Centesíma primera historia

La chica perfecta: Primera parte, centésima primera historia.

Siempre me han dicho que era un genio, aunque ahora yo pienso que soy una simple niña de once años normal y corriente. Y no solo eso, también me dijeron que muy popular, muy guapa y muy buena persona.

Tal vez fueron exageraciones mías, pero por un tiempo sentí que era perfecta. Muchos me lo decían, desde mi madre hasta mis profesores, y yo me lo creí. Al final, me di cuenta de que no era cierto, tras haber hecho algo impropio de alguien al que todos creían que era la pura perfección.

En realidad, no existe una persona así y si existiera, no sería yo. De todos modos, me alegro de haberme dado cuenta.

Ahora bien, de lo que no me di cuenta, es que mi presunta perfección, la imagen de mi persona que tenían los demás poco a poco se iba volviendo contra mí. Mi talento para los estudios, mi popularidad y mi aspecto han estado despertando sentimientos muy feos en otras personas, que desean destruir aquello que se veía, a sus ojos, tan falsa. Por eso, he acabado en esta situación que ahora mismo voy a contar.

Todo empezó a principios de abril, durante una tarde. Estaba acostada sobre mi cama, mirando un libro, cuando alguien me llamó a mi nuevo móvil. Supe enseguida quién era:

— Buenas tardes, ¿qué quieres, lenta simpática…? — No pude terminar la frase, porque ella empezó a gritarme. No era por el mote que le puse y el cual le molestaba, ya que lo ignoró.

— ¡Ayuda, Malan, alguien me está mandando cosas raras por el móvil! —Por cómo lo decía, parecía algo grave y me preocupé.

— ¿Estás bien, alguien te está acosando? — Le preguntaba esto, mientras iba al salón, para buscar a la agenda telefónica y llamar a la policía.

— Bueno, sí. Pero, por favor, ven, necesito que me ayudes. — Me respondió Josefina y yo le pregunté dónde estaba.

Ésta me dijo que en su casa y me fui rápido hacia allí, preguntándome si debería llamar ahora o más tarde a la policía. Al llegar, pegué en la puerta y ella me abrió la puerta.

— Por fin, has llegado. Has tardado mucho. — Me decía Josefina, mientras lloraba como una magdalena, aunque feliz de verme. A continuación, me cogió de la mano y me llevó rápidamente a su cuarto.

— Perdón por el retraso, pero, ¿qué está ocurriendo? — Le preguntaba esto, algo confusa.

Al entrar, ella cerró la puerta y me enseñó el móvil, mientras nos sentábamos en su cama.

— Alguien raro no deja de parar estos mensajes, lleva así desde hace varios días. — Y me mostró cómo el archivo de SMS estaba a tope de mensajes, bastante preocupada y asustada. Yo cogí el móvil y empecé a revisarlo.

El contenido de los mensajes era inquietante, en el peor sentido. Les daré algunos ejemplos: “Tú eres lo más puta que he conocido en toda mi vida”, “¡Maldita zorra! Nadie te quiere”, “Te arrancaría la cabeza y se lo daría como comida a los patos”, “¿Cuándo te vas a morir, Doña perfecta?”.

Me espantaron tales cosas. No sabíamos quién era, ni sus intenciones, pero alguien estaba acosando a Josefina, diciéndole las peores cosas. Pero había uno que he hizo dar cuenta de que aquellos mensajes no estaban dirigidos hacia ella, sino a otra persona: “No te dejaré en paz, hasta que mueras, Martha Malan.”

Yo era objeto de tal y espantoso acoso, ya que después de todo aquel móvil que tenía Josefina se lo regalé yo, así como la tarjeta. Sea quien sea, estaba acosando a la persona equivocada.

— Dijiste que lleva días así, ¿no? — Le pregunté a continuación, a Josefa. Necesitaba saber cuánto tiempo llevaba así, todo lo suficiente para intentar corta aquel acoso rápidamente.

— Pues sí, desde hace una semana o dos. Y no solo ha mandado mensajes, también he recibido varias llamadas que cuelgan al momento en que lo cojo.  — Me lo explicaba mientras se limpiaba las lágrimas. Estaba sufriendo por algo que ni siquiera era dirigido hacia ella.

Volví a mirar los mensajes, en busca del número de teléfono, pero era uno oculto. Era bien obvio que aquella persona no era tan tonta para mostrarse e esa manera. Así que decidí darle mi consejo:

— Dile a tu madre que denuncie esto a la policía, que cambie tu número y que dé de bajo el contrato. Eso podría terminar con el acoso. — Era lo más seguro, por el momento.

— ¿Pero quién es, por qué me odia tanto para escribir esas cosas? — Me preguntó y yo le respondí que era alguien que se había equivocado de persona, ocultándole el hecho de que yo era el objetivo del acoso.

Josefina tuvo miedo de decirle la verdad a su madre, pensando que le iba a regañar, y por eso decidí decírselo yo. Ella, tras escucharme, se quedó horrorizada y nos fuimos a la comisaria en dónde denunciamos el hecho.

Así podríamos haber terminado esta historia pero yo, al saber que era el objetivo de aquellos horribles mensajes y al ver que Josefina fue la que sufrió, no podría de ninguna manera dejar las cosas como estaban. Iba a descubrir cuál era el responsable y sus razones. Y tenía que ser alguien que me conocía, pero no lo suficiente.

¿Pero quién era, dónde está y cuál es su relación conmigo? Eso eran las cuestiones que me preguntaba y tras volver de casa, empecé a reflexionar sobre ellas. Tras mucho pensar, llegué a esta conclusión:

— Debe ser alguien de la escuela. Es el único en dónde me pueden conocer, pero no lo suficiente. — Eso me dije a mi misma, mientras miraba el techo.

Menos mal que la preocupación me dejó dormir, porque sabía que tenía mucho que hacer. Me había decidido la larga y costosa tarea de encontrar quién había sido. Algo que duraría semanas o incluso meses, ya que tenía que ser muy cuidadosa con aquel tema. E iba a empezar al día siguiente, ya que había colegio.

Tras levantarme, me quedé mirando mi uniforme, que era un conjunto formado por una falda larga y azul, y una camiseta del mismo color, pero más claro, con el escudo de la escuela. Me imaginaba que aquella persona llevaba la misma ropa que yo, y me preguntaba quién tenía odio hacia a mí. Siempre trato bien a los demás e incluso les ayudo cuando lo necesitaban, tengo a los profesores contentos y no he hecho algo malo para ser odiaba.

Entonces, tras ponerme el uniforme y, mientras me lavaba los dientes, me di cuenta de una cosa. Sentía que eso me era familiar, que había vivido un acoso parecido en el pasado. No, más bien, yo no lo sufrí, ya que no fui la víctima, sino la culpable. Eso me hizo sentirme muy mal.

— Yo, yo… También le hice eso a alguien. — Me decía, mientras miraba consternada hacia el lavadero.

Entonces, empecé a recordar cosas que hice y que eran horribles, de las que me arrepentía mucho y que nunca más iba a hacer.

Pensé rápidamente en la víctima de mi acoso, quién era un compañero de mi clase. ¿Por qué lo empecé a acosar? Era porque me declaré y le pregunté si quería ser mi novio y me dijo que no. En realidad, no estaba enamorada de aquel chico ni nada parecido, solo quería probar cómo era tener uno. O, tal vez, para evitar que otros chicos se me declarasen. O simplemente fue un simple y tonto capricho. De todas maneras, solo elegir al más popular de mi clase y al ver que me rechazó, pues me llené de ira.

¿Por qué? Tal vez, porque en aquellos tiempos me sentía perfecta y que me iba a salir bien, como siempre. Ni pensaba que ese chico iba a rechazar a alguien como yo, ya que después de todo era guapa, popular, inteligente y querida por todos. Y al saber su respuesta, al no conseguir lo que yo quería; la frustración y la rabia me dominaron e intenté hacerle la vida imposible.

Aquel chico se llamaba Vladimir y lo que yo no sabía es que tenía una novia, a quién era leal. Por alguna razón, lo mantenía ocultado. Y aquella chica que me descubrió, intentó parar aquello, mandando a Mao, que hizo que me diera cuenta de la estupidez que estaba cometiendo.

Y por un momento, pensé si era Vladimir, pero esa posibilidad era absurda e estúpida, ya que me perdonó hace tiempo y fue él, quién consiguió que su novia, Nadezha, me perdonara. Creo que incluso nos volvimos amigos, y habló con aquellos dos con mucha naturalidad. Así que de ninguna manera me harían tal cosa, a estas alturas. Ni con otra persona, ya que eso les parecería ruin y cobarde.

Pensé en la posibilidad de que alguna persona cercana a Vladimir estuviese acosándome, con la intención de vengarlo. Eso era igual de improbable, ya que la única que lo sabía era Nadezha y él no se lo contó a nadie más.

Entonces, parecía que era más que una simple y siniestra coincidencia, y no tenía realmente ninguna pista para encontrar al culpable. Así que, iba a ser una tarea muy complicada, pero no era del todo imposible. Con esto en mente, salí hacia al colegio, con la idea de empezar la investigación.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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