, pues vale…— Y decidí aceptar, preguntándome cuáles eran sus razones para que me pidiera a mí reunirme con él.

 

Aquel chico, después de oír mi respuesta, tuvo una leve sonrisa y salió corriendo como loco, mientras los niños que pasaban cerca observaban la escena y algunos cuchicheaban, tal vez relacionando esto con los rumores sobre mí. Por lo menos, espero que no estuvieran llegando a conclusiones precipitadas tras ver aquella escena.

Y cuando llegó el recreo, me dirigí rápidamente hacia aquel sitio. Estaba detrás del gimnasio de nuestra escuela, que era un edificio aparte, situado al lado; y en el rincón más escondido de todo el recinto. Era uno de los pocos lugares en dónde los profesores no vigilaban, por alguna razón desconocida. Tal vez, porque rara vez los alumnos entraban ahí.

En aquel lugar que estaba entre el gimnasio y el muro que separaba nuestra escuela del resto del mundo, en dónde la sombra del edificio lo cubría todo, estaba aquel chico de espaldas, esperándome con muchos nervios.

— ¡Buenas, ya estoy aquí! — Le hablé, a continuación, mientras me acercaba hacia él. Y éste dio un gran grito, al escucharme. Después de girar la cabeza hacia mí y saber qué era yo, dio un gesto de alivio.

— ¡Ay, qué susto me das dado! — Me dijo con mano en el pecho.

— ¿Y qué es lo que quieres hablar? — Y yo fui directa al grano, sin ni siquiera preguntar su nombre. Aquel chico estaba tan nervioso que le costaba decir algo:

— Pues, bueno…— Incluso estaba temblando. — Esto es bastante vergonzoso. — Y bastante rojo.

— Toma tu tiempo…—  Eso le solté, en un intento de tranquilizarlo.

El chico decidió seguir mi consejo y empezó a respirar e inspirar, varias veces, hasta tener el coraje de poder decirme lo que quería.

— ¡Quiero dejar de ser virgen! — Y gritó esto, dejándome en blanco totalmente.

No me esperaba esa respuesta para nada, en ninguno de los múltiples escenarios que había imaginado mientras estaba en las clases. Me dejó sin habla, por varios segundos.

— ¡¿Qué…!? — Eso le pregunté, aún incapaz de recuperarme. — ¿¡Qué quieres decir!? —

Y aquel chico, mientras miraba el suelo, me empezó a contar esto: — Mis amigos se burlan de mí, todo el tiempo por serlo. Y he oído que tú…— No pudo decir nada más. Luego, sacó de sus bolsillos, unos cuantos billetes: — Aquí tiene todos mis ahorros. —

Pude salir del bloqueo mental y procesar bien lo que estaba ocurriendo, en un escenario que jamás había imaginado. Un chico, alentando por aquellos rumores, quería que hiciera el amor con él y recompensarme con dinero. En otras palabras, esa persona había metido la pata hasta al fondo, creyendo que yo me estaba prostituyendo y pidió mis servicios. Era, de verdad, una situación de lo más embarazosa e incómoda que superaba todo lo que había conocido.

Y mientras intentaba encontrar una buena forma para explicar a aquel chico que se estaba confundiendo y a mí no me interesaba hacer tal cosa, alguien saltó el muro y le empezó a gritar con todo el enfado del mundo.

— ¡¿Eh, tú, eres idiota o qué!? — Los dos giramos la cabeza hacia dónde provenía aquella voz. Era alguien al que yo conocía muy bien.

— ¡¿Osa rusa!? — Grité su mote, muy sorprendida. Era Nadezha.

El chico estaba asustado y, al ver que ella le estaba gritando muy enfadada, decidió que tenía que salir corriendo a toda velocidad o podría acabar muy mal.

— Lo siento mucho. — Gritaba, mientras lloraba.

— ¡No huyas, maldito!— Nadezha estaba enfurecida, parecía de verdad una osa a punto de atacar.

Ella, que no le paraba de decir todo tipo de insultos y otras cosas nada agradables, estaba dispuesto a perseguirlo. Tuve que detenerla, poniéndome en medio.

— ¡¿Por qué me detienes!? — Eso me gritaba. — ¡Ese niñato merece un castigo, por tratarte como una puta! —

— ¡No te preocupes, osa rusa! ¡Me has salvado, ahora tranquilízate o provocarás un escándalo en la escuela! — Intenté controlarla, no podría dejar que cruzase el patio como un animal enloquecido.

Lo primero que hizo, tras escucharme, fue molestarse por aquel mote y me empezó a explicar y exigir que dejara de llamarla “Osa rusa”. Eso la tranquilizó. Al pasar unos minutos en completo silencio, empecé a darle las gracias: — ¡Me has salvado, aquella situación fue demasiado para mí! —

Le estaba muy agradecida, porque no sabía que había pasado sin su interrupción. Jamás había estado en una situación tan comprometida. Entonces, me di cuenta de algo:

— Ah, es verdad…— Había algo raro. — ¡¿Qué haces aquí, Nadezha!? — Y era el hecho de que ella estuviera aquí.

Y ella me contestó, algo avergonzada, como si le costaba decirlo: — Por ti, Malan, por el amor de Dios. Me enteré por parte de Vladimir lo que estaba pasando y decidí echar un vistazo. —

FIN DE LA CUARTA PARTE

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