Centesíma primera historia

La chica perfecta: Novena parte, centésima primera historia.

Y aquí me encontraba, en el parque situado al lado de la escuela, a pocos minutos de las cinco de la tarde, esperando a que el culpable apareciera ante mí. Al salir del colegio, hace algunas horas, me dirigí a este lugar, incapaz de ir a mi casa u otro sitio, y acompañada por Vladimir, aunque no era parte de mi plan que lo hiciera. Quería estar sola, o dar la apariencia de que lo estaba, así que le pedí que se escondiera, mientras les comunicaba a mis padres que iba a volver muy tarde con alguna mentira conveniente.

La pregunta que me estaba rondando en aquellos momentos es si iba a aparecer, delante de mí; o no, convirtiendo esta fastidiosa espera en una pérdida de tiempo. Aunque había una gran probabilidad de que no se atreviera encontrarse conmigo cara a cara, sentía que lo iba a hacer. No sabía decir si esto era una especie de premonición u otra cosa. En fin, aquella cuestión se me reveló cuando llegaron las cinco de la tarde, con la aparición de alguien, cuya revelación no fue una sorpresa.

— Ya estoy aquí, Martha. — Su voz parecía tranquila, aunque me miraba con unos ojos llenos de rabia y desprecio. Era nada más ni nada menos que Megan Truman. Iba bastante casual, llevando una sudadera de color azul, una falda blanca y pantimedias negras; y se estaba acercando lentamente hacia mí, quién aún tenía el uniforme del colegio, con las manos en los bolsillos. Aunque esperaba que fuera Klara.

— Es curioso, una parte de mí estaba seguro de que llegarías, culpable. — Le dije con una voz serena pero firme. No sabía si sentirme decepcionada o aliviada de que fuera ella.

— No hagas sonar esto como si fuera una novela de misterio…— Y con desprecio, me soltó esto.

— No era mi intención hacerlo…— Mientras yo me lo tomaba con poca seriedad, manteniendo mi usual tranquilidad.

A continuación, hubo varios segundos de silencio entre nosotras dos. Yo estaba tranquila pero seria, mientras observaba cómo Megan miraba al suelo con mucha rabia, apretando con fuerza sus puños. Al parecer, se estaba preparando para decirme algo:

— ¿Por qué, por qué, hiciste eso? — Y eso hizo, pero gritando con todas sus fuerzas e incapaz de controlar su furia.

— ¡¿De qué hablas!? Solo hice lo que querías, nada más. — Después de eso, era eran sus motivos a mi entender. — ¿Te sientes mal por eso? —

Si les digo algo, aquella reacción no me sorprendía y a la vez estaba sorprendida. Por una parte, esto era lo que estaba buscando, fastidiándole el plan, sacrificando mi propia fama. Pero por otra, no entendía por qué se ponía así si eso era lo que ella buscaba.

A continuación, Megan, incapaz de controlar su ira, se acercó rápidamente hacia mí y me cogió del cuello, mientras me gritaba esto:

— ¡Cállate, cállate! — Estaba a punto de llorar. — ¡Era mi única oportunidad para superarte y lo has arruinado! ¡¿Por qué siempre vas un paso por delante!? —

No lo entendía, para nada. ¿Superarme? ¿De verdad estaba tan obsesionada con ese objetivo? ¿Por eso, hizo todas esas horribles cosas? ¿Me acosó virtualmente, y luego empezó a hacerlo en la escuela, con ese objetivo? ¿Propagó y extendió todo esos rumores por tal cosa? ¿En serio, me tenía tanto odio y rencor porque no podría alcanzarme?

Si esa era la razón, aún cuando podría ser entendible, me pareció estúpida, ilógica y decepcionante. Esa no era la respuesta que quería oír, no era la que deseaba para verme sido blanco de su odio y rencor.

Y me enfadó muchísimo, más de lo que creía. Por aquel estúpido motivo, Josefina había sufrido aquel horrible acoso virtual en mi lugar, Vladimir y Nadezha tuvieron que preocuparse por mí, engañó a mucha gente soltando rumores sin sentido sobre mi persona y tuve que soportar todo eso. Una sensación horrible corría por mi cuerpo y estaba a punto de estallar.

— Me gustaría preguntarte algo…— Eso le dije en voz baja, antes de soltarme de sus manos, soltándole un gran tortazo en toda la cara y añadirle esto a gritos, mientras se alejaba de mí con unos pocos pasos: — ¿¡Todo aquel acoso virtual, todos esos falsos rumores, todo eso es producto de una razón tan simple!? —

Ella se tocó suevamente en el lugar en dónde le había bofeteado, con una mirada aturdida y llena de pura rabia contra mí.

A continuación, hubo un corto e incómodo silencio entre nosotras, mientras nos mirábamos fijamente con mucho odio. Al final, Megan decidió hablar, soltando esto, totalmente ida de control.

— ¡Tú no lo entenderá, jamás lo harás, por mucho que te dijese! ¡Ni siquiera sé a qué estúpida razón has llegado a pensar, pero da igual! — Lo gritaba, mientras rompía a llorar descontroladamente y mientras pateaba sin parar al suelo de la rabia.

A pesar del odio que estaba sintiendo por ella, también sentía pena por aquella chica que llegó a obsesionarse conmigo de esa forma. Tal vez, ese motivo no fuera tan estúpido, después de todo.

— ¡¿Y ahora por qué te quedas tan callada!? ¡Sabes que me estoy poniendo más enfadada de lo que estoy! ¡Lo sabes! — Y Megan me gritó esto, a continuación. Yo no respondí nada, solo me mantuve callada, porque no sabía cómo reaccionar. Pero eso mismo solo la frustraba, aún más.

— ¡Joder, joder!- Soltaba a gritos esto, mientras caía de rodillas y golpeaba el suelo sin parar. — ¡Yo solo quería alcanzarte, superarte y me esforcé, con todas mis fuerzas. Aún así, fracasé. Estudié con todo lo que pude pero fracasé. Probé todo los métodos que encontraba para hacerlo, pero fracasé. Por eso…por esa misma razón…terminé…—

¿Por qué aquella chica deseaba superarme? ¿Qué tenía yo de especial para que ella deseara ir tras ese logro? No lo entendía, no podría encontrar una respuesta que me ayudará a entender. Ninguna ecuación compleja, ninguna teoría científica, ninguna ley, ningún tratado de psicología ni de biología; todo lo que había leído, comprendido y recopilado en mi cerebro, no me ayudaba a comprender aquella situación. Más bien, sentía un bloqueo que ni el más prestigioso científico del mundo podría desatacar.

Pero lo único que sabía era que sentía una gran pena por aquella chica llamada Megan Truman, que por culpa de aquel objetivo se había convertido en todo lo contrario que hubiera deseado. Jamás me superó, sólo consiguió hundirse hasta al fondo. Por eso, me acerqué a ella con la intención de darle un abrazo y consolarla, a pesar de todo el odio que estaba sintiendo hacia ella. Y aquel gesto de compasión fue rechazado violentamente por ésta, quién al ver lo que iba a hacer me empujó violentamente y me tiró al suelo.

— ¡No me toques, maldita perra! ¡Tú tienes la culpa de todo, si no fueras inalcanzable, si no fueras una genio…! — Eso me gritaba, antes de haberme tirado al suelo.

Tal vez, en el pasado me sentí un genio, alguien perfecto; pero en aquellos momentos, todo eso me parecía puras falsedades y me sentía muy estúpida, la más idiota de todo este planeta, por ser incapaz de encontrar la respuesta apropiada para terminar este horrible situación. Aquel molesto sentimiento me hizo dar cuenta de lo que yo era realmente, de quién era Martha Malan.

¿Niña genio? ¿Chica perfecta? Nada de eso era yo. Cometo errores y meto la pata, más o igual que una persona normal y corriente; hay momentos en los cuales soy incapaz de resolverlos adecuadamente, creo en mil y unas cosas que podrían ser bien falsas, me rió de chistes que pueden ser vulgares o poco inteligentes, me molesta que me traten como alguien de mi edad e incluso puedo llegar ser más estúpida que cualquiera. Por todo eso y mucho más, me sentía muy humana, alguien muy alejado del ideal de perfección.

Y  me levanté poquito a poco, mientras pensaba en todo eso, llegando a una conclusión, sobre mí, Martha Malan. Y era algo que deseaba comunicarle, no solo a ella, sino al mundo entero.

— ¡Te equivocas, en eso! ¡Totalmente! — Le grité a ella, con todas mis fuerzas. Y no solo era Megan, todo el mundo, incluso yo; estábamos equivocados sobre mi persona.  Era solamente alguien más de los miles que habitaban el planeta.

Megan se quedó callada por unos segundos, para luego reaccionar de esta manera, mientras su cara se estaba poniendo morada y sus brazos estaban presionando contra su estomago, como si le estaba doliendo:

— ¡Mentira, mentira! ¡Te he observado…! ¡Tú nunca te esforzaste en nada, para ti todo lo que te enseñaban ya lo sabías, lo entendías incluso antes de que te lo explicaran en clase! ¡Para ti eso solo eran juegos de niños, una sola distracción, nada más! —

Lo expresaba como si yo la estuviera sobrestimando, como si declararme como alguien igual a ella y a los demás era un insulto o burla. Pero eso era verdad.

Es verdad que la primaria no era un reto para mí, a pesar de cursar en el colegio más difícil de todo Springfield. Todo lo que me enseñaban en la escuela ya lo sabía, cosas básicas que a mis otros compañeros de clase les estaba costando aprender. Mientras intentaban superar aquellas dificultades, yo sacaba sin parar dieces y me dedicaba a cosas más interesantes para mí.

Por primera vez en mi vida me di cuenta de lo alejada que yo estaba de mis compañeros de clase. Mientras resolvía varios problemas de razonamiento lógico matemático, ellos intentaban solucionar un caso simple de algebra. Mientras hacia un comentario de texto sobre un tratado sobre Aristóteles, estos intentaban aprobar el examen de dos temas sobre historia antigua, el cual era sólo un resumen de las civilizaciones mediterráneas. Mientras el profesor intentaba hacerles entender un concepto que les parecía difícil de comprender, yo cuestionaba mentalmente su forma de argumentar y pensaba una mejor forma, más sencilla y entendible.

Jamás me esforcé realmente porque no tenía nada que superar. Por eso, la primaria me aburría y solo deseaba llegar directa a la universidad, pasando de largo la secundaria o la preparatoria, porque sentía que estos tampoco serían un reto para mí.

Nunca me di cuenta de cómo me observaban los demás, nunca me puse en la piel de alguien que se esforzaba sin parar y luchaba para no suspender. Al verme sacar dieces sin parar y al darse cuenta de que yo no me estaba esforzándome, estaría perplejo y frustrado. Se preguntaría una y otra vez cómo podría ser eso posible, por qué yo lo conseguía sin ninguna dificultad y ella tenía que sudar sangre para alcanzar una buena nota. Eso tenía que ser un horrible sentimiento que podría consumir a cualquiera que lo tuviera, uno parecido al de sentir impotencia ante una injusticia que quedaba sin ser condenado.

Tal vez, eso era lo que sentía Megan, que ante ella había una verdadera injusticia. Pensó que esto estaba mal, que no estaba siendo recompensada correctamente por mucho que se esforzará.

Mientras yo estaba pensando en todas estas cosas, ella seguía estando de rodillas. Tenía ansias y luchaba por no vomitar, mientras seguía llorando. Sentí que tenía que ayudarla.

— ¡Lo siento mucho, de verdad…! — Me sentía muy mal, a pesar de que no hice nada malo. Tal vez, fuera porque no me di cuenta de sus sentimientos hasta ahora. Le pedí disculpas, mientras me acercaba para levantarla y ayudarla a vomitar, pero ésta me detuvo con la mano.

— ¡Cállate, cállate! ¡No tengas compasión de mí! ¡Sé en lo que me he convertido y tú también! ¡Doy asco, realmente asco…! —

Eso me gritaba descontroladamente, con un rostro lleno de lágrimas y de asco. Me di cuenta de que ella se había dado cuenta de lo que se había convertido realmente y se estaba odiando a sí misma.

— Y lo menos que deseo es que… La persona que odio con toda mi alma tenga compasión de mí…— Y añadió algo más, dejándome claro que su orgullo no la dejaba aceptar mi ayuda.

Entonces, mientras dudaba si hacer caso a mi lógica o a sus deseos, ella se levantó con todas sus fuerzas y aún con ganas de vomitar e incapaz de andar bien, corrió de mí, huyendo a toda velocidad. Yo la dejé ir, aún cuando tenía una imagen muy lamentable. Jamás me sentí más miserable como en aquel momento.

— ¡Esto se siente tan horrible! — Caí de rodilla al suelo y no dejaba de golpearlo con mi mano una y otra vez. — ¡Realmente tan horrible! —

No sabía exactamente qué sentimiento estaba recorriendo por todo mi cuerpo, pero era uno que me hacía sentir muy mal. Sin darme cuenta, ya que sólo me estaba fijando en el suelo, alguien se acercó a mí y con voz comprensiva dijo esto:

— ¡No debes sentirte mal por todo esto, de verdad! — Esa voz era de alguien a quién yo conocía bien.

— Pero siento que es mi culpa, de alguna manera…— Y le dije eso, mientras levantaba la vista para ver a Nadezha.

— ¡Pero tú no tienes la culpa de nada, absolutamente nada! ¡No te deprimas! — Y aquellas palabras de apoyo era de la persona que estaba junto con ella, Vladimir.

— Muchas gracias, de verdad…— Les agradecí el apoyo. — Aún así,… —Pero ese sentimiento no desaparecía con esas palabras.

Y Nadezha me interrumpió, mientras me daba la mano y añadía esto, con una sonrisa consolador: — No es tu culpa y punto. Eso es todo. —

Tal vez, ella tuviera razón y aquel sentimiento estaba nublando mi capacidad para pensar correctamente. De todos modos, aquel gesto calmó un poco mi corazón y decidí agradecerle eso, aceptado aquella mano que me estaba dando.

FIN DE LA NOVENA PARTE

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