Centesíma primera historia

La chica perfecta: Quinta parte, centésima primera historia.

A continuación, el timbre sonó, finalizando así el recreo, y Nadezha me dijo que hablaríamos más tarde, después de clases, en el parque de al lado del colegio. Ella saltó el muro y yo me dirigí hacia mi aula.

Tras finalizar las clases, fui a allí en compañía de Vladimir, y ella estaba esperándonos. Lo primero que hizo Nadezha fue contarle a su novio lo que me había pasado:

— ¡¿En serio, de verdad, ha ocurrido eso!? — Gritó conmocionado. —¡Pero eso es estúpido! ¡¿De verdad hay gente así!? — Totalmente aterrado. Creo que si hubiera estado en mi lugar, le había dado algo.

— Eso parece, ¡qué asco de persona! — Añadió Nadezha, mientras mostraba un gesto de desprecio hacia aquel niño. Aunque para mí no me parecía una persona nada horrible, solo alguien que le había tachado de perdedor por no haber mantenido relaciones sexuales a tan temprana edad al igual que sus amigos y buscaba una solución fácil.

— Parecía una de esas personas que le cuesta relacionarse con las chicas. Tal vez estaba demasiado desesperado, aunque lo que hizo es cuestionable y me sorprendió mucho. — Les dije lo que pensaba de aquella persona, analizándolo un poco lo que había visto de su comportamiento.

Empecé a pensar que debía haberle dicho a aquel chico, quería decirle que no se sintiera mal siendo virgen, que no era nada malo y lo mejor es que esperase un poquito, era muy temprano para iniciarse en esas experiencias.

Mientras pensaba en esto, los dos se quedaron boquiabiertos por mi actitud. Nadezha me soltó esto en una mezcla de sorpresa y confusión:

— ¡¿Por qué estás tranquila!? Podrías haber acabado muy mal. —

— Realmente, me sorprende que estés así, después de eso. — Añadió Vladimir.

¿De verdad, es tan extraño que esté muy tranquila, después de que me ocurriera eso? De todas formas, esto había llegado demasiado lejos y había algo muy preocupante, que decidí mencionar:

— En verdad, el simple hecho de que le hice caso y me reuní con él en un lugar escondido empeorará más mi situación. —

Si yo estuviera en el lugar de quién estaba detrás de los rumores y del acoso virtual, me hubiera aprovechado de aquella situación hacia mi favor.

— ¿Qué quieres decir? — Ni Vladimir ni Nadezha entendieron muy bien y tuve que explicarlo.

— Si hay una persona intentando arruinar mi reputación, podría haber estado muy atento a mis movimientos y aprovechar cualquier incidente, como el que he sufrido durante el recreo, para su favor. Esa es una teoría, por el momento. —

Incluso creía tener una sospecha de que el culpable fuera capaz de haber favorecido aquel incidente, instando a aquel chico a pedirme tal cosa. Pero eso no tenía ningún fundamento, por ahora.

A continuación, Nadezha me preguntó esto: — ¿Por cierto, esto lo sabe Mao? —

— Ni Mao ni ninguna de las chicas. — Y eso le respondí. No quería que lo supieran y les estaba ocultando lo que me estaba pasando.

— ¿¡Por qué, son tus amigas!? — Nadezha gritó muy enfadada, como si hubiera hecho algo malo.

— Por eso mismo. Es mi problema y ellas tienen los suyos propios, sobre todo Mao. No quiero implicarlas en este asunto. —

En verdad, ya había alguien que se había implicado sin que se diese cuenta, Josefina. Ella sufrió el acoso virtual que iba contra mí y la afectó mucho. Al recordar eso, me llené de rabia, ya que ella no se lo merecía. Tal vez, por esa misma razón no quería involucrar a más personas. Sobre todo Mao, que tras su pelea con Nadezha en Nochevieja, estaba sufriendo una crisis de identidad. En realidad, era la persona que menos deseaba implicar en mis problemas.

Al ponerme triste por estar pensando en Mao, Nadezha lo notó y me preguntó esto, bastante preocupada:

— ¿Mao, aún sigue…? — En su rostro, se veía culpabilidad y arrepentimiento por lo que hizo aquella noche.

Yo para animarla, le solté esto: — Mao aún se está resistiendo a enfrentar a su pasado, solo eso. Es fuerte, así que lo superara, pronto o temprano. —

Han pasado unos cuantos meses y lo único que le dejo claro aquel episodio fue dudas sobre sí mismo y la vida que estaba teniendo. A pesar de que se esforzaba para ocultar a los demás su crisis de identidad, se le nota. Y la verdad es que estoy bastante preocupada por Mao.

— De todas formas, aquí estoy yo, y Vladimir. Y no voy a dejar que hagan lo que están haciendo contigo. — Eso me dijo a continuación, me alegró mucho escuchar eso. Le di las gracias.

Tras eso, mi charla con ellos terminó y yo empecé a volver a casa, después de convencer a Nadezha que no me acompañará, ya que ella no deseaba que me fuera sola por si ocurría algo parecido al incidente del recreo.

En verdad, no me hubiera importando que me acompañaran, pero deseaba estar sola, pensando en varias cosas mientras recorría el camino hacia la casa. Sobre todo en lo irónico que era todo este asunto.

Vladimir, la persona que atormenté cuando me rechazó, y Nadezha, su novia y la cuál me odió por tales acciones; me estaban ayudando en una situación parecida, en la cual yo estaba siendo la victima de algo mismo que hice en el pasado. Me pregunté si ella pensó, en algún momento de nuestra charla, si fue justicia divina o que me lo merecía. Por tal razón, me sentía muy mal que ellos dos se hubieran implicado en este asunto y me estuvieran apoyando.

— Tal vez, esto me lo merezco…— Comenté, pensando en voz alta, mientras me detenía.

Pensé, por un momento, dejar las cosas como estaban. Más bien, no actuar nada en esta situación, por mucho que empeorarse. Yo debería recibir esta  lección de la vida para pagar mi deuda con ellos, por hacerlos sufrir.

Pero, entonces, recordé a Josefina, que sufrió el acoso virtual que iba dirigido contra mí, solo por casualidad. Era inocente, no había hecho nada malo en todo este asunto y había sufrido. Por eso, era estúpido pensar tal cosa, porque mi deber era encontrar a la persona que la había hecho llorar.

Al llegar la noche, mientras me estaba preparando para ir a dormir, me pregunté qué pasaría el día de mañana, ¿mi situación emporará o no? Al día siguiente lo supe, tras volver al colegio.

Tras entrar al recinto y dirigirme con rapidez hacia la entrada del edificio, vi allí a una conglomeración de niños rodeando el panel de anuncios del colegio. Naturalmente, es fácil de adivinar que me acerqué a ellos para saber que estaban observando con especial interés.

Los cuchicheos que se decían entre ellos creaban un ruido ambiental bastante molesto y que me impedían a entender las conversaciones de aquella muchedumbre. Aún así, por las pocas cosas que pude entender, estaban asombrados con algo:

— ¿¡Entonces, es verdad!? — Unos dudaron.

— ¡Wow, en serio! — Otros se sorprendieron.

— ¡Yo ya lo sabía, esa chica era muy puta! — Y hasta algunos se jactaban de que tenían razón.

Tuve, entonces, un mal presentimiento y decidí adentrarme en aquella muchedumbre y llegar hasta al panel de anuncios para comprobar si lo que creía era cierto.

— ¡Lo siento mucho! — Eso les decía, mientras los atravesaba. — ¡Perdón, de verdad! —

Todas las personas que me veían se quedaban calladas de repente, como si ante mi presencia no se atrevían a soltar lo que estaban cuchicheando. Y al llegar ante los pies de aquel panel de anuncios, me quedé helada.

Ahí colgada se encontraba una fotografía, que había captado el momento en que aquel chico que me pidió que le quitara la virginidad me estaba enseñando el dinero que quería usar para tal propósito. Me sorprendió el hecho de que alguien hubiera fotografiado eso, sin que yo ni Nadezha nos diéramos cuenta. Pero lo peor de todo es que, sin tener el contexto de lo que ocurrió en aquel momento, la gente podría malpensar, en cosas que son falsas, como que yo me estuviera prostituyendo. Y eso era lo que pensaban todos los que estaban observando aquel panel de anuncios. La situación había empeorado.

Y sentí, entonces, un enorme sentimiento de rabia, que no pude controlar:

— ¿¡Q-quién ha puesto esto!? — Les grité a toda la muchedumbre, totalmente alterada. Todos, sorprendidos y aterrados ante mi enfado, quedaron en silencio. Se miraban los unos a los otros, buscando al culpable o a alguien que dijera que fuera él. Pero nadie, absolutamente nadie, se atrevió a decir eso. Era bien obvio, la verdad.

— ¿¡Algunos de ustedes saben quién ha puesto esta fotografía aquí!? — Aún así, volví a preguntarles eso con un grito más fuerte que el anterior. Y al volver a recibir como respuesta el silencio, solté esto:

— Pues para que lo sepa esto es una violación a mi intimidad, sacar una foto así, sin mi permiso, y con el propósito claro de humillarme. — Les decía a todos, mientras quitaba la foto violentamente del panel de anuncios, lo arrugué y lo metí en mis bolsillos.

Después de eso, me fui muy cabreada hacia a mi clase, con la esperanza de tranquilizarme ahí y poder pensar decentemente. Pero, entonces, alguien se puso en mitad de mi camino.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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