Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Cuarta parte (Versión de Mao), centésima historia.

Se levantó muy tarde, a las dos de la tarde. Salió muy somnoliento de su habitación, con la intención de ir al cuarto de baño y mojarse su cara para despertarse. Su padre, al darse cuenta de que estaba despierto, le gritó:

— ¡Por fin te has despertado, princesita! — Eso le soltaba con burla, mientras veía la televisión. —¡Has dormido más que una leona! —

Mao no le replicó nada, solo estaba atento a una cosa, había algo en la televisión que atrajo su atención. Bajó las escaleras y se acercó mucho a la caja tonta. Eran las noticias y estaban hablando de que hubo una explosión en un bosque situado en las mismas afueras de la ciudad, en la falda de una montaña.

Mao, al ver las imágenes del lugar, se dio cuenta de que era el mismo sitio en dónde había estado la noche anterior y se quedó con la boca abierta.

— ¿Por qué tienes esa cara? Eso ha explotado en plena noche y no ha muerto nadie. No tienes nada de qué preocuparte. —

Eso le dijo su padre al ver su cara y éste le replicó que no era nada, solo estaba un poco sorprendido y se calló. Se preguntó si su sobrina lo habría provocado y cuál era la razón para haber hecho eso, si lo tenía. Tal vez, ¿era por eliminar pruebas?

De todos modos, si esa podría ser la razón, entonces, no entendía por qué ella se lo enseñó. En realidad, se dio cuenta de que lo que hizo su sobrina no parecía tener sentido, ¿por qué hizo tal cosa, cuál fue la razón? Pensó que tal vez era para empeorar, aún más, su relación con Nadezha, pero eso le pareció algo descabellado, porque a su sobrina no le beneficiaría nada en que rompieran su amistad, ¿o sí? En todo caso, Mao solo llegó a la simple conclusión de que era una idiota que no sabía lo que hacía.

A continuación, en los próximos días, los pasó bastaste decaído, por culpa de aquella verdad que le contaron. Le costó mucho asimilarlo y lo intentó negar varias veces, sin éxito. Al final, no solo le ocultaba el hecho de que no era una chica, ni de que estaba enamorado de ella; sino que, además, su propio hermano había matado a sus padres, ¿cómo podría seguir siendo la mejor “amiga” de Nadezha, después de todo?

Así que, tras pensarlo mucho, Mao decidió poner punto y final a esa amistad, lo más rápido posible, ya que cuanto más tardase, más doloroso sería para los dos.

Y, tras semanas de incomunicación, decidió llamarla y decirle que ya no podría ser su amiga. Pero, antes tenía que reunir mucho valor, ya que era incapaz de decírselo. Después de todo, él deseaba conservar su amistad y no quería hacerla llorar.

Después de comer y tras ver que su padre estaba distraído viendo series de televisión de acción, se acercó con mucho miedo al teléfono del pasillo. Al llegar, se quedó mirándolo durante unos segundos y luego intentó cogerlo con su mano, temblando como un flan. En realidad, a Mao le temblaba todo el cuerpo. Tras luchar consigo mismo, intentando convencerse a sí mismo para llamar a Nadezha de una vez y decírselo; lo consiguió. Lo cogió y rápidamente la llamó, tragando saliva.

Mao, quién había estado un rato preparando sus palabras, se quedó en blanco y no le dio tiempo para saludar a Nadezha, ya que ésta habló nada más contestar la llamada.

— ¡Por fin, era hora de que me llamases! — Se lo dijo de una forma tan alegre que Mao quiso terminar con la llamada, no quería arruinar aquella felicidad que se oía desde el otro lado del teléfono, pero no podría echarse el culo para atrás.

— Pues sí…— Fue lo único que se le ocurrió decir Mao. Pensaba saludarla, pero eso no tenía sentido si le quería decir que no podría ser más su amiga.

Y lo dijo con una voz tan débil y triste que Nadezha se dio cuenta de que a él le pasaba algo raro:

— ¿Ocurre algo? ¿Por qué hablas de esa forma? — Le preguntó con un tono de preocupación y serio.

Mao deseaba salir corriendo o corta la llamada, pero sentía que no tenía que dudar más. Tenía que decirlo de una vez sí o sí:

— Lo siento mucho, de verdad… — Le costaba mucho decir aquellas palabras que deseaba usar. — Yo… — Se calló por unos segundos y cerró los ojos, intentando llenarse de valentía para soltarlo:

— No puedo seguir siendo tu amiga. —

Lo dijo con mucha rapidez y cortó la llamada al momento, no podría haber soportado lo que veían a continuación. Aunque ni siquiera se atrevió a imaginarse su reacción, a causa del dolor que sintió.

Volvió a su cuarto con ganas de llorar y allí intentó no hacerlo. Fue en vano, ya que no pudo más y lloró mucho, durante horas, mientras no paraba de decir que lo sentía, que no quería hacerlo, pero que era necesario para los dos.

Así es cómo, oficialmente, esa gran amistad que tenían Mao y Nadezha había llegado a su final, pero la Osa rusa no iba a dejar que las cosas terminarán de esta manera. Aunque no actuó hasta que llegó Septiembre y entraron en la secundaria.

Mientras tanto, Mao pasó el resto del verano con una gran tristeza encima. Intentaba librarse de eso, olvidándose de su amiga Nadezha, pero aquello le ponía más triste de lo que estaba, volviendo en un molesto circulo vicioso. Hasta su padre le preguntaba una y otra vez qué le pasaba, al ver que dejó de ser tan activo como era antes. Solo pasaba el tiempo viendo la tele, junto con él, con muy mala cara.

Intentó convencer a su padre para que cambiara el instituto en dónde iba a ingresar, porque Nadezha iba a estar allí y no podría verle la cara después de todo lo que pasó. Pero éste no le hizo ni caso, ya que le daba pereza hacerlo. Y Mao al final desistió y rezaba para que la secundaria nunca llegara. Pero el día llegó, por mucho que rezara.

— ¡Vamos, hija mía, qué vas a llegar tarde al colegio ese! — Le gritaba su anciano padre, mientras despertaba a Mao con gritos y zarandeos, pero la verdad es que éste ya llevaba rato despierto, solo que simulaba seguir durmiendo para no levantarse e irse al instituto.

— Vale, vale, ya voy. — Mao le respondió molesto, mientras se levantaba de la cama.

Tras desayunar, salió a la calle, directo hacia al nuevo lugar en dónde iba a estudiar los próximos años. No tenía ganas y más se le quitaban mientras se imaginaba que Nadezha se encontraba allí.

Por eso, decidió pasar de las clases, después de luchar consigo mismo entre ir o no al dichoso instituto, y se sentó en un banco de un parque cercano.

— ¿Y ahora qué voy a hacer? — Eso se preguntó Mao, mientras miraba el cielo con desesperación y se aireaba con las manos, porque tenía calor. Su uniforme, que era un conjunto de una camisa de color azul con mangas largas y una falda blanca que le llegaba hasta los pies, era demasiada calurosa para el día caluroso que estaba viviendo.

Entonces, alguien respondió aquella pregunta retórica, con un tono de burla muy desagradable: — Pues joderte, china de mierda. —

Mao rápidamente miró hacia aquella persona que le dijo eso, esperando que no fuera la que estaba pensando. Pero sus esperanzas se desvanecieron, cuando vio que era ella, Lafayette. Y tenía una cara de felicidad que asustó a Mao, por lo siniestra que le parecía.

Aunque, al principio, dudó de que si fuera ella, ya que había cambiado bastante en poco tiempo. Antes de terminar la secundaria, tenía un cabello que parecía una melena de león, pero ésta ya estaba cuidando su cabello y había crecido un montón para haber pasado meses. Antes no le llegaba a la altura de los hombros y, en aquellos momentos, ya le llegaba a la barbilla. De todos modos, viéndola actuar de esa manera, supo enseguida que era Lafayette.

— ¡¿Qué quieres de mí, ahora, pajarraca!? — Le gritó, sobresaltado, Mao, mientras se levantaba del banco y se ponía en posición de combate.

— ¡Qué solitas estás, chinita! ¡¿Llamo a tu amiga Nadezha para que te haga compañía!? — Aunque Lafayette, a continuación, se dedicó a burlarse de él. — No me acordaba, ¡ya no sois amigas! —

Y terminó riendo de forma descontrolada, como si fuera el malo de la película cuando cree que le está ganando al bueno.

— ¿¡Cómo sabes eso, maldita!? — Y Mao se quedó boquiabierto al ver que Lafayette sabía tal cosa.

— Nadezha me buscó, creyendo que yo era la culpable de que mandaras todo a la mierda. — Eso le decía, mientras se acercaba a él con malas intenciones. — No sé qué te ha pasado, pero me llevo todo el merito. —

Mao se quedó perplejo al escuchar eso y se preguntó si Lafayette hizo algo que no debía. También se cuestionó cómo Nadezha terminó creyendo que ella fuera la culpable. Aunque lo último le parecía razonable, ya que ella deseaba destruir aquella amistad que habían tenido.

— ¡¿Qué intentas decir!? — Pero, aún así, no entendía lo que estaba soltando Lafayette.

— Qué yo te he ayudado a dejar esa mierda de amistad, te he abierto los ojos. — Eso le soltó Lafayette con mucho orgullo, como si creía que ella les había separado.

— Deja de decir tonterías. — Y le gritó, antes de lanzarse hacia ella. Y cuando decidió atacarla mandándola al suelo con un puño, añadió esto:

— Ha sido mi propia decisión. Tú no tienes nada que ver. —

Entonces, Lafayette le esquivó, yendo a un lado,  y Mao estaba tan distraído que no pudo predecir que ella le pateara y le tirara al suelo.

— ¿Y qué, pasa algo si me meto en vuestros problemas de mierda? —

Eso le gritó Lafayette, mientras Mao se levantaba del suelo, y éste, con toda la rabia del mundo, intentó a continuación golpearla con los dos puños, pero ella los esquivó y se puso detrás de él, para atacarlo con la espalda y hacerlo caer al suelo, de nuevo.

— ¡Es hermoso, genial, haciéndote morder el polvo, sabes! Ahora, que no tienes a tu amiguita del alma no eres nada, ¡payasa! —

Le gritaba Lafayette de pura felicidad, mientras le golpeaba una y otra vez a Mao con la pierna, mientras esté, que estaba en el suelo, se intentaba recuperar del dolor.

Mao solo pensaba en una cosa, que Lafayette, de alguna manera, se estaba aprovechando de que la amistad entre él y Nadezha hubiera sido roto y se estaba vengando; y no deseaba que usara esa desgracia en su favor. Por eso mismo, cuando vio el momento oportuno, decidió morderle la pierna como si fuera un perro.

— ¿¡Pero qué mierdas estás haciendo, subnormal!? — Le gritaba Lafayette, mientras chillaba de dolor e intentaba librarse desesperadamente del gran mordisco que le estaba dando Mao.

Pasaron varios segundos para que soltara la pierna de Lafayette. A continuación, Mao le soltó esto:

— ¡Deja de meterte en nuestros asuntos! —  Eso le gritó antes de salir corriendo, mientras Lafayette comprobaba la herida que le había hecho la dentadura de Mao.

— Ni una mierda. — Le soltó esto, mientras se quedaba agachada en el suelo, incapaz de moverse.

— No te cansas de usar esa maldita palabra. — Y Mao la replicó, mientras huía de ella lo más rápido posible.

— ¡No huyas, maldita! ¡Cobarde! — Fue lo último que oyó Mao de Lafayette, mientras se perdía de su vista.

Mao sentía que no podría ganar a Lafayette en aquella vez, y no era porque era más débil sin Nadezha, sino que su mente estaba distraída en otras cosas y no podría pelear de la forma que él quería. Sus dudas sobre ir al instituto o no seguían en su mente y no podrían irse. Al final, decidió que lo mejor era faltar, ya que tenía una excusa conveniente para eso: huir de aquella chica odiosa que le estaba persiguiendo por la cuidad.

— ¡No importa cuánto corras, te pillaré y te daré un mordisco que te arrancará la piel! ¡Lo juro! — Eso le decía una Lafayette muy enfadada, mientras intentaba alcanzar a Mao.

Así pasaron casi toda la mañana, dando vueltas por todo el barrio. Mao, sorprendido por la obstinación de Lafayette, que no se cansó de buscarlo durante horas, solo por darle una paliza. Y éste, cansado de correr, se puso a esconderse en múltiples sitios e yendo de un lado para otro con máxima discreción. No podría volver a casa, porque su viejo le regañaría y le podría castigar, ni tampoco ir al instituto, porque él no podría encontrarse con Nadezha.

Y cuando Mao se cansó de esconderse de ella, decidiéndose plantarle cara; la campana sonó, finalizando las clases. Entonces, se dio cuenta de que estaba cerca del instituto del que tenía que haber asistido.

— ¡¿Y ahora qué hago!? — Se preguntó Mao, con el miedo de encontrarse con Nadezha, ya que ésta debía estar saliendo de ahí.

Y su temor se hizo realidad, porque cuando se dio cuenta de ese hecho, escuchó a alguien gritar su nombre, la voz de la misma persona que quería evitar a toda costa.

— ¡Mao, Mao! — Eran las palabras de Nadezha, quién se acercaba corriendo hacia él, como si fuera un tornado.

Mao se quedó paralizado, sin saber qué decir o qué hacer, mientras ella se detenía y se recuperaba de la carrera que había hecho.

Eso le gritaba con ganas de llorar y Mao, quién también le iba a salir las lágrimas, estaba tan alterado que ni podría pensar. Quería correr o decirle algo, pero era incapaz de hacerlo, solo le estaba mirando fijamente.

Mientras Nadezha estaba agachada, con las manos sobre las rodillas, recuperando de la energía que gastó en correr; se quedó deslumbrado ante ella. Había dejado que su cabello blanco creciera y alcanzará sus hombros, y eso, a Mao, le pareció hermoso. Y no solo eso, su piel, que le parecía de porcelana, le atraía y deseaba tocarlo y todo su rostro le había hipnotizado. También se dio cuenta de que su cuerpo se había más femenina que antes y parecía más hermosa que nunca.  Por eso, le entraron ganas de darle un beso, en la boca, con gran pasión; y luego pensó en cosas más fuertes.

Rápidamente, se puso rojo e intentaba quitarse esas tonterías de su mente. Lo peor que podría hacer era hacer esas cosas que estaba imaginando, se tenía que controlar. Empezó a dar pasos hacia atrás, con la intención de seguir huyendo. Luego, Nadezha le miró y al observar su cara, ésta le iba a decir algo:

— Pero, M-mao…— Sus palabras fueron interrumpidas por la persona que menos deseaban ver. La misma que llevaba horas persiguiendo a Mao, con la intención de pegarle.

— ¡Por fin te he encontrado, Mao! — Eso gritó Lafayette, quién apareció de repente, y se acercó con normalidad hacia ellos dos, con una mirada burlona.

— ¡¿Lafayette!? — Eso gritaba Nadezha muy sorprendida, mientras Mao miraba hacia atrás y comprobaba, con terror, de que la situación en dónde estaba se volvió peor de lo que imaginaba.

— ¡Pues sí, la misma de siempre, desgraciada! — Y Lafayette, con su comportamiento de siempre, se burló de Nadezha, mientras soltaba aquellas palabras.

— ¡¿Qué haces aquí!? — Y Nadezha, ignorando eso, le exigía eso, mientras se preparaba mentalmente para pelearse con ella.

— Pues estando con mi amiga Mao. — Le respondió con un tono altanero, mientras ponía su brazo sobre los hombros de él.

Los dos se quedaron de piedra, cuando oyeron eso. A Mao le dio asco que Lafayette le llamará “amiga”, porque ni en mil años desearía tener una amistad con alguien como ella.

— ¿Qué? ¿Amiga Mao, pero qué tontería es esa? — Eso gritó Nadezha, conmocionada.

— Lo que estás oyendo. Nos hemos vuelto amigas. — Y Lafayette se lo volvió a repetir, con un tono de burla que parecía muy insoportable.

Mao deseaba decir que de ninguna manera eran amigas y jamás lo serían, pero entonces se dio cuenta de algo. De que la única manera que podría hacer para que Nadezha se alejará de él, porque sabía que ella intentaría descubrir por qué rompió su amistad; era seguir la corriente a Lafayette y asquearle tanto a la Osa rusa, que ni siquiera le volvería a dirigir la palabra. No deseaba hacer aquella farsa, pero por su bien, pensaba que tenía que hacerlo. Así, con asco y resignación, soltó esto:

— No, digas tonterías. Somos aliadas, solo eso. — Le decía Mao, poniendo cara de malvado, mientras se quitaba el brazo de Lafayette de encima. Le daba asco decir eso, pero, por lo menos, no era peor que añadir que era su amiga.

Nadezha se quedó pálida, al oír aquellas palabras, y puso una cara de conmoción que rompió el corazón de Mao, al verla. Aún así, intentó mantener la compostura para seguir manteniendo la cara de malo que estaba poniendo.

— ¿Aliada de Lafayette? — Eso gritó Nadezha. — ¿¡Cómo puede ser posible eso!? Tú jamás haría algo así como aliarte con tal individuo. —

Mao se sentía muy mal y quería decirlo que no, que eso eran más que estúpidas palabras, pero ya era demasiado tarde y tenía que seguir.

— ¡Así son las cosas, Nadezha, tenemos asuntos en común! ¡Y lo mejor que debes hacer, es alejarte de mí, porque seremos enemigos! —

Eso le soltó rápidamente, antes de darse la vuelta y empezar a andar. No quería verla llorar, porque parecía que ella no podría aguantar más. Le decía mentalmente que lo sentía mucho, pero, pronto o temprano, esto tenía que suceder, que era lo mejor para los dos.

— ¡¿Enemigas, qué!? — Gritó Nadezha, quién seguía conmocionada antes sus palabras, e intentó acercarse a Mao, pero Lafayette la detuvo.

— Da igual. — Eso le soltaba con una gran y desagradable sonrisa. — Lo importante es que ella ha dejado de ser tu amiga, ya no le caes bien, estúpida de mierda. —

— E-eso es imposible.- Nadezha le gritaba a Mao, desesperada. -¡¿Me estás mintiendo, verdad Mao!? — Pero éste intentaba ignorarla, porque si no se podría derrumbar. — ¡Dime la verdad! —

Y Mao no le dijo nada y Nadezha decidió callarse, mientras veía como él se alejaba, siendo seguido por Lafayette. Al girar hacia una calle y perderse de su vista, ella empezó a reírse descontroladamente:

— ¡Mira la cara que se le ha quedado a esa estúpida de mierda! ¡Ha sido glorioso! — A ella le parecía muy gracioso, pero a Mao eso le enfureció tanto que se dio media vuelta e intentó golpearla.

— ¡No te burles de Nadezha! — Eso le decía, mientras intentaba golpearla, pero ésta lo esquivó y lo tiró al suelo de una patada.

— Tú ni tienes ningún derecho a soltar eso. Sobre todo porque le has mandado a la mierda. — Le soltó Lafayette, con una actitud denigrante contra Mao.

Mao, solo se quedó callado, mientras Lafayette empezará a andar, mientras soltaba esto con toda la felicidad del mundo.

— Será divertido esto. Me encargaré de que nuestra alianza sea fructífera y destrozarle la vida a esa perra de Nadezha. —

Y Mao utilizó ese momento para contraatacar. Se levantó rápidamente y éste le dio una buena patada a las rodillas de Lafayette haciendo caer de cara contra el suelo. A continuación, se puso encima de ella y le cogió del cuello, totalmente fuera de sí.

— Intentas hacerle algo a ella y te rompo la alianza y tu cara. Mientras sea posible, evitaré que no te acerques a ella ni un metro, ¿entendido? —

Eso le gritaba Mao, mientras la estaba ahogando y ésta intentaba librarse de sus garras. Entonces, varios adultos se acercaban a ellos para separarlos, gritando. Mao pudo volver a sí mismo y la soltó, antes de salir corriendo como loco.

FIN DE LA CUARTA PARTE

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s