Centesíma primera historia

La chica perfecta: Segunda parte, centésima primera historia.

Mi colegio es considerado uno de los mejores de toda la cuidad, y tiene buena fama en la zona. Aunque sea privado, no es tan caro como otros, su precio es bastante asequible para las clases medias y, por esa misma razón, es bastante popular. Dicen que es bastante difícil entrar y sacar buenas notas, pero a mí me parecen hasta al momento bastantes fáciles.

Y ahí me dirigía, mientras me imaginaba que aquella persona que intentó acosarme virtualmente estaba entre algunos de los alumnos de aquella escuela a la que asisto.

Al entrar en el colegio, todos los que me veían, me saludaban y yo les respondía sus saludos con una sonrisa, mientras intentaba no pensar en eso. Al llegar a mi clase, me senté en mis sillas y las pocas chicas que estaban en el aula se me acercaron para hablar conmigo. Dudé si preguntarles si había alguien a quién yo cayera mal, pero entonces me sacaron un tema del que no me esperaba:

— Ah, ¿por cierto, has oído los rumores que últimamente rondan sobre ti? —

Eso soltó una de las chicas con quién estaba hablando. Parecía que no era su intención soltar eso, porque tan rápido como lo dijo, se tapó la boca; mientras la otra le daba un codazo.

— ¿Qué rumores? — Le pregunté intrigada. No era normal que me mencionaran eso, a pesar de que debía haber muchos rumores sobre mí, desde hace largo tiempo.

Rápidamente, una me respondió, con los nervios a flor de piel: — Bueno, son solo más que tonterías de gente con muy malas intenciones. —

— Eso, eso, no nos debes hacer caso. — Y la otra añadió esto.

Entonces, otra persona más se unió en la conversación, soltando estas palabras: — ¿Y por qué no lo dicen de una vez, chicas? — Estaba dejando la mochila sobre su silla, mientras lo decía con un tono malicioso.

De mi misma edad y más baja que yo, es una compañera de clases y su nombre es Klara Ben-Gurión.

Llevaba el pelo moreno y corto, y una pequeña coleta que ocultaba una de sus orejas, atado a un lazo rojo, y a veces morado. Sus ojos verdes, por alguna razón, siempre esquivaban los míos. A veces se le salía un acento, que intentaba controlar, que muchos han tildado de australiano. Apenas la conocía y ella, a pesar de ser muy habladora y  sociable con los demás, siempre evita hablar de cosas relacionados consigo mismo. Lo impactante es que hace unos pocos meses, ella sufrió una horrible tragedia, pero daba la impresión de que lo había superado en un tiempo muy corto. En fin, era un misterio. Por lo demás, actuaba como una chica normal y corriente de mi edad, pero aquello siempre me daba un sentimiento de incomodidad, algo que me costaba entender. Según las notas de la clase, la tercera alumna más sobresaliente de la clase. Yo soy la primera, por cierto.

— Eso… — Aquellas chicas soltaron esa palabra con bastante corte, parecía que eran incapaces de replicar a Klara.

— ¿Y tú sabes algo? —Y yo le pregunté a continuación, daba la idea de que sabía bastante.

Ella se acercó hacia a mí con bastante rapidez, noté algo extraño en ella, pero no era capaz de imaginarlo. Se puso a jugar con su pequeña coleta, mientras ponía una cara pensativa, y me soltó esto:

— Se dice cosas bastante desagradables de vos, la verdad. Me pregunto qué clases de personas fomentan tales rumores. — Eso me intrigó mucho más y me quedé muy pensativa, preguntándome si tenía relación con lo que había pasado con aquel acoso por móvil.

El timbre tocó, pero no le di importancia, porque el profesor no llegó. Le pregunté: — Ya veo, ¿y qué es exactamente lo que has oído? —

— Me da cosa decírtelo. Quedaría tan mal soltar lo que he oído yo por aquí. — A mí me daba igual. Y, por alguna razón, sentía que estaba intentando atraer mi curiosidad.

— Aún así,… — Fui interrumpida por las voces del profesor, quién entró y nos dijo que nos sentáramos.

Yo miré de reojo a Klara, mientras volvía veloz a su sitio. Tenía una débil sonrisa se en su rostro.

Pasé el resto de la clase preguntándome qué tipo de rumores eran eso. Por lo menos lo necesario, para no distraerme, aunque lo que estaba dando el profesor era bastante fácil y ya había terminado por aburrimiento los ejercicios de los próximos temas.  Incluso creo que había muchos puntos en dónde yo estaba en desacuerdo con el libro de texto.

Al llegar el recreo, iba a seguir con la conversación que tenía con Klara, pero, cuando guardé las cosas en la mochila, ya se había ido. Me levanté para buscarla, pero un montón de chicas se me acercaron para hablar conmigo sobre varias cosas. Les expliqué que estaba ocupada y que podríamos charlar en otro momento.

Y tras salir de la clase, me encontré con Vladimir, esperándome delante de la puerta:

— ¡Ah, buenos días! — Le saludé. Me pareció extraño aparecer ante mí de esa manera.

— ¿Puedo hablar contigo un momento? — Me dijo a continuación, con una cara bastante seria y lleva de preocupación. Parecía que deseaba decirme algo y que dónde estábamos no era el sitio adecuado.

Le dije que sí y los dos nos fuimos hacia otro sitio, ante las miradas de las chicas que querían hablar conmigo. En fin, nos fuimos hacia al tejado del edificio, ya que era el mejor lugar para hablar en privado, además de que yo tenía las llaves para acceder a aquel lugar.

— ¿Y de qué querías hablarme?  — Le pregunté, tras llegar al tejado.

— Ayer he descubierto que en la escuela hay rumores muy feos sobre ti y quería avisarte. — Me dijo con mucha preocupación.

— No te preocupes, ya me he enterado esta mañana. — Él se quedó un poco sorprendido, sobre todo al ver mi actitud tranquila y serena.

— ¿En serio? — Se le veía decepcionado, como si avisarme de esto no sirvió de ayuda.

Y eso me dijo Vladimir, un poco decepcionado, al ver que yo ya sabía lo que estaba ocurriendo.

— De todos modos, no me han querido explicar cuáles eran los contendidos de esos rumores. — Y con esto, le dije indirectamente que me lo dijera.

Él tardó un poco, era incapaz de decírmelo de un golpe. Me hizo un gesto para indicarme que esperase un momento y tuvo que ponerse a dar varias vueltas por el tejado para tranquilizarse:

— Pues veras, dicen que… — Dio una gran exhalación, antes de continuar. — Bueno, que te prostituyes, que sobornas a los profesores con sexo para sacar buenas notas, o de que los amenazas con denunciarlos. También de que eres parte de un grupo de chicas que se dedican al culto a Satanás o de que eres una alienígena. Eso son algunos de las cosas que he escuchado. —

Me quedé espantada. Más bien, sorprendida. Jamás esperaba oír unos rumores con tan pocos fundamentos. Mi cerebro empezó a presentar una enorme cantidad de hipótesis para intentan comprender aquel fenómeno. Lo que me dolió no fue el acusarme de cosas tan fuertes como vender mi cuerpo, sino lo absurdo que era aquellas acusaciones.

Con gesto dubitativo, le solté estas palabras — ¿En serio? Pero si son cosas muy absurdas, casi nada realistas sobre mi persona. —

Vladimir se me quedó mirando, muy extrañado por mi actitud. Estaba sorprendida, pero mantenía la calma, tampoco era algo que debía poner el grito en el cielo por mi parte. Él continuó:

— Por supuesto que sí, pero muchos sueltan esos rumores e incluso algunos se lo creen, sobre todo los que no te conocen. —

Me asombraba el hecho de que la gente podría creer cosas tan ridículas y lo tuve que asimilar.

— Entiendo. — Me quedé en silencio, me puse a pensar sobre lo que estaba ocurriendo. Vladimir me miraba fijamente, tal vez intentando imaginar por qué me puse tan pensativa. Así pasaron unos minutos.

Y la conclusión que llegué era que los rumores que trataban sobre mí y el acoso virtual que recibió Josefina, no era pura casualidad, era obra de la misma persona, cuyo objetivo parecía destruirme.

— Sabes, ¡debo contarte otra cosa! —Le dije con mucha seriedad a Vladimir, que era momento de decirle sobre lo del acoso. Y éste tragó saliva, muy asustado, y asintió, preparado para escucharme.

A continuación, le conté sobre lo del acoso que sufrió Josefina, cuyo objetivo real era yo y no ella, ya que el móvil que tenía se lo regalé a la lenta simpática. Esto lo dejó bastante aterrado, tanto que cuando terminé tuvo un sobresalto y gritó:

— ¿¡De verdad!? ¿¡Pero quién haría algo así!? — No se lo podría creer y le costó bastante asimilarlo. Su cara se llenó de enfado, se sentía muy mal por lo que le pasó a mí y a Josefina. Era muy curioso y contradictorio observar como el chico que acosé en el pasado estaba muy molesto con el acoso que intentaron hacer conmigo.

— Pues no lo sé, pero debo descubrirlo pronto, antes de que la cosa empeore.  — Le respondí, con bastante preocupación, mientras tenía la mano sobre la barbilla.

Debía empezar a buscar pistas y encontrar al culpable, y rápido, pero seguía bastante perdida, no sabía aún por dónde buscar.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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