Centésima historia, Versión de Mao

La historia del fin de una amistad: Última parte (Versión de Mao), centésima historia.

Horas después, Mao entraba en la habitación en dónde su padre había sido ingresado, después de que le pidiera que llamara a unos amigos para que cuidasen su hogar y su tienda.

Se había pasado todo la tarde en la sala de espera, esperando noticias de su anciano padre y cuando le dijeron que ya podría visitarle, que ya estaba en una de las habitación del hospital ingresado; salió corriendo y lo primero que le dijo su viejo al verle era hacer aquella llamada, con mucha frialdad. Mao, mientras volvía de hacer aquella petición, estaba muy molesto con su actitud, ya que estaba muy preocupado por lo que le pasó y éste ni siquiera le consoló, diciéndole que ya estaba bien o no se preocupara, o cosas parecidas.

Al volver a entrar en aquella habitación, se encontró con su viejo, mirando desde la ventana el atardecer. Su rostro no mostraba ninguna reacción al observar aquella puesta de sol y ni siquiera movió la cabeza cuando oyó que Mao había llegado.

— Viejo, ¿qué te ha pasado? — Le decía Mao muy preocupado. — Por favor, di algo, que es bien molesto no saber lo que te ha pasado. — Mientras se acercaba a la cama en dónde su padre estaba acostado.

Entonces, su padre giró la cabeza hacia Mao y le miró por unos segundos de una forma muy seria, haciendo que su hijo sintiera una incomodidad bastante molesta y desagradable. Entonces, su viejo le cogió con mucha rapidez los hombros y empezó a zarandearle sin parar.

— ¿Por qué no eres una chica? — Le gritaba con gran enfado a Mao, mirándolo con odio.

— ¿Y ahora lo preguntas? — Eso le decía Mao, aterrado. — Ni yo mismo lo sé. — Pero capaz de decirle estas palabras, a pesar de que le temblaban las piernas. — No nos dan a elegir entre chica o chico. —

Mao no entendía aquel drástico cambio de actitud y le estaba dando mucho miedo, porque su padre parecía muy enfadado por algo que en aquellos momentos  no tenía sentido mencionarlo.

Entonces su padre le soltó de repente, y su hijo se alejó con unos pocos pasos, mientras su viejo miraba cabizbajo, diciendo estas cosas en voz baja:

— E-eso era lo que más deseaba ella, tener una niña, solo eso. Incluso murió en el parto, creyendo esto. — Mao supo enseguida de quién estaba su padre hablando, de su madre, pero se preguntaba por qué empezaba a ponerse a hablar de eso ahora.

A continuación, al terminar sus palabras, su padre, añadió un grito más de furia: — ¿¡Por eso, por qué no eres una chica!? —

Eso le gritaba, mientras se levantaba de la cama y parecía que le intentaba coger del cuello a Mao. Éste cayó de rodillas, mientras miraba con horror a su padre, pero su viejo se detuvo y se quedó mirándolo.

— ¿Qué te pasa, viejo? — Eso le soltaba Mao, totalmente alterado. — Nací chico y lo seré, por mucho que intenté vivir como una. —

Entonces, Mao se preguntó una y otra vez, por qué su padre estaba tan obsesionado con tener una niña y, después de ver que le salió otro chico más, le obligó a vivir y actuar como una chica. A pesar de que se sentía como un hombre, vivió como quiso su viejo para complacerle. Y ahora mismo, éste se estaba poniendo como una furia por tal cosa. No podría entender qué le había pasado para que se pusiera de esa forma. Y deseaba preguntárselo, pero, entonces, su padre puso una de sus manos sobre su pecho y empezó a apretarlo, mientras empezaba a gritar de dolor y temblar sin parar. Su hijo, al verlo así, rápidamente se acercó y le gritaba esto:

— ¡¿Viejo, viejo!? — Y luego, al darse cuenta de que era algo grave, empezó a gritar lo más máximo posible: — ¡Ayuda, doctores, a mi padre le está pasando algo! —

Los médicos tardaron más de lo previsto, pero pudieron acudir a tiempo y salvar a su padre, quién estaba sufriendo un ataque de corazón. Después de eso, tuvieron que llevarse a Mao, por orden de su viejo, ya que su “hija” no podría dormir en el hospital; a la casa, unos amigos suyos se lo llevaron. Tras llegar, bajo la oscuridad del salón y sin nadie más, éste se tiró al suelo y empezó a mirar a las musarañas, mientras se cuestionaba varias cosas.

— ¿Tiene sentido seguir actuando como una niña…? — Eso se preguntó en voz alta, tras pasar un buen rato pensando sobre eso.

Su vida siempre fue así: Una farsa continua, engañando a los demás e, incluso, por un tiempo, a sí mismo, de que era una chica. No tenía apenas recuerdos en dónde no le trataba cómo era él realmente, un chico. Y desde hace poco, sentía ganas de mostrarse a todos quién era de verdad. Pero había algo que le decía que no podría hacerlo. Tal vez era el miedo de que hubiera una reacción negativa contra él, ya sea por su padre o por el resto del mundo; o que era incapaz de que romper el último deseo de su fallecida madre.

Se preguntó si todo podría haber sido distinto si él hubiera sido una chica de verdad, si podría haber mantenido su amistad con Nadezha o su padre podría estar feliz si Mao fuera hembra. Estuvo pensando en eso, a pesar de que sabía que era más que conjeturas y su realidad no se podría cambiar. Al final, terminó durmiendo en el salón y lo único que consiguió fue coger un resfriado.

Y pasó el tiempo, y Mao tuvo que cambiar. Al volver su padre a casa, que fue tras el día de Navidad, éste no quería trato de nadie, ni siquiera de su propio hijo. Cogió una enorme depresión y se encerró en su cuarto, y jamás volvió a salir de ahí. Ni siquiera para comer, tenía que darle la comida en la puerta, para que la cogiera. Le preguntó varias veces qué le pasaba, pero nunca respondía, tanto que a veces parecía que estaba más muerto que vivo.

Y Mao, al ver que su padre ni siquiera tenía la capacidad de salir para pagar los impuestos, decidió hacerse cargo de todo, tanto de la casa como de la tienda. Aprendió rápidamente varias cosas sobre la burocracia y entendía los papeles que firmaba, mientras se pasaba por su viejo.

Pasaba todo el día en la tienda y lo organizaba a su gusto, aunque se le hacía aburrido estar allí y pensaba en la idea de contratar a alguien. Se volvió bastante atento con el dinero e intentaba ahorrar todo lo posible, mientras descubría la cantidad de dólares que su padre tenía en bancos y escondidos en la casa.

Tras terminar las vacaciones de invierno, estudiar y trabajar en la tienda se le hacía insoportable y empezó a olvidarse de los estudios, y  poco a poco de todo lo que había sufrido en los meses anteriores, en torno a su asunto con Nadezha, hasta que él y ella se encontraron de casualidad en un parque, cuando estaban yendo al instituto, en la mañana de un catorce de febrero.

Aquel día empezó todo normal para Mao, siendo despertado por su reloj despertador, que dejó que sonara durante un buen rato, mientras intentaba dormir un poco más. No tenía ningunas ganas de salir de la cama ni de siquiera abrir los ojos.

— ¡Qué mierda! ¡Otra vez, ir al instituto, maldición! — Y se quejaba sin parar.

Al final, se hartó de su despertado y le dio una patada, mientras le soltaba esto, bastante irritado: — ¡Deja de sonar despertador! —

Después de eso, con harta dificultad, empezó a levantarse de la cama y luego se vistió y preparó el desayuno, tanto para él como para su padre. Después, dudó entre comer el suyo o darle la comida a su viejo, eligiendo lo segundo, al final. Así que cogió una bandeja y se lo llevó hasta a su puerta, dejándolo en el suelo.

— ¡Papá, aquí tengo el desayuno! — Eso le gritó Mao, cuando lo hizo.

Esperaba que su padre le dijera algo o le soltara algo, pero solo abrió la puerta, cogió la bandeja y la metió en su cuarto sin decirle nada, como siempre.

— Por lo menos, salúdame. — Protestó Mao en voz baja, bastante molesto y muy preocupado por la actitud que últimamente estaba teniendo su padre.

Al final, volvió al salón y comió su desayuno. Luego, antes de irse a la escuela, cogió un papel y lo puso en la puerta de la tienda, que decía que necesitaba un ayudante para el local.

— ¡Espero que venga alguien a coger el trabajo! — Exclamó, tras soltar un suspiro, antes de dirigirse hacia al instituto.

Salió corriendo, como loco, al ver la hora que era y pensó en coger un atajo, aunque era yendo a un lugar que no deseaba visitar, porque le daba malos recuerdos. Después de todo, era el lugar en dónde se reunía con Nadezha para ir al colegio hasta hacia poco, y el mismo sitio en dónde él le soltó que la odiaba, rompiendo definitivamente su amistad. De todas formas, se convenció de pasar por allí porque tenía muchas prisas y no quería soportar la regañina de sus profesores, ya que, últimamente, siempre llegaba tarde a las clases.

Y entonces, cuando se introdujo en el parque, se encontró con una sorpresa desagradable: Era Nadezha, quién estaba de pie frente a un banco en mitad del lugar. Él se detuvo rápidamente y se quedó paralizado, viéndola fijamente con una cara de espanto, al igual que ella, que estaba teniendo la misma reacción. Se preguntó, unas cuantas veces, por qué se tuvieron que encontrar en ese mismo instante. A diferencia de las clases, estaban solos y no había ninguna manera de poder evitarse.

El parque, a continuación, estuvo dominado por un silencio muy incomodo. Ninguno de los dos se movían, ni se hablaban, solo se veían fijamente. Mao intentaba evitar ver los ojos de enfado que estaba poniendo Nadezha, que, tras poner una cara de espanto, su rostro cambió a uno lleno de rabia.

Mao, incapaz de moverse por el miedo, se preguntaba a sí mismo por qué estaba actuando de esa manera, cuando no tenía ningún asunto pendiente con ella. Podría quitarse del medio, antes de que la situación empeorase, pero sus piernas no reaccionaban. Entonces, Nadezha le empezó a hablar, terminado con el silencio incómodo que había durado demasiado:

— ¿Por qué…?— Lo dijo en voz baja. — ¿Por qué? — Para luego, empezar a gritar. — ¿Por qué ha ocurrido esto? ¡Explícame! — Se lo decía con tal enfado, que Mao, al ver eso, dio un paso hacia atrás. Aún así, no quería acobardarse y le soltó esto:

— ¡No te tengo que explicar nada, Nadezha! — Con un tono serio y algo cabizbajo, intentando dar la apariencia de que no quería mantener una charla con ella. Pero ella, mientras apretaba muy fuerte los puños, le gritó esto, mientras se acercaba poquito a poco hacia Mao:

— Me da igual, necesito saberlo, ¿cuál ha sido la razón por el cual me estás odiando, te he hecho algo malo, hiciste algo malo? — Le cogió del cuello, mientras le soltaba aquellas palabras, llenos de rencor. — ¡Solo te exijo eso y nada más! Es algo que no te interesa, así que déjame tranquilo…—

Y Mao apartó las manos de Nadezha hacia otro lado con mucha hostilidad, mientras deseaba que ella le dejara en paz y se fuera.

Y entonces, un puñetazo hizo volar a Mao, uno que realizó Nadezha, quién no pudo más y explotó como un volcán.

— Si no me lo dices, ¡te lo sacaré a la fuerza, te golpearé, una y otra vez, hasta que lo saque! — Nadezha le soltaba esto, mientras Mao se levanta del suelo.

— Pues, entonces…— Y le dijo Mao en voz baja, después de ponerse en pie, con una expresión de rabia, tan intensa como la de Nadezha. No iba a tolerar aquella agresión, por mucho que la había querido en el pasado.

— ¡¿Y ahora qué, Mao!? — Y Nadezha le gritó como loca, tras escuchar aquellas palabras.

— Ya, ya me has enfadado. — Y entonces, Mao se lanzó hacia ella. — Te haré morder el polvo, ¡si eso es lo que quieres! — Y le golpeó muy fuerte, aunque Nadezha se cubrió su estomago para evitarlo.

A continuación, Mao decidió hacerlo otra vez, pero Nadezha se dio cuenta de sus intenciones y lo esquivó, dando un salto para atrás. Después de hacer eso, corrió hacia él e intentó darle una patada pero le salió mal, ya que le detuvo la pierna con las manos y la tiró de la forma más violenta posible.

Y vio que tenía una oportunidad para atacarla y la iba a aprovechar, pero, entonces, se detuvo, incapaz de hacer tal cosa a Nadezha. Se quedó mirándola, recordando todos los buenos y malos recuerdos que tuvo con ella, aquellos ratos en que lloraron y se divirtieron juntos, en dónde se ayudaron mutuamente y en todo el tiempo que estuvieron juntas. Empezó a cuestionarse una y otra vez, sin parar, cómo habían terminado de esta forma. Se preguntó si todo esto estaba predestinado o eso era una de las consecuencias de su acción. Pero, se dio cuenta de que esta pelea no tenía sentido y solo se estaban haciéndose mucho más daño.

Y todo eso que estaba pensando se esfumó, cuando vio que Nadezha se levantó y casi le iba a dar un puñetazo en toda la cara, pero se detuvo a pocos centímetros. Se quedó paralizada por unos segundos. Bajó aquel brazo y dio unos pasos para atrás, mientras le miraba a Mao con una cara aturdida. Luego, miró al suelo con una expresión muy triste, y hasta que pasaron unos segundos, soltó esto:

— Solo quiero que me lo digas. — Y empezó a llorar descontroladamente y con una cara de enorme tristeza, que hacía mucho daño a Mao. Con solo verla de aquella forma, le entraban ganas de llorar.

— ¡Jamás, jamás, te lo diré! — Pero, aún así, aguantaba aquellas ganas de llorar, mientras decía esto en voz baja.

Incapaz de poder decirle la verdad y de quitarle aquel rostro que tenía ella, solo deseaba terminar aquella pelea sin sentido. Y él se acercó poquito a poco, mientras luchaba por no derrumbarse, pensando en darle el golpe final, levantando el brazo para hacer tal cosa.

— ¡¿Eres idiota o qué?! — Entonces Nadezha gritó esto, mientras se lanzaba hacia Mao con el puño en alto, para golpearle bien fuerte.

Pero reaccionó a tiempo, deteniendo su puño con su brazo: — ¡La idiota eres tú, y solo tú! — Mientras le gritaba esas cosas: — ¡No hay nadie más idiota que tú! —

Luego, intentó golpearla con la otra mano, pero Nadezha le detuvo con la que tenía libre: — Deja de soltar estupideces, estupideces. —

Entonces, Mao y Nadezha se observaron mutuamente, mientras intentaban empujar los brazos de la otra persona para liberarse. Ella seguía llorando descontroladamente, totalmente destrozada. Aquella expresión que ponía fue capaz de destrozarlo, finalmente el empezó a llorar, mientras recordaba todo lo que pasaron juntos.

Se sintió miserable por haber hecho todo eso, romper su amistad con ella; porque se dio cuenta de que Nadezha le quería mucho como amiga. Y le hizo cosas horribles, solo para cortar por lo sano y evitar que  tuviera que sufrir en un futuro por su culpa, al descubrir las mentiras que le ocultó y le estaba ocultando. Pero, al final, acabó haciéndole más daño de lo que quería, la destrozó una y otra vez. Por tanto, se insultó a sí mismo por haber sido tan imbécil.

— ¡¿Cómo pude hacerme amiga de alguien cómo tú!? — Eso preguntó en voz alta, mientras observaba a Nadezha y se preguntaba por qué ella tuvo que haber conocido a alguien como él, que le había hecho mucho daño y aún lo estaba haciendo.

Aquellas palabras, fueron un shock para Nadezha, quién dejó de empujar y fue tirada al suelo por Mao, mientras en su cabeza, con mucha pesadumbre, le decía que lo sentía, que fue un completo estúpido.

Entonces Nadezha, para sorpresa de Mao, se levantó como si fuera un rayo y le dio un gran golpe en el pecho que le hizo muchísimo daño. Él, por un momento, creyó que no podría respirar, mientras caía al suelo.

— ¡Maldita desgraciada…! —  Le gritó como loca. — Lo mismo digo, ¡¿por qué me hice de amiga de alguien como tú!? — Mientras lloraba, totalmente destrozada. — De una chica, que de la noche a la mañana, decide romper nuestra amistad y mandarme a la mierda de esta manera, sin saber lo que ha ocurrido para que hemos llegado a esto. —

Mao, harto de todo, decidió levantarse y terminar con todo esto. Decidió ir a por Nadezha, golpeándola, sin parar, con los dos puños.

— ¿¡Y qué pasa!? ¡¿Por qué tengo que contártelo, hay alguna regla especial o qué!? ¡Porque me apetecía y ya está! — Eso le decía, mientras la atacaba.

— ¡Eso es una mentira, una estúpida mentira! —  Pero ella le esquivaba. —   ¡Sé que hay algo, porque tú no harías tal cosa, solo por un capricho! — Y luego, dio un salto para atrás. — En realidad, nadie. —

Mao no quería por nada del mundo contarle sus verdaderos razones, a pesar de todo. Los que no podría contar a Nadezha, los que le obligaron a hacer todo eso, la verdad sobre su verdadero género, sobre el culpable de la muerte de sus padre o de que le veía más que una amiga. No podría, no se atrevía a hacerlo y estaba muy harto de ellos, ya quería olvidarlos para siempre y no saber nada más de ellos.

— ¡Cállate, cállate, de una vez! — Por eso, gritó lo más fuerte posible, mientras se tapaba las orejas, para no escuchar las palabras de Nadezha. Solo quería que esto terminara de una vez.

—  Entonces, ¡dime la verdad! — Y le gritó Nadezha, mientras corría hacia Mao y le daba una patada tan fuerte que lo mandó, de nuevo, en el suelo.

Él, quién seguía llorando, se quedó en el suelo, creyendo que aquella pelea por fin había terminado. Ahora, solo esperaba que ella se fuera de ahí y le dejara en paz. Ya no quería saber nada más del tema, ni siquiera de la misma Nadezha, que la estaba odiando por ser tan obstinada. Se preguntaba si había acabado todo este asunto, porque estaba harto de sufrir.

— ¡Jamás! — Y eso le dijo finalmente. — ¡Olvídate de todo esto, de una maldita vez! —

Mientras recordaba todos sus buenos momentos que tuvo con su querida Nadezha.  — Desiste de una puta vez, ¡¿qué vas a conseguir con toda esta estupidez!? ¡Déjame en paz y olvídate de mí, por favor! —

Eso le dijo con toda la sinceridad del mundo, mientras se preguntaba si podría volver atrás en el tiempo y solucionar todo el daño que él había hecho. Pero sabía perfectamente que eso era imposible y lo único que podría hacer era olvidar y enterar aquel tema, para siempre. Pensaba que eso era lo mejor para los dos.

— ¡Pues, muy bien, que te jodan, Mao! ¡Tú para mi estás muerta! — Al final, Nadezha desisto, la pelea terminó.

Y salió corriendo a toda velocidad, llena de dolor y dejando a Mao en el suelo. Él ni se dignó a observar cómo se alejaba, el sufrimiento ya era suficiente grane para poder verla. Se quedó en el suelo durante un buen rato, intento olvidarlo todo. Al cansarse, se levantó y empezó a andar hacia su casa con todo el desánimo del mundo. Con todo lo que había pasado, no deseaba soportar las clases y quería pasar una temporada encerrado en su casa.

Al entrar en su barrio, llegó a esta conclusión, tras pensar sobre todo lo que le había pasado:

— Supongo, que todo esto me lo merezco, la verdad. — Fue su conclusión, antes de soltar un suspiro.

Y al decir eso, vio como alguien estaba mirando fijamente al papel que había puesto en la puerta de su tienda y el cual ponía que se necesitaba un ayudante para el negocio de Mao. Éste, a pesar de toda la tristeza que tenía, decidió hablar amablemente con aquella persona y convencerla de aceptar el trabajo.

— ¡Buenos días! ¿Estás interesado por ese anuncio? — Eso le dijo, con falsa alegría, a aquella persona mientras se le acercaba.

Éste se sorprendió un poco por su aparición repentina y volteó su cabeza, mientras le intentaba responder:

— Ah, pues, la verdad…— Pero no podría terminar la frase.

Mao, a continuación, observó a aquella persona. Era un chico que parecía una edad que rondaba por alrededor de los veinte años y rubio. Aunque era obvio, era bastante largo, superando un poco la media. Estaba mal afeitado y no tenía una apariencia muy saludable, porque estaba casi en huesos vivos. Su ropa tampoco está mejor.

Aquellas pintas le hicieron dudar a Mao por unos segundos, preguntándose si estaba bien en contratar tal persona. Pero, de todas maneras, decidió seguir hablando con él:

— Yo vivo en esa casa y aunque no lo parezca, lo estoy manejándolo todo, pero aún así es mucho trabajo y necesito a alguien. — Y sin rodeos, le explicó lo que quería.

Entonces, aquel chico, le abrazó y empezó a llorar de forma descontrolada, mientras le pedía con mucha desesperación esto:

— ¡Por favor, se lo pido, necesito que me dé el puesto! ¡Es cuestión de vida o muerte! —

Mao se quedó boquiabierto al ver eso, que no se lo esperaba para nada. Por unos segundos no sabía qué hacer y decidió invitar, para tranquilizarlo, a aquel hombre que se llamaba Leonardo Churchill. Así termina esta historia, la que dio fin a una gran amistad que no fue para siempre; para empezar otra que no vamos a contar, por ahora.

FIN

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