Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Segunda parte (Versión de Mao), centésima historia.

A Mao le costó mucho asimilar eso, ya que, después de darse cuenta, se decía una y otra vez que eso no podría ser posible. Y entonces, pensó en preguntarle a su padre cómo se enamoraba una persona. Aunque no se atrevía preguntárselo, porque tal vez su viejo se daría cuenta y por algún motivo que no entendía, le daba miedo que lo supiera. Al final, incapaz de encontrar alguna respuesta satisfactoria por sí mismo, decidió decírselo en la cena.

— Viejo,… — Le dijo, entrecortado, al terminar el primer plato.

— ¿Qué? — Le preguntó con un tono bastante antipático, mientras paraba de comer para escucharlo.

— Bueno, yo…— Mao no podría terminar la frase, porque no encontraba una buena manera para preguntárselo sin que sospechase.

Y éste, mientras le observaba intrigado, soltó esto:

— Si me preguntas por la comida, te diré que has echado demasiada sal para mi gusto. — Eso le mencionó, mientras miraba su comida, creyendo que éste le estaba preguntando cómo de buena le salió la cena que preparó.

— ¡No es eso! — Le gritó Mao, mientras se daba cuenta de que había estado muy despistado durante la preparación de la cena, pensando en muchas cosas.

— ¿Y, entonces, qué? — Le replicó su padre.

— Tengo que preguntarte algo bastante importante. — El pobre estaba bastante tenso.

— Te escucho. — Al terminar la frase, su padre cerró su boca y lo miró fijamente.

A pesar de que su mirada le daba escalofríos; se tranquilizó y pudo soltarle lo que quería preguntarle desde hacía rato:

— ¿B-bueno, c-cómo es que una persona se enamora de otra? —

Su padre se extrañó por tal pregunta, mientras le soltaba estas palabras:

— ¿Por qué me lanzas una pregunta tan complicada a estas horas de la noche? — Al terminar, soltó un gran suspiro. A Mao eso le molestó un poco, aunque creía que su padre no estaba sospechando nada raro.

— Bueno, es algo que me llevó preguntando hace tiempo. — Le mintió, a continuación.

— ¿Por qué no miras alguna película romántica de esas, por la tele? —

Su anciano padre le sugirió eso, mientras le enseñaba la televisión. Aquella sugerencia solo molestó a Mao, aún más, quién no creía que fuera tan vago.

— ¿Por qué crees que ver eso me dará respuestas a lo que te estoy preguntando? — En verdad, no tenía ganas de ver ese tipo de películas, porque le aburrían mucho.

— Porque no tengo ganas de pensar. — Y su padre le dijo esto con toda su sinceridad.

— Pues, piensa. No es tan difícil. — Protestó Mao y su padre le dijo que lo haría, después de soltar un suspiro de molestia. Éste, tras pensar en silencio por unos segundos, le soltó esto:

— Bueno, enamorarte de una persona es pensar todo el día en ella, querer estar siempre a su lado. Sufres mucho cuando está con otro que no estás tú, o cuando no te nota. Sentirte feliz cuando estás a su lado. En fin, sientes que es alguien muy importante para ti, demasiado. O algo así. —

Mao se quedó sin habla, mientras escuchaba cada palabra que soltaba su padre. No tenía dudas, ya estaba seguro del todo, porque todo lo que decía su padre le estaba pasando. Ya no podría negarlo, y estaba tan estupefacto, que no sabía cómo reaccionar.

— Ya veo. — Entonces, decidió levantarse e ir a su cuarto a toda prisa. —De todos modos, me voy a la cama. Muchas gracias por eso. —

Pero fue detenido por su padre, quién le obligó terminar de comer y luego a lavar los platos. Por su mirada, se dio cuenta de que Mao estaba raro, pero decidió no decirle nada.

Por su parte, Mao, rezaba para que padre no se hubiera dado cuenta de que él se había enamorado de una chica.

Al día siguiente, después de salir de su casa, se fue al lugar de reunión, mientras intentaba pensar cómo podría actuar delante de su mejor amiga, después de descubrir que estaba enamorado de su mejor amiga. Y no se le ocurría nada, apenas podría pensar bien.

Y tras llegar al parque, intentó tranquilizarse, pero no podría. Estuvo así durante un buen rato, poniendo todas sus fuerzas en relajarse. Entonces, un saludo mandó a la basura toda su concentración y le dio un gran susto de muerte:

— ¡Buenos días! — Mao, tras girar y ver que era Nadezha, se quedó de piedra, mientras su cara se ponía como un tomate.

— ¡B-buenos d-días! — Intentó actuar normal, soltando estas palabras, pero se veía que le pasaba algo bien raro.

Sobre todo para Nadezha, que observaba cómo le temblaban las piernas, su cara estaba bien roja y le miraba bien raro. Tras observarlo detenidamente, le preguntó esto: — ¿Te pasa algo raro? —

— N-ada, nada. — Le respondió nerviosamente Mao.

— Pareces que tienes fiebre o algo. — Replicó Nadezha, antes de poner su mano sobre la frente de Mao para comprobarlo. A continuación, tras hacer eso, dijo esto como conclusión:

— Pues no, parece que no tienes. —

— N-no te preocupes, no estoy enferma, para nada. — Mao le gritó esto, antes de salir corriendo.

Corría tanto que parecía que le estaba persiguiendo un guepardo y estaba tan fuera de sí que ni siquiera se tomaba la molestia de mirar antes de cruzar las calles o de evitar chocarse con alguien.

Se preguntaba a sí mismo, por qué actuaba así, de esa manera, solo por el simple hecho de que sabía cuáles eran sus sentimientos sobre Nadezha. Debería actuar normal, como todos los días, pero no podría, era incapaz de hacerlo, por alguna razón. Solo fue suficiente el simple hecho de conocer la verdad o de darse cuenta para actuar de esa forma.

Y en vez de dirigirse hacia la escuela, se fue hacia su casa, con ganas de darse un puñetazo por actuar de esa manera. Entró, gritando como loco, algo que dio un buen susto a su abuelo, quién estaba en el mostrador de la tienda esperando clientes:

— ¿Pero qué te pasa ahora? — Eso gritó el anciano, sin moverse del sitio.

Mao lo ignoró, solo tenía en mente que había hecho el ridículo, o, por lo menos, hizo sospechar a Nadezha de que había algo raro con él. Y entró en su habitación, solo para dar vueltas por la habitación, siguiendo gritando como loco durante un buen rato.

— ¡Maldita sea, maldita sea! — Eso soltaba sin parar.

Y estuvo así, hasta que su padre pegó en la puerta, mientras soltaba estas palabras: — ¿Pero qué te pasa hoy, hija? —

— Nada, nada. — Le gritó Mao con mucha brusquedad y nerviosismo.

— Pero si es bien obvio que te pasa algo, idiota. —Le replicó su anciano padre, antes de entrar en la habitación.

Mao sabía que ya no podría mentir más, así que soltó esto: — B-bueno, la verdad es que sí…— Ni aún así, podría contarle lo que le ocurría. — Pero solo es una pequeña tontería. —

— ¿Está relacionado con la pregunta que me hiciste ayer, sobre de cómo sabes si estás enamorado de alguien, o algo así? — Aquellas palabras dejaron de piedra a Mao.

— ¡No es eso! — Eso le gritó Mao muy avergonzado, antes de tirarle un cojín a la cabeza de su padre.

— Ya veo. — Concluyó su padre, sin mostrar ninguna reacción, antes de salir de la habitación y dejar en paz a Mao.

Durante las horas siguientes, Mao intentaba tranquilizarse y lo consiguió, quedándose dormido. Pero, entonces, algo le hizo despertar.

— ¿Q-quién será? — Eso soltaba, mientras abría los ojos y buscaba lo que estaba escuchando. Su móvil no paraba de sonar, alguien le estaba llamando. Y tras encontrarlo y cogerlo, preguntó quién era.

— ¿Ya estás mejor? — Eran las palabras de Nadezha y Mao, por unos segundos, quedó en blanco. Pero, a pesar de eso, pudo poder hablar con normalidad y naturalidad.

— P-pues sí. P-perdón si te he preocupado. En verdad, estaba algo enfermo. — Le dijo a continuación, entre risas.

— Ya veo, espero que te mejores. — Mientras oía esas palabras, Mao se aliviaba, esperando que ésta dejara de preocuparse por él.

— Puede que mañana pueda volver a clases. — Y eso le soltó, intentando parecer bastante animado, a Nadezha.

— Por cierto,… — Ella se quedó callada, tras pronunciar esto.

— ¿Qué pasa? — Y Mao preguntó con algo de miedo. Y tras esperar un poco, Nadezha, le dijo esto:

— ¿No me estarás ocultando nada, verdad? — Al oír eso, Mao se quedó aterrado.

— P-pues claro que no, para nada. — Rápidamente lo negó.

— Lo siento mucho, no era mi intención decir aquellas palabras. — Y Nadezha le pidió disculpas por eso.

A continuación, para relajar la conversación, Mao empezó a preguntar por la escuela y por otras cosas. Al final, pudo mantener la normalidad y aquel nerviosismo que tenía desde ayer se había esfumado. Estuvieron hablando durante horas.

Tras colgar, Mao dio un suspiro de alivio, al ver que podría hablar con ella con naturalidad y que había solucionado el asunto, aunque sentía que algo estaba mal, pero no le dio importancia, es más, intentaba ni pensar en eso.

Después de aquel día, todo volvió a la normalidad, como si aquel incidente nunca hubiera existido, o eso parecía. Seguían estando juntas, ya sea en el colegio o por las tardes; se mimaban y se ayudaban mutuamente, Lafayette las desafiaba a las dos a la vez y siempre era derrotada. En fin, Mao y Nadezha siguieron siendo las mejores “amigas”, pero él sentía que algo estaba mal y se negaba a pensar qué era eso lo que tanto le preocupaba.

Y el tiempo pasó, la primaria terminó y empezaron las vacaciones de verano. Entonces, tras llegar Julio, tuvo que aceptar qué era eso que estaba mal con su relación con Nadezha.

Empezó cuando Mao, bajó rápidamente de su habitación al salón, directo hacia la calle. Era por la mañana, una hora después del desayuno y su abuelo estaba viendo la tele, acostado en el suelo.

Al oír los pisotones que daba su “hija”, decidió preguntar:

— ¿Vas a salir? —

— Pues claro, he quedado con Nadezha. — Y esto le respondió Mao, tras detenerse. Había quedado con ella para ir al centro comercial para comprar ropa.

— Estás enganchado con ella, todo el día con esa niña. Es como si…—Entonces, su padre le soltó aquellas palabras, que molestaron mucho a Mao.

— Es mi mejor amiga, papá. Es bien obvio que esté así. — Tanto que lo interrumpió con bastante mal genio. No quería oír, por nada del mundo, la palabra con la cual su padre iba a terminar la frase.

A continuación, en el salón hubo un silencio muy incómodo durante varios segundos. Mao se preguntaba si irse ya o esperar, porque parecía que su padre le iba a decir algo:

— Sabes, ¿recuerdas cuando me preguntaste cómo se enamoraba o algo así? — Entonces, Mao se puso bastante nervioso, más de lo que estaba, al oír aquellas palabras.

— Pues no, la verdad es que no. — Le mentía descaradamente.

— Ya soy bastante viejo para oír mentiras bien obvias, ¿sabes? — Y su padre le dejó claro que eso no le ayudaba. Se sintió tan acorralado e incapaz de soltar una buena respuesta que solo soltó estas palabras:

— ¿¡Y bueno, qué pasa!? — Eso le gritó con valentía, aunque, en el fondo, estaba temblando como un flan.

— Nada, solo te quería avisar de que deberías rendirte con ella. Después de todo, eres para ella su “amiga”, solo eso. Has elegido a la peor persona posible. —

Aquellas palabras le sentaron como un jarrón de agua fría a Mao. Se dio cuenta de que su padre sabía la verdad y de que le estaba diciendo lo que él ya sabía. Había aceptado que solo sería su “amiga”, así podría estar junto con ella. De otra manera, solo se separarían y eso no lo quería. Pero, aún así, eso le dolía, lo bastante para gritarle muy fuerte a su padre:

— ¿¡Qué tipo de estupideces estás diciendo!? — Eso le soltó.

Tenía ganas de llorar, porque le dolía pensar que solo era una “amiga” para Nadezha, pero se aguantaba, porque no quería que su padre le viera llorar. Éste le siguió hablando con total normalidad y frialdad:

— Lo mejor es que le digas tus sentimientos y te diga que no, que te destrocé el corazón. —

Mao solo se quedó callado, incapaz de soltar una  respuesta a su padre. Deseaba que se callara y que no le hubiese dado tal consejo, porque pensaba era la peor opción de todas. Sabía que Nadezha no correspondía sus sentimientos y que si se lo decía, no solo sería rechazado, también conseguiría que se alejara de él y eso no lo deseaba por nada del mundo.

Por eso, decidió ignorar aquella conversación, como si nunca hubiera existido, y salir a la calle. Y al entrar en el pasillo, su padre, quién seguía comiendo, le soltó esto:

— Ni siquiera ella sabe que tú no eres una verdadera chica, ¿no? —

Aquellas palabras detuvieron a Mao, que lo dejaron pensando. El padre siguió hablando:

— Y aquella niña, según me has contado varias veces, no tolera las mentiras, ¿qué pensaría ella si tú no eres una verdadera chica? —

Entonces, Mao recordó aquellas palabras que le dijo Nadezha, cuando le llamó aquel día: “¿No me estarás ocultando nada, verdad?”

Claramente Mao le mintió a su amiga. No solo escondía su amor por ella, sino de que era un chico. Eso era lo que estaba mal. Nadezha le contaba todo y él le ocultaba cosas muy importantes. La engañó, y siempre lo hizo desde que se conocieron. Si ella lo descubría, le odiaría para siempre.

Se sintió mal y estaba furioso consigo mismo y por otra persona, la que le obligó a ser una chica, su padre. Por eso, le gritó al anciano, mientras le levantaba la mano:

— ¿Y ahora dices que soy un chico, ahora? — Él pensaba en aquellos momentos que, si no fuera por su padre, no tendría que ocultar que era un chico intentando ser una niña.

Y, entonces, lleno de ira, se acercó hacia su padre con la intención de pegarle. Éste ni se inmutó, solo le soltó aquellas palabras:

— Solo te quiero decir, que no tienes futuro con esa chica, ni como novias ni como amigas. Y cuanto antes os separéis, mejor para vosotras.-

Mientras decía aquellas cosas, Mao se controló y decidió salir corriendo, hacia a la calle, antes de soltarle esto a su padre:

— ¡Deja de decir tonterías! —

Corrió, corrió sin parar, durante un buen rato, como si estuviera huyendo de algo. Estaba tan distraído, intentando olvidar aquella conversación, que se perdió en su propio barrio. Tras salir, se dirigió hacia al parque en dónde le estaba esperando Nadezha.

Al llegar a allí, él se detuvo de golpe cuando la vio de lejos. Le estaba esperando, sentada en un banco sobre la sombra de un árbol y no se dio cuenta de la presencia de Mao. Éste, tras observarla detenidamente, se dio cuantos tortazos en la cara para despejar su mente. No quería actuar como lo hizo en aquel día, o ella se daría cuenta de que estaba pasando algo raro.

Entonces, Mao, al ver que solo seguía escondiéndole las cosas, tenía ganas de darse un buen puñetazo, por ser alguien horrible. Le estaba ocultando, desde el primer momento, miles de cosas a su mejor amiga, quién confiaba ciegamente en él; y le seguía engañando, ya que era incapaz de decirle la verdad. Más bien, sentía que no tenía ninguna salida más que la de seguir mintiendo, pero, aún así, le daba asco lo que le estaba haciendo.

Mientras pensaba en todas esas cosas, Nadezha se dio cuenta de que Mao estaba allí, y le saludó. Al escucharla, actuó rápidamente: Le respondió el saludo con normalidad y se acercó a ella.

Al momento, se fueron al centro comercial, y, mientras tanto, estuvieron hablando de todo tipo de cosas, incluyendo esto:

— Bueno, ¿qué vas a comprar, Nadezha? — Le preguntó Mao, a mitad de la conversación.

— Pues debo comprar sujetadores, los que tenía se me han quedado pequeño. — Eso le contestó y Mao en blanco.

— ¿Sujetadores? — Le soltó a continuación, mientras intentaba mantenerse sereno. Y Nadezha, al ver su reacción, le preguntó esto:

— Sí, ¿pasa algo? — Se dio cuenta de que le pasaba algo raro.

— Nada, nada. — Y Mao lo negó rápidamente, antes de darse un pequeño tortazo en la cara sin que Nadezha le viese, para tranquilizarse.

Se puso bastante nervioso, tras escuchar lo del sujetador, porque pensó en cosas indebidas. Se preguntaba sin parar, por qué se ponía de esa manera, cuando antes la vio desnuda varias veces.

A continuación, Nadezha le contó las demás cosas que necesitaba comprar y, tras eso, Mao le soltó:

— Pues bueno, me gustaría comprarme nuevos lazos para atar mi pelo, los que tengo están bastante descoloridos o se han perdido. — Era lo primero que deseaba comprar.

— ¡En verdad, eres una despistada! No deberías perder esas cosas. —

Nadezha le soltó un pequeño sermón, tras escuchar eso. Mao solo se rió, antes de decirle que los accesorios para el pelo eran muy fáciles de perder.

Y tras decir aquellas palabras, entraron en el centro comercial. Era tan grande y tenía tantas tiendas de ropa que Mao y Nadezha estuvieron bastante rato preguntándose en cuál entrar, mientras recorrían sus pasillos, llenos a reventar de personas.

Al final, tras comprar casi todo lo que necesitaba, entraron en otra tienda para coger los sujetadores, que Nadezha los dejó como lo último de la lista.

— ¿Cómo te parece? — Eso le preguntó a Mao, mientras le enseñaba dos sujetadores que había cogido.

— Muy bien lindos los dos. — Le respondió Mao, quién estaba metido bastante en sus pensamientos. Aquella respuesta no le satisfecho, en absoluto, a Nadezha.

— ¿Pero, cuál es el mejor? — Le lanzó otra pregunta.

— Y yo qué sé. Tú eres la única que lo sabes. Son tus gustos, no los míos.  — Mao le respondió eso, porque le parecían los dos casi iguales.

Tras escuchar eso, Nadezha soltó: — No me estás ayudando. En fin, me los probaré. —

Y se introdujo en un probador de la tienda, mientras Mao se acercaba dónde estaba puesta la ropa interior de mujer, observando con especial interés hacia algunas bragas.

Mientras éste se debatía con comprarlos o no, ya que había cogido más cosas de lo que quería, Nadezha, quién sacó su cabeza de entre las cortinas que cubrían el probador, le empezó a llamar, algo avergonzada: — ¡Oye, Mao! —

— ¿Qué quieres? — Le contestó Mao.

— Entra. — Nadezha, con algo de vergüenza, le soltó esto.

— ¿Cómo? — Y Mao se sobresaltó, poniéndose rojo al instante.

— Necesito tu ayuda, así que entra en el probador, ¡por favor! — Le suplicó Nadezha bastante molesta y Mao le tuvo que decir que sí, con pocas ganas de entrar.

Él entró en el probador, dónde estaba Nadezha, intentando no mirar hacia al cuerpo de ella, cuyo torso estaba casi desnudo, con solo uno de los sujetadores que había cogido para probarlos.

— ¿Y bueno, qué? — Eso le respondió Mao, mientras maldecía al que creó el probador, porque estaban rodeados de espejos y él no podría evitar ver a Nadezha.

— No me puedo quitar este sujetador, el cierre se ha quedado atascado o algo así y me duele. — Le decía bastante molesta Nadezha, mientras le intentaba señalar el cierre del sujetador.

Mao miró hacia la espalda de Nadezha, mientras ponía una cara de alivio, porque era una cosa fácil de hacer. Soltó esto, antes de decidir abrir el cierre: — ¡Ah, ya veo! —

— ¡Además de que me queda demasiado ajustado!—Por su parte, Nadezha le decía esto, mientras Mao intentaba abrirle eso y, por alguna razón, no podría hacerlo, no había manera de sacarlo sin romperlo.

— No deberías jugar al tun tun con los sujetadores. — Eso le soltaba Mao, mientras se preguntaba qué había hecho Nadezha con el cierre. Se estaba enfadando con el sujetador, que lo maldecía.

— Pero es que no entiendo cómo funciona eso de las tallas. — Y Nadezha  seguía hablando. Al terminar sus palabras, Mao pudo abrirle el cierre y sus pechos fueron liberados de aquel sujetador.

Y Mao se quedó ahí parado, mientras se preguntaba irse rápido de allí o quedarse con ella. Se decía a sí mismo, una y otra vez, que ya había estado con Nadezha varias veces en el probador antes y él actuaba normal; por eso mismo, no tenía que estar tan rojo y nervioso en aquellos momentos.

Entonces, ella se giró hacia él, con el pecho descubierto. Mao se quedó abobado, observándolas. Vio que se había vueltos más grandes desde la última vez que las observó. Su cara parecía que estaba ardiendo y sentía cosas raras en el cuerpo. Nadezha, por su parte, le pidió las gracias:

— ¡Muchas gracias, qué alivio! — Entonces, vio que Mao tenía una extraña mirada y le preguntó: — ¿Qué te pasa? —

Mao, con el mayor de los nerviosismos, le respondió esto: — Pues nada, de nada. — Y salió corriendo cómo loco.

— ¡Oye, no salgas de esa forma, que me van a ver! — Eso le gritó Nadezha, después de que Mao salió corriendo del probador e hiciese volar las cortinas por unos segundos.

Mao corrió como loco, para luego, sentarse en una silla de la tienda de ropa. Con sus manos, él intentaba tapar algo que le estaba creciendo en la entrepierna. Casi iba a revelar, por culpa de sus instintos, que no era más que un chico que se hacía pasar por niña.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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