Centésima segunda historia

En éxtasis: Tercera parte, centésima segunda historia.

En los días siguientes, empezó a venir regularmente a mi casa. De lunes a viernes, aparecía dos o tres veces y siempre venia los fines de semana. Cada vez que llegaba, siempre se mostraba bastante cortada conmigo y tenía que darle conversación. Megan, casi nunca, me hablaba sobre sí misma, pero aún así yo pude sacar algunas cosas sobre ella.

-Realmente te encantan los dulces.- Eso dije un buen día, después de que ella me preguntó impacientemente si estaba hechas las galletas caseras que había metido en el horno. Descubrí que a ella le encantaba mucho las cosas muy dulces, porque siempre preferiría comer eso.

-¿Yo…?- Aunque Megan, tras oír eso, se puso nerviosa. -Pues bueno, algo así.- Cómo si le daba cosa, decirme eso.

-No es nada malo. Además, me gusta que la gente coma mis galletas caseras.- Eso le solté, con una sonrisa.

Bueno, yo tampoco soltaba gran cosa sobre mí, solo lo básico. Le contaba sobre el nuevo trabajo que conseguí y sobre mis visitas diarias a iglesias y comedores sociales, para ayudar a los más necesitados. Aunque, a ella le sorprendía esto último.

-¿De verdad, ayudas a los pobres?- Eso me preguntó con un gesto de asombro, mientras tomábamos algunos aperitivos que traje del supermercado.

-Pues sí.- Yo reí nerviosamente, porque me estaba dando algo de vergüenza. -Bueno, no es gran cosa, la verdad. Pero hago lo que puedo.-

No sabría decir si es un pasatiempo, pero es bien agradable ir a esos sitios y ayudar todo lo posible a los más necesitados. Siento que soy de utilidad para los demás y no me siento sola, teniendo buenas conversaciones con mucha gente. Es mucho mejor que quedarse sola en casa.

-Me sorprende…- Y eso me dijo Megan en voz baja, con una mirada de admiración.

-¿Por qué?- Y le pregunté esto, sorprendida por su reacción, porque no me parecía tan asombroso lo que estaba haciendo. Después de todo, creo que es algo que cualquiera persona, si estuviera en mi lugar, haría.

A continuación, tras mirar cada rincón de mi casa, observando, para mi vergüenza, las humedades, grietas y otros problemas que tenía el lugar y que no podría arreglar, me dijo esto mientras me lo señalaba:

-Bueno, tu situación no es la mejor para ayudar a otros…-

Yo me reí, porque no creía para nada que mi situación estaba tal mal, y se lo dije:

-No te preocupes. Yo, ahora mismo, estoy bastante bien con este piso.-

A pesar de tener algunos problemas con el apartamento, estaba a gusto y no tenía apenas problema económico alguno. Además, si los tuviera, seguiría yendo a esos lugares a ayudar.

-Eres muy extraña… Si te digo la verdad.- Eso me respondió, antes de reírse levemente.

Ella no es una persona que se abría fácilmente antes los demás, así que era bastante grafíticamente poder hacerla reír. Y me llevó tiempo, más de lo que creía, hacer que tuviera algo de confianza conmigo. Tuvo que pasar casi todo el mes de Marzo para eso.

En un sábado, de finales de Marzo, ella había llegado pronto a mi casa y me saludó discretamente, tras abrirle la puerta: -¡Buenos días, Malia!-

-¡Buenas, Megan!- Y se lo devolví con mucha alegría, a la vez que me daba cuenta de que ella estaba llevando una mochila de colegio.

A pesar de que habían pasado semanas desde que nos conocimos, ella seguía siendo algo tímida conmigo:

-¿Puedo entrar? Bueno, si tú quieres…- Ni siquiera me miraba a los ojos, solo miraba de un lado para otro, mientras jugaba nerviosamente con sus dedos. Eso me pareció bastante adorable, por una parte. Pero por otra, deseaba que fuera un poco menos cortada.

-Deja de ser tan tímida, que ésta es como tu propia casa.- A continuación, le dije, eso entre pequeñas risas.

-No soy tímida, tú mismo dices que hay que ser alguien educado, ¿no?- A ella le molestó un poco eso, así que protestó.

-Vale, vale.- Eso le respondí, mientras ella entraba en mi casa.

Luego de eso, nos fuimos a la cocina y yo empecé a preparar las galletas caseras que a Megan le gustaban tanto, mientras ella se sentaba en la mesa y dejaba la mochila en el sofá. Tras unos segundos de puro silencio entre nosotras, empezó a hablarme:

-¿Cómo te ha ido el trabajo?- Me preguntó.

-Pues muy bien, como siempre. No ha pasado nada especial y ha sido muy monótono.- No es que trabajar de ayudante de dependiente de una frutería es lo más divertido del mundo, pero por lo menos estoy tranquila y cómoda.

A continuación, yo le pregunté esto, mientras estaba creando la masa para las galletas: -¿Y tú con la escuela?-

No me esperaba que aquella simple pregunta le afectara tanto, porque puso mala cara, al oír eso.

-¿Yo?- Además de que dijo eso, gritando, y se puso tan nerviosa de repente que se levantó de la silla de un brinco.

-Sí, ¿pasa algo?- Eso pregunté, bastante preocupada por aquella reacción que tuvo Megan. Algo malo le estaba sucediendo en la escuela, ¿tenía relación con que ella estaba haciendo de carterista, cuando nos conocimos?

-Nada, nada, de verdad.- Y su respuesta, no me dejo nada tranquila, porque parecía que estaba escondiendo algo y, luego, decidió, esquivar el tema:

-¿Te ayudo a hacer las galletas?- Eso me preguntó, mientras se acercaba hacia mí.

-Me serías de mucha ayuda, la verdad.- Y yo decidí ignorar eso, por el momento, porque creía que aún era pronto para poder obligarla a decirme lo que le estaba ocurriendo.

-Aunque, bueno, no sé cómo hacerlo.- Y ella, entonces, se tropezó y casi cayó al suelo, pero se sostuvo en pie, porque sus manos cayeron sobre la encimera de la cocina.

-¡Oh, mierda!- Pero, eso provocó que algo cayera y se rompiera.

-¡¿Te ha pasado algo!?- Eso le pregunté, muy preocupada, mientras dejaba de hacer lo que estaba haciendo y me ponía a observar si tenía alguna herida.

-Nada, pero el cristal se ha roto.- Eso me dijo, mientras me mostraba lo que había caído al suelo.

Era una foto que puse en la cocina para que me diera suerte, una en dónde salía yo y mi madre, que descanse en paz, y mi hermana pequeña, quién seguía desparecía.

-Perdón, de verdad. No era mi intención.- Ella se disculpó, mientras yo lo cogía del suelo.

-No pasa nada.- Y yo le dije esto, mientras miraba fijamente eso.

Solo tenía un pequeño arañazo bajo la parte izquierda del marco, nada grave. Pero me quedé observándolo por varios segundos y me puse algo nostálgica.

Nunca fue fácil sacar una foto que estuviera decente, porque Sasha siempre lo estropeaba, ya sea burlándose de mi madre y hacerla enfadar en mitad de la foto o haciendo la payasa. Y en ésta, salieron normales, porque estaban muy cansadas. Parecíamos en esa fotografía una familia normal.

-Por cierto, ¿quién son esta gente, tu familia?- Entonces, Megan me devolvió a la realidad, preguntándome esto.

-Mi madre y mi hermana pequeña.- Y le respondí con tristeza, mientras ponía la foto en su sitio.

-¿Y dónde están?- Eso me preguntó.

Resignadamente, le dije la verdad más o menos, mientras recordaba todo lo que ocurrió en el invierno pasado: -Una está en el cielo y la otra, me gustaría saber dónde está.-

-Lo siento mucho.- Se arrepintió de haber preguntado eso. Me sentí un poco mal, por ponerla triste por mis problemas y le dije esto:

-No te preocupes.-

Entonces, me di cuenta de que ella no se estaba sintió bien. Empezó a poner muy mala cara, como si se había enfermado de repente; y agarró con sus manos su barriga, mientras le temblaban las piernas.

-¿Puedo irme al baño?- Eso me preguntó, desesperadamente.

Yo se lo señalé y ella empezó a dirigirse hacia ahí, rápidamente, mientras yo le preguntaba esto: -¿¡Qué te pasa!?-

-Nada, de verdad.- Y, al decir eso, se derrumbó contra el suelo y con harta dificultad intentó levantarse, mientras se apoyaba contra la pared.

-¡Pero si es bien obvio que te está pasando algo!- Yo rápidamente me acerque a ella y la ayudé a levantarse.

Ella no me dijo nada, porque empezó a hacer ruidos, como si quería expulsar algo. Entonces, me di cuenta de que estaba teniendo ansias e intenté llevarla lo más rápido posible al váter, pero no pudo más y vomitó delante de la puerta. Fue una escena realmente desagradable de  contemplar, la verdad.

FIN DE LA TERCERA PARTE

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