Centesíma primera historia

La chica perfecta: Tercera parte, centésima primera historia.

Al terminar las clases, aún no tenía ni idea de cómo solucionar mi caso. Y mientras salía del colegio, alguien se me acercó para hablarme. Era Klara.

— Che, Martha, ¿cómo te han ido las clases? — Me saludó con un tono muy amistoso y con una sonrisa en la cara. En realidad, eso me dio mucha espina y me parecía muy raro, era la primera vez que se me acercaba al salir de clases.

— Pues bien, como siempre. — Le respondí con una sonrisa, mientras me preguntaba qué quería ella exactamente.

— ¡Jo, qué suerte tenés vos! Yo he tenido algunos problemas en clases. — Puso las manos detrás de la cabeza, mientras ponía una expresión de hastío.

— Pero no son nada graves, así que no deberías preocuparte. — Lo dije con mucha indiferencia. Ella es una de las chicas más sobresalientes de la clase y no tenía ningún problema con eso. Al decirle aquellas palabras con ese tono, provoqué que ella fuera directa al grano.

— Dejando de un lado eso. — Puso una cara pícara y me dijo esto, en el oído, en voz baja: — Me dijeron que estuviste con Vladimir, en el tejado. Solitos. — Una sonrisa burlona se dibujaba en su rostro y parecía que se estaba imaginando cosas.

A pesar de que nuestra subida al tejado fue lo más discreto posible, alguien nos tuvo que ver. Eso me lo esperaba, en cierta forma.

— ¿De dónde sacaste esa información? — Le pregunté, a continuación.

— Amigas de unas amigas os vieron subir. — Esa respuesta era lo mismo que decir nada para mí. Y lo dijo como si fuera una invención de última hora. Entonces, supe que había algo sospechoso en ella. Klara siguió hablando:

— Pero es curioso, la verdad. El año pasado él te rechazó, pero últimamente os estáis llevando muy bien, tanto que me hacen preguntar qué relación tenés con él. —

Aquella indirecta que me lanzó, me dejó pensando, recordando hechos del pasado, cuando me declaré a Vladimir. Fue a finales de Enero del año pasado.

Por aquellos tiempos, yo era la vicepresidenta de la clase y él, presidente. Le dije, antes de comenzar las clases, que teníamos que hablar sobre un tema muy importante.

— ¿De qué se trata? ¿Algo grave? — Me preguntó, algo preocupado.

— Ya lo descubrirás. — Le respondí de forma misteriosa, mientras andaba de una forma muy coqueta hacia mi pupitre, para hacerle ver mis intenciones. Es más, hasta le guiñé un ojo. Parecía que él no lo había notado, o tal vez intentaba ignorarlo.

Tras terminar las clases, me siguió y, en la soledad de un parque cercano, yo me declaré con estas mismas palabras:

— Te quiero proponer algo, Vladimir, tú has sido elegido entre todos los chicos del colegio para ser el perfecto candidato para mi persona. Así que, ¡la gran Martha Malan te declara su amor y te pides que seas su novio! —

Lo dije con gran grandilocuencia, mientras le señalaba con el dedo, muy emocionada, creyendo que éste diría sí o sí. Después de todo, yo era simplemente perfecta, él debía aceptar con alegría mi elección, estar feliz por haber sigo escogido. Hinché mi pecho de orgullo, mientras esperaba la respuesta que quería oír.

Vladimir se quedó boquiabierto y confundido. Tardó en reaccionar por varios segundos. Miró por todas partes para comprobar si lo que estaba sufriendo era una broma, Luego, al asimilarlo se puso tan nervioso que empezó a sudar y, con dificultad, me tuvo que decir eso:

— L-o siento mucho, de verdad. N-no puedo ser tu novio. —

Eso me dejó muy sorprendida. Más bien, me dejó en estado de shock, todo mi mundo se derrumbó. Casi caí al suelo, por culpa de la conmoción. Era casi imposible, para mí, Martha Malan; que un chico le dijera que no. Los demás en su lugar aceptarían encantados y llorando de felicidad, como si les hubiera votado la lotería.

— ¿Cómo que no? ¡Soy Martha Malan, es imposible que rechaces tal proposición! — Incapaz de mirarle a la cara, le hablaba como si hubiera visto una tragedia. No podría asimilarlo, me parecía imposible que algo así estaba ocurriendo. La conmoción, en cuestión de segundos se volvió en ira, y me levanté del suelo dándole una mirada que le aterró.

— P-perdón, de verdad. Pero, e-es que…- Y a él le costaba dirigirme la palabra, al ver lo enfadada que estaba.

— ¿Soy fea? ¿Tengo mala personalidad? ¿Soy demasiada estudiosa? ¿O qué? Porque no hay ninguna manera de que no pueda gustar a un chico. — Le grité con toda mi furia, intentando entender el porqué me rechazó. Sólo conseguí enfadarme mucho más de lo que estaba, al ve que no entendía nada.

Y luego, fuera de mí misma, perdí los estribos y le solté estas palabras, inconcebibles para mi persona, mientras me alejaba muy malhumorada: — Pues, vale. Peor para ti, no sabes lo que estás perdiendo. —

Al volver a la realidad, rápidamente tuve que decir la verdad a Klara: — Solo somos buenos amigos, solo eso. —

Y ella se quedó mirándole, incrédula por mis palabras. Su cara parecía decir que yo le estaba mintiendo y había hecho cosas extrañas con Vladimir en el tejado.

— Ah, ¿en serio? — Soltó a continuación, poniendo en duda mis propias palabras.

Entonces, tuve que tomar el rumbo de la conversación y cambiar de tema, porque me di cuenta de que ella intentaba sacar información de mí y eso parecía muy sospechoso.

— De todos modos, en vez de decirme tales cosas, ¿podrías explicarme detalladamente la razón por la cual quieres hablar conmigo? Es raro que te acerques a mí y mantenemos una conversación. —

Lo dije con toda la sinceridad del mundo, pero sin dejar mi habitual tono tranquilo y amable. Ella, por unos solos segundos, desvió su mirada hacia otro lado, poniendo una cara de molestia bastante curiosa, como si sentía que la había pillado.

— ¿De verdad es tan raro eso? — De todos modos, volvió a aquel supuesto tono amigable, poniendo una sonrisa, que ya me estaba pareciendo una bastante falsa.

— Solo me parece bastante curioso.- Le respondí, a continuación. — De todas formas, tengo una pregunta para ti. — Para luego, ser yo la que iba a interrogar.

— ¿Y cuál es? — Eso me preguntó, con curiosidad.

No les miento, si en aquellos momentos, tenía una leve sospecha hacia ella, ya que me intentaba sacar información. Aunque eso tenía poca posibilidad, porque nunca tuvimos roces entre nosotras, aparentemente. Salvo una cosa, y es que tal vez le molestaba mucho no superarme y decidió por lo menos, vengarse de mí expandiendo chismes sobre mi persona o crearlos. Eso era lo que pensaba, pero solo eran suposiciones.

— ¿Y cómo te has enterado de esos rumores sobre mí? — Intenté acorralarla.

— Pues simple, Martha. Me lo dijeron otras amigas. — Tardó unos tres segundos en contestar. Sentí por un momento, cómo movió su boca a un lado. Eso parecía ser un tic nervioso.

De todas maneras, aquella respuesta que parecía ser inventada al momento, no me podría satisfacer, ya que era muy poco específico.

— ¿Y recuerdas quienes fueron? — Tenía que presionar un poco más, para ver si ella estaba diciendo la verdad o me estaba ocultando algo.

— Che…— Estuvo, por unos segundos, en silencio. — No me acuerdo muy bien sus nombres. —

Eso demostraba que había algo raro en ella, porque se puso algo nerviosa, durante la pausa que tuvo en mitad de su respuesta y escogió una excusa que me pareció bastante rara.

Decidí, entonces, coger el toro por los cuernos y decirle indirectamente que no la creía en eso de que ella sabía aquellos rumores solo porque otras amigas se lo dijeron.

— Entiendo, aunque es raro que no recuerdes los nombres de tus propias amigas, salvo si éstas no lo son de verdad, ya sea porque has mentido o te las ha inventado. —

Aquellas palabras, molestaron rápidamente a Klara, quién me preguntó algo alterada esto: — ¡¿Qué intentas decir!? —

— Solo son simples suposiciones, nada más. — Le respondí, antes de que ella se pusiera seria. Su aparente tono amigable se volvió en uno desagradable, mientras me miraba muy mal.

— Deja de lanzarme tales indirectas, puedes decirme lo que estás pensando. Ahora mismo, ¿estás sospechando de mí, verdad? —  Me gritó, mientras nos deteníamos en mitad de la calle.

— Un poco. — Y le dije la verdad, con seriedad.

Entonces ella me soltó esto con un grito de enfado que salió de la nada, sorprendiéndome mucho:

— Ya veo, ¡pues, verás, soy inocente, niña genio! —

Ahí es dónde me di cuenta de algo, a ella no le agradaba y que estaba escondiendo sus verdaderos sentimientos hacia mí, ocultándolos detrás de un tono amigable falso. Mis preguntas sacaron su verdadero yo, por unos segundos.

— Bueno, así debe ser. La justicia no puede existir sin el principio de presunción de inocencia. Ya sabes, ¡eres inocente hasta que se demuestra lo contrario! —

De todos modos, decidí ignorarlo y solté aquellas palabras con mi habitual tono. Ella volvió a esconder su propio yo, y me dijo esto con un aparente alivio:

— Ah sí, menos mal, porque soy inocente. — Eso soltó con una sonrisa, dando pequeños saltitos sin sentido, antes de salir corriendo, alejándose de mí. Pero, por un momento, se detuvo para añadir esto:

— Pero, de todas maneras, debés cuidar mejor tu querida fama, porque se te está hundiendo con esos rumores. —

Y luego siguió corriendo, hasta haber desaparecido de mi vista. Yo solo me quedé mirándola, antes de seguir mi camino hacia mi casa. Aquella chica escondía algo y no parecía nada bueno. Su comportamiento extraño sólo hacía aumentar mis sospechas de que ella estaba relacionada, con lo que estaba pasando.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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