Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Quinta parte (Versión de Mao), centésima historia.

Después de eso, Mao y Nadezha, a pesar de que estaban en la misma clase, no se hablaron durante meses. Siempre la evitaba, sobre todo cuando ella se le intentaba acercar, e incluso faltaba días enteros solo para no poder verla. Aunque, a pesar del dolor que le provocaba su misma presencia, a veces intentaba observarla sin que ésta se diera cuenta, durante las clases.

Por otra parte, Mao casi siempre estaba solo en el instituto, casi todos le evitaban. La única que se le acercaba a su sitio era Lafayette, para decirle cosas como estas:

— ¡Oye, Mao! ¡Esta tarde voy a darle una paliza a un chaval! ¿Te apuntas? — Esto le soltaba, después de una clase de lengua inglesa.

— Ha sido genial lo de esta mañana, le hemos dado una gran paliza a esa niñata de mierda. — O esto otro, después de la tercera clase, diciendo una gran mentira, porque Mao no había participado con ella en tales cosas.

— ¿A qué somos las más chungas de todo el barrio? — Incluso le decía esto, al terminar la penúltima clase.

Y Mao nunca le respondía, solo la ignoraba, haciendo que algunas veces enfadara a Lafayette. Pero, a pesar de eso, dejó que ella dijera mentiras sobre él, diciéndoles a los demás que era su cómplice y le ayudaba en golpear a los demás y tratándolo como si fuera tal cosa. Todo el mundo empezó a cogerle miedo y no se acercaban. Esto no le importaba porque esperaba que eso le diera asco a Nadezha y decidiera no acercarse a alguien tan horrible.

Mao, por aquella época, se volvió bastante solitario, no solo en el instituto, también afuera. Solo volvía a su casa y ayudaba a su anciano padre a cuidar de la casa y del negocio, con poca ilusión. Y su viejo cada vez se estaba volviendo más frío y distante. Así que la única compañía que tenía eran los clientes que pasaban por la tienda.

Y, entonces, algo ocurrió en un día de Diciembre, poco antes de que empezara las vacaciones de invierno. Tras salir rápidamente de las clases, anduvo tranquilamente por el camino hacia su casa, quejándose del frío que hacía, hasta encontrarse con una escena que le sobrecogió.

Sin darse cuenta, terminó en el parque en dónde él y Nadezha siempre se reunían para ir al colegio, en aquel entonces, estaba cubierto de nieve. Pero no había tiempo para ponerse nostálgico porque vio, cerca de los columpios, como una niña estaba siendo abusada por otra, que conocía muy bien.

— ¡Mi mochila devuélvamela, por favor! — Eso gritaba la pobre niña, después de que la abusona le quitara de sus manos su mochila y empezara a jugar con él como si fuera una pelota.

— ¡¿Tanto te encanta esta mochila?! ¡Pero si es bien fea! — Le replicó la abusona con un tono de burla muy desagradable. No era nada más ni nada menos que Lafayette.

La niña, que parecía menor que Lafayette, intentaba acercarse a ella y recuperar desesperadamente su mochila, pero ésta la empujaba una y otra vez con mucha violencia, mientras se burlaba de ella.

—  Allí están mis libros y todas mis cosas importantes. — Eso le gritaba, entre lágrimas, a Lafayette.

— ¡¿Ah, sí?! ¡No lo sabía! — Y ésta, tras replicar sarcásticamente, le dio otro golpe a la mochila y cuando esta caía al suelo, le dio una patada muy fuerte y lo mandó volando, haciendo que chocará violentamente contra los columpios.

— ¡Mi mochila! — La niña dio un gran chillido de horror, al ver eso, mientras se acercaba rápidamente para cogerlo.

Pero, entonces, Lafayette se fue a por aquella chica y la tiró violentamente al suelo de una patada. Ella le gritó esto, mientras le ponía el pie su espalda y empezaba a presionarlo:

— ¡No tan rápido, niñata! ¡Aún no me he desquiciado contigo! —

Mao, quién se quedó paralizado al ver esa escena, vio en los ojos rabiosos de Lafayette, una verdadera y horrible furia, unos deseos enormes de destrozar a la primera cosa que veía. Algo le puso de esa manera y ésa solo se estaba desquiciando de una persona inocente, que no tenía nada que ver.

— ¡M-mamá, mamá…! —  La chica chillaba esto desesperadamente, mientras sufría. No dejaba de llorar descontroladamente y parecía pedir ayuda desesperadamente.

Mao quería pasar de eso, ya que, después de todo, eso no tenía importancia con él. Pero una parte de él le gritaba desesperadamente que tenía que ayudar a aquella pobre chica. No podría tolerar tal cosa y dejar que aquella estúpida de Lafayette le hiciera mucho daño.

— ¡¿Le estás llorando a tu mamá!? ¡Qué patético! — Y Lafayette, mientras tanto, se burlaba cruelmente de aquella chica, mientras la pateaba una y otra vez sin piedad.

Al final, Mao decidió entrar a la escena, porque aquella escena ya le parecía demasiado vomitiva para poder tolerar. Tenía que salvarla de los abusos de Lafayette y pensaba darle una buena lección a ésta, para que aprendiera de una vez no tratar a los demás de esa forma tan horrible.

— ¡¿Pero qué le estás haciendo a aquella niña!? — Entonces, Mao le gritó con todas las fuerzas, mientras se acercaba a Lafayette y ésta giró, hacia a él.

Al ver a Mao, entonces, sonrió macabramente y dejó a aquella chica, que ni siquiera podría atreverse a levantar la cabeza. Luego, le soltó esto:

—  Buenas, mi amiga. —  Eso le dio escalofríos a Mao. — Solo estaba jugando con ella, ¿te quieres unir a la fiesta? —

— ¿Qué quieres decir? — Le preguntó Mao, mientras la observaba con ojos totalmente llenos de odio.

Lafayette se agachó y le cogió la cabeza a la pobre chica, con una mano. Y con la otra, la señalaba, mientras le soltaba esto a Mao:

— Solo te estoy proponiendo que te unas conmigo y darle palizas hasta dejarla hecho polvo. Es un buen plan, ¡así Nadezha realmente te odiara! —

Mao reaccionó poniendo una cara de asco, al escuchar eso. No quería participar en algo tan horrible. Apretó el puño, con ganas de mandar de paseo a Lafayette por proponerle algo así.

— ¡¿Qué estupidez estás diciendo!? — Aún así, Mao se contuvo y solo le gritaba. — ¡No te voy a ayudar en algo así! —

— Bueno, también vale que te quedes mirando, a ver cómo hago papilla a esta subnormal de mierda. — Entonces, Lafayette cogió un brazo de la niña que estaba abusando, mientras se sentaba encima de ella.

— ¿Qué intentas hacer? — Eso le gritó Mao, al ver que le iba a hacer algo muy malo a la niña.

—  No te preocupes, solo quiero romperle el brazo. — Le respondió con una sonrisa.

Entonces la niña, al escuchar esas palabras, se puso pálida y empezó a intentar moverse, en un desesperado intento de escapar de su abusona, pero lo único que conseguía era tragarse la fría nieve, mientras le pedía a gritos esto:

— ¡No, eso no, por el amor de Dios! ¡Te lo pido, no me hagas más daño, no te he hecho nada! —

A Mao, al seguir viendo aquella escena, decidió prepararse para evitar que Lafayette iría a hacer algo tan cruel como eso.

— Solo me está entrando más ganas de romperlo. — Y Lafayette le gritaba de forma burlesca a esa niña, antes de empezar con estirar todo lo más fuerte y violento posible el brazo izquierdo de esa chica.

Al final, Mao actuó y le dio un buen puñetazo a Lafayette que la hizo volar y dio tres vueltas por el suelo, antes de comerse la nieve.

— ¡¿Pero, qué haces!? — Le gritó muy enfurecida, mientras se levantaba y se daba cuenta de que le estaba saliendo sangre por la boca.

— ¡¿Qué hago!? ¡¿Eso es todo lo que me dices, solo eso?! ¡Si es bien fácil, darte una paliza! — Eso le dijo Mao, mientras gritaba con un enfado, igual o parecido del de Lafayette.

— ¡¿Y nuestra alianza!? — Y ésta le preguntó eso. A Mao eso le hubiera dado risa eso, si no estuviera tan enfadado en aquel momento.

— Ya me da igual. Es más, me arrepiento de haberme unirme a un monstruo. — A continuación, mientras soltaba aquellas palabras, le hizo un gesto obsceno.

Pero a Lafayette, lo que le afectó realmente fue otra cosa: — Monstruo… ¡¿Monstruo!? ¿¡Me estás vacilando o qué!? —

Y aquellas palabras hicieron encolerizar de verdad a Lafayette que empezó a gritar como un animal salvaje, mientras se le acercaba como un tren hacia Mao, para pegarle.

— Es la puta verdad, eres una salvaje y una perra odiosa, que solo disfruta con destrozar a los demás. — Y Mao decidió echar más leña al fuego, gritándole eso, mientras decidía a lazarse contra ella.

Así es como comenzaba otra pelea más entre Mao y Lafayette. Los dos se acercaron, al uno a otro, con la máxima velocidad, mientras preparaban sus puños para golpear, mientras gritaban como locos.

Cuando estaban delante del uno a la otra, Mao, quién mantenía el puño en alto, decidió saltar hacia atrás y esquivar el puñetazo de su enemiga. Ésta casi se cae al suelo, pero pudo mantenerse en pie. Lafayette perdió unos segundos preciosos y su adversario lo aprovechó para darle una patada contra uno de sus costados, pero no sirvió de nada, porque fue esquivado con mucha agilidad.

— ¡Te daré la paliza de tu vida! — Le gritó Lafayette a Mao, encolerizada, mientras se alejaba de él, buscando desesperadamente en los bolsillos de su abrigo algo.

Mao no dijo nada, solo decidió correr, lo más rápido posible hacia ella y evitar que cogiera lo que estaba buscando, porque se dio cuenta de que Lafayette tenía algo que podría usar como arma. Pero no llegó a tiempo y su enemiga lo sacó.

— ¡¿Qué haces con esa cosa!? — Eso le gritó Mao con espanto, al ver lo que había sacado Lafayette de sus bolsillos.

Rápidamente, dio unos pasos para atrás, mientras Lafayette le mostraba lo que tenía.

— Es solo una pistola de mentira. — Le dijo con una macabra sonrisa, mientras le apuntaba con una pequeña réplica de un arma de fuego, que parecía una de verdad.

Mao, sin pensarlo dos veces, intentó correr para evitar ser disparado, pero no le dio a tiempo y Lafayette apretó el gatillo. Algo chocó contra su pierna con tal fuerza que se cayó al suelo y soltó un enorme grito de dolor.

— Aunque sus balas son de goma, pueden ser muy peligrosa, sin la ropa adecuada. — Añadió Lafayette, mientras se le acercaba con una sonrisa y observando cómo gritaba de dolor.

Y sin mediar palabra, apuntó a su cara, soltando una risa siniestra. Mao quería reaccionar lo más rápido posible, pero el dolor no le dejaba, ni para proteger su rostro de un disparo que le podría dejar tuerto. Él solo apretó los dientes, mientras la miraba con furia, desafiante hacia lo que le iba a pasar. Entonces, algo chocó contra el cuerpo de Lafayette y la hizo rodar por el suelo, otra vez. Mientras ella gritaba quién le había hecho eso, su atacante le dijo esto:

— ¡Usar un arma es trampa, maldita tramposa de mierda! —

Mao reconoció aquella voz rápidamente, era de Nadezha y empezó a maldecir una y otra vez el hecho de que hubiera aparecido en este mismo momento, a pesar de que le había salvado de tener una pelota de goma en su cara. No quería verla y darle explicaciones, deseaba evitar a toda costa que ella le exigiera la verdad. Aún así, él se alegró mucho de escuchar su voz y que ella le estuviera defendiendo.

Fue incapaz de observar la pelea que tuvieron esas dos, ya que estaba sumergido en sus propios pensamientos. Tras mucho pensar, decidió que debía irse de allí o huir cuando Nadezha terminara de luchar contra Lafayette. Pensó salir de allí mientras ellas se peleaban, pero el dolor y hacer un acto tan cobarde le impedían hacerlo.

Y cuando se dio cuenta, la pelea había terminado. Lafayette acabó huyendo, lanzado amenazas que Mao no dio importancia. Éste decidió levantarse del frío suelo, mientras se preguntaba con mucha desesperación qué tenía que hacer en aquel momento, cómo podría librarse de que Nadezha decidiera preguntarle la verdad, algo inevitable y que le aterraba.

Nadezha solo se quedó mirándole fijamente con unos ojos de tristeza y de incomprensión.  Mao era incapaz de verla, intentaba esquivarlo, por la vergüenza que sentía.

— ¿Era todo mentira, no? — Entonces, Nadezha decidió preguntarle. — ¿Lo de haberte aliado con Lafayette? —

Mao, a pesar de que sentía que se iba a hundir de un momento para otro, siguió haciéndose el fuerte, como si hablar con ella no le causara nada.

— ¿Y qué pasa? — Por eso, se atrevió a decirle eso.

Y al decir aquellas palabras, Nadezha le gritó, muy fuerte, estas palabras de rabia: — ¿Por qué hiciste eso, por qué? —

Mao se quedó en silencio, incapaz de dar una respuesta clara. Tenía que seguir con lo planeado, con que Nadezha le odiaría y dejarlo en paz, a pesar de que realmente no lo deseaba. No quería pronunciar aquellas palabras, pero tenía que hacerlo y se llenó de valentía para pronunciarla.

— Porque te odio, y quería que te alejarás de mi. — Tras mucho dudar, pudo soltarle aquellas palabras, mientras mentalmente se decía que esto tenía que pasar pronto o temprano, para no sentirse muy culpable.

Entonces, Nadezha se puso muy pálida, con una cara de conmoción que provocó en Mao un enorme y feo sentimiento de culpa por hacerla poner de esa manera. Aún así ella, a pesar de que se le notaban las ganas de llorar, intentó mantener la compostura. Aunque, al final, no pudo conseguirlo:

— ¿De verdad, estás diciendo eso? — Le gritaba, encolerizada. — ¿En serio me has mentido de esa manera, solo porque querías que me alejará de ti? —

Mao, aún a pesar de que no podría más, siguió intentando parecer fuerte y le respondió con estas palabras. Sabía que solo provocarían más dolor y rabia a Nadezha, pero no se le ocurría nada más:

— Sí, ¿qué pasa? — Ésta fue su respuesta.

Y Nadezha, al oír esas palabras no pudo y no pudo contenerse: Mandó a volar a Mao con un fuerte puñetazo. Éste ya se esperaba aquella reacción, pero lo sintió más doloroso de lo que era, porque vio como su mejor amiga rompió a llorar y se alejaba de él, todo por sus palabras.

Y Mao se quedó sobre la nieve, casi más de un minuto. No importaba el hecho de que la humedad del manto blanco le atravesara todo el cuerpo, éste no tenía ganas de nada, salvo de llorar una y otra vez, mientras decía en voz baja, esto:

— Lo siento, Nadezha, de verdad. —

Cuando terminó de llorar, se levantó y tras limpiarse el abrigo, se fue cabizbajo hacia su casa, mientras se preguntaba esto sin parar:

— ¿Y ahora qué hago? —

Ya no tenía ni ganas de seguir viviendo, se le hacía muy pesado, pero necesitaba hacer o tener para superar lo de Nadezha. Y pensó sin parar, hasta que se cansó. No se le ocurría nada, solo el sentimiento de haber perdido algo.

Y entonces, se dio cuenta de algo: Él no tenía ninguna meta o esperanza, solo vivía el día a día, sin que le importaba nada el futuro. Y ahora que sentía que aquella amistad y aquel amor habían llegado a su fin, necesitaba algo para ocupar su vacio, que le estaba torturando lentamente.

— ¡Qué cansado me siento! — Se decía una y otra vez, al notar que solo sentía culpa y arrepentimiento.

Al volver al barrio, entonces, se dio cuenta de que algo había pasado porque a la entrada de la barriada estaba una ambulancia, rodeada de personas que se acercaba para ver que estaba ocurriendo.

Al parecer, habían llamado a una ambulancia, y al ver que ésta no podría entrar, los enfermeros entraron y estaba sacando a la persona que se había puesto mala.

Él, que apenas le interesaba a quién iban a llegar al hospital, ya que estaba más preocupado en sí mismo; solo quería entrar en la pequeña calle en dónde estaban sacando al enfermo, para ir a su casa. Por eso, se introducía entre la masa que lo rodeaba y se coló, hasta llegar al centro que rodeaba aquella multitud. Entonces, vio a quién estaban llevando en la camilla y casi le dio un ataque de nervios, porque ese, no era nada más y nada menos que su padre.

— ¡¿Viejo, viejo!? — Gritó como loco Mao, mientras se abalanzaba sobre su padre.

— ¡¿Y esta niña!? — Y esto dijo una de los enfermeros que estaban llevando al padre de Mao, con un gesto de sorpresa. Rápidamente se dieron cuenta de que eran familia, por lo nervioso que se había puesto.

— ¡¿Qué te ha pasado, qué te ha pasado!? — Mao le gritaba sin parar, totalmente aterrado por lo que le estaba ocurriendo a su anciano padre.

— ¡Tranquilízate, pequeña! ¡Tu abuelo se pondrá bien! — Los enfermeros le intentaban tranquilizar.

— ¡Es mi padre, mi padre! — Pero era en vano, Mao estaba demasiado alterado, lleno de una angustiosa preocupación.

Y entonces, su anciano padre, quién tenía agarrado muy fuerte, con una de sus manos, su pecho; abrió los ojos y, mientras soportaba el terrible dolor que tenía, intentó decirle esto a Mao:

— ¡N-no hagas espectáculo,… h-hija mía! ¡S-solo cállate…! —

Al soltar aquellas palabras, Mao se calló, mientras empezaba a llorar de nuevo y les pidió a los enfermeros, mientras que estos metían a su padre dentro de la ambulancia, que le dejaran ir con ellos.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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