Centésima segunda historia

En éxtasis: Segunda parte, centésima segunda historia.

Al final, aquella niña decidió acompañarme hasta mi casa, aunque con una cara de sospecha hacia a mí. Es normal que no confiará del todo, a pesar de sonreírle cada vez que me observaba. Bueno, durante todo el camino, estuvo cabizbaja mientras yo le llevaba hacia mi hogar.

— ¿Qué quieres hacer conmigo? — Rompió el silencio finalmente, mientras subíamos las escaleras del edificio en dónde yo vivía. En cierta forma parecía algo asustada, por el tono de voz.

— Pues solo invitarte a mi casa. Eso es todo. — Le volví a repetir eso, con toda mi amabilidad.

— ¡No me lo creo, hay algo raro, seguro! — Me replicó, antes de callarse. Yo sólo le dije otra vez cuáles eran mis intenciones.

Y tras entrar y encender las luces de la casa, le pregunté que quería de comer. Ella se quedó más extrañada de lo que estaba y, con algo de vergüenza, me pidió un vaso de leche con galletas, mientras se sentaba en el sofá.

Miraba hacia al suelo, con una expresión de incomprensión y de miedo, y yo esperaba que la leche con galletas le quitaría eso. Parecía una chica de entre diez u once años y, aunque estaba delgada, no daba la impresión de que estaba saludable. Tal vez era por las ojeras que tenía o por su aspecto descuidado. De todas maneras, era una niña bonita a mi parecer. Tenía pelo castaño y se había soltando el pelo que le llegaba hasta los hombros y cuyas puntas estaban bastante rizadas.

Tras calentar la leche y coger las galletas y una bandeja; se lo di y aquella chica empezó a comerlos, con mucha preocupación. Luego de probar el primer bocado, se lo comía, con mucha prisa.

— ¡No vayas tan rápido o si no te vas a ahogar! — Eso le dije, pero ella no me escuchó y siguió comiendo como loca. Por suerte, no se atragantó ni le paso nada grave.

— Por cierto, me llamó Malia Roosevelt, ¿y tu nombre? — Le mencioné, a continuación, mientras terminaba de comer. Me di cuenta de que no se lo dije y eso me pareció bastante feo.

— ¿Crees qué te lo voy a decir? — Me lo soltó con un tono bastante desagradable y de desconfianza hacia mí.

— Yo espero que sí, pero si no quieres, pues no te obligaré. — Le respondí sinceramente.

A continuación, ella se quedó callada por unos segundos, para, luego, decirme esto:

— ¿Qué quieres de mí? Te he robado la cartera. Lo normal es que me hubieses mandado a la poli o algo parecido y no invitarme a tu casa para comer leche con galletas. —

— Pero tú me dijiste que no te llevará a la policía, ¿no? — Le dije a continuación, mientras recordaba sus palabras. No podría llevarla allí, después de aquella suplica, porque me di cuenta de que le podría pasar algo muy feo.

— Eso es verdad, pero esto es raro. — Después de decirlo, se quedó callada, mirando al suelo bastante confundida.

Sé que mis acciones eran, tanto para ella como para los demás, extrañas, pero necesitaba hablar con ella, porque sabía que tenía problemas y quería ayudarla. Y le estaba mostrando mi hospitalidad para que le fuera más fácil hablar conmigo. A continuación, decidí que era el momento para soltar lo que deseaba charlar con aquella niña:

— Bueno, la verdad, me gustaría pedirte unos cuantos favores. Primero: devuélvame la cartera. Segundo: Dejes de robar a los demás. Sólo es eso. —

Ella se quedó mirándome con una cara extraña, como si quería replicarme algo, pero no podría o que no encontraba la mejor forma de decirlo. En todo caso, seguí hablándole:

— No es normal que una niña de tu edad está robando carteras. Algo muy feo te debe pasar, para cometer tales acciones. —

Y ella siguió callada, cabizbaja, con una cara que decía que había dado en el clavo. Y parecía que estaba bastante avergonzada. Entonces, yo le acaricié la cabeza, mientras le decía de forma amable esto:

— Entiendo que debe ser difícil explicarme lo que te ocurre. Creo que es demasiado pronto para pedirte eso. —

Tras eso, me levanté y busqué entre los armarios una hucha que tenía yo y en los cuales guardaba varios ahorros. De ahí saqué dinero y se lo di a ella:

— ¿Por qué me das dinero? — Eso me preguntó, consternada, ante tal hecho. Era normal que no se lo esperaba.

— Lo necesitas, ¿no? Por eso, creo que es mejor darte dinero antes que les robes a los demás. — Le dije con lo mejor de mi sonrisa.

Ella miró varias veces hacia mí, bastante incrédula, antes de guardarse el dinero entre sus bolsillos. A continuación, yo cogí una de las muchas de las copias de mi casa que tenía y se la di:

— Por cierto, si quieres dinero, puedes visitarme cuando quieras. Ésta es tu casa.- Ella se quedó en blanco, al ver que estaba dando mi casa por unos segundos. Luego explotó y me empezó a gritar, mientras me señalaba:

— ¿Eres idiota o qué? ¿Por qué me das las llaves de tu casa? ¡Te he robado la cartera y vas y me invitas a tu casa, me das dinero y eso! ¡Eso es cosa de bobos! —

Parecía enfadada conmigo y creo que es entendible, aunque no me lo esperaba. En su rostro, se veía una mezcla de ira y de incomprensión.

— Entiendo, entiendo, pero creo que hay sinónimos más adecuados para llamarme que “idiota” o “boba”. — Añadí con voz comprensiva, aunque algo molesta con su lenguaje. Eso pareció enfadarla más de lo que estaba.

— ¡Estas pidiendo a gritos a que me aproveché de ti, y lo haré! — Me gritó. Y, entonces, me di cuenta de que estaba saliendo lágrimas de sus ojos. Le iba a preguntar qué le pasaba, pero ella salió corriendo, a toda velocidad. La casa volvió a estar silenciosa.

Me pregunté si eso estaba bien, lo de darle dinero a esa chica cada vez que lo necesitaba. Sabía que algo feo le pasaba y quería ayudarla, pero sentía que tenía que hacer las cosas poco a poco, porque ella parecía ese tipo de personas que se abrían lentamente hacia los demás. Y lo primero que había que hacer era detener sus robos, con una solución temporal; pero tenía el miedo de que eso pudiera fracasar o empeorar las cosas.

No sabía realmente en dónde estaba metida aquella chica, pero debía ser realmente muy feo, para que ella acabase robando. Tal vez era obligada por sus padres o por una banda o era otra cosa totalmente distinta. De todos modos, sentía que debía ayudarla, sea cual fuera su problema.

Al día siguiente, por la tarde, alguien llamó en la puerta de la casa y al abrirlo, vi a aquella chica, mirando avergonzada al suelo, mientras escondía sus brazos detrás suya:

— ¡Buenas tardes, me alegro de que hayas vuelto! — Estaba bastante contenta de que hubiera vuelto.

Entonces ella, me mostró lo que ocultaba y era mi cartera. Me la dio, mientras me decía esto bastante cortada:

— Y t-toma esto es tuyo. E-el dinero es lo único que no está, por lo demás, está bien. Así q-que no te preocupes por tus cosas importantes. —

— ¡Muchas gracias! — Eso le dije a continuación.

— ¡Por cierto, me llamo Megan Truman! — Entonces, ella me dijo mi nombre.

— ¡Encantada de conocerte! — Y yo le solté esto, mientras la invitaba a entrar en mi casa.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

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