Centésima segunda historia

En éxtasis: Última parte, centésima segunda historia.

Eran las doce y punto de la mañana cuando Megan empezó a abrió poco a poco sus ojos. Ella estaba tapada en una cama de hospital, con una vía intravenosa en uno de sus brazos y conectada a un monitor cardíaco. A su lado estaba yo, sentada en una silla y tejiendo una camiseta de algodón.

No me di cuenta de que se despertó, ya que estaba realmente concentrada en tejer; hasta que ella misma me preguntó esto:

— ¿Dónde estoy? —

Sus palabras me dieron un pequeño susto porque no me lo esperaba. Al observarla, vi como Megan estaba aún muy adormilada y le costaba abrir totalmente sus ojos, mientras miraba de un lado para otro. Yo me quedé en blanco por unos segundos, sin saber cómo reaccionar.

Me sentía feliz por ver que Megan estaba despierta, tanto que tenía ganas de llorar. Pero a la vez, estaba realmente furiosa con ella por haber hecho aquello. Esos contradictorios sentimientos me impedían pensar con claridad y actuar de una forma correcta.

Mientras tanto, Megan pudo darse cuenta de donde estaba y de que yo estaba a su lado. Primero, me miró fijamente, luego volvió a observar a todo su alrededor y soltó estas palabras en voz baja.

— Entonces, sigo viva…—

Lo dijo con tristeza, como si no quería seguir viviendo. Y yo, no me pude controlar. Mis emociones estaban a flor de piel y le di un enorme guantazo en toda la cara.

— ¿¡Por qué hiciste eso!? — Eso le grité, mientras mis ojos se llenaba de lágrimas. —  ¡¿Por qué!? —

— Yo, la verdad es que…— Ella se quedó callada, incapaz de decir algo.

Yo estaba recordando con especial amargura lo que ocurrió la noche anterior, después de que ella se tomará un montón de pastillas para provocar una sobredosis y morir, delante de mis propios ojos.

A los cinco segundos de tragárselos, ella cayó de rodillas contra al suelo, mientras se agarraba la parte izquierda del pecho con mucha fuerza.

Empezó a gritar de dolor y su cuerpo no dejaba de temblar y sudar. Su cara era puro sufrimiento y horrorizada me di cuenta rápidamente de lo que le pasaba: Estaba teniendo un infarto.

Con toda la rapidez que podría la cogí y la hice vomitar, mientras le gritaba a Lafayette para que llamara a la ambulancia de inmediato. La senté, le afloje la ropa y empecé a controlar su pulso, a continuación. Ella tenía la mirada perdida pero aún parecía estar consciente.

La ambulancia llegó enseguida y yo me monté en ella, no deseaba por nada del mundo desprenderme de Megan. Recé con todas fuerzas para que ella pudiera sobrevivir. Eso era lo único que tenía en mente, durante todo el trayecto. Por suerte, en el hospital, pudieron estabilizar su estado, tras horas de verdadera angustia.

Fueron unas horas realmente horribles y angustiosas que me parecieron eternas. El corazón me iba a mil, tanto que parecía que también me estaba dando un infarto. Mi mente se llenaba de terribles suposiciones mientras intentaba pensar positivamente. Si ella hubiera muerta, no sé que me hubiera pasado.

Con esto en mente y totalmente encolerizada, no le dejaba de gritar, mientras lloraba como una magdalena.

— ¡No solo atentaste contra tu propia vida…! ¡Ibas a destrozarles el corazón a tus padres, a tu familia, amigos y sobretodo… A mí! —

Por esa razón estaba tan enfadada con Megan. Ella no pensó en los demás, en lo doloroso que podría llegar a ser perder a alguien. Y no sólo hablaba de mí, sino de sus padres que no sabían nada de que su hija se había ido de casa y cuando se enteraron de la noticia, casi le dieron un ataque de nervios. No paraban de llorar y gritarles explicaciones a los médicos desesperados.

— Yo,…— Ella apenas se atrevió decir una palabra, mientras yo seguía hablando.

— ¡Nos hubiera perseguido la culpa durante años, por no habernos dado cuenta de tus problemas, por no poder ayudarte y darte la salida! ¡No sólo cometerías un crimen contra ti misma, sino contra todos! —

Aquellas palabras fueron tan fuertes que creo que se escucharon por todo el hospital. Me pasé un poco, pero no podría controlar lo que sentía.

Hubo un corto silencio a continuación entre las dos. Me sentí mejor, tras haber dicho todo eso, aunque seguía llorando. Soltar aquellas palabras me consoló un poco.

Megan sólo me estaba mirando fijamente, mientras le empezaba a salir las lágrimas. Entonces, me abrazó con mucha fuerza.

— L-lo siento mucho, de verdad. Malia, lo siento…— Eso me decía, entre sollozos, mientras me abrazaba.

— ¡Ya está todo bien, ya está, sigues aquí con vida! — Y yo también lo hice, la abracé con todas mis fuerzas.

— Perdóname, Malia…— No hacía más que repetir eso, una y otra vez.

— ¡Ya está todo bien! — Y yo no paraba de decirle eso, sin parar.

Así estuvimos un buen rato, hasta que llegaron sus padres. A Megan le dio mucha vergüenza cuando se dio cuenta de que ellos vieron aquellas escenas.

Tras eso, pasaron los días. Ella les contó a sus padres todos lo que le pasó en los últimos meses y decidió someterse a una terapia de desintoxicación. También tuvo que quedarse al hospital unas pocas semanas, algo que no deseaba para nada. También tuvo que tener que tomar pastillas para el corazón por el resto de su vida, por desgracia. De todos modos, aunque fuera poquito a poco, se estuvo mejorando notablemente.

Y yo la visitaba cada día y estaba gran parte de las tardes con ella. Le alegraba mucho que viniera porque se aburría como una ostra en el hospital.

En uno de esos días, llegué tan tarde por culpa del trabajo, que ya estaba a punto de anochecer. Tras llegar con las prisas, entré y le saludé.

— Hola, ¿cómo estás? — Tras decir eso, ella me preguntó, sorprendida, cómo había tan tarde. Yo se lo expliqué. Después empezó a quejarse.

— Me gustaría salir del hospital de una vez. Apesta está todo el día en la cama. — Eso lo soltaba mientras movía su cuerpo de un lado para otro.

— No tengas prisa. Por lo menos, estará unas semanas por aquí. — Y le repliqué, mientras me sentaba a su lado.

— ¡Qué fastidio! — Soltó otro quejido.

Me dio mucha pena ella, entendía lo frustrante que podría ser pero no había más.

— Tal vez, debería traerte algo para que puedas distraerte. — Eso le decía mientras buscaba algo en mi bolso, por si había algo que le ayudase a perder el tiempo, mientras dejaba algo en el suelo.

— ¿Y eso qué es? — Ella me preguntó por la cesta de comida que me había traído.

— Un regalo de tus padres, como agradecimiento. —

Después de lo que pasó, ellos me tratan muy bien y siempre desean ayudarme. Están muy agradecidos conmigo por haber ayudado a su hija y evitar que se matará.

— Me sorprende, ellos no son de esos que le dan regalos a los demás. —Por otro lado, ella se quedó sorprendida por aquel gesto de amabilidad.

— Entiendo. — Eso le dije con una sonrisa.

Luego, vino un corto silencio entre las dos. Megan se calló de repente, se estaba preparando para preguntarme algo que parecía ser muy importante. Yo solo me quedé en silencio, esperando su pregunta.

— ¿P-por qué me quisiste salvar? — Lo dijo bastante roja, mientras esquivaba mi mirada nerviosamente.

— ¿Por qué te quise salvar…? — Me quedé algo pensativa por varios segundos. —…era porque sabía que necesitabas ayuda. —

— Yo siempre pensé que era porque te recordaba a tu hermana pequeña, de alguna manera. Pero me ha dado cuenta de que ese no es el motivo. — Tuvo una pequeña pausa. — L-lo siento…—

— ¿Él qué? — Eso le pregunté.

— Por decirte eso, en aquel día…— Dejó la frase a medias por no atreverse a terminarlo. Pero yo adiviné de qué se trataba.

“¿Es por qué te recuerdo a tu hermana, verdad?”

Esa frase volvió a sonar en mi cabeza y eso hizo que recordará a Sasha.

— No pasa nada. — Agregué, intentando no recordar malos recuerdos. Además, aquello que dijo Megan no me dolió mucho y sólo fue producto del mal momento que tuvimos.

Entonces, ella se quedó mirando hacia abajo, totalmente roja, con ganas de decirme otra frase que le costaba pronunciar. Pero tras respirar e inspirar, se atrevió a decirlo.

— Y…— Aunque lo dijera en voz baja. — Muchas gracias por todo…—

— De nada. — Y le solté esto con mi mejor sonrisa.

En aquel momento, me sentí muy feliz por haberla salvado y teniendo la sensación de que una persona muy especial para mí me observaba con orgullo y satisfacción desde el cielo.

FIN

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