Centésima tercera historia

Mentiras Blancas: Primera parte, centésima tercera historia.

Me llamo Sally McGargle, la menor de tres hermanos, una chica típica de quince años, popular en el instituto, bondadosa, siempre atenta a los demás con una sonrisa en la cara, una defensora de la ley y la justicia. Y ésta es la primera vez que voy a contar una historia. ¡Espero que nos llevemos muy bien, mis queridos lectores!

Antes de todo, os voy a contar un pequeño secreto y desearía que no se lo contéis a nadie, ¿de acuerdo? Bueno, todo lo que dije antes, eso de que soy muy bondadosa, amable y todo eso, es más que una vil y rastrera mentira, pero eso es lo que he hecho creer a los demás, hasta a mis propios padres.

Odio a todas las personas, salvo a mi familia. Son rastreras, siempre quieren utilizar a alguien a cambio de nada, sólo les importa ellos mismos, a los demás que los zurzan. No quieren que lo hieran, pero no les importa, ni un poquito, pisotear los sentimientos de los otros. Después de todo, soy así, al igual que esa gente, y por esa razón los temo, porque harían lo mismo que yo.

Y sé lo peligroso qué es mostrar tu yo verdadero a los demás, porque si estuviera en su lugar, aprovecharía para demostrar al mundo lo asquerosos que son. Y ellos harían eso conmigo. Supongo que por esa razón me creé una fachada, una máscara, una Sally falsa, algo para engañar a los otros y protegerme de ellos. Me ha dado muy buenos resultados y sólo falló cuando conocí y viví con el individuo más horrible que creó la humanidad, peor que Hitler: Marie Luise Lafayette.

Llamarla zorra, perra o puta, es lo más sensible que se me puede ocurrir cuando pienso en ella. La odiaba con toda mi alma, y fue porque era la persona más sincera que conocí, en un mal sentido. Mostraba todo lo repugnante y asquerosa que era, nunca le importaba crear una fachada.

Pero eso tenía consecuencias, porque a nadie le caía bien, todas la querían muy muerta. Y por suerte lo está, bueno, está desaparecida desde hace casi un año. Pero, entonces, un buen día, una chica que no conocía se apareció en mi casa y me preguntó por ella. Me dejó perpleja, ¿cómo era posible?

No recuerdo cuándo fue, pero era un día de finales de Enero, por la tarde. Yo y mi hermano éramos los únicos que estábamos en casa, cuando tocó el timbre y nos pilló en el momento más oportuno.

— ¿Por qué llaman ahora? ¡No podría haber escogido otro momento o qué! Refunfuñaba muy molesta, mientras me acercaba a la puerta para abrirla.

Al hacerlo, vi a una persona que nunca había visto. Era una chica que parecía tener mi edad o más, con un pelo bastante raro, de color azul marino. Era corto y tenía un flequillo que era sostenido por dos ganchos. A pesar de eso, parecía bastante normalita, tanto en su aspecto como en su ropa.

— Buenos días, perdón por llamar, así de repente, en su puerta. — Me dijo aquella chica y deseaba cerrarle la puerta en todas sus narices, porque creía que era una testigo de Jehová o algún tipo de vendedora

— Buenos días igualmente, ¿quiere algo de nosotros? — Le pregunté mostrándole la mejor de mis sonrisas, aunque, mentalmente, le insultaba con mucha ira.

— Me gustaría preguntar si una persona llamada Marie Luise Lafayette vivió aquí. — Esas palabras me dejaron con la boca abierta. Era la primera vez que alguien preguntaba algo así, en mi casa y me dejó muy sorprendida.

En vez de decirle que estaba ocupada, decidí que entrará en la casa y se sentara. Necesitaba saber por qué estaba preguntando eso.

— Por cierto, me llamo Malia Rooselvelt y conocí a Marie Luise, a la hija. — Fue la primera en hablar y lo decía con tanta humildad que me estaba dando mucho asco.

— ¿Ah sí? ¡Encantada de conocerte! — Nos dimos las manos, mientras me entraban ganas de echarla de ahí, ya me estaba cayendo mal. Sólo nos habíamos conocido por unos segundos, pero esa chica tenía algo que me ponía de los nervios.

— Yo también, ¿por cierto, dónde está su madre? — Además, ¿cómo sabía que ellas y su madre vivieron aquí?

— Ya no está aquí. Se fue hace meses. — Le dije a continuación.

Mi hermana mayor, quién es lesbiana, se hizo novia de la madre de Lafayette y cuando perdieron sus casas, ella se la trajo a nuestra casa y se quedó a vivir de gorra, con su insoportable hija.

Como con todos los demás adultos, delante de ella me hacía la buena, y hablaba bien de esa perra. Pero, en realidad sabía que era una desgraciada aprovechada, que utilizaba a mi hermana para sacarles el dinero. Al final, se encaprichó con otra mujer y la abandonó de la peor manera.

— Ya veo. Debe de estar muy triste por la desaparición de su hija. — Me hizo mucha gracia, ya que esa mujer nunca se preocupó por Lafayette. La ignoraba como si fuera una pared y no sintió absolutamente nada cuando ella desapareció.

— Es normal. — Mentí, como siempre lo hago. — ¿Y por qué estás buscando a Marie Luise hija? —

Necesitaba entender las razones por la cual una persona me estaba preguntando por el ser más horrible de la tierra.

— Solo quiero saber hablar con sus padres o familiares, nada más. Sé que lleva desaparecida hace mucho tiempo. En verdad, nos conocimos, hace tiempo. Bueno, unas pocas veces. No era una persona muy agradable. La cuestión es que necesito entregarles algo muy importante de ella. —

Era muy sospechosa aquella chica, ya que soltó aquellas palabras con algo de nerviosismo, como si estaba inventando una gran parte de todo eso. De todas maneras, me inquietaba que estuviera buscando a los padres u otros familiares de Lafayette, ¿por qué lo hacía?

Además de eso, había otras cosas que me estaban molestando de ella. Era bastante educada y humilde, además de simpática y amable. Parecía ser una buena chica, demasiado para mi gusto. Tal vez, eso era lo que me estaba dando tanto asco. Estuvimos hablando de otras cosas al final, aunque ella me preguntaba por los paraderos de otros familiares y yo le respondía que no lo sabía.

Después de eso, por fin se marchó, disculpándose las molestias que causó su visita inesperada. Aquel gesto sólo me hizo enfurecer.

— ¡Maldita, perra! — Grité como loca, después de irse ella. — ¡¿Quién te crees qué eres, una santa!? — Mientras le pegaba con toda mi ira a la pared.

Me enfurecía muchísimo las chicas como ella, que parecen ser más buenas que el pan, porque me recordaban lo hipócrita que era yo.

Y cuando me di cuenta, mi querido hermano estaba en el primer piso, mirándome fijamente.

Hablando sobre mi querido hermano mayor, él es una persona genial. Es bastante alto, como si fuera un jugador de baloncesto. Tiene una espalda ancha, realmente firme y hermosa. Solo eso, porque no tiene los músculos desarrollados, pero lo prefiero así. Además, está bien delgado y lindo. Su cabello está algo corto y tiene un flequillo algo largo que está peinado hacia al otro lado, es algo que yo misma elegí porque se ve bien guapo de esa manera. También me encanta su cara, se ve tan madura y sexy. Esa nariz tan recta, esos ojos de color verdes, esos pequeños oídos, todo en él es tan perfecto. Bueno, tal vez parezca una persona bien seria y responsable, de esas que casi nunca sonríen; pero conmigo es muy bueno y yo siempre le hago sonreír.

— No deberías golpear a las puertas. — Me soltó rápidamente, y me morí de vergüenza al saber que me vio golpear a la pared. No quería mostrarle mi lado malo.

— Perdón, hermano. Solo es que vino alguien bastante molesto. Nos ha hecho perder el tiempo, regresemos al cuarto. — Eso le decía mientras me acercaba a él, pero me detuvo.

— Nuestros padres me han dicho por el móvil que van a venir. Y tengo que ir al trabajo. Así que lo siento. — Me mostró el móvil, para dejármelo claro.

Eso sólo me dio más rabia, ya que aquella chica había fastidiado un momento muy especial que estábamos teniendo nosotros dos. Supongo que deben estar sospechando, de que tengo otro secreto más horrible, por lo menos para las personas normales.

De todos modos, sigamos con la historia. Al llegar a mi cuarto y sentarme en mi cama con mucho enfado, solté esto:

— ¡Qué rabia, qué rabia, sin esa idiota podríamos haber terminado! — Y entonces, una voz proveniente de la cama, más bien, debajo de ella, me dio una gran susto.

— ¿De quién estás hablando, Sally? — A continuación, salió una chica, quién había estado escondida debajo de la cama, de ahí.

— ¿Qué haces tú aquí? — Di un gran chillido, incapaz de creerme que ella estuviera ahí. Ella, como si nada, se levantó y se sacudió su vestido.

Era alguien que conocía bien demasiado: Mi vecina, Klara Ben-Gurión, una niña de doce u once años de edad. Aquella chica tenía el pelo moreno y corto, aunque, por la parte derecha de su cabeza, tenía una coleta que tapaba su oreja y que estaba sostenido con un lazo rojo. En aquellos momentos, llevaba un vestidito blanco que le llegaba hasta las rodillas, mientras sus piernas estaban protegidas por unas medias del mismo color.

— Pues vine a visitarte, pero cuando ya estaba en tu cuarto, vos y tu queridito hermano entrasteis y decidí esconderme para saber que iban a hacer solos. —

Eso me soltó con una cara burlona, a la vez que se hacía la inocente.

— ¿Te has colado en mi casa? ¿No sabes que eso no está bien? — Le grité bastante molesta, al saber que tuve una intrusa en mi cuarto, violando mi intimidad.

— Tus viejos me dieron la llave, por si necesitaban entrar en tu casa por alguna emergencia. — Me lo decía, mientras mostraba las malditas llaves, moviéndolas de un lado para otro como si quería marearme.

— ¡Serás…! — Yo no me podría creer que hubiera sido capaz de que mis padres le dieran una copia de las llaves de la casa.

— Che, si no he hecho nada malo. Lo tuyo sí que es delito. — Me mostró una falsa sonrisa de niña buena, mientras me lanzaba una puya.

— Pero seguro que disfrutaste del espectáculo. — Y yo intenté contraatacar con estas palabras, pero no me salió muy bien. Se rió de mí.

— En verdad, no pude ver gran cosa, sólo notaba como la cama iba de un lado por el otro y tus gritos de boluda re caliente. — Se sentó en la cama, moviendo alegremente las piernas.

Deseaba que la tierra me tragase, aunque Klara, ya sabía, desde hace tiempo, lo que hacíamos. Me maldecía una y otra vez, por haber dejado que ella hubiera descubierto mi secreto mejor guardado: Mantengo una relación incestuosa con mi hermano.

Y lo peor de todo, quién había descubierto eso era igual que yo, una persona falsa, que se hace pasar por santa y es un demonio. No me pudo tocar alguien peor.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

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