Centesíma primera historia

La chica perfecta: Octava parte, centésima primera historia.

No sabría decir cuánto tiempo pasé en el cuarto de baño, sentada sobre la taza del váter; pero tuvo que haber pasado una hora o más. Al entrar, aún estaba tan alterada que, para tranquilizarme, me puse a crear y solucionar problemas de matemáticas mentalmente. Esa era la idea, pero al final intentaba luchar por no llorar. Toda esta situación me estaba superando.

No quería llorar por algo tan obvio que, sin embargo, no me di cuenta hasta aquel momento: El hecho de que mi supuesta perfección, más falso que la teoría calórica; había provocado rencor, odio y envidia contra mí, solo porque era inalcanzable para los demás. Tal vez, ese fuera la simple razón de que me empezaran a acosar: Bajarme de las nubes y destruir aquella imagen que tenía los demás sobre mí.

Aún así, rompí a llorar y estuve maldiciéndome una y otra vez, por no darme cuenta de esto. Al final, cuando me cansé de soltar lágrimas y ya podría pensar racionalmente. Alguien pegó en la puerta del servicio en dónde yo estaba alojada, mientras soltaba esto:

— ¿Estás aquí, Martha? — Era Klara, con una voz supuestamente alegre. Yo, al escucharlo, sólo di un suspiro de fastidio.

— ¿El profesor te ha mandado a buscarme? — Le pregunté esto, con todo el desánimo del mundo. No quería volver a la clase por nada del mundo.

— Están preocupados por ti y tuve la mala suerte de haber sido la elegida.  — Y ella me respondió, con mucha molestia, dejando claro que no deseaba haber venido.

A continuación, yo me quedé en silencio por varios segundos, muy triste y pensativa. Me preguntaba cuánta gente me odiaba por solo ser una persona que todos etiquetaban de perfecta o digna de admirar; si de verdad era querida en este lugar, como siempre había creído.

Entonces, tras mucho dudar, decidí preguntarle a la primera persona que estaba detrás de la puerta:

— ¿Me odias, no? Dilo con toda tu sinceridad…—

Ella tardó en contestar, no sé si dudando, preguntándose si responder o no aquella atípica pregunta:

— Más de lo que tú te imaginas…— Al final, fue sincera conmigo.

— Pues, debes estar contenta…— Eso le dije, a continuación. — Estaba llorando hace un momento. —

Y ella se sintió molesta por mis palabras, en vez de sentirse alegre o feliz por eso, una reacción que yo creía prever.

— ¿Quieres que sienta lastima de vos? — Me lo preguntó con una voz arrogante.

— Eso no me interesa para nada…— Decidí jugar con fuego. — Lo que me interesa ahora es esto: ¿Por qué me odias? — Quería saber y entender por qué alguien me podría odiar.

Klara me respondió rápidamente, con normalidad: — Vos sos como una Mary Sue, un personaje muy odioso, porque es absolutamente perfecta, en todos los sentidos. — Pero a medida que hablaba su tono se estaba volviendo más agresivo. — Eres guapa, inteligente, amable, sin ningún defecto. Una persona irreal, dónde su sombra traga a los defectuosos. —

Y calló por unos segundos, antes de empezar a golpear compulsivamente la puerta del servicio, mientras gritaba totalmente llena de ira:

— ¡Cada vez que veo tu cara, me dan ganas de vomitar! ¡Deseo golpearte y romperte la cara sin parar! — No dejaba de gritar y de golpear la puerta. Más bien, parecía estar más enfadada consigo mismo que conmigo y se estaba desconsolando de esa manera. Al final, añadió esto, antes de empezar a llorar:

-¡¿Por qué, por qué?! ¡Maldita boluda! ¡Sólo me haces recordar lo falsa que soy! —

Solo los gritos desconsolados de Klara rompía el silencio que produjeron aquellas palabras. Me di cuenta de que me odiaba porque yo era mucha más auténtica que ella; y de que tenía dos caras. Más bien, una máscara ante los demás. Entonces, todo lo que veíamos de aquella chica en las clases no era más que una farsa, una mentira que le estaba haciendo mucho daño.

En aquellos momentos me compadecí de ella y no podría evitar sentirme mal por aquella chica. Así que con voz comprensiva le solté esto:

— Ahora tú me das lastima… ¡¿No te cansas de tener una máscara!? —

Sabía que soltar aquellas palabras sólo provocaría la ira de Klara, quién reaccionó de una forma muy violenta:

— ¡Te odio a muerte, Martha Malan! — Eso me gritaba, tras dar un fuerte puñetazo contra la puerta del servicio. — ¡Por tu culpa, he tenido que sincerarme! —

Y salió corriendo tras hacer eso, dejándome en los servicios, a pesar de que su misión era traerme a la clase. De todas formas, ya iría hacia allí más tarde.

Mientras tanto, estaba pensando en algo, sentada sobre la taza del váter. Si el culpable o los culpables deseaban destruir mi fama de chica perfecta, entonces, yo les ahorraría todo el trabajo:

— Demostraré a Klara y a los demás lo falso que es mi perfección. Es algo muy fácil, después de todo. — Pensé en voz alta, mientras formaba mi plan.

Salí de los servicios totalmente decidida, formando un plan en mi mente que podría detener el recorrido que estaba realizando este podrido asunto.

Al entrar, me di cuenta de que era segunda hora, ya que estaba nuestro profesor de lengua inglesa. Todo el mundo volteó la cabeza hacia mí cuando se dieron cuenta de mi presencia, con mucha curiosidad por lo que me había pasado.

— ¡Por fin has vuelto, Martha! — Megan Truman me dio la bienvenida con mucho sarcasmo.

— ¡¿Estás bien!? — Y Vladimir me preguntó esto, muy preocupado.

— ¡¿Malan, ya estás mejor!? — Y se le unió otro profesor que, al parecer, supo lo que paso en la primera hora.

— Por supuesto que no…— Les respondí sinceramente, mientras me dirigía hacia la pizarra, con la intención de ponerme delante de ésta.

— ¿¡No quieres irte a descansar…!? — Y él me preguntó esto, instando a que me fuera de la clase y podré cambiar de aires.

— Muchas gracias, pero antes de eso, quiero hacer algo, ¿me puede permitir mantener una charla con toda la clase? — Le agradecía el bonito detalle, pero tenía que comenzar con mi plan.

— ¿¡Qué intentas hacer, señorita Malan!? — Eso me soltó, extrañado por lo que le estaba pidiendo. Tal vez, la primera vez que alguien le pedía algo así al profesor, quién solo deseaba seguir con la clase.

— Es ahora o nunca. Sé que voy a gastar una parte de su clase, pero se lo pido, por favor. Déjame hacer esto, sólo esta vez. —Insistí lo mejor que pude para convencerle y conseguir robarle varios minutos de clase. Era por mi bien y el de aquellas personas que me estaban acosando.

— ¿¡Está relacionado con lo del pupitre!? — Me preguntó seriamente y yo le respondí con la misma seriedad:

— No solo eso, también de los rumores y de otras cosas. Me gustaría que fuera un tema privado, que soltaría en plena clase. Pero no me queda otra alternativa. —

Me sorprendió que cediera más rápido de lo que creía, pero así fue, para mi suerte: — Vale, pero que sea rápido. —

Y entonces, ante la mirada perpleja de toda la clase, yo estaba en mi posición y los observé a todos. Desde Vladimir, que se le notaba en la cara que estaba bastante confuso y se preguntaba qué iba a hacer yo, hasta la esquiva mirada de Klara y la de desprecio de Megan.

Con esto en mente, respiré e inspiré muy hondo, preparándome para lo que les iba a soltar, que era un discurso muy largo pero necesario:

— ¿Ustedes creen en la perfección, en que hay seres humanos que no tienen ningún defecto? Muchos dirían que no, y yo soy de la misma opinión, aunque me lo creí por un largo tiempo…—

Como si fuera un milagro caído del cielo, todo el mundo me estaba escuchando en silencio y totalmente atentos. La única que estaba hablando era mi persona:

— Todo el mundo tiene defectos y todos han cometidos errores, algunos muy horribles. Creer que una persona es perfecta, es idolatrarla y provoca una bonita ilusión, la cual con el tiempo se derrumbará y solo provocara decepción e incluso odio. Eso les pasará hoy conmigo. —

Di una pequeña pausa para descansar las cuerdas vocales y seguí hablando:

— Soy buena en los estudios y en los deportes, soy popular, y también amable. Eso es la imagen que tienen otros de mí. Pero, en realidad, yo he provocado errores, que ninguna persona perfecta se debería permitir, en el caso de que existiera…—

Y entonces alguien me interrumpió, tras darse cuenta de mis intenciones, no era nada más ni nada menos que Vladimir, aquel buen amigo y en el cual hice mucho daño en el pasado.

— No lo digas…— Se dio cuenta de que lo iba a contar y estaba muy aterrado. — ¿¡Por qué quieres contarlo!? Si tú lo dices,…—

— Esto es lo mejor, ¡no te preocupes! — Le interrumpí con un rostro sereno, con una sonrisa en la cara. Ya era demasiado tarde, había tomado una decisión que podría trucar toda mi tranquila vida escolar. Pero, así tenía que ser. Había sido perdonada y estaba agradecida, pero era hora de pagar por las consecuencias de mis acciones.

Era irónico que la misma persona que acosé en el pasado, me pidiera que me detuviera y evitara contar aquel error que cometí a toda la clase. Más bien, el simple hecho de que fuéramos amigos tras eso superaba la propia ironía.

De todas maneras, estaba preparada para perder aquella estúpida fama. Todos estaban sobrecogidos, esperando con emoción y miedo, lo que yo quería decirles. Tras inspirar e respirar, lo solté con todas mis fuerzas:

— Provoqué un caso de acoso escolar el año pasado, en dónde yo era el agresor. Le acosaba virtualmente, mandándole mensajes con amenazas o hackeando sus redes sociales para manipularlos a mi antojo. Le robaba cosas de la mochila para tirarlos a la basura o a la calle y le mandaba su mesa al suelo cada día. Y muchas cosas más, miles de ellas horribles, y todo por no tolerar un rechazo. —

Todos estaban boquiabiertos, muy sorprendidos e incrédulos por lo que estaban oyendo. Nadie, ni siquiera el mismo profesor, se lo podrían creer, salvo Vladimir:

— Martha Malan, la niña genio…Más bien, la imagen que todos tenían de mí nunca haría eso. Pero lo hice y no tengo ninguna excusa para esto. Por supuesto, hay más cosas, que mejor ocultaré, por el momento. —

Hice una pequeña pausa, a continuación, y el lugar se lleno de cuchicheos. Todos estaban espantados con mi revelación, les estaba costando asimilarlo.

— ¡¿En serio, de verdad!? — Gritaba horrorizado un chico de la primera fila.

— ¿¡Entonces, quién no dejaba de molestar a Vladimir era Martha!? — Eso soltaba, muy asombrada aquella chica de lazo rojo.

Klara reaccionó, levantándose de la silla y señalándome con su dedo mientras me estaba diciendo esto:

— ¡Es imposible! — No se podría creer que yo hubiera una cosa tan fea de mí, delante de toda la clase. — ¡¿Sabes qué estás destruyendo tu propia fama!? ¡¿Lo sabes, verdad!? —

Tal vez, para Klara, lo que estaba haciendo era sacrificando mi valiosa fama, aquella imagen perfecta que tenían los demás sobre mí; algo que ella jamás se atrevería a hacer.

— Es absurdo…— Y Megan tampoco lo podría asimilar, reaccionó de una forma parecida a Klara.

Decidí continuar con mis palabras y volví a seguir hablando. Rápidamente, los cuchicheos desparecieron.

— Les aviso de que es real, verídico, no como aquellos rumores que circulan hacia mí. Y tengo testigos en dónde podrá afirmar el verdadero contexto en el cual tiene aquella fotografía. Por eso, quiero que los que me estén acosando, que aquellas personas se muestren ante mí. Su objetivo, que es bajar de las nubes a la doña perfecta Martha Malan ya se ha cumplido, ya no hay necesidad de acosarme y de extender falsos y estúpidos chismes. —

Paré un segundo, con la vana esperanza de que los culpables decidieran revelarse. Pero eso era muy optimista de mi parte, porque sólo hubo cuchicheos y nadie se atrevía a levantar la mano. Así que seguí dando mi discurso:

— Pero sé que no se mostrarán tan fácilmente. Por lo menos, aquí. Por eso, les propongo un trato: Después de clases, a las cinco de la tarde, estaré esperando en el parque de al lado de nuestro colegio. Si acuden, no les diré a los profesores quienes sois ni os pongo una denuncia ni nada parecido. —

Volvió a ver una reacción de asombro entre los presentes, que volvieron a ser sorprendidos por mis palabras. Yo, por mi parte, terminé y decidí volver a mi pupitre, que aún seguía pintorreado, pero no estaba tirado en el suelo.

— ¡¿Pero qué estás diciendo, señorita Martha!? — Entonces, mi profesor me preguntó esto, aún atónico por mi discurso.

— No lo repetiré de nuevo. Espero que hayan entendido. —Y eso le dije a él, y también estaba dirigido hacia los demás, que asintieron en silencio mis palabras.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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