Centésima segunda historia

En éxtasis: Séptima parte, centésima segunda historia.

Al día siguiente, fui despertada por un fuerte grito, mientras estaba teniendo un sueño del cual no recordaba nada. Del sobresalto, caí al suelo, intentando levantarme del sofá en dónde estaba durmiendo.

-¡¿Qué ocurre, pasa algo!?- Eso gritaba yo, mientras me levanta rápidamente del suelo, algo aturdida.

-¡¿Qué hago aquí!? ¡¿Por qué estoy en bragas!? ¡¿Qué ha ocurrido!?-Y ella totalmente intranquila, seguía chillando, incapaz de entender cómo llegó hasta mi casa.

-¡Tranquilízate, te lo puedo explicar!- Eso le soltaba, mientras me acercaba a ella.

Tras mirarme fijamente, Megan se quedó callada por varios segundos, poniéndose a inspirar e respirar sin parar hasta haberse tranquilizado.

Y cuando terminó, soltó estas palabras: -¡¿Entonces, yo…!?-

Eso lo decía, poniendo una cara de espanto, imaginándose todo lo que pudo haber hecho. Al parecer, no recordaba nada y yo decidí explicarle todo lo que ocurrió la noche pasada.

-Mierda…- Gritaba, muerta de vergüenza. -Solo recuerdo que tuve sueño muy extraño, que parecía tan real. Esas pastillas fueron demasiadas…-

-¿Otras pastillas?- Eso pregunté al escuchar y ella al oírme, se tapó rápidamente la boca.

-¡No he dicho nada!- Eso me dijo.

-No te preocupes, yo te puedo ayudar…- Y le solté esto con amabilidad, mientras le estaba dando la mano.

Pero ella solo se quedó en silencio durante varios segundos, cabizbaja, hasta que soltó estas palabras en un tono muy desanimado: -¿Me ves cómo una drogadicta, no?-

-¡No es eso!- Eso le respondí. No quería hacerla sentir mal o estúpida, por haber caído en eso.

Entonces, Megan apartó mi mano a un lado de un tortazo, gritándome esto: -No necesito tu compasión, ¡déjame en paz!-

-Pero necesitas ayuda…-

Metí la pata diciendo esto, porque solo la enfurecí, y Megan me gritó, tal vez humillada porque a mis ojos ella era como una persona enferma.

-¿Y qué más da? No los necesito.- Pero su rostro pedía desesperadamente ayuda.-Lo siento mucho, de verdad. Es que… Es que… Yo no quiero que tú me ayudes… Por nada del mundo…-

Se calló de repente para añadir luego estas palabras, en voz baja: -No lo merezco…-

Al darse cuenta de que dijo eso, se tapó la boca otra vez y se levantó rápidamente de la cama. Al parecer, no quería decir aquellas palabras, aunque yo no entendía que quería decir con eso exactamente.

-Pero, aún así…- Eso le decía, mientras veía que ella se dirigía hacia la calle y la detenía con todas mis fuerzas.

-¡No te lo repito una vez más, déjame en paz!- Y ella me gritó, mientras intentaba liberarse de mi mano que agarró uno de sus brazos.

-¡Espera un momento!- No iba a dejarla salir a la calle en bragas.

-¿Por qué, por qué esas supuestas ganas de ayudarme? ¡Solo soy una desconocida para ti!-

-Yo,…- Se lo iba a explicar.

-¡Suéltame!- Pero ella me interrumpía, gritándome.

-¡Escúchame Megan,…!- A pesar de que le pedía el favor de escucharme con atención.-¡Por favor!-

A continuación, ella dejó de lucha para liberarse de mí, y me preguntó esto: -¿Por qué te fijaste en mí?-

Yo no sabía qué decir, porque me soltó eso repentinamente y no pude reaccionar con total rapidez. Al momento, ella me gritó esto:

-¿Es por qué te recuerdo a tu hermana, verdad?-

Eso me dejo más sorprendida que la primera pregunta pero esta vez pude responder claramente: -Pues claro que no.-

-¡No la pudiste ayudar y ahora está desaparecida, y te sientes tan mal que, por esa razón, quieres meterte en mis asuntos, solo porque te recuerdo a ella! ¡Si no fuera por eso, yo te importaría una mierda!-

Megan estaba llegando a unas conclusiones muy precipitadas y sin sentido alguno.

-¡Te equivocas!- Eso le grité, mientras ella se liberaba de mí, empujándome al suelo. Yo me levanté rápidamente, mientras corría hacia la puerta de la calle.

Al ver que ella estaba abriendo la puerta, yo le volví a gritar: -¡No te vayas, Megan!

-Lo siento mucho, de verdad.- Eso me dijo ella, bastante desolada.

-Pero estás en bragas…- Y eso le solté.

-Ah, es verdad…- Megan se miró y recordó que estaba en esas pintas, poniéndose totalmente roja.

Entonces, se sintió como si el momento dramático que habíamos creado se rompió en mil pedazos y solo se respiraba incomodidad en el aire. Yo no sabía que decir y ella, tras estar en silencio por algunos segundos, decidió hablar y soltar esto: -¿Me puedes dar mi abrigo?-

Al final, se lo di, ella se lo puso y dejé que se marchara, mientras mi mente estaba completamente en blanco. No pude pensar correctamente hasta que hubiera pasado una hora.

Ella rechazó mi ayuda y la dejé irse, pero, aún así, deseaba salvarla, y en aquellos momentos, más que nunca. Aunque no lo reconocía, Megan pedía ser ayudada. Aunque creía que no lo merecía, yo lo iba a hacer. Aunque me dijera mil veces que no le salvara, lo haría. Esto era lo que había decidido y nada me podría cambiar de parecer.

Y tenía una pista que la misma Megan me lo dio, una persona que la engañó, vendiéndole unos fármacos muy peligrosos con la promesa de que iba a mejorar los estudios; con el nombre de “Dragonfly”.

Con esto en mente, decidí salir a la calle en su búsqueda y me dirigí al primer lugar que se me ocurrió: Un centro de desintoxicación cercano de mi barrio.

Bueno, la idea era ver si alguien de los que estaba asistiendo para curar su adicción sabía sobre el paradero de aquella persona, además de que conocía allí gente que me podrían ayudar. Estuve de voluntaria en aquel lugar, por unas semanas.

Tras montarme al autobús y llegar a mi parada, caminé tranquilamente, mientras le pedía a mi trabajo un día de descanso por teléfono. Al cruzar dos o tres calles, divisé el edificio.

Era un edificio de tres plantas, color blanco, forma rectangular y tenía un montón de ventanas pequeñas. Estaba rodeado de un enorme jardín, con grandes árboles de muchos tipos y cercado por un pequeño muro. Al verlo de nuevo, me di cuenta de que eso no parecía un centro de desintoxicación.

En la entrada, al lado de las escaleras que conducía hacia la puerta principal, vi a alguien de pie, intentando a convencer a otra persona de algo, que iba a entrar en el edificio. Ésta intentaba librarse de él, diciéndole que le dejara en paz, que no quería nada. En cambio, el otro insistía, llegando a gritarle insultos, con una actitud muy fea. Al llegar a ese punto, el hombre decidió entrar en el lugar.

Aquella persona que estaba delante de la puerta tenía unas pintas que no me daban buena espina y me hacían dudar si dirigirme a la entrada o esperar a que se fuera. Esté llevaba un enorme abrigo azul con muchos bolsillos, la cual tenía una capucha y la estaba usando. Tenía unos pantalones pitillos verdes y unas zapatillas falsas de marca.

Al final, decidí acercarme con la esperanza de que no se acercará a mí, pero lo hizo y de una manera que no me lo esperaba.

Al verme, se me acercó rápidamente a mí, a una gran velocidad y me saludó con una gran felicidad, mientras me cogía de las manos:

-¡Buenos días, señorita!-

-¡Buenos días!- Eso dije, muy sorprendida por aquella reacción. Parecía que sus ojos estaban brillando.

-¿Qué hace una belleza como tú entrando en un antro como éste?- Luego, me preguntó esto, mientras se acercaba a mi cara y yo inconscientemente me alejaba de él. Su aliento olía fatal.

-¿Belleza? No c-creo que sea para tanto…- Eso decía nerviosamente, mientras me ponía colorada por sus piropos.

-¿Pero qué dices? Al verte, los ojos casi se me han cegado por lo radiante que eres, muñeca. Mi corazón ha latido a mil, ¡jamás de los jamases he visto tal chica como tú!- Esas palabras solo me hacían poner más incómoda de lo que estaba.

-¡Ah, muchas gracias!- Reía nerviosamente. -Pero creo que estás exagerando…-

-No seas tan humilde, eso solo consigue maravillarme más de lo que estoy.- Y a continuación, él me soltó las manos, mientras empezaba a poner alguna pose extraña y ridícula.

-Por cierto, soy Jeremy Chamberlain, apodado por mis amigos como “Dragonfly”. Rápido y veloz como el rayo, y estoy a tu servicio.-

Al oír su presentación, me quedé de piedra. No podría creer que había encontrado a la persona que estaba buscando tan rápido y de una forma tan casual.

-¿Entonces, tú eres Dragonfly?- Eso pregunté, boquiabierta.

-¡Por supuesto, muñeca!- Y añadió él, mientras me soltaba una extraña sonrisa.

FIN DE LA SÉPTIMA PARTE

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