Centesíma primera historia

La chica perfecta: Cuarta parte, centésima primera historia.

— Eso parece muy sospechoso. — Concluyó Vladimir, con un tono bastante intranquilo, después de haberle contado aquella conversación que tuve con Klara antes de volver a casa. Se lo estaba diciendo por el teléfono.

— La verdad es que sí. Siento que ella está metida en el asunto, de alguna forma. —

Le dije, mientras no paraba de recordar aquella conversación tan rara que tuve con ella. Sabía que Klara estaba metida en el asunto, pero lo que no conocía era cuál era su papel. Tras terminar la llamada, decidí olvidarme de todo eso e irme a visitar a Mao y a las demás.

Al día siguiente, pude formar mi primera estrategia para investigar quién era el causante de esos rumores. En mi humilde opinión, mi plan tenía algunos inconvenientes y era un tanto fastidioso, pero creo que podría ayudarme en redondear los sospechosos. Y era preguntar a cada alumno que me encontraba si habían escuchado ciertos rumores sobre mí y preguntarles quién se lo dijeron. Empecé por los de mi clase, siempre teniendo en cuenta de que Klara no se viera cuenta.

Fue muy interesante de hacer, por las reacciones que me mostraban varios de los alumnos que preguntaban:

— Pues sí, los he oído, pero a mí me parecen muy estúpido. — Me lo dijo una niña de un curso que estaba al lado del mío, quién se puso bastante enfadada, más de lo que yo debería estar, por aquellos rumores.

— ¿Yo, en serio? ¡No he oído para nada esas cosas! — Otros, como un chico de mi clase, intentaba mentirme, tal vez para no sentirse mal consigo mismo por escuchar tales cosas.

— ¡Deberías mencionarlo a los profesores! —Y unos me daba consejos.

— ¡Muchos ánimos, tú eres el orgullo de nuestra escuela! — Y hasta algunos me daban ánimos.

— ¡Ah, en serio! — Aunque también hubo algunas personas que reaccionaron negativamente. — ¡¿Y ahora te enteras!? —

— ¡¿De verdad, eres puta!? — Y hasta alguna niña me preguntó tal cosa, creyéndose al cien por cien aquellos molestos rumores.

En total, aprovechando los descansos y el recreo, hablé con cuarenta y siete niños. Cada aula que tiene nuestra escuela, solo puede albergar a veinte alumnos, así que equiparadamente conservé con más de dos clases.

Y había un dato bastante revelador, estadísticamente. Un cuarenta por cierto de los que hablé me dijeron que quién se lo dijo no fue nada más ni nada menos que Klara. Y los que me respondían que fueron sus amigos los que les mencionaron esos rumores, al hablar yo con ellos, descubría que ella se los contó. Cada vez se estaba haciendo más sospechosa.

Aún así, pensé que eso no era suficiente y tenía que hablar con más gente. Así que iba a hacer lo mismo al día siguiente, pero un suceso inesperado trucó mis planes.

Mientras estaba entrando en la escuela, un chico me llamó, era alguien con quién yo jamás había hablado, pero sabía que estaba en el mismo grado que yo.

— ¡Hola! — Me decía con algo de timidez. Era incapaz de mirarme a la cara.

— ¡Ah, hola…! — Le devolví el saludo, algo extrañada, mientras esa persona se acercaba a mí.

— ¿Puedes reunirte conmigo en el recreo, detrás del gimnasio? — Y tan rápido cómo me alcanzó, me soltó esto, que me dejó muy sorprendida, ¿por qué un chico con quién no he tenido apenas conversación, me pedía algo así, con tal urgencia?

— ¡Pues, bueno… es bastante repentino…! — Eso le dije, mientras intentaba procesar una buena respuesta para esta situación.

— ¡Por favor! — Y me rogó desesperadamente para que aceptará, algo que me estaba pareciendo sospechoso.

— Sí insiste, pues vale…— Y decidí aceptar, preguntándome cuáles eran sus razones para que me pidiera a mí reunirme con él.

 

Aquel chico, después de oír mi respuesta, tuvo una leve sonrisa y salió corriendo como loco, mientras los niños que pasaban cerca observaban la escena y algunos cuchicheaban, tal vez relacionando esto con los rumores sobre mí. Por lo menos, espero que no estuvieran llegando a conclusiones precipitadas tras ver aquella escena.

Y cuando llegó el recreo, me dirigí rápidamente hacia aquel sitio. Estaba detrás del gimnasio de nuestra escuela, que era un edificio aparte, situado al lado; y en el rincón más escondido de todo el recinto. Era uno de los pocos lugares en dónde los profesores no vigilaban, por alguna razón desconocida. Tal vez, porque rara vez los alumnos entraban ahí.

En aquel lugar que estaba entre el gimnasio y el muro que separaba nuestra escuela del resto del mundo, en dónde la sombra del edificio lo cubría todo, estaba aquel chico de espaldas, esperándome con muchos nervios.

— ¡Buenas, ya estoy aquí! — Le hablé, a continuación, mientras me acercaba hacia él. Y éste dio un gran grito, al escucharme. Después de girar la cabeza hacia mí y saber qué era yo, dio un gesto de alivio.

— ¡Ay, qué susto me das dado! — Me dijo con mano en el pecho.

— ¿Y qué es lo que quieres hablar? — Y yo fui directa al grano, sin ni siquiera preguntar su nombre. Aquel chico estaba tan nervioso que le costaba decir algo:

— Pues, bueno…— Incluso estaba temblando. — Esto es bastante vergonzoso. — Y bastante rojo.

— Toma tu tiempo…—  Eso le solté, en un intento de tranquilizarlo.

El chico decidió seguir mi consejo y empezó a respirar e inspirar, varias veces, hasta tener el coraje de poder decirme lo que quería.

— ¡Quiero dejar de ser virgen! — Y gritó esto, dejándome en blanco totalmente.

No me esperaba esa respuesta para nada, en ninguno de los múltiples escenarios que había imaginado mientras estaba en las clases. Me dejó sin habla, por varios segundos.

— ¡¿Qué…!? — Eso le pregunté, aún incapaz de recuperarme. — ¿¡Qué quieres decir!? —

Y aquel chico, mientras miraba el suelo, me empezó a contar esto: — Mis amigos se burlan de mí, todo el tiempo por serlo. Y he oído que tú…— No pudo decir nada más. Luego, sacó de sus bolsillos, unos cuantos billetes: — Aquí tiene todos mis ahorros. —

Pude salir del bloqueo mental y procesar bien lo que estaba ocurriendo, en un escenario que jamás había imaginado. Un chico, alentando por aquellos rumores, quería que hiciera el amor con él y recompensarme con dinero. En otras palabras, esa persona había metido la pata hasta al fondo, creyendo que yo me estaba prostituyendo y pidió mis servicios. Era, de verdad, una situación de lo más embarazosa e incómoda que superaba todo lo que había conocido.

Y mientras intentaba encontrar una buena forma para explicar a aquel chico que se estaba confundiendo y a mí no me interesaba hacer tal cosa, alguien saltó el muro y le empezó a gritar con todo el enfado del mundo.

— ¡¿Eh, tú, eres idiota o qué!? — Los dos giramos la cabeza hacia dónde provenía aquella voz. Era alguien al que yo conocía muy bien.

— ¡¿Osa rusa!? — Grité su mote, muy sorprendida. Era Nadezha.

El chico estaba asustado y, al ver que ella le estaba gritando muy enfadada, decidió que tenía que salir corriendo a toda velocidad o podría acabar muy mal.

— Lo siento mucho. — Gritaba, mientras lloraba.

— ¡No huyas, maldito!— Nadezha estaba enfurecida, parecía de verdad una osa a punto de atacar.

Ella, que no le paraba de decir todo tipo de insultos y otras cosas nada agradables, estaba dispuesto a perseguirlo. Tuve que detenerla, poniéndome en medio.

— ¡¿Por qué me detienes!? — Eso me gritaba. — ¡Ese niñato merece un castigo, por tratarte como una puta! —

— ¡No te preocupes, osa rusa! ¡Me has salvado, ahora tranquilízate o provocarás un escándalo en la escuela! — Intenté controlarla, no podría dejar que cruzase el patio como un animal enloquecido.

Lo primero que hizo, tras escucharme, fue molestarse por aquel mote y me empezó a explicar y exigir que dejara de llamarla “Osa rusa”. Eso la tranquilizó. Al pasar unos minutos en completo silencio, empecé a darle las gracias: — ¡Me has salvado, aquella situación fue demasiado para mí! —

Le estaba muy agradecida, porque no sabía que había pasado sin su interrupción. Jamás había estado en una situación tan comprometida. Entonces, me di cuenta de algo:

— Ah, es verdad…— Había algo raro. — ¡¿Qué haces aquí, Nadezha!? — Y era el hecho de que ella estuviera aquí.

Y ella me contestó, algo avergonzada, como si le costaba decirlo: — Por ti, Malan, por el amor de Dios. Me enteré por parte de Vladimir lo que estaba pasando y decidí echar un vistazo. —

FIN DE LA CUARTA PARTE

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