Centésima segunda historia

En éxtasis: Última parte, centésima segunda historia.

Eran las doce y punto de la mañana cuando Megan empezó a abrió poco a poco sus ojos. Ella estaba tapada en una cama de hospital, con una vía intravenosa en uno de sus brazos y conectada a un monitor cardíaco. A su lado estaba yo, sentada en una silla y tejiendo una camiseta de algodón.

No me di cuenta de que se despertó, ya que estaba realmente concentrada en tejer; hasta que ella misma me preguntó esto:

— ¿Dónde estoy? —

Sus palabras me dieron un pequeño susto porque no me lo esperaba. Al observarla, vi como Megan estaba aún muy adormilada y le costaba abrir totalmente sus ojos, mientras miraba de un lado para otro. Yo me quedé en blanco por unos segundos, sin saber cómo reaccionar.

Me sentía feliz por ver que Megan estaba despierta, tanto que tenía ganas de llorar. Pero a la vez, estaba realmente furiosa con ella por haber hecho aquello. Esos contradictorios sentimientos me impedían pensar con claridad y actuar de una forma correcta.

Mientras tanto, Megan pudo darse cuenta de donde estaba y de que yo estaba a su lado. Primero, me miró fijamente, luego volvió a observar a todo su alrededor y soltó estas palabras en voz baja.

— Entonces, sigo viva…—

Lo dijo con tristeza, como si no quería seguir viviendo. Y yo, no me pude controlar. Mis emociones estaban a flor de piel y le di un enorme guantazo en toda la cara.

— ¿¡Por qué hiciste eso!? — Eso le grité, mientras mis ojos se llenaba de lágrimas. —  ¡¿Por qué!? —

— Yo, la verdad es que…— Ella se quedó callada, incapaz de decir algo.

Yo estaba recordando con especial amargura lo que ocurrió la noche anterior, después de que ella se tomará un montón de pastillas para provocar una sobredosis y morir, delante de mis propios ojos.

A los cinco segundos de tragárselos, ella cayó de rodillas contra al suelo, mientras se agarraba la parte izquierda del pecho con mucha fuerza.

Empezó a gritar de dolor y su cuerpo no dejaba de temblar y sudar. Su cara era puro sufrimiento y horrorizada me di cuenta rápidamente de lo que le pasaba: Estaba teniendo un infarto.

Con toda la rapidez que podría la cogí y la hice vomitar, mientras le gritaba a Lafayette para que llamara a la ambulancia de inmediato. La senté, le afloje la ropa y empecé a controlar su pulso, a continuación. Ella tenía la mirada perdida pero aún parecía estar consciente.

La ambulancia llegó enseguida y yo me monté en ella, no deseaba por nada del mundo desprenderme de Megan. Recé con todas fuerzas para que ella pudiera sobrevivir. Eso era lo único que tenía en mente, durante todo el trayecto. Por suerte, en el hospital, pudieron estabilizar su estado, tras horas de verdadera angustia.

Fueron unas horas realmente horribles y angustiosas que me parecieron eternas. El corazón me iba a mil, tanto que parecía que también me estaba dando un infarto. Mi mente se llenaba de terribles suposiciones mientras intentaba pensar positivamente. Si ella hubiera muerta, no sé que me hubiera pasado.

Con esto en mente y totalmente encolerizada, no le dejaba de gritar, mientras lloraba como una magdalena.

— ¡No solo atentaste contra tu propia vida…! ¡Ibas a destrozarles el corazón a tus padres, a tu familia, amigos y sobretodo… A mí! —

Por esa razón estaba tan enfadada con Megan. Ella no pensó en los demás, en lo doloroso que podría llegar a ser perder a alguien. Y no sólo hablaba de mí, sino de sus padres que no sabían nada de que su hija se había ido de casa y cuando se enteraron de la noticia, casi le dieron un ataque de nervios. No paraban de llorar y gritarles explicaciones a los médicos desesperados.

— Yo,…— Ella apenas se atrevió decir una palabra, mientras yo seguía hablando.

— ¡Nos hubiera perseguido la culpa durante años, por no habernos dado cuenta de tus problemas, por no poder ayudarte y darte la salida! ¡No sólo cometerías un crimen contra ti misma, sino contra todos! —

Aquellas palabras fueron tan fuertes que creo que se escucharon por todo el hospital. Me pasé un poco, pero no podría controlar lo que sentía.

Hubo un corto silencio a continuación entre las dos. Me sentí mejor, tras haber dicho todo eso, aunque seguía llorando. Soltar aquellas palabras me consoló un poco.

Megan sólo me estaba mirando fijamente, mientras le empezaba a salir las lágrimas. Entonces, me abrazó con mucha fuerza.

— L-lo siento mucho, de verdad. Malia, lo siento…— Eso me decía, entre sollozos, mientras me abrazaba.

— ¡Ya está todo bien, ya está, sigues aquí con vida! — Y yo también lo hice, la abracé con todas mis fuerzas.

— Perdóname, Malia…— No hacía más que repetir eso, una y otra vez.

— ¡Ya está todo bien! — Y yo no paraba de decirle eso, sin parar.

Así estuvimos un buen rato, hasta que llegaron sus padres. A Megan le dio mucha vergüenza cuando se dio cuenta de que ellos vieron aquellas escenas.

Tras eso, pasaron los días. Ella les contó a sus padres todos lo que le pasó en los últimos meses y decidió someterse a una terapia de desintoxicación. También tuvo que quedarse al hospital unas pocas semanas, algo que no deseaba para nada. También tuvo que tener que tomar pastillas para el corazón por el resto de su vida, por desgracia. De todos modos, aunque fuera poquito a poco, se estuvo mejorando notablemente.

Y yo la visitaba cada día y estaba gran parte de las tardes con ella. Le alegraba mucho que viniera porque se aburría como una ostra en el hospital.

En uno de esos días, llegué tan tarde por culpa del trabajo, que ya estaba a punto de anochecer. Tras llegar con las prisas, entré y le saludé.

— Hola, ¿cómo estás? — Tras decir eso, ella me preguntó, sorprendida, cómo había tan tarde. Yo se lo expliqué. Después empezó a quejarse.

— Me gustaría salir del hospital de una vez. Apesta está todo el día en la cama. — Eso lo soltaba mientras movía su cuerpo de un lado para otro.

— No tengas prisa. Por lo menos, estará unas semanas por aquí. — Y le repliqué, mientras me sentaba a su lado.

— ¡Qué fastidio! — Soltó otro quejido.

Me dio mucha pena ella, entendía lo frustrante que podría ser pero no había más.

— Tal vez, debería traerte algo para que puedas distraerte. — Eso le decía mientras buscaba algo en mi bolso, por si había algo que le ayudase a perder el tiempo, mientras dejaba algo en el suelo.

— ¿Y eso qué es? — Ella me preguntó por la cesta de comida que me había traído.

— Un regalo de tus padres, como agradecimiento. —

Después de lo que pasó, ellos me tratan muy bien y siempre desean ayudarme. Están muy agradecidos conmigo por haber ayudado a su hija y evitar que se matará.

— Me sorprende, ellos no son de esos que le dan regalos a los demás. —Por otro lado, ella se quedó sorprendida por aquel gesto de amabilidad.

— Entiendo. — Eso le dije con una sonrisa.

Luego, vino un corto silencio entre las dos. Megan se calló de repente, se estaba preparando para preguntarme algo que parecía ser muy importante. Yo solo me quedé en silencio, esperando su pregunta.

— ¿P-por qué me quisiste salvar? — Lo dijo bastante roja, mientras esquivaba mi mirada nerviosamente.

— ¿Por qué te quise salvar…? — Me quedé algo pensativa por varios segundos. —…era porque sabía que necesitabas ayuda. —

— Yo siempre pensé que era porque te recordaba a tu hermana pequeña, de alguna manera. Pero me ha dado cuenta de que ese no es el motivo. — Tuvo una pequeña pausa. — L-lo siento…—

— ¿Él qué? — Eso le pregunté.

— Por decirte eso, en aquel día…— Dejó la frase a medias por no atreverse a terminarlo. Pero yo adiviné de qué se trataba.

“¿Es por qué te recuerdo a tu hermana, verdad?”

Esa frase volvió a sonar en mi cabeza y eso hizo que recordará a Sasha.

— No pasa nada. — Agregué, intentando no recordar malos recuerdos. Además, aquello que dijo Megan no me dolió mucho y sólo fue producto del mal momento que tuvimos.

Entonces, ella se quedó mirando hacia abajo, totalmente roja, con ganas de decirme otra frase que le costaba pronunciar. Pero tras respirar e inspirar, se atrevió a decirlo.

— Y…— Aunque lo dijera en voz baja. — Muchas gracias por todo…—

— De nada. — Y le solté esto con mi mejor sonrisa.

En aquel momento, me sentí muy feliz por haberla salvado y teniendo la sensación de que una persona muy especial para mí me observaba con orgullo y satisfacción desde el cielo.

FIN

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Onceava parte, centésima segunda historia.

Lafayette me contó lo que pasó cuando se encontró a Megan, en aquel puente peatonal mientras yo la buscaba desesperadamente por las calles de la ciudad. No me dijo cómo la encontró ni cómo la reconoció ni cuándo llegó, sólo después de haberme llamado a los pies de aquella pasarela.

Observó como ella estaba mirando fijamente las vías del tren mientras estaba agarrada a la barandilla. De vez en cuando giraba la mirada de un lado para otro y se preparaba para ponerse en el borde del puente, pero no se atrevía. Estaba claro para Lafayette, Megan quería suicidarse.

Entonces, Lafayette decidió subir con tranquilidad al puente, mientras le decía esto:

— ¿¡Por qué le estás creando tantos problemas a Malia!? — Eso le dijo en un tono amigable.

Megan, sorprendida, giró la cabeza hacia ella y casi cayó al suelo del puente:

— ¡¿Quién eres!? — Gritaba, boquiabierta. — ¡¿Cómo la conoces!? —

— Eso da igual. También me da igual que te mates, pero le destrozarías el corazón a Malia. — Le soltó Lafayette, mientras se ponía a pocos pasos de ella.

Megan estaba tan sorprendida que no podría reaccionar. Lafayette me dijo con un tono burlón que ella debía estar preguntándose quién era aquella negra y por qué la conocía a ella y a mí.

— ¿Por qué le mandaste un mensaje a ella…? — Lafayette siguió hablando. — Es porque querías que ella llegaría a última hora y evitarás que te matarás, ¿no? —

Entonces, hubo un corto silencio, sólo roto por el paso de un tren, que pasó por debajo de ellas a una velocidad increíble. Luego, Megan pudo reaccionar y le gritó esto:

— ¿¡Y eso qué te importa!? —

Entonces, aquellas palabras solo provocaron que Lafayette le dieran un gran puñetazo que la hizo tirar al suelo. Cuando me lo contó le regañé, diciéndole que no fuera tan bruta con una niña. Creo que me ignoró.

— ¡No te pongas chulita, estúpida de mierda! — Le gritaba, mientras se acercaba a ella y le levantaba del suelo, cogiéndola del cuello. — No me importas nada, ni tu vida ni tus subnormalidades ni nada de eso. A Malia, sí. —

Megan no dijo nada, solo ponía una cara que decía claramente que tenía ganas de llorar. Lafayette la soltó y se sentó en el suelo.

— Ella es de esas personas que cuando eligen a alguien, no parará hasta ayudarle. Por mucho que le niegues su ayuda, ella te lo ofrecerá. —

Megan no dijo nada, solo se acercó a la barandilla, observando de nuevo el vacío. Lafayette se puso los brazos cruzados mientras miraba el cielo.

— Matarte solo le harás mucho mal. — Y con esto dicho, hubo otro silencio entre ellas que pareció durar una eternidad hasta que Megan lo rompió.

— Yo…— Lafayette la observó, mientras se levantaba. — He hecho muchas cosas malas… No me lo merezco…— Se dio cuenta de que Megan estaba llorando como una magdalena. —…que ella me ayude…—

Megan estaba llorando desconsoladamente, murmurando algunas palabras. Debía de tener una expresión totalmente triste, una que rompería el corazón a cualquiera.

— He caído tan bajo, esto es lo que me merezco…— Se sentía tan culpable y tan miserable que empezó a golpear la barandilla con sus manos sin parar por la rabia que sentía.

Luego, volvió a mirar hacia al vacio, llena de dudas, mientras apretaba con todas sus fuerzas en el bordillo. Una parte de ella no quería morir, quería seguir viviendo; pero por otra parte se daba tanto asco que deseaba matarse.

— ¿Pero no quieres hacerlo? — Le preguntó Lafayette, mientras las dos se miraban fijamente. — Si quieres, muérete. No te lo impediré, pero ten en cuenta esto…— Y puso una cara tan aterradora que hizo que Megan se echará para atrás. — Te odiaré con toda mi alma. —

Vino más silencio. Según Lafayette, estaba harta de las pausas silenciosas que estaban teniendo, porque le eran tan incomodas que le ponían atacada de los nervios. Tras pasar unos minutos, Megan volvió a hablar, cabizbaja:

— No puedo mirarle a la cara…— Lafayette se preguntaba qué quería decir exactamente con esas palabras, pero se mantuvo callada mientras Megan seguía hablando con un tono bajo y triste, con miles de lágrimas recorriendo por sus mejillas.

— Todo este tiempo, mientras ella me invitaba a su casa, yo me uní con una compañera para acosar a otra. Estaba enfadada conmigo misma, por no haberla superado a una chica brillante, demasiado para mis ojos. Quería alcanzar su trono, pero era imposible de alcanzar. Por mucho que estudiase, por mucho que hiciera los deberes, jamás me pude acercar. —

Megan alzó la mano hacia al cielo, cómo si intentará coger la luna creciente que les estaba observando desde el cielo.

— Con el tiempo se volvió una obsesión para mí. No pensaba más que en eso, necesitaba conseguirlo, fuera como fuera. Empecé a copiar, probando miles de métodos hasta lo más estúpidos. No dio resultado. Es más, su trono se hizo más inalcanzable para mí. —

Bajó el brazo violentamente para golpear la barandilla. Su cara demostraba una mezcla de horribles sentimientos en ella. Sentía mucho asco y odio hacia sí misma, también rabia y furia, mientras las lágrimas no paraban de salir de sus ojos.

— Luego, oí de una medicina que mejoraba la inteligencia y la busqué. Me volví adicta a ella, terminé siendo drogadicta. Y ahí, mis notas cayeron en picado. —

Y empezó a patear al suelo sin parar, mientras gritaba con toda su ira:

— ¡Y estaba llena de rencor y odio, por cómo terminé! ¡Busqué el éxito, superar a los mejores, tal como me dijeron mis padres y mis profesores! ¡Pero…! ¡Pero acabé siendo un asco de persona! —

Tal vez, aquella idea la llevó hasta aquellos extremos. Ella se forjó un orgullo, gracias a su dedicación en los estudios, que la llevó a ser la mejor en sus clases. Eso hizo que sus padres, profesores e incluso compañeros tuvieran altas expectativas en ella, incitándola a subir un escalón más.

Y terminó chocando un muro que no pudo superar, destrozando su orgullo en mil pedazos.

— Al final, no me culpé a mí misma, sino a la chica que no podría alcanzar. Me uní con una compañera para hacerla caer de su trono, destruir su fama, hacer su vida imposible y hundirla hasta que no fuera capaz de aprobar ni un solo examen; pero…—

Finalmente terminó haciendo el mal, desesperada y sin encontrar una salida. Su sufrimiento crecía como una bola de nieve y nadie le dio la mano. Más bien, ella no se dejó ayudar.

Tras dar una pequeña pausa, volvió a observar a la luna y empezó a alagar la mano hacia ella.

— Ella se hizo mucho más inalcanzable, al darme cuenta en lo que me convertí, en cómo intenté hacerla daño para ser mejor que esa chica. —

Estaba atrapada en una obsesión que solo la arrastraba hacia peor y nadie se dio cuenta de eso, ni siquiera ella misma. ¿Cuánto habrá sufrido, cuánto daño habrá hecho? No lo sabía decir, pero debió ser horrible, algo que jamás yo podría imaginar.

Lafayette no dijo nada más, se quedó callada mientras observaba el paisaje. Megan solo estaba limpiándose las lágrimas. Hubo otro silencio incómodo que pareció interminable hasta que yo llegué y empecé a gritar su nombre.

FIN DE LA ONCEAVA PARTE

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Décima parte, centésima segunda historia.

Al despertarme, noté como un tono naranja que entraba de las ventanas  inundaba toda la habitación y mi cama. Al parecer, estaba atardeciendo y yo había estado durmiendo toda la tarde.

— ¿Qué ha pasado? — Preguntaba adormilada, mientras me levantaba de la cama.

Y del sofá se levantó Lafayette, al ver que me había despertado. Con una aparente indiferencia en su rostro, respiró aliviaba antes de preguntarme esto:

— ¡Solo tenías sueño, nada más! — Se acercó a mí. — De verdad, no das más que problemas. —

— Perdón, estaba tan preocupada por este asunto que no pude pegar ojo. —Eso le dije avergonzada. Reía nerviosamente, sintiéndome culpable por haber preocupado a mis compañeros de trabajo y a Lafayette, que se notaba que estaba muy preocupada por mí, aunque se estuviera haciendo la dura.

— No tienes remedio. — Agregó, mientras soltaba una pequeña sonrisa. Yo le sonreí y ella se puso nerviosa, poniéndose seria mientras se sentaba en la cama.

— Por cierto, ha sido fácil conseguir información de esa chica. — Eso me dijo, tras dar un pequeño suspiro.

— Ah, ¿de verdad? — Me sorprendió lo rápido que fue.

A continuación, me empezó a explicar quién era Megan Truman. Una chica de clase media alta cuya economía familiar no distaba problema alguno, algo que me sorprendió bastante, porque ella vivía bien, o eso parecía. Sus padres tenían trabajos buenos, pero apenas tenían tiempo libre. Por eso, ella pasó sus primeros años en varias guarderías y en las tardes siempre estaba sola, a pesar de que ellos tenían contratada a una limpiadora, para dejar la casa limpia.

Tuvo todos los caprichos posibles pero pasaba todo el rato. Eso me dio mucha pena, si les digo la verdad. Tal vez, para pasar el rato y para sentirse alagada por sus padres, al llegar a la escuela, empezó a estudiar como loca. Con duro esfuerzo y dedicación, aprobó todos los exámenes que podría, llegando a ser propuesta para ir a otras escuelas más dignas y con más posibilidades de futuro.

Después de todo, ella asistía a uno público, considerado por uno de los peores de toda la cuidad. Eso fue hasta hace dos años, en dónde ella se traslado a una escuela mucho mejor. Tras cambiarse, a lo primero sacó buenas notas, pero poquito a poco fue empeorando llegando a tener los peores de todo el recinto, por alguna razón desconocida.

Me dijo cuáles eran los colegios y guarderías, en dónde fue ella, en que trabajaban sus padres, la dirección de su casa, y muchas más cosas con todo lujo de detalles. Todo eso me dejó boquiabierta. Me sorprendió mucho que Lafayette hubiera encontrado toda esa información, y en tan poco tiempo. Por eso le pregunté con mucha curiosidad:

— ¿Y quién te lo ha dicho? —

Y ella me respondió simplemente:

— Contactos. Nada más. —

Lafayette es una persona tan misteriosa, que a veces me frustra el hecho de que ella no me diga nada de lo que está haciendo.

Entonces, el lugar estuvo en silencio por varios segundos. Yo estaba muy callada, pensando en cómo actuar, tras haber conocido aquella información.

¿Qué tenía que hacer ahora? Esa era la pregunta que tenía en mente. Quería terminar este asunto lo más rápido posible, pero si me precipitara podría acabar peor que lo que está ahora. El plan era convencerla de que dejara las drogas y se desintoxicará, pero no sabía cómo ejecutarlo. No sería una tarea sencilla.

Y mientras esforzaba con todas mis fuerzas mi mente para encontrar la solución a mi dilema, algo me sorprendió y me dio un buen susto. El teléfono móvil. Di un chillido.

— ¿Por qué gritas? ¡Sólo es el móvil! — Gritó Lafayette, molesta, tras escuchar mi chillido. Yo me disculpaba por haber hecho eso, mientras lo cogía. Era un SMS, de un número desconocido. Pero al leerlo supe de quién era:

Lo siento mucho, de verdad, Malia.

Megan Truman.

Al leer aquellas palabras casi me iba a dar un ataque, porque se leía cómo si ella se iba a despedir, de este mundo.

— ¿Qué te pasa? — Me preguntó Lafayette, que al ver la cara de horror que puse se levantó toda preocupada y se acercó hacia mí.

— Tengo un horrible presentimiento. — Le dije con una cara de espanto, mientras le enseñaba el mensaje.

Sin darle tiempo a Lafayette a reaccionar, yo me fui a la entrada para salir a la calle. Ella me preguntó a dónde iba a ir:

— Tengo que buscar a Megan…— Eso le respondí, mientras salía a la calle, corriendo como loca.

Tenía que encontrarla lo más rápido posible, porque sabía que iba a cometer una verdadera locura, a pesar de que buscarla por todo la ciudad y sin ninguna pista sería como buscar una aguja en un pajar. Pero no había tiempo.

Por cada calle que cruzaba, gritaba su nombre y su apellido, mientras corría todo lo que podría e intentaba pensar en dónde iría ella para cometer tal cosa tan horrible.

No sé cuanto pasó mientras hacía esa carrera por toda la cuidad, pero lo sentí como una eternidad. Cuando ya no pude más, terminé en un parque que estaba al lado de una escuela. Me senté en un banco con la intención de recuperar un poco mis fuerzas antes de continuar. Mi corazón latía a mil, y deseaba levantarme y seguir buscándola, pero mi cuerpo no podría más.

Entonces, en ese mismo momento, el móvil empezó a soñar y lo cogí. Era Lafayette. Pensé que seguramente me iba a preguntar qué había pasado y se lo iba a explicar, pero ella me soltó esto:

— Me he encontrado con esa Megan. — Esas palabras me alegraron muchísimo.

— ¿Y dónde está? — Le pregunté rápidamente.

— En lo alto de un puente peatonal. — Me respondió. Le pregunté en dónde exactamente y me lo explicó. Estaba algo lejos de dónde yo estaba, pero aún así salí corriendo hacia allí.

— Voy hacia allí. — Añadí.

— La distraeré todo lo que pueda, pero no voy a esforzarme a evitar lo que quiere hacer. —

— ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué va a hacer Megan? — Eso le grité, pero ella cortó la llamada.

Y un gran escalofrío recorrió por todo mi cuerpo, porque esas palabras me dejaron claro que Megan iba a hacer algo aterrador. Por eso, me esforcé ir más rápido que nunca.

Y mientras corría todo lo que podría, empecé a recordar algo relacionado con mi pasado. Una promesa que le hice a alguien.

— Te prometo que ayudaré a todos aquel que necesita mi ayuda. De verdad. —

Aquella promesa que le dije a una persona muy importante para mí no dejaba de sonar en mi cabeza. Ella me salvó y me enseñó que ayudar a los demás era un deber. Le prometí seguir su camino. Y no sólo eso.

— Cuida bien de tu hermana… Ella te necesita… Haz de ella una gran persona. —

Pero fracasé. No salvé a Sasha. Ni a mi madre. Ni siquiera estoy segura de haber salvado a Lafayette. Ni a nadie. En aquellos momentos, sentía que había fracasado en seguir su camino y en mi deber. Un horrible sentimiento se expandía por toda mi persona, ¿de verdad, lo estaba haciendo bien?

Si pudiera haber actuado a tiempo, Megan no hubiera llegado a estos extremos. Si lo hubiera hecho mejor, ella no se iría a matar. Metí la pata y podría estar muerta ahora.

Al pensar en aquella posibilidad, caí al suelo.

— Estúpida, eres estúpida…— Me maldije una y otra vez por pensar en eso, mientras me levantaba del suelo.

Por supuesto, que metí la pata. Pero aún así quedaba esperanza, de poder salvar a Megan. No debería pensar en esas cosas hasta haberla salvado. Eso era lo único que tenía que estar en mi mente.

Salvar a otros, aún a pesar de destruirme a mí misma, eso fue una promesa que le hice a aquella persona, a mí misma y hacia todo el mundo. Es el camino que elegí. Si lo estoy haciendo mal, solo tengo que hacerlo bien.

Y me puse a correr lo más posible, para alcanzar a Megan y a tenderle una mano. Aquel especial recuerdo volvía una y otra vez a mi cabeza.

En una estrecha habitación, humilde y sobria, sobre una blandita cama se encontraba alguien que está en su lecho de muerte. A su lado, se encuentra una pequeña niña que agarra con todas sus fuerzas una de sus manos, con el deseo de no dejarla escapar hacia al cielo.

Esa niña llora descontroladamente, triste de saber que aquella persona, una anciana amable y bondadosa, iba a partir. Esa era yo.

— No te pongas triste, Malia…— Ella me consolaba dulcemente. — Tal vez, me iré muy lejos, aún así, siempre estaré contigo. —

— Pero… pero… ¡no quiero que te vayas! — Le suplicaba, mientras le agarraba con fuerzas su arrugada mano. — ¡Quédate un poco más conmigo! —

No quería por nada del mundo que ella se fuera. Era demasiado importante para mí.

— P-por desgracia… No podré hacerlo…— Me acarició gentilmente la cara, con una sonrisa. — Está cerca mi hora. —

Luego, empezó a estornudar varias veces, de forma violenta. Yo le pregunté que le pasaba y ella me soltó esto.

— Pero, aún así, estoy feliz… Te he enseñado algunas cosas que te ayudarán… en tu vida. —

Las dos nos habíamos abrazado con fuerza. Me di cuenta de que ella también estaba llorando, pero no dije nada. Luego, ella añadió:

— Sé una gran muchacha, ayuda a todo aquel que lo necesite, enséñales a los demás el buen camino y sé bondadosa con todos. —

Le respondí con toda mi sinceridad, me decidí convertir aquellas palabras en realidad: — Te prometo que ayudaré a todos aquel que necesita mi ayuda. De verdad. —

— Cuida bien de tu hermana… Ella te necesita… Haz de ella una gran persona. — Luego, me dijo esto.

— Lo haré, no te preocupes. — Y se lo dije claramente.

— Me alegra, de verdad. — Me lo dijo con una cara de felicidad que nunca podría olvidar.

Yo siempre quise ser como ella, fue mi modelo, quiero ser de inspiración a los demás. Le prometí salvar a los demás y eso es lo que siempre intento hacer. Habré fracasado un montón de veces. Pero aún así, no me voy a rendir.

Por eso, debo tenía que llegar lo más rápido posible, tengo que salvar a Megan. Quiero salvarla. A ella, a toda persona que está en problemas.

Y después de cruzar calles sin parar, llegué ante un puente peatonal que cruzaba las vías del tren. Allí estaba Lafayette, delante de Megan, en el punto central de aquella infraestructura. Al verla salva y sana, me alivie muchísimo.

Rápidamente, subí al puente, gritando su nombre: — ¡Megan, Megan! —

Ella, sorprendida, giró la cabeza hacia mí y se quedó en silencio. Luego, mientras yo me estaba recuperando del esfuerzo, Megan me soltó esto:

— ¿Por qué? ¿Por qué, estás aquí? — Eso me gritó, conmocionada.

— T-te estaba buscando…— Le decía mientras seguía recuperando el aliento.

Y al levantar la vista, vi a Megan sacarse del abrigo que tenía puesto una bolsa llena de pastillas.

— ¿Q-qué vas a hacer? — Pregunté, aterrada.

— ¡Lo siento, de verdad! — Me gritó con lágrimas en los ojos, antes de tragarse todas las pastillas que tenía en la bolsa.

— ¡No lo hagas! — Chillé, mientras salí corriendo hacia ella, para hacer que escupiera todo lo que hubiera tragado.

FIN DE LA DÉCIMA PARTE

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Novena parte, centésima segunda historia.

Después de eso, las dos nos dirigíamos tranquilamente hacía mi casa. Yo aún seguía llorando por el mal rato que había pasado.

— ¡Ya ha pasado, no te ha pasado nada! ¡Fin del asunto, deja de llorar! — Me decía Lafayette con una mueca de incomodidad.

— Perdón, es que fue bastante horrible…— Me limpié las lágrimas con mis pañuelos.

— ¿A quién se le ocurrió buscar a un camello para hablar? — Y al soltar esta pregunta, me sorprendió que supiera eso. Es más, ¿cómo supo encontrarme allí y salvarme en aquel momento?

— ¿Y cómo me encontraste? — Y se lo pregunté.

— Te estuve vigilando desde ayer, eso es todo. — Me respondió con toda la despreocupación del mundo, mientras cruzaba las manos.

— ¡Eso no se hace! — Le respondí algo enfadada. Eso me molestó, porque estaba muy preocupada por ella y quería verla de nuevo. En vez de espiarme, debería haberme saludado, por lo menos.

— Tal vez…— Eso dijo, entre risas. Luego, puso cara seria y me preguntó esto: — ¿Pero en qué problema estúpido te has metido ahora? —

A continuación, le expliqué todo lo que me había pasado con Megan, desde que la conocía hasta los últimos acontecimientos. Lafayette me escuchó atentamente y terminé cuando ya había llegado a las puertas del edificio en dónde estaba viviendo.

— Tch… Realmente no tienes remedio. Ahora intentas ayudar a niñas drogadictas. Siempre te atraen las peores, ¿no? — Eso me soltó cuando le terminé de contar mi historia.

— No es eso… Esa chica necesita ayuda, que la salven. — Le repliqué, deteniendo mi marcha, y la de ella.

— Pero no lo quiere, no desea que la salven. Déjala pudrirse en su estupidez por no haber aceptado tu ayuda. — Sus palabras me molestaron mucho, aún cuando fuera algo que diría Lafayette.

— Eso es cruel…— Le volví a replicar. — En el fondo, lo desea, quiere pero no se atreve, algo le impide hacer eso. —

Tal vez fuera su orgullo, el miedo a ser odiaba por caer en las drogas o por culpabilidad; pero sus ojos me decían otra cosa, que deseaba ser rescatada, que alguien le tendiera la mano y la condujera hacia una salida.

— Ya veo. — Dio un suspiro. — ¿Y si realmente no desea que la salven, si quiere autodestruirse, o algo así? —

— Si pasaría eso… Si ella misma deseara destruirse, la detendría. Aún cuando eso significaría pisotear sus propios deseos. — Eso le dije con toda mi seriedad y mi sinceridad.

Y con una leve sonrisa, Lafayette me acarició la cabeza, mientras me decía esto: — De verdad, no tienes remedio. —

Luego, entre nosotras hubo un corto silencio, antes de que Lafayette me dijera esto:

— Bueno, no tengo nada que hacer. Así que te ayudaré en esto. — Aquellas palabras me alegraron muchísimo.

— Ah, ¿en serio? — Le cogí de las manos, totalmente feliz y con una gran sonrisa en la cara. — ¡Muchas gracias, por ayudarme a mí, y a Megan! —

Creí que fui un poco brusca con ella, porque se puso bastante nerviosa cuando la cogí de las manos. Rápidamente, se soltó las suyas y me dijo esto:

— No es eso. No me interesa ayudar ni me importa la vida de esa cría, pero no se te puede dejar sola. —

Aunque ella actuó algo borde y con poca sinceridad, aquel gesto me pareció algo lindo y me fue muy gracioso, tanto que empecé a reír. Ella, al verme, se quedó muy extrañada y me preguntaba qué me pasaba. Yo le decía que nada, mientras empezábamos a andar y a subir por las escaleras.

Al llegar a la puerta de la casa, estaba dudosa, preguntándome que tenía que hacer; y decidí consultarle a Lafayette:

— ¿Y ahora que vamos a hacer? — Le dije, mientras abría la puerta.

—Tú te quedas en casa, mientras yo busco información sobre esa Megan. — Me respondió Lafayette.

— ¿Cómo harás eso? — Me dio un poco de curiosidad, si les digo la verdad.

— A diferencia de ti, tengo contactos. — Y eso me soltó, mientras entrabamos en la casa.

— ¿No debería acompañarte? — No quería dejarla sola. Estaba preocupada por ella, ya que sospechaba que los contactos que seguramente ella tenía no podrían ser personas muy agradables.

— No, fin del asunto. — Y con esta dura negativa, terminó con aquella conversación.

Luego de esto, estuvimos hablando de otras muchas más cosas en la cocina. Le pregunté en dónde estuvo y qué estaba haciendo, pero ella me respondía que no me lo iba a decir. Ese misterio me tenía en vilo, pero no le di mucha importancia. De todas maneras, tuvimos una buena charla que tardó horas, hasta que se hizo de noche, cuando se marchó sin decirme nada, antes de que empezara la cena.

Tras cenar, decidí acostarme y dormir bien, para ir al trabajo al día siguiente. Pero antes de eso, tenía que hacer algo.

-Buenas noches, Señor. Solo le pido que me ayude a salvar a una chica que ha cometido un pecado…-

Rezarle a Dios para ayudar a Megan, mientras me ponía de rodillas delante de la cama, juntando mis manos y cerrando mis ojos fuertemente.

— Bueno, ella ha caído en la tentación y ahora ha acabado adicta a las drogas. No sé muy bien las razones por lo que decidió tomar eso, pero debió haber estado muy acorralada, sin salida, para haber terminado así. El demonio, el mal, la engañó y la está llevando directa a su propia autodestrucción. Por eso…— Apreté mis manos con todas mis fuerzas, mientras elevaba el tono de mi voz. — ¡Le pido que me ayude en salvar a aquella chica, sólo eso! —

Luego, le pedí que cuidara de todas mis amistades y los protegiera de todo mal, sobre todo para Lafayette. También le pedí que si Sasha seguía viva, que él le ayudara a ir por el buen camino. Al final, terminé con esto:

— También he conocido a alguien que se ha vuelto siervo del demonio y hace todo mal posible a los demás. Espero que le ayudes a mostrar el camino, para que se arrepienta y no sea condenado a ir a los infiernos. —

Deseaba la salvación de aquella persona, a pesar de que casi me iba a hacer cosas feas, tan horribles que no podría ni imaginar. Pero me daba mucha pena tanta maldad en una persona y quería que se diese cuenta de que estaba haciendo el mal y que se arrepintiera. Es algo que si le dijera a Lafayette, ésta no entendería, por mucho que se lo explicase. Más bien, creo que pocos serían capaces de comprenderlo.

Después de todo, muchos no serían capaces de desear la salvación de aquellos que han hecho mal, ya sea a él mismo, a sus seres queridos o al mundo entero. Pero yo sí, porque creo, con toda mi fe, que todos pueden ser salvados. Todos pueden arrepentirse y coger el buen camino, aún cuando parezca que sea demasiado tarde. Esto es lo que pienso.

Entre otras cosas, creo que le pedí mucho, pero lo necesitaba. Rezarle es un hábito que acostumbró a hacer, aún cuando muchos me digan que eso es inútil. Siento que Él me escucha y eso me relaja y me tranquiliza, de alguna manera. De todas maneras, que sea lo que Dios quiera. Yo, por lo menos, intentaré estar preparada para cualquier cosa que ocurra con este asunto.

Tras esto, me acosté para dormir de una vez. Pero no pude hacerlo. Estaba tan preocupada que no pegué ojo. Y cuando lo hice, estaba a punto de amanecer. Solo dormí una hora y algo.

Al día siguiente, me fui al trabajo como si fuera cualquier día normal y corriente, con mucha dificultad; y el lugar estaba como siempre, nada fuera de lo común ocurrió. Aún así, yo estaba tan nerviosa y preocupada con el asunto que no podría trabajar en buenas condiciones. Mis compañeros e incluso mis propios jefes, me preguntaban qué si me pasaba algo malo. Yo les respondía a todos que no, ocultándoles mis verdaderas preocupaciones; e intenté hacerlo lo mejor posible, con poco éxito. Finalmente ellos mismos terminaron mandándome a casa. Incluso alguno se ofreció acompañarme, pero me negué amablemente, porque no quería causarles más problemas.

Aunque me hubiera gustado que me hubieran acompañado, porque en el viaje de vuelta me costaba mucho estar despierta mientras caminaba.

Al volver, me encontré con Lafayette, esperándome en la misma puerta de mi casa. Al verme, me saludó con esto:

— ¡Has vuelto más pronto de lo que creía! — Eso dijo de forma desocupada, antes de mirarme fijamente y poner una cara de espanto.

— Bueno, me han obligado a volver a casa, para descansar. Aún a pesar de que estoy bien y todo eso. — Dije, mientras notaba cómo mis ojos me pedían descansar y daba un gran bostezo. Estaba muerta de sueño.

Al decir eso, empecé a tambalearme sin parar, y Lafayette se acercó rápidamente para cogerme.

— ¡Pues no te ves bien! —  Me gritaba. — ¡Tienes un aspecto horrible! —Con una cara de mucha preocupación hacia mí.

— Solo necesito dormir un poco. — Y eso le solté, antes de cerrar los ojos.

Luego, todo se volvió negro. Me quedé dormida sobre Lafayette.

FIN DE LA NOVENA PARTE

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Octava parte, centésima segunda historia.

— No me esperaba que una preciosidad como tú me estuviera hablando. — Eso decía aquella persona muy feliz. — ¡Qué suertudo estoy hoy! —

— ¿Hacia dónde nos dirigimos? — Y yo le pregunté esto, porque me dijo que nos fuéramos de allí, que no era un lugar para charlar con él; y me estaba llevando hacia algún sitio.

— Hacia un lugar en dónde podemos hablar en privado. — Me respondió. Y me ponía algo nerviosa, porque sentía que no debía estar sola con aquel muchacho.

Estábamos recorriendo una calle en dónde yo nunca había estado, en mitad de un barrio residencial situado en los límites del norte de la cuidad. Al llegar a una pequeña casa que parecía estar abandonada, éste se acercó a ella y abrió la puerta a patadas.

— Aquí podemos hablar. — Eso me soltó, mientras entraba a la casa.

Yo miré aquella casa fijamente. Parecía ser una de madera, de doble pared y de color blanco. Solo tenía un piso y un tejado de tejas rojos a cuatro aguas. Sus ventanas estaban tapadas con tablones de madera y hacían que por dentro no se viera mucha luz. Dudé si entrar o no, pero él me pidió que entrara y le hice caso. Crucé lo que parecía un pasillo y llegué a una habitación enorme.

En el centro estaba él, quién me preguntó esto, mientras se sentaba en una silla que estaba media podrida: — ¿Y qué es lo que quieres de mí, monada? —

— ¿Conoces a Megan Truman? — Eso le dije y él se quedó pensativo por varios segundos.

— Ah, esa niñita…— Dio un grito de sorpresa. — Es un cliente habitual. —

— ¿Cliente habitual? — A pesar de que ya lo sabía, iba a preguntar, aunque tenía un poco de miedo. — ¿Entonces…? —

— Vendo droga, merma; soy un camello. — Y aquel muchacho me interrumpió, respondiéndome con esto, mientras se quitaba la capucha y mostraba su cabeza.

Era un chico joven con larga nariz, enormes labios y cejas, de cabello negro, con mucho pelo en la cabeza. Tenía una tez morena.

— ¿Y qué hacías ahí, delante de un centro de desintoxicación? — Le pregunté. No entendía porque alguien que vendía drogas estuviera en las puertas de un sitio en dónde la gente intentaba dejar su adicción por aquellas cosas.

Lo que me soltó, me dejó boquiabierta y aterrada: — Pues buscar clientes. Nada más. Es muy fácil hacer que vuelvan a engancharse. —

Y lo dijo con una sonrisa en la cara, como si no tuviera vergüenza.

— Eso es horrible…— Agregué con espanto.

— ¡Oye, no me mires con esa cara! ¡Solo estaba haciendo negocios, nada más! — Se levantó de la silla. — Bueno, dejando eso de un lado, ¿qué pasa con esa Megan? —

Casi se me olvidaba eso, mi intención era buscarlo para pedirle algo, aunque no sabía muy bien el qué. En aquel momento, tras espantarme con sus palabras, estaba muy claro lo que deseaba decirle:

— ¿¡Podrías hacer el favor de dejar de venderle drogas? — Le grité con toda mi seriedad.

Lo dejé con la boca abierta y tardó varios segundos en reaccionar:

— ¿Qué? ¿Lo dices en serio? — Eso me preguntó, incrédulo y trastornado.

Luego, se quedó mirándome y al ver que yo estaba totalmente seria. Empezó a decir esto, bastante nervioso:

— Ok, ok. ¡Escúchame, ella me paga muy bien! ¡Me buscó solamente para que le vendiera esa mierda para hacerla más inteligente! ¡Y se la di, a muy buen precio! —

Eso solo me enfureció, aquel muchacho me intentaba convencer para que Megan siguiera adicta a esa droga. Sólo le importaba que ella le siguiera dando dinero.

— Pero eso le está haciendo mucho daño, ¡la podría matar! — Y le dije esto claramente a aquel muchacho que estaba yendo por tal mal camino.

— No es mi problema, ella se lo buscó. ¡Quería el psicomab, algo que la hiciera más inteligente; pues se lo di! — Y soltó esto con un tono burlesco.

— ¿¡Cómo puedes decir algo así!? — Eso le grité, totalmente espantada por lo que estaba oyendo. Aquella persona se estaba excusando, no aceptaba que era responsable; diciendo que no era su problema, sino el de ella por haber sido engañada y enganchada.

Y él siguió exponiendo su vomitivo argumento: — Son los negocios, monada. Es lo que manda. El cliente pide lo que quiere y se lo damos, aún cuando sea peligroso para él. Lo importante son los beneficios. —

Se estaba engañando a sí mismo, excusándose de esa manera. Aquel chico no se daba cuenta de todo el mal que estaba haciendo a los demás, o más bien no le importaba. Solo le interesaba usarlos para conseguir de ellos dinero. Me estaba dando arcadas y me ponía furiosa con él, pero intenté controlarme y evitar que mi ira no me dominase. Eso era el plan.

— ¿¡Qué negocios ni qué leches!? ¡Tú estás vendiendo cosas que enganchan a los demás, los haces totalmente adictos con tu basura, ganas dineros a costa de su salud y de su vida! ¡¿Crees que eso está bien?! —

Le grité con toda la fuerza de mi voz, mientras intentaba controlar toda mi ira.

— ¡Vamos, relaja la raja! ¡No vayas a ponerte moralista! — Y esto fue la gota que colmo el vaso. Me soltó eso con un tono burlesco tan hiriente que no pude más.

Entonces, yo le di un buen tortazo en toda la cara que le dejó marca y casi lo iba a tirar al suelo. Y su actitud hacia mí cambió totalmente.

— Maldita puta…— Me miró con ganas de matarme.

Y yo, al darme cuenta de lo que le hice, le pedí perdón: —  ¡Lo siento mucho, no era mi intención hacerlo, de verdad! —

Me sentía muy mal por haberle pegado, aunque se lo merecía. Fui dominada por mi ira e hice algo impropio de mí.

Él solo siguió mirándome con esa cara aterrada mientras comprobaba con la palma de la mano cómo quedaba su moflete después de ser abofeteado. Luego, empezó a caminar alrededor mío en silencio, antes de soltarme todas estas palabras:

— ¿Quieres saber algo? El medicamento ese, llegó a unas pocas escuelas y los mismos niños vendían o daban a sus compañeros aquella mierda. Al ver que eso era más merma que medicamentos, yo solo los imité, conseguí por todos los medios lo que pude y me convertí en el único distribuidor cuando dejaron de sacarlo en el mercado. Todos los niñatos iban a mí, sin importar el precio que valía. Pero cada vez eran más difíciles de conseguir. A mí no me importaba mucho, porque eso solo hacía que fuera más codiciado y caro. De todas maneras, para seguir manteniendo el negocio, tuve que hacer pasar otras drogas por el psicomab. Y esos idiotas no se dieron cuenta. —

A continuación, éste me soltó todas estas palabras, con un tono muy desagradable, mientras tapaba la única salida de la habitación, sonriendo y riéndose de una forma muy macabra.

— ¡¿No te das cuentas de lo que estás haciendo!? — Eso me horrorizó totalmente. — ¡¿No sabes el mal que estás haciendo a los demás!? —

No sólo había engañado a Megan para engancharla a una droga tan peligrosa, sino también le dio otras, igual o más terribles que el psicomab, haciéndolos pasar por éste. Tal vez, la razón por la cual apareció por mi casa de esa manera fue que tomó algo distinto de lo que estaba tomando.

— A mi me importa una mierda, ¡es su problema, no el mío! Yo solo estoy haciendo negocios. — Y lo peor es que ese chico era más horrible de lo pensaba, actuaba como si fuera un verdadero demonio.

Al ver a aquella persona que seguramente destruyó la vida de Megan y de otros, burlándose de ellos, me dio tanto coraje que me entraron ganas de llorar de la rabia. No podría aguantarlo por mucho que quisiera, era muy horrible para mí.

— ¡Es una excusa horrible, realmente horrible! — Eso le gritaba, totalmente llena de ira y llorando una barbaridad, incapaz de controlarme lo que estaba sintiendo, por mucha voluntad que le ponía.

Él, cuando vio que yo estaba llorando, se puso muy feliz, en un sentido realmente aterrador. Entonces, me di cuenta de que estaba metida en un buen lío.

— ¡¿Estás llorando!? — Eso me decía, mientras se acercaba, poquito a poco, y sacaba la lengua. — ¡Ay, qué lindo es verte llorar! —

Tenía una mirada perturbadora y sacó de su bolsillo un arma blanca. Ahí si di un chillido de terror.

— ¡¿Qué estás haciendo!? — Le grité.

— Solo vamos a hacer algo divertido, nada más. — No quería saber nada más, sus intenciones estaban claras.

— ¡Aléjate de mí! — Eso le solté, mientras me alejaba de él, dando pasos para atrás hasta chocar contra una pared.

A pesar de todo el miedo que sentía, empecé a pensar en alguna manera para defenderme. Y tenía que reaccionar rápido, antes de que pusiera e la navaja sobre mí y me inmoviliza.

— Es tu culpa, por hacerme caso y ser llevada a un lugar en dónde podría pasarte cosas malísimas. —

Me arrepentí mucho por no haber sido cauta, por no haberme dado cuenta de que esto podría pasarme y de que aquella horrible persona me condujo hasta aquí con tales intenciones. Había cometido una equivocación y lo iba a pagar caro. Pero, aún así, había una posibilidad de poder salir ilesa de aquella horrible situación. Y era atacar antes de ser atacada. No me gusta la violencia, pero era la única solución para escapar. Y cuando estaba a pocos pasos de mí, y mientras yo me preparaba para golpearlo; alguien se puso detrás de él Y lo estaba apuntando con una pistola:

— Un paso más y te dejo parálitico, capullo de mierda. —

A pesar de las palabras malsonantes y ese tono amenazador, me sentí muy feliz de que apareciera ella: Lafayette.

— ¿Q-quién eres? — Eso tartamudeó aquel chico, mientras temblaba como un flan.

— ¿Quién seré? Eso no es la cuestión. La cosa es si sueltas esa mierda de navaja y sales corriendo como nena de aquí, lo más lejos posible; bajaré la pistola que podría cargarse tu espalda, ¿trato hecho? — Eso le dijo ella.

— S-sí, sí.  —Y él dejó caer su navaja, antes de que Lafayette bajara la pistola y se pusiera a un lado, para que éste saliera como un cohete.

Luego, vino unos segundos de puro silencio, que fueron interrumpidos por estas palabras de Lafayette: — En serio. Me voy por unos meses y vuelves a meterte en otro lío gordo, te gusta meterte en…—

No pudo terminar la frase, porque salté hacia ella para darle un gran abrazo.

— ¡L-lafayette! ¡G-gracias a Dios… p-por haberme salvado! — Eso le gritaba, entre sollozos. — ¡H-he p-pasado mucho miedo…, pero muchísimo miedo! — Mientras lloraba como una magdalena y le abrazaba con todas mis fuerzas.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Séptima parte, centésima segunda historia.

Al día siguiente, fui despertada por un fuerte grito, mientras estaba teniendo un sueño del cual no recordaba nada. Del sobresalto, caí al suelo, intentando levantarme del sofá en dónde estaba durmiendo.

— ¡¿Qué ocurre, pasa algo!? — Eso gritaba yo, mientras me levanta con rapidez del suelo, algo aturdida.

— ¡¿Qué hago aquí!? ¡¿Por qué estoy en bragas!? ¡¿Qué ha ocurrido!? — Y Megan, totalmente intranquila, seguía chillando, incapaz de entender cómo ella llegó hasta mi casa.

— ¡Tranquilízate, te lo puedo explicar! — Le grité, mientras me acercaba a ella.

Al verme y tras mirarme fijamente, Megan se quedó callada por varios segundos, poniéndose a inspirar e respirar sin parar hasta haberse tranquilizado.

Y cuando terminó, soltó estas palabras: — ¡¿Entonces, yo…!? —

Puso una cara de espanto, imaginándose todo lo que pudo haber hecho. Al parecer, no recordaba nada y yo decidí explicarle todo lo que ocurrió la noche pasada.

— Mierda…— Gritaba, muerta de vergüenza. — Solo recuerdo que tuve sueño muy extraño, que parecía tan real. Esas pastillas fueron demasiadas…—

— ¿Otras pastillas? — Eso pregunté, al escucharla, y ella se tapó la boca al momento.

— ¡No he dicho nada! — Me replicó.

— No te preocupes, yo te puedo ayudar…— Entonces, le solté esto con amabilidad y le ofrecí mi mano.

Ella sólo se quedó en silencio durante varios segundos, cabizbaja, hasta que soltó estas palabras en un tono muy desanimado: — ¿Me ves cómo una drogadicta, no? —

— ¡No es eso! — Le respondí. No quería hacerla sentir mal o estúpida por haber caído en las drogas.

Entonces, Megan apartó mi mano a un lado de un tortazo, gritándome esto: — No necesito tu compasión, ¡déjame en paz! —

— Pero necesitas ayuda…—

Metí la pata diciendo esto, porque sólo la enfurecí y Megan me gritó, tal vez humillada porque creyó que yo la veía como una persona enferma.

— ¿Y qué más da? No los necesito. — Pero su rostro pedía desesperadamente ayuda. — Lo siento mucho, de verdad. Es que… Es que… Yo no quiero que tú me ayudes… Por nada del mundo…—

Se calló de repente para añadir luego estas palabras, en voz baja: — No lo merezco…—

Al darse cuenta de que dijo eso, se tapó la boca otra vez y se levantó de golpe de la cama. Al parecer, no quería decir aquellas palabras, aunque yo no entendía qué quería decir con eso exactamente.

— Pero, aún así…— Eso le decía, mientras veía que ella se dirigía hacia la calle. La detuve con todas mis fuerzas, la agarré del brazo.

— ¡No te lo repito una vez más, déjame en paz! — Y ella me gritó, mientras intentaba liberarse de mi mano.

— ¡Espera un momento! — No iba a dejarla salir a la calle en bragas.

— ¿Por qué, por qué esas supuestas ganas de ayudarme? ¡Sólo soy una desconocida para ti! —

— Yo,… — Se lo iba a explicar.

— ¡Suéltame! — Pero ella me interrumpía, gritándome.

— ¡Escúchame Megan,…! — A pesar de que le pedía el favor de escucharme con atención. — ¡Por favor! —

A continuación, ella dejó de intentar liberarse de mí, y me preguntó esto: — ¿Por qué te fijaste en mí? —

Yo no sabía qué decir, porque me lo soltó de una forma muy repentina y no pude reaccionar con total rapidez. Al momento, ella me gritó esto también:

— ¿Es por qué te recuerdo a tu hermana, verdad? —

Eso me dejo más sorprendida que la primera pregunta, pero esta vez pude responder claramente: — Pues claro que no. —

— ¡No la pudiste ayudar y ahora está desaparecida, y te sientes tan mal que, por esa razón, quieres meterte en mis asuntos, sólo porque te recuerdo a ella! ¡Si no fuera por eso, yo te importaría una mierda! —

Megan estaba llegando a unas conclusiones muy precipitadas y sin sentido alguno.

— ¡Te equivocas! — Agregué. Ella se liberó de mí, empujándome al suelo. Yo me levanté rápidamente, mientras corría hacia la puerta de la calle.

Al ver que ella estaba abriendo la puerta, yo le volví a gritar: — ¡No te vayas, Megan! —

— Lo siento mucho, de verdad. — Me dijo ella bastante desolada.

— Pero estás en bragas…— Y eso le solté, no pude más.

— Ah, es verdad…— Megan se miró y recordó que estaba en esas pintas, poniéndose totalmente roja.

Entonces, se sintió como si el momento dramático que habíamos creado se rompió en mil pedazos y sólo se respiraba incomodidad en el aire. Yo no sabía que decir y ella, tras estar en silencio por algunos segundos, decidió hablar y soltar esto: — ¿Me puedes dar mi abrigo? —

Al final, se lo di, ella se lo puso y dejé que se marchara, mientras mi mente estaba completamente en blanco. No pude pensar correctamente hasta que hubiera pasado una hora.

Ella rechazó mi ayuda y la dejé irse, pero, aún así, deseaba salvarla, y en aquellos momentos, más que nunca. Aunque no lo reconocía, Megan pedía ser ayudada. Aunque creía que no lo merecía, yo lo iba a hacer. Aunque me dijera mil veces que no le salvara, lo haría. Esto era lo que había decidido y nada me podría cambiar de parecer.

Y tenía una pista que la misma Megan me lo dio, una persona que la engañó, vendiéndole unos fármacos muy peligrosos con la promesa de que iba a mejorar los estudios; con el nombre de “Dragonfly”.

Con esto en mente, decidí salir a la calle en su búsqueda y me dirigí al primer lugar que se me ocurrió: Un centro de desintoxicación cercano de mi barrio.

Bueno, la idea era ver si alguien de los que estaba asistiendo para curar su adicción sabía sobre el paradero de aquella persona, además de que conocía allí gente que me podrían ayudar. Estuve de voluntaria en aquel lugar, por unas semanas.

Tras montarme al autobús y llegar a mi parada, caminé tranquilamente, mientras le pedía a mi trabajo un día de descanso por teléfono. Al cruzar dos o tres calles, divisé el edificio.

Era un edificio de tres plantas, color blanco, forma rectangular y tenía un montón de ventanas pequeñas. Estaba rodeado de un enorme jardín, con grandes árboles de muchos tipos y cercado por un pequeño muro. Al verlo de nuevo, me di cuenta de que eso no parecía un centro de desintoxicación.

En la entrada, al lado de las escaleras que conducía hacia la puerta principal, vi a alguien de pie, intentando a convencer a otra persona de algo, que iba a entrar en el edificio. Estaba intentando librarse de él, diciéndole que le dejara en paz, que no quería nada. En cambio, el otro insistía, llegando a gritarle insultos, con una actitud muy fea. Al llegar a ese punto, el hombre decidió entrar en el lugar.

Aquella persona que estaba delante de la puerta tenía unas pintas que no me daban buena espina y me hacían dudar si dirigirme a la entrada o esperar a que se fuera. Esté llevaba un enorme abrigo azul con muchos bolsillos, la cual tenía una capucha y la estaba usando. Tenía unos pantalones pitillos verdes y unas zapatillas falsas de marca.

Al final, decidí acercarme con la esperanza de que no se acercará a mí, pero lo hizo y de una manera que no me lo esperaba.

Al verme, se me acercó rápidamente a mí, a una gran velocidad y me saludó con una gran felicidad, mientras me cogía de las manos:

— ¡Buenos días, señorita! —

— ¡Buenos días! — Eso dije muy sorprendida por aquella reacción. Parecía que sus ojos estaban brillando.

— ¿Qué hace una belleza como tú entrando en un antro como éste? —  Luego, me preguntó esto, mientras se acercaba a mi cara y yo inconscientemente me alejaba de él. Su aliento olía fatal.

— ¿Belleza? No c-creo que sea para tanto…— Eso decía nerviosamente, mientras me ponía colorada por sus piropos.

— ¿Pero qué dices? Al verte, los ojos casi se me han cegado por lo radiante que eres, muñeca. Mi corazón ha latido a mil, ¡jamás de los jamases he visto tal chica como tú! — Esas palabras solo me hacían poner más incómoda de lo que estaba.

— ¡Ah, muchas gracias! — Reía nerviosamente. — Pero creo que estás exagerando…—

— No seas tan humilde, eso solo consigue maravillarme más de lo que estoy. — Y a continuación, él me soltó las manos, mientras empezaba a poner alguna pose extraña y ridícula.

— Por cierto, soy Jeremy Chamberlain, apodado por mis amigos como “Dragonfly”. Rápido y veloz como el rayo, y estoy a tu servicio. —

Al oír su presentación, me quedé de piedra. No podría creer que había encontrado a la persona que estaba buscando tan rápido y de una forma tan casual.

— ¿Entonces, tú eres Dragonfly? — Eso pregunté, boquiabierta.

— ¡Por supuesto, muñeca! — Y añadió él, mientras me soltaba una extraña sonrisa.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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Centésima segunda historia

En éxtasis: Sexta parte, centésima segunda historia.

Esperaba que volviera el lunes, pero no lo hizo, tampoco en el martes ni en los siguientes días. Estaba muy preocupada por ella, aterrada por la posibilidad de que le hubiera pasado algo horrible. Si le pasará algo, sería mi culpa por no haber actuado correctamente y me odiaría a mí misma de por vida.

Por eso mismo, quería buscarla y encontrarla lo más rápido posible, pero no tenía muchas pistas sobre su paradero, limitándome a buscarla por el sitio en dónde nos conocimos. El trabajo me quitaba mucho tiempo y me dejaba tan agotada que muchas veces me quedaba dormida por las tardes y no tenía sentido buscarla por la noche. Cuando me di cuenta, ya había pasado una semana. Me sentí muy enfadada conmigo:

— ¿Qué estás haciendo, Malia? — Eso me gritaba a mí misma. — ¡La vida de una chica está en juego, no tengo tiempo para perder! —

Ahora que sabía que estaba metida en un asunto tan horrible, tenía que ayudarla sí o sí. Tenía que salvarla de alguna forma u otra, esa era mi decisión e ir poquito a poco me pareció un terrible error del cual me arrepentiría por siempre. Pero, aún así, no sabía qué hacer.

Entonces, miles de imágenes se me pasaron por mi mente, de una persona  que juré salvarla e evitar que se convirtiera en un monstruo, y fracasé miserablemente, en todos los sentidos. Yo no pude salvar a Sasha, aún cuando le prometí a mi hermana y a mi misma hacerlo. No solo a ella, también a mi madre. Esa era mi determinación, mi único objetivo en la vida, ayudar a mi familia a que volvieran al buen camino y que no terminaran tan mal.

¿Pero de qué sirvió eso? Creí que hacía todo lo posible para ayudarlas, pero eso era más que una mentira que me creí. Ellas no cambiaron ni un poco, porque yo nunca hice lo que realmente tenía que hacer para salvarlas. Y al final, Sasha se manchó las manos de sangre, desapareció de la faz de la tierra y mi madre acabó enterrada en el patio. En cuestión de días, tirando por la borda todas mis esperanzas y sueños. Fui una inútil, totalmente.

Tras aquellos espantosos acontecimientos, me juré a mí misma que no volvería a cometer el mismo error que hice con mi familia. Jamás tenía que volver a fracasar, si tenía que salvar a alguien. No debería hacerlo, jamás de los jamases. Aún así, yo no estaba haciendo algo útil, necesario; para salvar a Megan Truman, y ni siquiera sabía cómo hacerlo.

— ¿¡Por qué!? — Volví a gritar, con ganas de llorar — ¿¡Por qué soy tan inútil!? —

Y entonces, oí cómo alguien estaba pegando violentamente la puerta de mi casa, a las doce de la noche, algo que me sorprendió y me hizo olvidar los malos recuerdos.

— ¿Quién será a estas horas de la noche? — Dije en voz baja, mientras me acercaba a la puerta.

Al llegar ante la puerta, me dirigí a aquella persona que estaba golpeando a la puerta: — ¿Quién eres? —

— ¡Soy yo…! — Soltó unas risas. — ¡Y sólo yo…! — No paraba de reírse. — ¡Todo da muchas vueltas…! — Parecía como si estuviera borracha aquella persona.

Reconocí la voz enseguida y abrí la puerta rápidamente. Estaba extrañada, porque a estas horas no debería estar aquí; pero también feliz, ya que ella había aparecido finalmente.

Era Megan Truman y estaba sobre mi puerta. Cuando abrí, ésta cayó al suelo, riéndose sin parar.

— ¿Estás bien? — Le pregunté muy preocupada, mientras la levantaba tan rápido como pude del suelo. Sus pupilas estaban muy dilatadas y a pesar del abrigo que llevaba, vi que ella estaba con una camiseta interior y en bragas.

— ¡M-malia quería verte…! — Me abrazó de repente, entre risas y feliz. —Tu casa parece muy diferente… ¿te has mudado o qué? — Agregó, mientras miraba por todas partes, temblando como un flan.

Me pregunté qué le estaba pasando, ya que estaba actuando de forma muy extraña y estaba con esas pintas. Tal vez, ¿estaba drogada? De todas formas, lo primero que hice fue llevarla al sofá para que se sentara.

— ¿Sabes? Te echaba de menos…— Me decía con toda la felicidad del mundo, mientras yo intentaba llevarla al asiento, no se dejaba.

— ¡Ah, me alegro! — Le respondí, muy cortada. Me sentía muy incómoda.

— Estaba estudiando, cuando…— Se quedó callada por unos segundos. — ¡No sé, quería volver, a pesar de que me dije que no lo haría! — Luego, empezó a reírse.

Y así es como descubrí que ella ya no deseaba venir a mi casa a visitarme, aunque me lo figuraba.

— ¿No querías volver? — De todas formas, pregunté esto y ella pasó de la felicidad a la tristeza en cuestión de segundos.

— Sólo te provocó muchos problemas…— Empezó a llorar.

— No es eso, de verdad. No me has provocado ningún problema. — Agregué nerviosamente, intentando consolarla. La senté en el sofá.

— ¿Este sillón era tan grande? — Empezó a mirar por todas partes. Luego, a mí: — Malia, ¡tu cabeza ha crecido! — Y se quitó el abrigo, para ponerse a temblar aún más: — ¡Ay, qué frío! —

Todo eso en cuestión de segundos, estaba fuera de sí y lo único que podría hacer por ella era esperar hasta que le pasase el efecto de las drogas.

— Aquí tienes. — Aparte de darle una manta.

A continuación, me senté a su lado y ella empezó a observar a la nada, diciendo cosas sin sentidos:

— ¿Eso está brillando? — Eso preguntaba, entre risas.

— Bueno, no. Deberías dormir, o algo. — Le dije a Megan, mientras me reía nerviosamente. Aparte de estar incómoda, me sentía sobrepasada por el hecho de no saber cómo tratar a alguien que estaba drogado.

— ¡No quiero, para nada! — Lanzó un berrinche, mientras intentaba levantarse del sofá. — Tengo que estudiar…—

— ¿Estudiar, no es un poco tarde para eso? — Le pregunté, mientras impedía que se levantara.

Dijo antes que estaba estudiando, ¿había usado las drogas para ponerse a estudiar? A mí, aquella suposición que imaginé me parecía muy ridícula. Jamás había escuchado que hubiera gente que se drogara para estudiar.

De todas maneras, no era el mejor momento para que ella se levantara del sofá. Ni siquiera podría andar en buenas condiciones. Me sorprendió, y me aterraba, que hubiera llegado a mi casa andando en tal estado.

— Pero tengo que hacerlo…— Eso me gritaba, mientras intentaba liberarse de mí. — ¡Tú no lo entiendes, debo ser una ganadora…! Pero, por mucho que estudie…pero, por mucho que estudie…No podré serlo…—

Megan dijo eso último llorando, con mucha rabia. Tal vez, mi absurda suposición estaba en lo correcto, ella estaba drogándose con el psicomab para ser más inteligente y estudiar mucho mejor.

¿Pero por qué llegar a estos extremos, para ser la mejor? Me preguntaba eso y decidí que lo mejor era conocer sus razones para querer conseguir aquel objetivo:

— ¿Por qué quieres ser una ganadora? —

Ella se quedó callada por varios segundos, antes de soltarme esto:

— En este mundo tienes que ser el mejor… ¡Ganar y solo ganar! —

Hizo una pausa para limpiarse las lágrimas y seguir hablando:

— Mis padres siempre estaba contentos cuando sacaba la mejor nota de la clase… Todos me alababan por hacerlos, tanto mis amigos y mis profesores… Pero cuando cambié de escuela, todo… cambió y me volví en una perdedora… Por mucho que estudiase nunca la alcanzaré…—

Sentí mucha lástima por ella, porque, por lo que estaba diciendo, estaba muy bien en su vieja escuela y, al cambiar a otra, se hundió totalmente. Y desesperada, decidió tomar algo muy drástico.

— ¿Por eso, tomas el psicomab, ese medicamento? — Eso le pregunté seriamente.

— Él me lo dijo, que eso te hacía mucho más inteligente…— Ella tardó un poco en responder, como si estuviera dudando.

— ¿Quién, quién era aquella persona? —

« ¿Alguien le engañó para que le vendiera aquella droga? », me pregunté a mi misma.

— No me acuerdo, tiene un nombre muy raro, como que “dragonfly” o algo así. — Eso confirmó todas mis sospechas. — Pero me lo vende a un precio muy barato… Es un buen tipo…—

— Entiendo…— Eso dije sólo por decir.

Estaba enfadada, al ver que alguien se aprovechó de ella para venderle unos terribles productos que pueden acabar con tu vida, sino te la arruinan antes. Por culpa de aquella persona, por engancharla a un medicamento que sacaron del mercado por su peligrosidad; ella acabó haciendo cosas tan desesperadas como hacer de carterista.

A continuación, estuvimos un rato en el sofá, con ella cantando canciones felizmente, mientras tenía una mirada perdida y movía la cabeza de un lado para otro, como si estuviera viendo algún programa infantil cuando la tele no estaba ni conectada. Eso era tan raro, que se me hacía muy incómodo y al final decidí que lo mejor para mí y ella que se fuera a dormir.

La levanté del sofá, y ella se quejaba, diciendo cosas que no tenían nada que ver, pero sin mostrar resistencia, mientras la llevaba a la cama.

— ¡Y ahora ponte a dormir, necesitas descansar! — Eso le dije, después de acostarla.

— ¡No puedo dormir! — Eso me gritaba, dando vueltas por la cama. — Cuando cierro los ojos, la veo y no la quiero ver. —

— ¿De qué estás hablando? — Le pregunté eso, bastante extrañada.

— Ella no es nadie normal, no hace nada, pero siempre es el número uno… ¿Por qué, por qué, es de verdad humana? —

Soltó aquello mientras dejaba de dar vueltas y empezó a golpear la cama con sus manos en una mezcla de furia y molestia. No entendía nada de lo que estaba hablando, pero parecía que estaba hablando sobre una persona.

Su berrinche terminó en cuestión de minutos, quedándose frita al momento. Yo con mucho cuidado, la arropé entre las mantas y me fui al sofá, para dormir también, que estaba muerta de sueño.

FIN DE LA SEXTA PARTE

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