Centésima segunda historia

En éxtasis: Cuarta parte. centésima segunda historia.

— ¿De verdad no quieres que llame a la ambulancia o llevarte al médico? — Eso le pregunté otra vez, después de limpiar el vomito y acostarla en mi cama.

— Estoy bien, ahora. No te preocupes. — Me respondió. A pesar de que ya se encontraba algo mejor, aún no tenía un buen aspecto.

— Pero no estás bien, ¿no quieres qué llame a tus padres? — Le hice otra pregunta y al escuchar eso, dio un pequeño brinco y me gritó esto:

— ¡N-no, por nada del mundo! — Estaba muy nerviosa, como si no quería que sus padres se enterasen. — ¡No te preocupe, sólo me dormiré un poco y ya estaré bien! —

Pensé en preguntarle por qué no quería hacer eso, ya que me di cuenta de que su reacción fue muy extraña, pero no quería molestarla porque se quedó dormida tan rápido como se acostó. La tapé con una manta, a continuación, y me puse a pensar en muchas cosas sobre ella.

¿Su negativa a que la llevará a urgencias o que llamará a sus padres tenía algo que ver con lo que le estaba pasando? ¿Y tiene relación ante el hecho de que ella fuera una carterista? Había pasado un mes desde que Megan y yo nos habíamos conocido y aún no sabía las razones por las cuales aquella chica necesitaba dinero y robaba las carteras de los demás. Solo me limité a darle cada día lo que ella me pedía, sin preguntarle para qué lo necesitaba tanto. Tal vez, esto tuviera relación con su familia, o no.

Y en aquel momento, yo estaba algo preocupada y reflexionando sobre lo que había hecho estos últimos días, ¿había hecho bien no presionarla durante todo este tiempo, esperando que ella misma me dijera la verdad con confianza? ¿O sólo estaba empeorando las cosas?

Bueno, no podría contestar aquellas preguntas que me hacía a mí misma, porque no sabía nada al respecto lo que le estaba pasando. Y entonces, me acordé de algo, de su mochila, que seguía en el sofá; y tuve una idea muy fea: registrarlo en busca de algunas pruebas.

No quería hacerlo, porque estaría violando su privacidad y es algo que no me gustaría que me hicieran. Pero, a pesar de que era una cosa mala, sentía que tenía que hacerlo, por su bien. Después de todo, ella no se atrevería a decirme la verdad sobre lo que le estaba ocurriendo.

— ¡Lo siento mucho, de verdad, Megan! — Decía en voz baja. — ¡Tengo que hacerlo! —

Le pedí a Dios que me perdonara por lo que estaba haciendo y me fui al sofá para coger y registrar su mochila. Respiré e inspiré tranquilamente por unos segundos, antes de abrir rápidamente la cremallera. Tras hacer eso, empecé a sacar su contenido y lo primero que saqué no era algo normal, para una estudiante de primaria.

— ¿Qué es esto? — Eso me preguntaba, mientras lo observaba fijamente.

Era una pequeña bolsita transparente llena de unas pequeñas pastillas. Al momento, pensé que eran seguramente unos medicamentos que necesitaba tomar, pero eso no parecía ser el caso.

Después de todo, esa enorme cantidad y el hecho mismo de que están dentro de una bolsa transparente cualquiera, se trataba de una cosa más grave, mucho más de lo que creía.

— ¿E-esto…no serán…— Tartamudeaba, totalmente aterrada —…d-drogas? —

Yo intenté pensar en la posibilidad de que fuera otra cosa, que no eran para nada drogas, pero era en vano. No pensaba nada más que eso. Aún así, necesitaba comprobar realmente si mis sospechas eran ciertas y me pregunté cómo podría saberlo. Lo normal y lógico sería preguntárselo a Megan, pero sentía que eso no me llevaría ninguna parte, que ella me lo negaría, aún siendo esto verdad.

Entonces, tras mucho pensar, la única solución que se me ocurrió fue investigarla para descubrir si ella está consumiendo drogas, algo que explicaría que ella se volvería carterista y necesitaba dinero. Tenía que conocer el ambiente en dónde vive y los lugares en dónde ella frecuenta, a los amigos que tiene y a su familia. Y me sentía mal, porque no quería violar su privacidad, pero para salvarla tenía que hacerlo.

Después de todo, si es cierto lo que pienso, ella debe estar adicta a esas pastillas y pueden estar matándola, poquito a poco. Eso llegué como conclusión, mientras observaba cómo dormía con harta dificultad.

A continuación, dudé si volver a meter la bolsa en la mochila o tirarla a la basura, y mientras lo observaba fijamente, me di cuenta de una cosa. Había una pequeña etiqueta adhesiva que decía un nombre muy raro: “Psicomab”.

— ¿Esto será el nombre del medicamente? — Eso me pregunté, antes de que notar de que Megan empezara a dar alaridos de dolor. Instintivamente, metí la bolsa en la mochila y la cerré. Luego, me acerqué hacia ella, para ver lo que le estaba pasando.

Ella estaba temblando y no dejaba de sudar, mientras se movía de un lado para otro por la cama y ponía cara de que le dolía el cuerpo. Le toqué la cabeza y noté que estaba ardiendo un montón. Rápidamente, busqué un termómetro por toda la casa y cuando lo encontré, comprobé que estaba teniendo mucha fiebre.

— ¡¿Qué hago!? — Me preguntaba, mientras dudaba si llevarla a urgencias o no.

Al final, decidí no llevarla a urgencias por el momento. Le puse un paño frío en la cabeza y me puse a rezar para que se pusiera mejor en cuestión de horas y que no me hubiera equivocado con mi decisión. Al final, mis plegarias fueron escuchadas y en cuestión de una hora o más ella la fiebre se le bajó y parecía que no le dolía nada. Estaba durmiendo plácidamente.

— ¡Oh Dios, qué susto me ha dado! — Respiré aliviada, al ver que su situación había mejorado.

Pasó algo más de tiempo hasta que ella despertara de su siesta. Se levantó de mal humor, por culpa de los gritos de vendedores ambulantes de la calle. Los maldecía, mientras abría poquito a poco los ojos.

— ¡Oh, ya despertaste! — Y yo, cuando la vi levantarse, le solté eso con una sonrisa.

— ¡¿Cuánto tiempo he dormido!? — Me preguntaba algo aturdida por el despertar.  — ¡¿Qué hora estamos!? —

— Ya está atardeciendo. — Y le respondí eso, mientras le señalaba el tono anaranjado que estaba teniendo el cielo.

— ¡¿Tan tarde es!? — Ella gritó de golpe. Estaba alarmada por saber que estaba oscureciendo, como si tenía que volver a algún sitio pronto.

Y se levantó rápidamente de la cama e intentó andar, pero perdió el equilibrio y casi cayó al suelo, sino fuera porque yo la sostuve y evitara eso.

— ¡¿Estás bien!? —  Le pregunté muy preocupada.

— ¡Por supuesto, de verdad! — Y me respondió mientras intentaba mantenerse de pie ella sola.

Lo mejor para ella era sentarse y seguir descansando, así que la llevé al sofá, mientras le decía esto: — Pues eso no me ayuda mucho a creer que estás bien. —

— ¡Solo es un poco de mareo, nada más! ¡No hace falta esto! — Ella sólo se quejaba, pero no ponía ninguna resistencia mientras la llevaba a sentarla en el sofá.

Tras sentarla y preguntarle si quería un poco de agua, ella solo dijo esto en voz baja, mientras se apoyaba la mano sobre su sacar: Nunca debí tomarme una aspirina…—

— ¡¿Aspirina!? — Eso pregunté y Megan se puso muy nerviosa, algo asustada al ver que la había escuchado, como si eso fuera algo malo.

— ¡No es nada, sólo decía cosas en voz baja sin sentido! — Me soltó esto.

No entendía una reacción tan exagerada, ya que después de todo el mundo tomaba aspirinas y no era nada malo. Así que tuve mis sospechas, pero decidí callármelas por el momento.

— ¡Ah, ya veo! Supongo que no te sintieron muy bien. — Eso le dije por decir algo.

— Sólo es que me dolía la cabeza, un montón. — Y ella añadió esto.

Al parecer, Megan en algún momento del día tomó unas aspirinas que le sentaron muy mal. Y eso me hacía sospechar, ya que tenía la idea de que lo mezcló con lo que estaba tomando y su cuerpo reaccionó contra eso de muy mala manera. Eso suponía, pero podría haberle pasado cualquier otra cosa.

Tras pasar un pequeño rato, le volví a preguntar si quería agua y ella se levantó del sofá, sin ningún problema y me miró fijamente, por varios segundos. Parecía que quería decir algo, pero le costaba atreverse:

— ¡M-muchas… gracias…! — Al final, quería decir esto. — ¡Pero ya estoy bien! — Pero estaba bastante avergonzada para decirlo.

— ¡Ah, de nada! — Eso le dije, mientras me reía de lo linda que se puso cuando soltó esas palabras. Ella me preguntó seriamente de que me estaba riendo y yo le respondí que nada, para luego añadir esta pregunta:

— ¿De verdad, estás bien? — Me preocupaba el hecho de que se desmayará en mitad de la calle o algo parecido. No quería dejarla sola.

— Sí, debo volver pronto a casa. — Se dirigió hacia la puerta. Luego, añadió esto, antes de que yo lo preguntara: — Y no hace falta que me acompañes. —

Y con esto salió de mi casa corriendo. Me puse a preguntar si estuvo bien haber dejado sola a Megan, si había estado bien ignorar el hecho de que había encontrado unas pastillas que sospechosamente podrían ser drogas en su mochila.

FIN DE LA CUARTA PARTE

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