Centésima segunda historia

En éxtasis: Primera parte, centésima segunda historia.

Faltaba poco para que terminara Febrero y, a pesar de que apenas había nieve en Springfield, hacía un frío helador, pero poquito a poco aquel invierno, que había transformado totalmente mi vida y que lo iba a recordar por las cosas tristes que me pasaron, se estaba terminado. Por pensar en aquellas cosas, aquel día de ese mes se puso demasiado melancólico. Estaba saliendo de mi trabajo tranquila, a pesar de que me despidieron.

— Estaré bien, no te preocupes. Ya encontraré otro trabajo. — Eso le decía a alguien, que me llamó al teléfono, poco antes de salir.

— De todos modos, Malia, te daré un poco de dinero, por si te hace falta. — Me replicó. Esa chica es Nadezha, una buena amiga, siempre ha estado muy atenta conmigo. Me dejó quedarme en su casa unos días, cuando perdí la mía y me trae comida y comida, aunque a veces yo no quiera. Le agradezco mucho lo que hacía por mí.

— ¡No importa, tengo el suficiente para durar varios días! — Aunque no me gusta preocuparla por mis problemas, ni a ella ni a los demás, ya que tienen los suyos propios.

No fue la única que me apoyó, muchas más personas lo hicieron, y sin ellas, no sabía yo cómo podría haber aguantando. Había perdido mi casa y a mi madre, y mi hermana estaba desaparecida. Me hubiera gustado recompensarles, de alguna manera. Pero yo tenía mis propios problemas que me quitaban mucho tiempo.

Tras terminar la conversación telefónica que mantenía con Nadezha, me fui directa a la comisaría para preguntarles si tenían alguna pista sobre mi hermana, Sasha. Me voy todos los días allí, y hasta me he acostumbrado a esa rutina, con la esperanza de que me dijeran algo. Y al recordarla, me acordé de varias cosas feas, que me entristecieron al momento. Y de una conversación que tuve hacía finales de Diciembre, especialmente.

Estaba nevando, mientras yo esperaba a alguien, sentada en un banco de un parque, situado junto a la frontera que separaba a Springfield con el Zarato. Tenía que hablar con ella de un tema importante.

— Por fin, apareciste, Elizabeth. — Eso dije cuando vi llegar a aquella chica, que fue parte de aquel lamentable suceso. Debía tener doce o trece años, pero ella gobierna al reino que estaba al otro lado de la frontera, y no es especialmente una persona muy agradable.

Ella persiguió a Lafayette, a quién yo pude salvar de que la matara, y mi hermana la ayudó, para terminar secuestrada por la misma chica. Lo que ocurrió en esos días apenas hoy en día lo puedo asimilar, era como una horrible montaña rusa.

— Eras muy pesada con tus llamadas. — No paré hasta que me respondió. — Bueno, en fin, me imagino por qué me has llamado. — Me dijo, mientras se sentaba en el banco.

— ¿Tú fuiste quién le dijo a Lafayette que el cadáver de mi madre estaba enterrado en el jardín, verdad? — Hace varias semanas atrás, encontró su cuerpo, mostrándomelo. Ella no se atrevía a decirme cómo lo supo, pero me imaginaba quién se lo dijo.

— Sí. — Me respondió.

— ¿Qué paso realmente en ese día? ¡Dímelo, por favor! — Tenía que saber que ocurrió aquel día, cuando mi casa ardió, y esperaba que me lo soltara.

— Lo inevitable, supongo. — No entendía que quiso decir. — Tú debiste saberlo mejor que nadie, que, al final, iba a ocurrir. — Me perdí.

— ¿Qué quieres decir con eso? — Le pregunté desesperadamente, a pesar de que sentía que esa respuesta lo sabía.

— Que Sasha mataría a alguien. — Eso me soltó con total frialdad.

— ¡Debe ser otra razón, ella no la pudo matar! ¡No, debe haber otra respuesta! — Grité a continuación, era la respuesta que más temía, no quería que fuera eso, lo que yo intentaba evitar. Tenía ganas de llorar.

— ¡Qué ciega eres! No mientas. Tú también lo creías, pero tu estúpida bondad evitaba pensar que ella era haría tal cosa. ¡Te engañabas a ti misma, y por eso, la tragedia era inevitable! —

Me lo dijo con un tono de burla, y riéndose de tal cosa, como si fuera algo divertido. Pero ella tenía razón, porque en ese momento me di cuenta de que me había engañado a mí misma y por culpa de esta actitud, por negar que mi propia hermana estaba mal y a su oscuridad; fracasé. Perdí a mi familia, a mi madre y a ella, por mi propia estupidez. Lo hice todo mal, evitando siempre pensar en la posibilidad de que Sasha sería capaz de hacer algo horrible.

En el fondo, lo sabía, pero no hice nada, fui engañada por Sasha, quién se escondía detrás de aquel extraño comportamiento. Más bien, me dejé engañar. Todo lo que nos pasó, fue culpa mía.

— ¡He sido una estúpida, una completa estúpida! — Tenía ganas de pegarme un buen puñetazo a mí misma.

Entonces, algo me devolvió a la realidad, alguien chocó contra mí, y parecía ser un niño. Llevaba un gran jersey de color blanco, con los bordes pintados con líneas de azul de tonalidad muy oscura; y unos pantalones chándal grisáceo. También vi que estaba usando una gorra negra y se ocultaba su boca con lo que parecía una extraña bufanda. Su aspecto, al observar a aquella persona, me pareció muy curioso y se me grabó en mi mente.

— ¡Perdón, perdón! — Le dije. — ¡Lo siento mucho, de verdad! — Me sentí muy mal, por perderme en las nubes y chocarme con alguien. No debería ir así por la calle. Aquella persona solo salió corriendo.

— ¡Hey, muchacha! — Me gritaban. — ¡Ese niñato te ha robado la cartera! — Entonces, me di cuenta de que no lo tenía en los bolsillos. Había chocado con un carterista. Salí corriendo, detrás de esa persona.

— ¡Espera, espera, mi cartera! — Tras gritarle, intenté perseguirlo, pero giró por una calle y le perdí de vista. Al no verle por ninguna parte, me paré a descansar.

— ¿Y ahora qué hago? — Estaba muy preocupada, porque tenía miedo de que usaran mi identidad para hacer cosas malas, pero a la vez quería saber por qué un simple niño me había robado. Tenía la sospecha de que tal vez estaba metido en unos asuntos muy feos y podría estar en problemas.

— ¿Hablas de ese niño? A veces ha estado aquí robando carteras. Ya lo hemos denunciado varias veces a la policía. — Me dijeron cuando se lo pregunté al hombre que me avisó, un camarero de un restaurante; tras volver a allí, a preguntarles por aquel niño.

— ¡Esperemos que lo puedas recuperar! — Añadieron algunos de los clientes.

— ¿Saben cuándo actúa? — Y le pregunté a continuación, pero sólo me dijo que no lo sabía. Les pregunté a los demás y me decían más o menos lo mismo. Así que decidí irme a la policía a comunicárselo.

— ¡Ya te vamos a encontrar al ladrón, no se preocupe, gracias por toda la información! — Me dijo al policía al que le expliqué lo que me pasó, tras llegar a la comisaría. Intenté preguntarle, pero él tampoco sabía nada. Aún así, me prometieron encontrarlo y recuperar mi cartera.

A los días siguientes, decidí buscar a aquel carterista, mirando por el sitio en dónde me lo quitó. Hablé con determinados vecinos, me dijeron que venía de lunes a viernes, en el mediodía, cuando algunos ejecutivos y burócratas iban a los restaurantes o bares para tomar algo. Estuve rondando por ahí, en aquellas horas; hasta el jueves, cuando vi a aquella persona de nuevo, a pesar de que estaba usando otra ropa. Llevaba una gorra de otro color, unos pantalones anchos vaqueros de color azul claro que aparentaban estar muy gastados, otro jersey de color rojo y con la imagen de un dibujo animado. Estaba a punto de chocar contra un hombre joven, que estaba distraído mientras observaba su móvil. Me di cuenta de su intención y grité:

— ¡Hey, señor, ten cuidado con ese niño, que os vais a chocar! —  Sería feo decirle que le iba a robar, así que solté eso. Y éste reaccionó, esquivándolo.

— ¡Es el maldito niño carterista, otra vez! — Gritó uno de los camareros, mientras yo salía corriendo hacia esa persona, que se dio cuenta de mis intenciones, e intentó huir de mí.

— ¡Espera, espera, un momento! ¡Por favor, detente! — Le gritaba sin parar y no me hacía caso, seguía corriendo.

Aquella persona giró calles una y otra vez, para despistarme, pero no lo conseguía. Intentaba ser lo más rápido, pero yo le estaba alcanzando, ya que estaba dando mi mejor esfuerzo. Al final, terminó en una calle sin salida y estaba sin escapatoria. Se quedó mirándome fijamente, mientras yo me recuperaba del esfuerzo. No me dejó descansar.

— ¡No te lo voy a devolver! — Me gritó, antes de lanzarme contra mí y tirarme al suelo, para poder escapar. Pero ese plan le falló porque yo le agarré con todas mis fuerzas.

— ¡Tranquilízate, no te voy a hacer daño! — Eso le decía, mientras intentaba no soltarlo. Entonces se le calló la gorra y vi que llevaba el pelo recogido con un pequeño lazo. Era una chica. Yo me quedé mirándola.

— ¡Oh, mierda, me lo ha visto! — Gritó horrorizada, y dejó de esforzarse por soltarse.

— Eres una chica bien linda. — A pesar de que no tenía sentido decir esto, comenté con todo mi sinceridad.

— No digas estupideces. — Me tiró al suelo. — ¡Te regresaré el dinero, si quieres, pero no me lleves a la poli! — Creo que me pasé un poco, se puso roja y muy alterada. Yo me levanté del suelo con mucha rapidez y le dije, intentando ser muy compasiva con aquella pobre chiquilla:

— Me gustaría que me regresarás la cartera, está llena de cosas importantes. — Luego, añadí: — ¿Quieres tomar algo en mi casa? ¡Yo invito! — Se quedó muy boquiabierta, por la cordialidad de mis palabras, mientras le daba la mano, soltando mi mejor sonrisa.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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