Centesíma primera historia

La chica perfecta: Sexta parte, centésima primera historia.

Delante de mí, estaba una chica que me estaba mirando con un enorme desprecio. La conocía, porque era una compañera de clases, pero no esperaba verla.

— ¡Cuánto tiempo, eh! ¡Casi has estado faltando una semana! —

Forcé mi sonrisa como pude y le saludé, intentando controlar mi rabia. No me  tranquilizaba ver el hecho de que aquella persona, después de faltar días enteros, se pusiera delante de mí y no me miraba con buenos ojos. Es más, mis ganas de ser desagradable con esa persona aumentó.

Aquella chica que me miraba desafiante y cuyas faltas de asistencias eran tema recurrente en los profesores se llamaba Megan Truman.

— ¿He oído que estas teniendo algunos problemas? — Puso una sonrisa que me parecía muy desagradable, envuelto en un tono burlón y muy hiriente. Me di cuenta de que se había puesto en mi camino con intenciones nada buenas y estaba disfrutando de mi expresión.

— Bueno, todo el mundo tiene sus problemas, incluido yo. —Aún así, intenté mantenerme amable y tranquila.

— ¿¡Así que Doña perfecta está siendo humilde otra vez!? — Y ella puso una mueca desagradable contra mí.

¡Lo que me faltaba! Lo último que deseaba era que alguien intentará abrir la caja de pandora y sacar lo peor de mí. No, esa era su intención. Estaba aprovechando este momento de debilidad, cuando estaba hecha una furia. Necesitaba cortar con la conversación rápido, no quería tener problemas.

— ¿Qué quieres realmente de mí? Ahora mismo, no estoy muy bien. — Le dije con mucha seriedad. A continuación, soltó esto en actitud burlona:

— Solo quería ver tu reacción al encontrarte con aquella foto con la cual te han pillado, tuvo que ser realmente gracioso. — Soltaba una sonrisa de fea alegría ante mi desgracia. — Pero creo que he llegado muy tarde. —

Tras decir esto, ella se dio la vuelta y empezó a alejarse de mí, con una extraña expresión. Parecía tener mucha rabia contra mí, pero a la vez estaba contenta de haberme visto en ese estado.

No entendía qué le estaba pasando por la cabeza y por qué actuaba de esa manera. Entonces, sentí el presentimiento de que ella estuviera involucrada en todo este asunto.

— ¿Puedo preguntarte algo…? — Y la detuve. Tenía la clara intención de interrogarla, pero de una forma en la cual ella no se diera cuenta.

Ella, al escucharse, se paró y se quedó así durante varios segundos, en una actitud muy extraña. Yo trague saliva, intentando imaginar qué tipo de reacción iba a adoptar, parecía que estaba fuera de sí.

A continuación, con brusquedad, se giró hacia mí, mostrando una expresión lleno de desprecio y rabia hacia mí. Por un momento, pensé que ella iba a por mí. Instintivamente, me puse en posición de ataque.

— ¡Ni en sueños! Hablar contigo solo me enfurece. — Pero sólo me gritó, de forma descontrolada. — ¡Te odio, Martha Malan, con toda mi alma, y me alegro de que estés sufriendo con todo esto! —

Y con esto dicho, se calló con una expresión de rabia y se alejó de mí. Todos los chicos que estaban en los pasillos la observaban con la boca abierta, bastante asustados. A los pocos segundos después, los cuchicheos invadieron  el pasillo. Me sorprendieron muchos esas palabras, me dejaron perpleja. Nuestro trato fue bastante ocasional. Más bien, era casi inexistente, ya que recordaba que sólo había hablado con ella unas pocas veces y no era gran cosa. Nunca hice nada que la podría haber herido, ya que ni siquiera éramos amigas ni jamás hable mal de ella ni nada parecido.

Y bueno, ¿quién era exactamente Megan Truman? Una chica de mi misma edad, que me superaba en altura por pocos centímetros; de cabello castaño, el cual casi le llegaba a los hombros; de piel blanca, ojos rojos y una nariz pequeña y redonda, y con un cuerpo muy delgado. Esto sería una breve descripción física sobre ella.

Apareció a mediados del curso anterior, siendo una estudiante transferida de otra escuela. No sé realmente cuál fue el motivo, ni tampoco parece ser algo digno de importancia, pero vino a aquí, a pesar de que en su anterior colegio le iba bien. Allí siempre sacaba muy buenas notas, sobresaliendo sobretodo en matemáticas.

Y aquí también lo demostró, al principio. Sus exámenes eran todos muy altos, llegando a ser la segunda en la lista de alumnos con más nota del curso pasado, de mi clase, siendo yo la primera. Los profesores estaban contentos con ella y todo el mundo la elogiaba, creyendo que sería mi rival. Nunca pensé en ella como tal, en aquellos tiempos. Es más, no le daba mucha importancia, porque ni siquiera estaba cerca de conseguir a mi altura.

Después de todo, mi escuela es considera como una de las más difíciles de todo Springfield. Fiel a su honor, exalta la competitividad, la eficiencia y el alto rendimiento. Los contenidos que nos enseñan son muy superiores a lo que enseñan en colegios públicos e incluso privados. Un ejemplo de eso, sería que en mi curso estamos estudiando álgebra. Nuestros profesores nos instan a llegar a lo más alto y superar a los mejores. Y es casi imposible para muchos, llegar a tener dieces en todas las asignaturas, salvo para mí.

Hasta ahora, no he sido igualada o superada por algún otro compañero de clases. Tal vez, alguno haya conseguido un diez o dos en un trimestre, pero es un milagro tener todos las asignaturas a la perfección, algo que solo yo he podido conseguir.

Tal vez fuera eso, el motivo de su odio contra mí, el hecho de que sintió una rivalidad contra mí y quería alcanzarme. Esa era su intención y creo que lo intentó con todas sus fuerzas, pero al final fracasó. Es más, bajó al cuarto puesto. Me dijeron que ella lloró, al parecer.

De todas formas, su espíritu competitivo y su constante esfuerzo por ser la mejor desapareció tras pasar el verano y comenzar este curso. Más bien, empezó a desaparecer. Sus notas empezaron a bajar drásticamente, su atención a clases había desaparecido totalmente y poquito a poco dejó de ir regularmente a clases.

A veces, notaba una mirada extraña procedente de ella, pero no le daba mucha importancia. En aquel momento, me di cuenta de lo que esos ojos transmitían: Odio hacia mí.

Por otra parte, me di cuenta de que ella se veía bastante mal, tenía unas ojeras muy fuertes y su piel y su pelo no estaba en buena forma. Parecía estar estropeada, como si hubiera sido afectada por una enfermedad o una adicción.

Aquella conversación que tuve con ella fue harta sospechosa, porque ésta mencionó sobre lo de la foto. Tal vez, Megan lo escuchó por otras personas y quería averiguarlo por ella misma, o puso eso en el tablón de anuncios con malas intenciones y me buscó para ver mi reacción.

Después de hablar con ella, me quedé de pie, pensando sobre todo este asunto, sobre Megan y Klara, sobre mí. Todo el mundo pasaba de mí, nadie se atrevía a decirme algo, o yo estaba tan absorta en mis pensamientos que ignore a todo aquel que me preguntaba. No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando me di cuenta sonó el timbre y corrí hacia las clases, después de guardar mis cosas en la taquilla.

Al llegar a las puertas de la clase, me encontré con Vladimir esperándome en la puerta nerviosamente y supe con solo observarle que había una sorpresa desagradable más esperándome en la clase.

— ¡Malan, Malan! — Eso me gritaba, muy nervioso, al darse cuenta de mi presencia. — ¡Están pasando cosas terribles! — Se acercó a mí a toda velocidad, y casi cayó al suelo.

Parecía que le iba a  un ataque de ansiedad. Yo, a pesar de que aún estaba alterada por lo de la fotografía, actué tranquila.

— ¿Cómo poner una fotografía de mí en un tablón de anuncios, con un contexto que parece lo que no es? — Le pregunté, a continuación, dándole entender que ya lo había visto.

— Ah, bueno…—  Se quedó en blando, por unos segundos.-Aparte de eso, ¡hay más cosas! — Luego, volvió su nerviosismo, mientras me mostraba con el dedo el interior de la clase.

Decidí entrar y al primer paso vi algo que me sorprendió, para mal. Todos mis compañeros que estaban cuchicheando alrededor de mi pupitre, giraron la cabeza hacia mí y se quedaron callados sin decir nada.

— ¿Qué ha pasado aquí? — Pregunté consternada mientras me acercaba a mi pupitre, que estaba tirado en el suelo. Pero lo sorprendente no era eso, sino que el hecho de que alguien lo pintureó. No sabía con que lo hizo, pero lo que quería transmitir no eran buenos mensajes.

La palabra “puta” estaba escrita en el centro del pupitre y a lo grande, rodeado de sinónimos y de otras palabras cuyos significados no tenían nada agradable. También añadieron garabatos en torno a mí que tenían una intención denigradora. Me dejó sin habla. Ya están yendo demasiado lejos y parecía que no deseaban detenerse ante nada.

— Quién hizo esto, no te tenía mucho cariño, niña genio. — Entonces, alguien se me acercó. Era Klara, quién añadió esta obviedad con una aparente y falsa compasión.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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