Centésima segunda historia

En éxtasis: Octava parte, centésima segunda historia.

-No me esperaba que una preciosidad como tú, me estuviera hablando.- Eso decía aquella persona, muy feliz. -¡Qué suertudo estoy hoy!-

-¿Hacia dónde nos dirigimos?- Y yo le pregunté esto, porque me dijo que nos fuéramos de allí, que no era un lugar para charlar con él y me estaba llevando hacia algún sitio.

-Hacia un lugar en dónde podemos hablar en privado.- Eso me respondió. Y me ponía algo nerviosa, porque sentía que no debía estar sola con aquel muchacho.

Estábamos recorriendo una calle en dónde yo nunca había estado, en mitad de un barrio residencial situado en los límites del norte de la cuidad. Al llegar a una pequeña casa que parecía estar abandonada, éste se acercó a ella y abrió la puerta a patadas.

-Aquí podemos hablar.- Eso me soltó, mientras entraba a la casa.

Yo miré aquella casa fijamente. Parecía ser una de madera, de doble pared y de color blanco. Solo tenía un piso y un tejado de tejas rojos a cuatro aguas. Sus ventanas estaban tapadas con tablones de madera y hacían que por dentro no se viera mucha luz. Dudé si entrar o no, pero él me pidió que entrara y le hice caso. Crucé lo que parecía un pasillo y llegué a una habitación enorme.

En el centro estaba él, quién me preguntó esto, mientras se sentaba en una silla que estaba media podrida: -¿Y qué es lo que quieres de mí, monada?-

-¿Conoces a Megan Truman?- Eso le dije y él se quedó pensativo por varios segundos.

-Ah, esa niñita…- Dio un grito de sorpresa. -Es una cliente habitual.-

-¿Cliente habitual?- A pesar de que ya lo sabía, iba a preguntar, aunque tenía un poco de miedo. -¿Entonces…?-

-Vendo droga, merma; soy un camello.- Y aquel muchacho me interrumpió, respondiéndome con esto, mientras se quitaba la capucha y mostraba su cabeza.

Era un chico joven con larga nariz, enormes labios y cejas, de cabello negro, con mucho pelo en la cabeza. Tenía una tez morena.

-¿Y qué hacías ahí, delante de un centro de desintoxicación?- Eso le pregunté. No entendía porque alguien que vendía drogas estuviera en las puertas de un sitio en dónde la gente intentaba dejar su adicción por aquellas cosas.

Lo que me soltó, me dejó boquiabierta y aterrada: -Pues buscar clientes. Nada más. Es muy fácil hacer que vuelvan a engancharse.-

Y lo dijo con una sonrisa en la cara, como si no tuviera vergüenza.

-Eso es horrible…- Eso le dije, con espanto.

-¡Oye, no me mires con esa cara! ¡Solo estaba haciendo negocios, nada más!- Se levantó de la silla. -Bueno, dejando eso de un lado, ¿qué pasa con esa Megan?-

Casi se me olvidaba eso, mi intención era buscarlo para pedirle algo, aunque no sabía muy bien el qué. En aquel momento, tras espantarme con sus palabras, estaba muy claro lo que deseaba decirle:

-¿Podrías hacer el favor de dejarle de vender drogas?- Eso le grité con toda mi seriedad.

Lo dejé con la boca abierta y tardó varios segundos en reaccionar:

-¿Qué? ¿Lo dices en serio?- Eso me preguntó, incrédulo y trastornado.

Luego, se quedó mirándome y al ver que yo estaba totalmente seria. Empezó a decir esto, bastante nervioso:

-Ok, ok. ¡Escúchame, ella me paga muy bien! ¡Me buscó solamente para que le vendiera esa mierda para hacerla más inteligente! ¡Y se la di, a muy buen precio!-

Eso solo me enfureció, aquel muchacho me intentaba convencer para que Megan siguiera adicta a esa droga. Solo le importaba que ella le siguiera dando dinero.

-Pero eso le está haciendo mucho daño, ¡la podría matar!- Y le dije esto claramente a aquel muchacho que estaba yendo por tal mal camino.

-No es mi problema, ella se lo buscó. ¡Quería el psicomab, algo que la hiciera más inteligente; pues se lo di!- Y soltó esto con un tono burlesco.

-¿¡Cómo puedes decir algo así!?- Eso le grité, totalmente espantada por lo que estaba oyendo. Aquella persona se estaba excusando, no aceptaba que era responsable; diciendo que no era su problema, sino el de ella por haber sido engañada y enganchada.

Y él siguió exponiendo su vomitivo argumento: -Son los negocios, monada. Es lo que manda. El cliente pide lo que quiere y se lo damos, aún cuando sea peligroso para él. Lo importante son los beneficios.-

Se estaba engañando a sí mismo, excusándose de esa manera. Aquel chico no se daba cuenta de todo el mal que estaba haciendo a los demás, o más bien no le importaba. Solo le interesaba usarlos para conseguir de ellos dinero. Me estaba dando arcadas y me ponía furiosa con él, pero intenté controlarme y evitar que mi ira no me dominase. Eso era el plan.

-¿¡Qué negocios ni qué leches!? ¡Tú estás vendiendo cosas que enganchan a los demás, los haces totalmente adictos con tu basura, ganas dineros a costa de su salud y de su vida! ¡¿Crees que eso está bien?!-

Eso le grité, con toda la fuerza de mi voz, mientras intentaba controlar toda mi ira.

-¡Vamos, relaja la raja! ¡No vayas a ponerte moralista!- Y esto fue la gota que colmo el vaso. Me soltó eso con un tono burlesco tan hiriente que no pude más.

Entonces, yo le di un buen tortazo en toda la cara que le dejó marca y casi lo iba a tirar al suelo. Y su actitud hacia mí cambió totalmente.

-Maldita puta…- Me miró con ganas de matarme.

Y yo, al darme cuenta de lo que le hice, le pedí perdón: -¡Lo siento mucho, no era mi intención hacerlo, de verdad!-

Me sentía muy mal por haberle pegado, aunque se lo merecía. Fui dominada por mi ira e hice algo impropio de mí.

Él solo siguió mirándome con esa cara aterrada mientras comprobaba con la palma de la mano cómo quedaba su moflete después de ser abofeteado. Luego, empezó a caminar alrededor mío en silencio, antes de soltarme todas estas palabras:

-¿Quieres saber algo? El medicamento ese, llegó a unas pocas escuelas y los mismos niños vendían o daban a sus compañeros aquella mierda. Al ver que eso era más merma que medicamentos, yo solo los imité, conseguí por todos los medios lo que pude y me convertí en el único distribuidor cuando dejaron de sacarlo en el mercado. Todos los niñatos iban a mí, sin importar el precio que valía. Pero cada vez eran más difíciles de conseguir. A mí no me importaba mucho, porque eso solo hacía que fuera más codiciado y caro. De todas maneras, para seguir manteniendo el negocio, tuve que hacer pasar otras drogas por el psicomab. Y esos idiotas, no se dieron cuenta.-

A continuación, éste me soltó todas estas palabras, con un tono muy desagradable, mientras tapaba la única salida de la habitación, sonriendo y riéndose de una forma muy macabra.

-¡¿No te das cuentas de lo que estás haciendo!?- Eso me horrorizó totalmente. -¡¿No sabes el mal que estás haciendo a los demás!?-

No solo había engañado a Megan para engancharla a una droga tan peligrosa, sino también le dio otras, igual o más terribles que el psicomab, haciéndolos pasar por éste. Tal vez, la razón por la cual apareció por mi casa de esa manera fue que tomó algo distinto de lo que estaba tomando.

-A mi me importa una mierda, ¡es su problema, no el mío! Yo solo estoy haciendo negocios.- Y lo peor es que ese chico era más horrible de lo pensaba, actuaba como si fuera un verdadero demonio.

Al ver a aquella persona que seguramente destruyó la vida de Megan y de otros, burlándose de ellos, me dio tanto coraje que me entraron ganas de llorar de la rabia. No podría aguantarlo por mucho que quisiera, era muy horrible para mí.

-¡Es una excusa horrible, realmente horrible!- Eso le gritaba, totalmente llena de ira y llorando una barbaridad, incapaz de controlarme lo que estaba sintiendo, por mucha voluntad que le ponía.

Él, cuando vio que yo estaba llorando, se puso muy feliz, en un sentido realmente aterrador. Entonces, me di cuenta de que estaba metida en un buen lío.

-¡¿Estás llorando!?- Eso me decía, mientras se acercaba, poquito a poco, y sacaba la lengua.- ¡Ay, qué lindo es verte llorar!-

Tenía una mirada perturbadora y sacó de su bolsillo un arma blanca. Ahí si di un chillido de terror.

-¡¿Qué estás haciendo!?- Eso le grité.

-Solo vamos a hacer algo divertido, nada más.- No quería saber nada más, sus intenciones estaban claras.

-¡Aléjate de mí!- Eso le solté, mientras me alejaba de él, dando pasos para atrás hasta chocar contra una pared.

A pesar de todo el miedo que sentía, empecé a pensar en alguna manera para defenderme. Y tenía que reaccionar rápido, antes de que pusiera e la navaja sobre mí y me inmoviliza.

-Es tu culpa, por hacerme caso y ser llevada a un lugar en dónde podría pasarte cosas malísimas.-

Me arrepentí mucho por no haber sido cauta, por no haberme dado cuenta de que esto podría pasarme y de que aquella horrible persona me condujo hasta aquí con tales intenciones. Había cometido una equivocación y lo iba a pagar caro. Pero, aún así, había una posibilidad de poder salir ilesa de aquella horrible situación. Y era atacar antes de ser atacada. No me gusta la violencia, pero era la única solución para escapar. Y cuando estaba a pocos pasos de mí, y mientras yo me preparaba para golpearlo; alguien que se puso detrás de él lo estaba apuntando con una pistola:

-Un paso más y te dejo parálitico, capullo de mierda.-

A pesar de las palabras malsonantes y ese tono amenazador, me sentí muy feliz de que apareciera ella, Lafayette.

-¿Q-quién eres?- Eso tartamudeó aquel chico, mientras temblaba como un flan.

-¿Quién seré? Eso no es la cuestión. La cosa es si sueltas esa mierda de navaja y sales corriendo como nena de aquí, lo más lejos posible; bajaré la pistola que podría cargarse tu espalda, ¿trato hecho?- Eso le dijo ella.

-S-sí, sí.- Y él dejó caer su navaja, antes de que Lafayette bajara la pistola y se pusiera a un lado, para que éste saliera como un cohete.

Luego, vino unos segundos de puro silencio, que fueron interrumpidos por estas palabras de Lafayette: -En serio. Me voy por unos meses y vuelves a meterte en otro lío gordo, te gusta meterte en…-

No pudo terminar la frase, porque salté hacia ella para darle un gran abrazo.

-¡L-lafayette! ¡G-gracias a Dios… p-por haberme salvado!- Eso le gritaba, entre sollozos. -¡H-he p-pasado mucho miedo…, pero muchísimo miedo!- Mientras lloraba como una magdalena y le abrazaba con todas mis fuerzas.

FIN DE LA OCTAVA PARTE

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