Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Tercera parte (Versión de Mao), centésima historia.

Mao volvió corriendo a casa llorando, mientras se decía una y otra vez que era un idiota. Después de lo que pasó en los probadores y sentarse en un banco para tranquilizarse, Nadezha se acercó hacia él para preguntarle qué le había pasado y éste solo salió corriendo.

Sabía que no tenía que hacer eso, pero lo hizo y se odiaba por hacer tal cosa. Sentía que no podría ni mirarle a la cara a su amiga tras aquel lamentable suceso. Y al llegar a la puerta de su casa, salió, entonces, alguien que no deseaba ver por nada del mundo.

— ¿¡Tú, qué haces aquí!? — Eso gritó Mao al verla, muy sorprendido. No esperaba encontrarse con ella, era el peor momento para eso.

Era Chiang Mei-ling, la misma persona que, en un futuro muy lejano, le secuestraría e intentará matarlo; y la que intentaría usar a Josefina para provocar el atentando en contra de Elizabeth von Schaffhausen.

— ¿Cómo que “tú”? Soy tu prima, un poco más de respeto. — Y por aquel entonces, estaba muy enfadada. Al parecer, tuvo una discusión con su abuelo, el padre de Mao.

— Eres mi sobrina. — Mao se atrevió a replicarla, a pesar del miedo que le daba aquella chica, ya que ella le encantaba intimidarle y hacerle daño.

— Bicho insolente, soy mayor que tú. Es humillante para mí. — Le gritó enfadada su prima, mientras le levantaba una mano para darle un puñetazo. Por poco se pudo controlar, pero en el rostro se le notaba un enorme rencor y un odio. Mao se dio cuenta de lo enojaba que estaba y decidió entrar en la casa rápidamente, intentando ignorarla.

Entonces, ella le detuvo, poniendo su mano sobre su hombro, y le dijo esto:

— Otra vez que intentes ignorarme, te romperé el pito que tienes ahí, ¿te enteras? — Mao se quedo helado, tras oír eso, mientras que su sobrina se alejaba de él. Al recuperarse, entró en la casa y se dirigió hacia su cuarto.

Al pasar por la tienda, vio a su padre, poniéndoles los precios a algunos productos, y pasó por detrás de éste, sin que se diese cuenta. Al llegar a su habitación, lloró en silencio hasta hartarse.

A continuación, durante los próximos tres días, estuvo en su casa muy desanimado. Era incapaz de llenarse de valentía para volverse a ver con Nadezha, ya que sabía que la volvería a mentir otra vez, una mentira más que incrementará que las cosas solo serían mucha más dolorosas cuando llegará la hora de la verdad, algo que creía que ya estaba cercano.

Mao se imaginaba, aún cuando intentaba no hacerlo, cuáles serían las reacciones que pondría Nadezha al descubrir que él era un chico y estaba enamorado de ella. Y todas eran negativas, consiguiendo que solo se pusiera aún más triste y enfadado consigo mismo.

Aunque Mao intentó ocultar eso a su padre, para que no se diese cuenta; al final, éste lo noto y le preguntó esto en el tercer día, mientras estaban cenando:

— ¿Nadezha y tú os habéis peleado? — Eso lo dijo al terminar el arroz y sorprendió a Mao, que se le cayeron los palillos a la mesa. No se esperaba que le preguntara eso.

— No es nada de eso. — Mao intentó mentirle lo mejor posible, aunque su rostro lleno de tristeza y sus bajos ánimos no le ayudaron, a pesar de que intentó ocultarlos con todas sus fuerzas.

— Pues eso parece, porque desde tu última cita con ella, estás bastante deprimida. —

Lo soltó de una forma bastante sarcástica que enfureció muchísimo a Mao, tanto que le dio un golpe a la mesa, mientras le gritaba esto:

— ¡No era una cita! —

No quería que su padre hablase más del tema, porque sentía que eso no le ayudaba en nada, solo empeoraría la situación. Esperaba que aquel grito lo hiciese callar.

— ¡No te pongas así, que vas a tirar la comida al suelo! — Protestó su anciano padre con una notable normalidad.

Entonces, el teléfono del pasillo empezó a sonar y Mao se quedó quieto, mejor dicho, paralizado. Él tuvo el pensamiento de que tal vez aquella llamada era de Nadezha y deseaba cogerlo, pero a la vez no quería hacerlo. Tenía miedo de que, tuvieran una conversación que podría acabar muy mal, pero, necesitaba hablar con ella.

Y mientras dudaba, su anciano padre se levantó, entre diciendo estas palabras: — ¡Ya voy, ya voy! —

Mao decidió que su padre cogiera el teléfono y lo contestase él. Tal vez no era Nadezha y si ese fuera el caso, se llenaría de valor para poder hablar con ella.

— ¡Es una llamada para ti! — Entonces, su padre le gritó esto a Mao. Y él se fue directo hacia al teléfono, a una velocidad increíble, muy ilusionado. Deseaba hablar con ella, a pesar del miedo que le producía entablarlo. Le quitó el teléfono de las manos a su padre y soltó esto:

— ¡Nadezha, Nadezha, soy yo, perdón por lo del otro día! — Se lo decía muy ansioso, ignorando las quejas de su padre por lo brusca que fue en quitarle el teléfono, mientras volvía al salón para seguir comienzo.

Entonces, toda aquella alegría que sentía se esfumó como el polvo, cuando escuchó quién era, con estas palabras llenas de desagrado:

— ¡Eres idiota, no soy esa enana albina! — Quién le había llamado era Chiang Mei-ling, casi se le cayó el mundo encima.

— ¡¿Tú, por qué!? ¡¿Qué quieres de mí!? — Mao gritó de la desilusión. Era la primera vez que su sobrina le llamaba por teléfono y eso le alteró muchísimo, porque sabía que no estaba tramando nada bueno.

— Solo te quiero enseñar una cosa que te resultará interesante, es sobre tu amiga Nadezha. — Y ella le dijo lo que quería, con una voz tan siniestra que a Mao se le puso la carne de gallina. Esperaba que ella no le hubiera hecho nada malo.

— ¿Qué quieres decir? — Le gritó, no entendía qué quería hacer y por qué metía a Nadezha por media.

— Haz lo que te digo o le cuento a ella que eres un niño. — Y ella le amenazó.

— ¡¿No te atreverás…!? — Eso se dijo Mao, rabioso por la molesta actitud de su sobrina.

— Pues sí, y lo haré ahora, si no te callas. — Y Mao no tuvo más remedio que hacerlo.

A continuación ella le dijo en dónde y cuándo tenía que irse y reunirse con ella, después de que ésta le avisara:

— Y antes de todo, no se lo digas a tu padre, el muy bobo ni me ha reconocido cuando he llamado. —

Tras eso, colgó la llamada y Mao se quedó en blanco y volvió al salón, como si nada hubiera pasado.

— ¿Quién era? — Le preguntó su padre, mientras terminaba de comer.

— Pues una amiga, papá. — Y eso le respondió Mao, mientras se sentaba para terminar la comida que le faltaba.

— Pues tiene una voz muy fea. — Añadió su padre y eso le hizo gracia a Mao, porque estaba insultando a su propia nieta, aunque no la adoraba mucho.

Tras terminar de comer, Mao hizo como si se acostará, esperando que su padre se durmiera. Cuando supo que ya estaba acostado, con el menor ruido posible, bajó al salón y cogió las llaves. Salió rápidamente de su casa, para irse al parque más cercano posible.

Al llegar, se la encontró allí fumando un cigarrillo, mientras lo esperaba de pie, bajo a la luz de una farola. Mao se acercó a ella y se atrevió a decirle esto:

— ¿No eres menor de edad para tomar esas cosas? — Le preguntó, esperando que no le hiciera nada malo.

— Cállate, ¡qué estás más guapa así! —Y eso le respondió su sobrina muy borde, y mientras apagaba el cigarrillo. A Mao aquel tono le molestó y le gritó esto:

— ¿Qué es lo que quieres? — Quería saber, de una vez, qué estaba tramando su familiar.

— Sé una buena niña y sígueme. — Finalizó la conversación con estas palabras, más una sonrisa siniestra. Luego, empezó a caminar.

Mao, sin añadir nada más, solo la siguió y anduvieron por un buen rato por la cuidad, llegando a los límites surestes de la misma. Su largo paseo terminó en la falda de una montaña, por una carretera que parecía que no llevaba a ninguna parte y casi tragado por la vegetación. Estaban a los pies de un enorme y siniestro bosque.

Mao tenía mucho miedo y se había arrepentido mucho de haberla hecho caso, porque le estaba llevando a un sitio extraño y sus intenciones no parecían para nada nobles.

— ¿Puedes decirme de una vez qué es lo que quieres? — Le preguntó Mao, cuando ya se hartó de tanto misterio.

A continuación su sobrina se paró y lo miró. Luego, le preguntó esto:

— ¿Recuerdas a mi padre, tu hermano mayor? —

Mao se preguntó qué tenía eso que ver con lo que estaba pasando, pero decidió responder su pregunta:

— Él murió hace unos años, pero ni le recuerdo, solo lo sé por mi padre. —

Mao había escuchado de su padre que él tenía muchos hermanos, cientos más bien, repartidos por todo el globo. Se lo creía, aunque nunca vio a ninguno, y lo único que había conocido era la misma Chiang, la hija de uno de ellos. Su viejo le mencionó varias veces sobre aquella persona, solo lo típico.

Entonces, de repente, su sobrina empezó a hablar sobre su padre, con total seriedad:

— Era un subnormal, que creía en la revolución comunista, aún cuando había caído hace décadas…—

— No te entiendo, ¿de qué estás hablando? — Mao la interrumpió, al no entender las cosas que estaba diciendo, que le parecían de otro mundo.

— Nunca fue un tipo legal, y servía a las mafias del lugar. Por eso, su organización terrorista siguió existiendo, hasta que se atrevió a desafiar a los más poderosos de la cuidad. — Pero ella le ignoró y siguió hablando.

— ¿Qué tonterías estás diciendo? ¿Mafias? ¿Organosequé? — Y Mao otra vez la interrumpió, estaba bastante perdido y con la falsa sensación de que le estaban tomando el pelo.

— ¡Cállate tú, deja hablar a tu mayores, maldito maricón! — Su sobrina le gritó como loca, mientras levantaba furiosamente el puño, con ganas de darles un buen golpe.

— Vale, vale, perdón. Lo siento mucho. — Y él, totalmente dominado por el miedo, se agachó y se protegió la cabeza, con el miedo de recibir el golpe.

Entonces, su sobrina siguió adelante y le gritó que moviera su culo de una vez. Mao le hizo caso, bastante molesto, y la siguió, mientras deseaba que a ella le ocurrieran un montón de cosas malas.

Al final, ésta se detuvo, y miró por todos lados, para luego, introducirse por el profundo bosque. Mao la siguió, con pocas ganas de meterse ahí dentro. Tras caminar por lo que parecía un estrecho sendero, llegaron ante una enorme e impresionante pared rocosa. Su sobrina, utilizando una linterna, buscó durante un buen rato por aquel sitio, hasta encontrar lo que buscaba. Era un agujero situado entre las rosas, un poco más grande que ella. Se introdujo ahí y estuvo ahí, en silencio, durante unos minutos.

— ¡Esto es lo que estaba buscando! — Eso gritó, a continuación, con siniestra alegría y luego llamó a Mao.

Éste se acercó y se introdujo dentro de aquel abrigo rocoso. No veía nada, salvo la luz de la linterna. Su sobrina se reía, como si fuera una villana de una serie de televisión cómica, mientras sacaba cosas de una pequeña fisura situada entre las rocas del abrigo.

— ¿Qué coño es esto? — Le preguntó Mao, mientras cogía una de las muchas cosas raras que estaba sacando su sobrina.

— Granadas. — Y cuando le contestó eso con toda la normalidad, Mao gritó de terror y lo tiró afuera:

— ¡Esas cosas explotan! ¡¿Pero, qué hacen ahí!? —

Chiang le ignoró a lo primero, ella estaba muy ocupada, sacando del lugar rifles y pistolas. Al terminar, le dijo esto:

— Y no solo eso, hay un montón de armas, listas para matar y todo eso. —

Cogió uno de los rifles que sacó y simuló que disparaba a algo, que no era nada más ni nada menos que la cabeza de Mao.

— ¡No me apuntes con esa cosa! — Le gritó muy aterrado, con la cara blanca, mientras escondía su cabeza entre sus brazos.

Ésta, al ver su reacción, se rió de él y tiró el rifle, y siguió buscando por aquel agujero. Entonces, sin que nadie se lo pidiera, empezó a contar esto:

— Todo esto era de mi padre y sus amigos. Un escondite en dónde guardaban sus herramientas para provocar miedo y hacer daño. Con esto mataban y secuestraban personas. —

Mao no podría creer lo que estaba escuchando. Su propio hermano se dedicó a hacer cosas muy malvadas y le daba asco que tuviera la misma sangre que él.

— ¿¡En serio, hacía esas cosas tan feas!? — Le gritó, muy trastornado ante la noticia. Y su sobrina, solo soltó unas risas que le molestaron mucho: — ¡No te rías! —

Le estaba molestando que su sobrina estuviera tan sonriente, a la vez que  le daba terror verla así. Tenía miedo de que ella pensara hacer algo malo. Ésta siguió hablando, sin importarle lo que pensaba Mao:

— Y todo lo descubrí por casualidad, mientras miraba los últimos escritos de mi papá. Y lo más divertido del asunto fue encontrarme este cuaderno, que estaba junto con las armas, en dónde ponían sus objetivos. —

Aquella extraña y siniestra felicidad que mostraba mientras lo decía con esas palabras se detuvo cuando ella empezó a intentar sacar un cuaderno. En cuestión de segundo, empezó a insultar y maldecir aquella cosa, al ver que era incapaz de sacarlo, por mucho esfuerzo que le estaba poniendo.

— ¡Maldita sea, no puedo sacar esta mierda de aquí! — Gritaba muy enfadada.

Y a Mao eso le pareció gracioso, pero intentaba no reír, para que su sobrina no fuera a pegarle.

Al final, pudo sacarlo y empezó a buscar entre sus hojas, lo que quería enseñarle a Mao. Tras encontrarlo, se lo enseñó:

— ¡Mira, mira, léete esto! — Eso le decía, mientras reía malvadamente. Mao, preguntándose por qué se estaba riendo de esa forma, empezó a mirarlo, después de darse cuenta de que las líneas que le quería enseñar su sobrina eran la razón de sus molestas risas.

Mao leyó aquellas dos hojas, varias veces. Primero, porque él no entendía muy bien la letra y segundo, porque lo que decía era algo horrible y que le parecía muy familiar, no sabía cómo.

En esas hojas, se explicaba un macabro plan, el cual era poner una bomba bajó un coche y hacerlo explotar cuando sus dueños subirían en él, con una especie de control remoto. Al parecer habían estudiado el comportamiento del que iban a asesinar, apuntando todos los viajes que hacían con el coche y poniendo los posibles momentos para realizar su cometido, tachando los que no servían. Había varios dibujitos en dónde decían cómo ponerlo y cómo hacer el artefacto.

Al final, Mao, observó sin parar el nombre del objetivo a matar, quién se llamaba Igor Vissariónovich. Aquel nombre le sonaba muchísimo, pero no recordaba de dónde. Ni tampoco sabía por qué aquel plan le sonaba tanto, pero sentía que se arrepentiría mucho si lo descubría. Por eso, intentó no pensar en nada y tener su mente en blanco.

Su sobrina, quién le observaba con bastante impaciencia, esperaba una gran reacción por parte de Mao, al descubrir una gran y terrible verdad sobre él y Nadezha. Pero, al ver que éste no se daba cuenta, decidió decírselo, ya harta de esperar.

— ¡¿Aún no te has dado cuenta!? — Le gritó con muy mala leche, mientras le quitaba el cuaderno de sus manos y le tiraba al suelo con una patada.

Mao, sorprendido ante tal acción, se levantó y le dijo esto: — Sí me he dado cuenta, mi hermano es un hijo de puta que hacia planes para matar gente. —

— ¡No es eso, idiota! ¡¿No te suena de algo el plan, al ver el nombre de la víctima!? — Con harto enfado, le volvió a gritar, mientras le mostraba lo que había en el cuaderno.

— Pues, la verdad, no lo sé…— Y Mao se puso muy nervioso, un poco aterrado por la actitud de su prima, mientras se preguntaba qué quería decir  exactamente. Ni siquiera podría mirarla hacia los ojos, solo deseaba escapar de ella.

— ¡¿Tan idiota eres!? ¡¿No te diste de que escribiendo el atentando contra los padre de tu amiga!? — Entonces, su sobrina le gritó lo que quería enseñarle.

Y él, al oír aquellas palabras, se quedó boquiabierto, con una expresión de terror. Entonces, recordó aquel día, en dónde él se volvió “amiga” de Nadezha, tras animarla y sacarla de la depresión que sufrió por las muertes de sus padres. Volvió a recordar todo lo que le contó ella sobre aquel día, en dónde el coche en dónde se montaron sus padres explotó, delante de sus ojos.

— ¡N-no puede ser, e-es imposible! — No podría creérselo, gritando con todas sus fuerzas. — ¡¿Entonces…!? ¿¡Q-quieres decir q-que mi p-propio hermano los mató!? — Aquella revelación fue, para él, un golpe demasiado fuerte.

— Eso es. Mi padre los mató. — Le soltó su sobrina y esto añadió, antes de reír macabramente: — ¡Qué gran ironía, ¿verdad?! ¡Ella se hizo amiga del hermano pequeño de los asesinos de sus padres! —

Le parecía muy gracioso, tanto que sus carcajadas eran lo único que se oía. Estaba disfrutando de la reacción de Mao, que quedó destrozado al oír eso. Pero lo que no esperaba es que él, al verla reír, se llenó tanto de rabia que le dio una gran patada en todo el estomago y la tiró al suelo.

— ¡Es mentira, es absolutamente mentira! — Eso le gritó Mao, antes de salir corriendo.

— ¡Serás hijo de puta, te voy a arranca la mano, maldito maricón! — Y le gritaba su sobrina, mientras él salía del abrigo rocoso y volvía a la carretera.

Mao se arrepintió mucho de haberla hecho caso a su sobrina, tuvo que haber ignorado aquella llamada, así no hubiera sabido aquella verdad tan horrible e irónica. Intentaba negarlo, una y otra vez, pero era imposible. Y cuando más lo pensaba en eso, más peor se ponía.

Se sentía indigno para volver a ver a Nadezha, para seguir siendo amigos, porque alguien de su misma sangre mató a sus padres. Ya no podría verla con la misma cara. Sabía que él nunca tuvo la culpa de la muerte de sus padres, ni siquiera lo sabía; pero, aún así, no podría evitar sentir aquellos sentimientos.

Tampoco, entendía como el destino, si existía, fuera capaz de ponerlo en esta situación, hacerse amigo de una chica que perdió a sus padres por culpa de su propio hermano. Era tan irónico como cruel.

Y mientras corría sin parar, sin pensar hacia dónde se dirigía, empezó a cuestionar su propia amistad hacia Nadezha. Tuvieron buenos momentos, siempre se divertían juntos y se ayudaban mutuamente. En fin, fue una relación que él no podría olvidar nunca y que lo recordaría con cariño.

Pero sintió que aquella amistad no sería para siempre, que no era una verdadera y real, que iba a durar para siempre. Porque iba a tener un final muy pronto, y el principio del fin comenzó desde que Mao se enamoró de ella.

Sabía que Nadezha la veía solo como “amiga” y que no sentía lo mismo que él. Pensaba que, tarde o temprano, sería descubierto, que ella no solo conocería aquellos sentimientos, sino además el hecho de que era un chico haciéndose pasar por una niña. Todo eso solo provocaría que se alejara y dejaría ser su amistad. Creía que esto era inevitable, y eso le hacía llorar aún más, porque quería que, aunque siendo solo “amigas”, su relación duraría mucho más, hasta el fin de sus días.

Aquellos pensamientos no le dejaban de atormentar y él, para intentar no pensarlos, corría, aún más de lo que estaba haciendo.

Y cuando se dio cuenta, llegó a su casa, sin saber cómo. Había estado corriendo durante horas, o eso tenía la impresión; yendo de un lado para otro, sin saber realmente adónde iba. Mao podría preguntarse cómo había llegado, pero su mente estaba agotada y solo quería descansar, sin saber nada más de lo que había pasado, lo que había ocurrido y lo que iba a ocurrir. Solo quería dormir y olvidarse de todo eso.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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