Centésima segunda historia

En éxtasis: Quinta parte, centésima segunda historia.

Al día siguiente, no vino a mi casa y eso me preocupó un poco, porque ella me visitaba todos los domingos. Me pasé todo el rato preguntándome si Megan estaba bien o le había pasado algo parecido cómo en el sábado.

Y no sólo estaba preocupada por ella, sino por otra persona.

— Me pregunto cómo estará Lafayette…— Eso me decía en voz baja, mientras terminaba de fregar los platos.

Hacía mucho tiempo que no pasaba por mi casa. En realidad, la última vez que estuvo aquí me lo dijo, que iba a pasar tiempo sin visitarme, incluso por meses. Después de eso, como siempre, desapareció. Por cómo lo dijo, sentí escalofríos por la espalda, con el miedo de que ella estuviera metida en un gran problema. Estaba muy preocupada por Lafayette.

— Espero que esté bien…— Agregué, mientras intentaba animarme y terminar con el último plato.

Tras terminar eso, al ver que no había más cosas que hacer en la casa y tras convencerme de que Megan no iba a llegar, decidí dar un primero paso con mi investigación: Saber qué demonios era “Psicomab.”

Salí de mi casa y me dirigí hacia la farmacia más cercana, con la intención de preguntarles eso. Cuando llegué, se lo pregunté a la dependienta que era una chica joven.

— ¿Psicomab? — Me preguntó, muy dudosa. Le respondí que sí y ella me dijo esto:

— Es la primera vez que oigo eso en mi vida. — Eso me sorprendió mucho.

Luego, comenzó a buscarlo por toda la tienda y no encontró nada. Aquello no me desanimó, aunque me asustó, porque me hacía sospechar que esos medicamentos eran ilegales. A continuación, busqué por otras farmacias de la zona.

— Pues yo jamás he vendido tal producto. — Me lo dijo una anciana con bastante mal humor, a la segunda vez. No encontró nada, tampoco.

— ¿¡Psicomab!? ¡Qué nombre tan ridículo! — Me soltó un hombre joven, cuando llegué a la tercera y se partió de la risa. Menos mal que le alegré un poco la vida, porque no encontré ninguna pista en torno al medicamento.

Y pasé por cinco o seis farmacias más y no encontré nada, ni una miserable pista. Todos me decían lo mismo, que nunca habían hablado de él. Recorrí media cuidad en vano. Pero cuando iba a dejar de insistir, por fin encontré un sitio en dónde sabían algo sobre el “psicomab” ese.

— ¿Psicomab? ¡Ah, sí! He oído hablar de él. — Eso dijo el hombre que me atendió.

— ¿En serio? — Añadí con una mueca de felicidad, al escuchar sus palabras. Pero vi en su cara extrañeza, como si me estaba alegrando por algo que no debería, un preludio de una noticia realmente aterradora.

— Lo estuve vendiendo el año pasado. Era un medicamento para ayudar a los niños con hiperactividad o con otros trastornos, para que se centrara en los estudios. O eso decían. —

— Ya veo. — Me quedé algo cortada, mientras él daba una pausa para seguir hablando:

— Pero lo retiraron rápido del mercado, no duró ni cinco meses. Se creó un gran escándalo, porque el medicamento era muy dañino y peligroso. —

Al oír eso casi me dio algo, fue un golpe muy fuerte para mí, tanto que di un gran grito de horror: — ¡¿Qué, de verdad!? —

— Sí, señorita. Hubo todo un escándalo en Canadá por eso. Hasta el gobierno denunció y mandó a la empresa farmacéutica ante la justicia. —

— ¡Es horrible! — Estaba realmente horrorizada ante tal cosa. Megan estaba en un gran peligro por tomar tal cosa.

— Bueno, esto no es nuevo. Las empresas farmacéuticas son unos hijos de puta de cuidado. — Y el hombre confundió mi expresión de horror.

— Tal vez…— Le decía. — De todos modos, ¿qué efectos negativo tiene eso? — Necesitaba comprobarlo.

— Eso ya no lo sé, señorita. Puede buscarlo en internet. — Me quedé en blanco.

— No tengo ordenador. — Nunca tuve tiempo para esos cacharros ni me interesaron.

— Siempre puedes usar cibercafé de esos. — Y él me señaló hacia un local que estaba al otro lado de la calle.

— ¡Ah, muchas gracias! — Le despedí con toda mi amabilidad, mientras me dirigía hacía allí.

Me preguntaba si realmente podría encontrar información sobre lo que estaba buscando por internet. Más bien, la cuestión era si podría ser capaz de manejarlo, porque hacía años que no cogía uno y estaba algo nerviosa.

Entré al local con algo de miedo y lo observé por varios segundos, antes de acercarme al mostrador y preguntarle cómo podría coger un ordenador. Era un lugar pequeño, o más bien parecía un enorme pasillo rodeado lleno de ordenadores a sus lados y de gente de todo tipo sentados delante de esos cacharros. Al fondo estaba el mostrador, en el cual vendían también, al parecer, golosinas y aperitivos. Me dirigí hacia la persona que estaba sentada ahí con mucha dificultad, debido a que apenas había sitio para avanzar. Estaba devorando chucherías sin parar, haciendo ruidos muy molestos, con una cara de pocos amigos.

— Buenas tardes…— Le saludé, algo nerviosa. — ¿Podría prestarme un ordenador por unos momentos? —

— ¿Cuánto quiere? — Me lo preguntó bastante borde, como si le estaba molestando en algo. Me pregunté si realmente había interrumpido algo al notar aquella actitud. Aparte de eso, me quedé en blanco, sin saber qué estaba diciendo.

— Pues no he entendido su pregunta…— Y se lo dije con toda la sinceridad.

— ¿Cuánto tiempo quiere? ¿Una hora? ¿Dos horas? ¿Sin límites? — Di un gesto de asombro y aquella persona me miró con más mala leche que antes.

— Pues bueno…— Eso le decía. — No sabría decirte…— Mientras me reía nerviosamente, incapaz de saber cuánto tiempo me podría ser necesario.

Y tardé unos cuantos segundos con mi indecisión, pero aquel hombre me soltó esto: — ¡Rápido, que no tengo todo el día libre! —

— ¿Veinte minutos? — Y elegí ese.

Después me preguntó qué ordenador que quería  y le dije el primero que vi y que estaba libre. Me senté en él y esperé para que lo encendiera.

Pero el hombre, al ver que estaba haciendo las cosas mal, se tuvo que levantar de la silla, bastante molesto para encenderme el ordenador.

— ¿Entonces, tenía que encenderlo? ¡No lo sabía! — Eso le dije, bastante avergonzada, al ver que lo que hizo el hombre.

Luego, al ver su cara de enfado hacia mí, mientras se rascaba la gran barriga que tenía; añadí esto: — Ah, ¡muchas gracias! —

— ¡Por el amor de Dios…! — Y tras decir esto en voz baja, volvió a su asiento y empezó a volver a lo que estaba haciendo: Comer aperitivos.

Tras esperar un rato y empezar la sección, sentía muchas dudas de cómo podría controlar el ordenador, porque apenas me acordaba de la última vez. Quería preguntarle a aquel hombre, pero no deseaba molestarle, ya que estaba muy molesto conmigo. Así que intenté hacerlo por mí misma.

Pude entender al momento cómo funcionaba el teclado y el ratón, pero me perdí en los archivos del ordenador, buscando al internet.

— ¿Dónde está, dónde está el internet? — Eso me preguntaba en voz baja, mientras estaba hecha un lío. No sabía en dónde me estaba metiendo y en dónde estaba terminando.

Entonces, el hombre del mostrador me dijo esto, dándome un susto al ver que estaba detrás de mí: — ¡Por favor, pero si es más fácil de lo que parece! —

Yo solo reí nerviosamente, mientras él cogía el ordenador y me puso en el explorador de internet o cómo se llamase eso. Con un solo clic, hizo lo que yo no pude durante cinco minutos. Estaba muy avergonzada de mí misma y le volví a dar las gracias:

— ¿Quieres qué te ayude a buscar por internet? No me imagino lo que harás si intentas surfear por allí. — Me dijo aquel hombre, después de escuchar mi agradecimiento. Eso me alegró mucho.

— ¡Muchas gracias, de verdad! ¡Me estás ayudando mucho! — Le solté esto con una sonrisa, mientras el hombre daba un gesto de molestia hacia mí. Me sentí un poco mal, la verdad.

Luego, me preguntó qué quería buscar y yo se lo dije. Éste, sin mostrar alguna reacción, empezó a buscar por la red. Lo que vimos, nos sorprendió.

Noticias de periódicos virtuales hablando del juicio contra la empresa farmacéutica por haber sacado al mercado el psicomab, de entrevistas con padres de Canadá y de otras partes del mundo, en dónde denunciaban que aquellos medicamentos habían destrozado la vida de sus hijos; de cómo podrían provocar adicción a los niños y provocarles graves secuelas de por vida, así como efectos secundarios que podrían, incluso, dejar en coma o matar a alguien.

— ¡Oh, Dios mío! — Eso decía aquel hombre. — ¡Qué mal está el mundo! — Mientras miraba sorprendido todo lo que estábamos viendo.

Yo estaba realmente aterrada. No sabía que ella había tenido en sus manos unos medicamentos tan peligrosos, o drogas, mejor dicho; y que lo peor de todo es que estuviera enganchada a eso.

Según decían los diferentes blogs que leíamos, inicialmente eso estaba pensando para estimular la inteligencia y mejorar el déficit de atención con hiperactividad que sufrían los niños que tenían tal trastorno. Tanto los gobiernos estadounidenses y canadienses, extendieron esos medicamentos por muchas escuelas de sus países. Lo que nadie sabía es que se saltaron muchas medidas de seguridad y lo sacaron al mercado sin saber lo que realmente era eso.

Por lo que leía, el medicamento te daba la sensación de darte una mayor claridad mental y alteraba un poco tu percepción de la realidad. Un efecto que a la primera vez no suele provocar daños, salvo ligeros dolores de cabeza y ganas de vomitar, pero que podría enganchar a alguien, debido a la sensación de bienestar y tranquilidad que le daba, aunque sea más que una ilusión, porque al rato te sentías fatal.

A largo plazo, las consecuencias podrían ser fatales para un niño, no solo porque le provocaría problemas de crecimiento, sino que también daría lugar a varias enfermedades, desde asma hasta esquizofrenia; y en el peor de los casos podría provocar un ataque al corazón.

Aunque vi que muchas informaciones se contradecían unos con otros, ya que los periódicos y los noticiarios hicieron mucha prensa amarillista sobre el asunto.

Pero, de todos modos, se dejaba claro que era una cosa muy peligrosa y su vida estaba en peligro. Y me di cuenta de algo, no podría dejar de prologar este asunto, porque su vida estaba en juego.

FIN DE LA QUINTA PARTE

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